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EL INMORTAL - Capítulo 76

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  4. Capítulo 76 - Capítulo 76: SOLTAR EL MERCADO
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Capítulo 76: SOLTAR EL MERCADO

El decreto no llegó con fanfarrias ni discursos interminables.

Llegó como llegan las decisiones que cambian imperios: escrito con tinta sobria, sellado por el Estado, y leído en silencio por quienes entendían lo que significaba.

Después de siglos de control férreo sobre los precios esenciales, el Gobierno Imperial anunció una liberalización parcial y cuidadosamente vigilada de los precios de bienes no esenciales. No era una retirada del Estado. Era, más bien, un paso lateral calculado.

El agua, la electricidad, los alimentos básicos, el transporte público, los minerales estratégicos, el petróleo y el acero seguían regulados. Eso no se tocaba. Eran los pilares de la estabilidad social y productiva. Nadie en el Consejo lo discutió seriamente.

Pero todo lo demás… empezaba a respirar.

La lógica detrás del decreto.

El Imperio había alcanzado algo que pocos Estados en la historia podían siquiera imaginar:

abundancia estructural.

La producción superaba con holgura el consumo interno.

Las reservas eran profundas.

La infraestructura estaba consolidada.

La población tenía empleo, educación y acceso a lo básico.

Seguir controlándolo todo empezaba a generar un efecto secundario peligroso: estancamiento creativo.

El Emperador lo expresó con frialdad quirúrgica:

“Cuando todo está resuelto, el talento deja de competir.

Y cuando el talento deja de competir, la mediocridad se disfraza de estabilidad.”

Por eso, el decreto fue claro:

solo bienes no esenciales.

con límites máximos.

con supervisión continua.

y con intervención inmediata si se detectaba especulación dañina.

Los primeros en moverse.

No pasaron ni tres semanas antes de que el mercado reaccionara.

Automóviles.

El sector automotriz fue el primero en agitarse.

Hasta ese momento, los coches imperiales eran excelentes, fiables y relativamente accesibles. Ahora, algunos fabricantes vieron una grieta dorada:

la gama alta.

No coches para todos.

Coches para quienes querían estatus, prestigio, diferenciación.

Aparecieron ediciones limitadas.

Motores ajustados a mano.

Interiores en madera noble, cuero trabajado por artesanos, relojes integrados en el tablero fabricados por casas relojeras imperiales.

Los precios subieron… pero no explotaron.

Porque el mercado aún estaba contenido por la competencia.

El Estado observaba, tomaba notas, y dejaba hacer.

Relojería.

Aquí ocurrió algo distinto.

Los relojes imperiales ya eran respetados en Europa y Asia.

Con la liberalización, algunos talleres pasaron de producir “excelente” a producir obsesivamente perfecto.

Los precios de los relojes de alta gama subieron con fuerza.

No por escasez.

Sino por tiempo humano.

Un reloj podía tardar meses.

A veces un año.

Y quien lo compraba no lo hacía para mirar la hora.

Lo hacía para decir algo sin hablar.

El Estado no intervino.

El lujo, bien entendido, no dañaba al pueblo.

Trajes y sastrería.

Aquí el cambio fue cultural.

La sastrería imperial, ya refinada, entró en una nueva era.

Algunos talleres empezaron a trabajar únicamente bajo pedido.

Otros cerraron listas durante años.

Trajes hechos para una sola persona.

Medidas repetidas una y otra vez.

Pruebas interminables.

Los precios se multiplicaron…

y aun así, había listas de espera.

No era solo ropa.

Era identidad.

El fenómeno inesperado: los clubes deportivos.

Nadie en el Consejo lo vio venir con esa intensidad.

Con la apertura parcial, algunos inversores —comerciantes, industriales, herederos— empezaron a mirar los clubes deportivos con otros ojos.

Hasta entonces, eran instituciones sólidas, respetadas, con salarios buenos pero contenidos.

De pronto, se volvieron vitrinas.

Los fichajes empezaron a subir.

No a niveles absurdos.

Pero sí lo suficiente como para levantar cejas.

Un delantero excepcional ya no ganaba solo “bien”.

Ganaba muy bien.

Un boxeador campeón empezó a firmar contratos con primas.

Un piloto de carreras de caballos recibió ofertas cruzadas.

El Estado permitió el movimiento, pero dejó claro algo:

“El deporte no es una burbuja.

Si se convierte en una, la pincharemos sin dudar.”

Los límites seguían ahí.

Y todos lo sabían.

Los puros del Imperio: el lujo que ardía lento.

Aquí sí hubo tensión.

Los puros producidos en Cuba y otras regiones del Caribe imperial empezaron a subir de precio dentro y fuera del Imperio.

No por especulación.

Sino por prestigio.

Europa pagaba más.

Asia pagaba más.

Los coleccionistas acumulaban.

Por primera vez, el Estado tuvo que intervenir parcialmente:

no para bajar precios,

sino para garantizar abastecimiento interno.

El mensaje fue claro:

“El lujo se exporta.

Pero la dignidad del consumo interno no se negocia.”

El acero: la línea roja.

Hubo intentos.

Hubo maniobras.

Hubo reuniones discretas.

Algunos consorcios quisieron aprovechar la apertura para inflar el precio del acero.

No duró.

El Emperador habló una sola vez sobre el tema.

No hubo negociación.

“El acero sostiene los rieles, los edificios, los puentes, los coches y el futuro.

Quien intente usarlo como instrumento de codicia, será tratado como enemigo del progreso.”

El precio quedó congelado.

Y nadie volvió a intentarlo.

El efecto social.

En las calles, la reacción fue curiosa.

No hubo caos.

No hubo protestas.

La mayoría de la población seguía accediendo a todo lo esencial al mismo precio de siempre.

Lo que cambió fue la conversación.

Ahora se hablaba de marcas.

De calidad.

De diseño.

De elección.

La competencia empezó a premiar al que innovaba, no al que solo producía.

El silencio del Emperador.

Durante todo este proceso, el Emperador no apareció en público.

No dio discursos.

No inauguró nada.

Leía informes.

Escuchaba.

Y observaba.

Sabía que esta etapa era peligrosa.

Pero también sabía que un Imperio que no se atreve a soltar el control cuando es fuerte, termina perdiéndolo cuando es débil.

El nuevo capítulo cerró sin celebraciones.

Solo con una certeza que empezó a circular entre funcionarios, empresarios y ciudadanos atentos:

El Imperio había entrado en una nueva fase.

No de desorden.

Sino de confianza vigilada.

Y el mundo, como siempre, estaba mirando.

PUNTO DE VISTA DE SEBASTIÁN

(Año 1880 d.C. / Año 1830 del Sol)

La mansión estaba despierta antes que él.

No porque alguien la habitara con urgencia, sino porque los edificios grandes nunca duermen del todo. La piedra cruje con los cambios de temperatura, la madera se acomoda, los corredores largos guardan el eco de pasos que ya no se repiten.

Sebastián cruzó una galería sin prisa. Las ventanas altas dejaban entrar una luz oblicua que no buscaba iluminar nada en particular. Afuera, los campos se extendían en silencio, lejos de la capital, lo suficientemente lejos como para que el Imperio solo llegara como rumor.

Entró en el salón del piano.

No era una sala íntima. Era amplia, desproporcionada para una sola persona. El piano de cola ocupaba el centro con una naturalidad que solo tienen los objetos que no necesitan justificarse. Había sido afinado hacía poco. No por obligación, sino por costumbre.

Sebastián se sentó.

No pensó en música.

Dejó caer las manos sobre las teclas y empezó con acordes simples, casi mecánicos. No una pieza conocida. No una composición antigua. Solo progresiones que se repetían, se desviaban, regresaban.

El sonido llenó la sala y subió hacia el techo alto, rebotó en las paredes, volvió distinto. El piano no respondía rápido. Tenía inercia. Como todo lo que había sido construido para durar.

Pensó, sin quererlo, que el Imperio se parecía cada vez más a ese instrumento:

no necesitaba que alguien lo tocara todo el tiempo,

pero cuando alguien lo hacía, respondía con profundidad.

Siguió tocando.

No con nostalgia.

Con atención.

Cuando se detuvo, el silencio tardó en asentarse.

Eso siempre le había gustado de los lugares grandes: el sonido no se va de inmediato. Se queda un poco más, como si dudara.

Se levantó, cerró la tapa del piano y salió al exterior.

El aire era limpio. Más frío que en la ciudad. Los caminos de grava rodeaban la mansión como venas tranquilas. No había guardias visibles. No porque no existieran, sino porque no hacían falta a la vista.

El caballo ya estaba ensillado.

No era ceremonial. No era de desfile. Era fuerte, bien entrenado, acostumbrado a recorrer largas distancias sin dramatismo. Sebastián montó con un gesto aprendido hacía siglos y empezó a avanzar por los senderos que se internaban en los campos.

Cabalgó sin rumbo preciso.

Eso también era nuevo.

Durante gran parte de su vida, incluso los paseos habían tenido propósito. Inspeccionar, observar, medir. Ahora el trayecto no llevaba a nada que necesitara ser registrado.

El Imperio seguía creciendo lejos de ahí. Las vías férreas se extendían, los mercados discutían precios, las decisiones se tomaban en salas donde su nombre no aparecía.

Sebastián no sentía pérdida.

Sentía… distancia.

El caballo avanzaba con ritmo constante. El paisaje no cambiaba rápido. Colinas suaves, árboles viejos, construcciones agrícolas que existían desde antes de que muchas ciudades fueran trazadas.

Pensó en sus mujeres.

No con dolor agudo. Eso había quedado atrás. Pensó en ellas como se piensa en constelaciones que ya no se ven, pero que alguna vez sirvieron para orientarse.

Todas habían muerto.

El tiempo no había hecho excepciones.

Ahora estaba solo. No por abandono, sino porque la vida, eventualmente, deja de ofrecer compañía eterna incluso a quienes duran demasiado.

Detuvo el caballo en una elevación y miró hacia el horizonte.

Desde ahí no se veía la capital. Ni falta que hacía.

El Imperio ya no necesitaba su presencia para sostenerse. Las estructuras seguían en pie. Los hombres discutían, fallaban, acertaban. El dinero circulaba. El orden persistía.

No porque él vigilara.

Sino porque había aprendido a retirarse a tiempo.

Al caer la tarde regresó a la mansión.

Las sombras alargadas cubrían los patios interiores. Algunas alas del edificio permanecían cerradas desde hacía años. No por decadencia, sino por simple desuso. No todo lo grande necesita estar lleno.

Sebastián desmontó, entregó el caballo y volvió a entrar.

Pasó nuevamente frente al salón del piano, pero no entró. No hacía falta repetir el gesto.

Subió por una escalera amplia, antigua, hasta una habitación que no tenía vistas espectaculares, solo suficiente luz para el descanso.

Antes de cerrar la puerta, se detuvo un instante.

No pensó en el Imperio.

No pensó en el futuro.

Pensó en algo más pequeño y más difícil de nombrar:

la extraña tranquilidad de saber que el mundo sigue sin pedirte permiso.

Cerró.

Afuera, muy lejos de la capital, el Imperio continuaba.

No atento a él.

No dependiente de él.

Simplemente… vivo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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