EL INMORTAL - Capítulo 77
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Capítulo 77: CALMA
PUNTO DE VISTA DE SEBASTIÁN
(Año 1880 d.C. / Año 1830 del Sol)
La mansión estaba despierta antes que él.
No porque alguien la habitara con urgencia, sino porque los edificios grandes nunca duermen del todo. La piedra cruje con los cambios de temperatura, la madera se acomoda, los corredores largos guardan el eco de pasos que ya no se repiten.
Sebastián cruzó una galería sin prisa. Las ventanas altas dejaban entrar una luz oblicua que no buscaba iluminar nada en particular. Afuera, los campos se extendían en silencio, lejos de la capital, lo suficientemente lejos como para que el Imperio solo llegara como rumor.
Entró en el salón del piano.
No era una sala íntima. Era amplia, desproporcionada para una sola persona. El piano de cola ocupaba el centro con una naturalidad que solo tienen los objetos que no necesitan justificarse. Había sido afinado hacía poco. No por obligación, sino por costumbre.
Sebastián se sentó.
No pensó en música.
Dejó caer las manos sobre las teclas y empezó con acordes simples, casi mecánicos. No una pieza conocida. No una composición antigua. Solo progresiones que se repetían, se desviaban, regresaban.
El sonido llenó la sala y subió hacia el techo alto, rebotó en las paredes, volvió distinto. El piano no respondía rápido. Tenía inercia. Como todo lo que había sido construido para durar.
Pensó, sin quererlo, que el Imperio se parecía cada vez más a ese instrumento:
no necesitaba que alguien lo tocara todo el tiempo,
pero cuando alguien lo hacía, respondía con profundidad.
Siguió tocando.
No con nostalgia.
Con atención.
Cuando se detuvo, el silencio tardó en asentarse.
Eso siempre le había gustado de los lugares grandes: el sonido no se va de inmediato. Se queda un poco más, como si dudara.
Se levantó, cerró la tapa del piano y salió al exterior.
El aire era limpio. Más frío que en la ciudad. Los caminos de grava rodeaban la mansión como venas tranquilas. No había guardias visibles. No porque no existieran, sino porque no hacían falta a la vista.
El caballo ya estaba ensillado.
No era ceremonial. No era de desfile. Era fuerte, bien entrenado, acostumbrado a recorrer largas distancias sin dramatismo. Sebastián montó con un gesto aprendido hacía siglos y empezó a avanzar por los senderos que se internaban en los campos.
Cabalgó sin rumbo preciso.
Eso también era nuevo.
Durante gran parte de su vida, incluso los paseos habían tenido propósito. Inspeccionar, observar, medir. Ahora el trayecto no llevaba a nada que necesitara ser registrado.
El Imperio seguía creciendo lejos de ahí. Las vías férreas se extendían, los mercados discutían precios, las decisiones se tomaban en salas donde su nombre no aparecía.
Sebastián no sentía pérdida.
Sentía… distancia.
El caballo avanzaba con ritmo constante. El paisaje no cambiaba rápido. Colinas suaves, árboles viejos, construcciones agrícolas que existían desde antes de que muchas ciudades fueran trazadas.
Pensó en sus mujeres.
No con dolor agudo. Eso había quedado atrás. Pensó en ellas como se piensa en constelaciones que ya no se ven, pero que alguna vez sirvieron para orientarse.
Todas habían muerto.
El tiempo no había hecho excepciones.
Ahora estaba solo. No por abandono, sino porque la vida, eventualmente, deja de ofrecer compañía eterna incluso a quienes duran demasiado.
Detuvo el caballo en una elevación y miró hacia el horizonte.
Desde ahí no se veía la capital. Ni falta que hacía.
El Imperio ya no necesitaba su presencia para sostenerse. Las estructuras seguían en pie. Los hombres discutían, fallaban, acertaban. El dinero circulaba. El orden persistía.
No porque él vigilara.
Sino porque había aprendido a retirarse a tiempo.
Al caer la tarde regresó a la mansión.
Las sombras alargadas cubrían los patios interiores. Algunas alas del edificio permanecían cerradas desde hacía años. No por decadencia, sino por simple desuso. No todo lo grande necesita estar lleno.
Sebastián desmontó, entregó el caballo y volvió a entrar.
Pasó nuevamente frente al salón del piano, pero no entró. No hacía falta repetir el gesto.
Subió por una escalera amplia, antigua, hasta una habitación que no tenía vistas espectaculares, solo suficiente luz para el descanso.
Antes de cerrar la puerta, se detuvo un instante.
No pensó en el Imperio.
No pensó en el futuro.
Pensó en algo más pequeño y más difícil de nombrar:
la extraña tranquilidad de saber que el mundo sigue sin pedirte permiso.
Cerró.
Afuera, muy lejos de la capital, el Imperio continuaba.
No atento a él.
No dependiente de él.
Simplemente… vivo.
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