EL INMORTAL - Capítulo 81
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Capítulo 81: PENSAMIENTOS
París, finales de 1882 d.C. / 1832 del Sol
Henri Delacroix amaneció antes de lo habitual. No por urgencia, ni por ansiedad, sino porque el sueño había dejado de cumplir su función. Permaneció unos minutos sentado en el borde de la cama, escuchando la ciudad desperezarse lentamente. Carruajes lejanos. Pasos dispersos. Una París que despertaba sin preguntarse nada.
Él, en cambio, llevaba horas preguntándose.
De vuelta en su despacho, no encendió la lámpara. Dejó que la luz gris de la mañana se filtrara por las ventanas altas. Le gustaba esa hora en la que los objetos todavía no reclamaban atención. El escritorio, los archivadores, los cuadros, todo parecía más honesto cuando aún no había empezado el día.
El Imperio seguía ahí.
No en papeles visibles.
En la cabeza.
Henri se sentó despacio. Apoyó los antebrazos sobre la madera y entrelazó los dedos. No había decisión que tomar esa mañana, pero sí una comprensión que ordenar.
Pensó en la historia de ese país.
No una historia de ascensos y caídas violentas, como las europeas. No una sucesión de rupturas glorificadas después. Más bien una continuidad incómoda, casi aburrida para quien busca gestas.
-« Ils n’ont jamais eu besoin de renaître…
ils n’ont jamais cessé. »
(“Nunca han necesitado renacer…
nunca han dejado de ser.”)
Eso lo inquietaba más que cualquier revolución. Porque las revoluciones se entienden. La continuidad, no.
Recordó profesores que hablaban del Imperio como una anomalía histórica. Algo que no encajaba en los modelos europeos. Demasiado antiguo para ser moderno. Demasiado moderno para ser antiguo.
Ahora entendía que ese “no encajar” era precisamente su fuerza.
Pensó en la población.
No como número, sino como vida cotidiana.
Millones de familias levantándose cada día sin preguntarse si el sistema seguiría existiendo mañana. Personas que no necesitaban estar politizadas para sobrevivir. Consumidores que no compraban por pánico ni por euforia, sino por hábito.
-« Ce n’est pas une foule…
c’est une société qui se répète. »
(“No es una multitud…
es una sociedad que se repite.”)
Henri se dio cuenta de que Europa vivía demasiado pendiente de sí misma. Cada crisis se analizaba como si fuera definitiva. Cada avance, como si fuera irreversible. En el Imperio, en cambio, parecía haber una aceptación silenciosa de que todo continuaba.
Luego vino la industria.
No la que se mostraba en ferias internacionales, pulida y orgullosa. Sino la que aparecía en los informes: toneladas constantes, producción regular, mejoras pequeñas. Nada que encendiera titulares. Todo lo que sostenía una economía real.
-« Ils produisent comme on respire.
Sans emphase. »
(“Producen como se respira.
Sin énfasis.”)
Pensó en sus propias fábricas. En los años buenos y en los años malos. En cómo cada expansión traía consigo una fragilidad nueva. En cómo cada ajuste generaba resentimiento.
El Imperio, en cambio, parecía haber aceptado límites voluntarios. Y eso, para alguien acostumbrado a medir éxito en crecimiento, resultaba casi incomprensible.
Pensó en los alimentos.
No como mercancía, sino como fundamento.
Frutas y verduras disponibles todo el año. Carne y lácteos presentes en la dieta cotidiana. No como lujo, no como símbolo de estatus, sino como normalidad.
-« Quand l’alimentation est stable,
tout le reste l’est un peu aussi. »
(“Cuando la alimentación es estable,
todo lo demás lo es un poco también.”)
Henri recordó huelgas en Francia iniciadas por el precio del pan. Protestas por el vino. Debates interminables sobre importaciones. Allí, en el Imperio, los alimentos parecían haber sido despolitizados hace siglos.
Eso no era ideología.
Era administración.
La moneda llegó después.
El peso mexicano imperial.
Henri había firmado contratos en esa moneda sin pensarlo demasiado. Siempre había funcionado. Ahora se daba cuenta de lo raro que era eso.
-« Une monnaie qui ne promet rien…
et qui tient tout. »
(“Una moneda que no promete nada…
y que cumple todo.”)
No necesitaba discursos patrióticos. No necesitaba rescates. No necesitaba salvar a otros para sostenerse. Simplemente existía, respaldada por un mercado interno gigantesco y por disciplina acumulada.
Luego, inevitablemente, pensó en el ejército.
No en soldados individuales.
En estructura.
Un ejército que no parecía gobernar la política. Que no necesitaba desfilar para recordar su existencia. Que no era el centro de la identidad nacional.
-« Ils ont une force armée…
pas une culture militarisée. »
(“Tienen una fuerza armada…
no una cultura militarizada.”)
Eso explicaba por qué podían permitirse la calma. Porque no necesitaban probar nada.
El tamaño del Imperio volvió a aparecer como una imagen mental difícil de ignorar. No fronteras disputadas constantemente. No enclaves lejanos. Un territorio continuo, diverso, funcional.
-« Ils ne possèdent pas des terres.
Ils les organisent. »
(“No poseen tierras.
Las organizan.”)
Henri suspiró. Pensó en Europa, en sus mapas llenos de líneas tensas. Pensó en lo costoso que era sostener cualquier acuerdo.
Y finalmente, el mercado de valores.
La bolsa imperial.
No un teatro. No un juego. Un lugar aburrido para quien busca emociones rápidas. Un refugio para quien busca continuidad.
-« Leur marché ne fait pas rêver.
Il permet de dormir. »
(“Su mercado no hace soñar.
Permite dormir.”)
Eso, se dio cuenta, era lo más subversivo de todo.
Henri se levantó y caminó lentamente por el despacho. Se detuvo frente a la ventana. París seguía viva, orgullosa, brillante. Pero también cansada. Demasiado pendiente de cada sobresalto.
Dijo en voz baja, sin amargura:
-« Ils n’ont pas besoin d’être le centre.
Ils sont un point fixe. »
(“No necesitan ser el centro.
Son un punto fijo.”)
Volvió al escritorio. Abrió el cajón. Sacó el periódico y la revista imperiales. Los colocó frente a él, uno sobre otro, como había hecho la noche anterior.
No para leerlos.
Para recordarse algo esencial.
Que el poder más difícil de enfrentar
no es el que avanza con ruido,
sino el que permanece
mientras los demás discuten su propio movimiento.
Y por primera vez en muchos años,
Henri Delacroix se preguntó
si no había pasado demasiado tiempo
intentando moverse más rápido
en lugar de aprender a durar.
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