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EL INMORTAL - Capítulo 82

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  4. Capítulo 82 - Capítulo 82: LOGICA DEL PESO
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Capítulo 82: LOGICA DEL PESO

Berlín, 1883 d.C. / 1833 del Sol

Friedrich Keller llevaba despierto desde antes del amanecer. No porque tuviera prisa, sino porque el silencio de esas horas le resultaba más útil que cualquier reunión. Berlín aún dormía cuando entró en su despacho, se quitó el abrigo y lo colgó con cuidado, como si el gesto mismo ayudara a ordenar el día.

El despacho no era grande. Era suficiente. Un escritorio sólido, una silla firme, archivadores metálicos, mapas. Ningún objeto sin función. Friedrich desconfiaba de los espacios que necesitaban ser explicados.

Encendió la estufa y dejó que el calor subiera lentamente. Mientras tanto, preparó café. No fuerte. Solo lo necesario para acompañar el pensamiento, no para empujarlo.

Sobre la mesa, separados del resto de documentos, había dos impresos extranjeros.

Un periódico.

Una revista.

Ambos del Imperio Mexicano.

No los tocó de inmediato. Se sentó primero. Apoyó las manos en los muslos. Respiró hondo. Desde hacía semanas, aquellas publicaciones regresaban una y otra vez a su mente, incluso cuando no estaban a la vista.

Finalmente, tomó el periódico.

Lo abrió con un gesto metódico, como si inspeccionara una máquina. El papel era resistente. No se doblaba con facilidad. Friedrich aprobó eso sin pensarlo demasiado.

Leyó en silencio.

Las frases no buscaban persuadir.

No buscaban tranquilizar.

No buscaban advertir.

Simplemente registraban.

Se detuvo en un párrafo económico.

„Das Jahr 1882 bestätigte die strukturelle Stabilität der imperialen Wirtschaft.“

(“El año 1882 confirmó la estabilidad estructural de la economía imperial.”)

Friedrich frunció ligeramente el ceño.

—„Bestätigte…“

(“Confirmó…”)

No celebró.

No corrigió.

Confirmó.

En Alemania, pensó, cada cierre de año era una batalla de interpretaciones. Aquí parecía una comprobación rutinaria, casi aburrida.

Pasó la página.

Producción agrícola. Volúmenes constantes. Reservas intactas.

—„Sie zählen nicht Ernten…

sie zählen Kontinuität.“

(“No cuentan cosechas…

cuentan continuidad.”)

Eso le pareció fundamental. En Europa, una mala cosecha podía alterar mercados, políticas, incluso gobiernos. Allí, la agricultura parecía amortiguada por diseño.

Siguió leyendo.

Frutas y verduras distribuidas por redes internas. Carne y lácteos tratados como bienes de consumo regular, no como lujo.

—„Wenn Nahrung stabil ist,

ist alles andere verhandelbar.“

(“Cuando la alimentación es estable,

todo lo demás es negociable.”)

Friedrich apoyó el codo sobre la mesa. Pensó en huelgas recientes, en protestas por precios, en cómo la política alemana giraba cada vez más alrededor del bienestar material inmediato.

El Imperio, en cambio, parecía haber desactivado esa tensión desde hacía generaciones.

Cerró el periódico y tomó la revista.

La edición técnica anual no estaba hecha para impresionar. Estaba hecha para ser consultada. Diagramas claros. Tablas limpias. Lenguaje seco.

Leyó sobre industria pesada.

Acerías que no crecían de forma explosiva, pero tampoco retrocedían. Producción constante. Mantenimiento prioritario.

—„Sie wachsen nicht…

sie halten.“

(“No crecen…

se mantienen.”)

Eso, para un industrial alemán, era inquietante. Alemania crecía rápido. Demasiado rápido, quizá. Cada expansión traía consigo nuevas dependencias, nuevas fragilidades.

Pasó a infraestructura.

Ferrocarriles diseñados para durar décadas. No solo para conectar, sino para resistir.

—„Ein Netz, das man nicht erklären muss.“

(“Una red que no necesita explicación.”)

Friedrich recordó proyectos ferroviarios alemanes ajustados una y otra vez por razones políticas, presupuestarias, estratégicas. El Imperio parecía haber tomado decisiones difíciles hace mucho tiempo… y vivir aún de ellas.

Luego pensó en la población.

No como orgullo nacional, sino como masa funcional. Un mercado interno gigantesco, integrado, con hábitos de consumo estables.

—„Das ist kein Boom.

Das ist Gewohnheit.“

(“Eso no es un auge.

Es costumbre.”)

La costumbre era más poderosa que la novedad. Friedrich lo sabía. Los mercados más sólidos no eran los que crecían rápido, sino los que compraban sin pensarlo.

La moneda volvió a su mente.

El peso mexicano imperial.

Había trabajado con muchas divisas. Algunas fuertes. Algunas frágiles. Algunas sostenidas por miedo. Otras por esperanza.

—„Diese Währung verspricht nichts.“

(“Esta moneda no promete nada.”)

Y, sin embargo, cumplía.

No reaccionaba con pánico. No necesitaba rescates. No dependía de discursos.

Eso lo inquietaba profundamente.

Luego pensó en el ejército.

No en soldados, sino en presupuesto. En logística. En carga fiscal.

—„Sie haben eine Armee,

die nicht um Aufmerksamkeit bittet.“

(“Tienen un ejército

que no pide atención.”)

Eso significaba algo muy concreto: no drenaba la economía, no imponía urgencias constantes. Existía como respaldo, no como motor.

El tamaño del Imperio apareció entonces como una realidad mental pesada. Territorio continuo. Recursos diversos. Acceso marítimo amplio.

—„Raum mit Ordnung.“

(“Espacio con orden.”)

Europa tenía historia.

El Imperio tenía escala.

Finalmente, pensó en el mercado de valores imperial.

Había analizado sus reglas. Sus límites a la especulación. Su castigo a la volatilidad excesiva.

—„Ein Markt, der Spekulanten langweilt.“

(“Un mercado que aburre a los especuladores.”)

Eso era deliberado.

Y peligroso.

Porque seleccionaba a los participantes. Solo quedaban quienes pensaban a largo plazo.

Friedrich se levantó y caminó lentamente por el despacho. Se detuvo frente al mapa del Reich. Alemania era eficiente, ambiciosa, disciplinada. Pero también estaba rodeada, comprimida, obligada a moverse rápido.

El Imperio, en cambio, parecía moverse despacio porque podía permitírselo.

—„Wir laufen…

sie gehen.“

(“Nosotros corremos…

ellos caminan.”)

Y aun así, avanzaban.

Regresó al escritorio. Alineó el periódico y la revista con precisión. No como gesto simbólico, sino como hábito.

Dijo en voz baja, casi con resignación:

—„Man kann so etwas nicht kopieren.“

(“Eso no se puede copiar.”)

Solo se podía entender.

Y quizá, adaptarse.

Berlín seguía creciendo.

Las fábricas seguían produciendo.

El Reich seguía afirmándose.

Pero en 1883, Friedrich Keller comprendió algo que no figuraba en ningún plan quinquenal ni en ningún discurso político:

que el verdadero rival no era un país extranjero,

sino una forma distinta de relacionarse con el tiempo.

Y esa comprensión, silenciosa y pesada,

empezó a cambiar la manera en que pensaba cada decisión futura.

Berlín, 1883 d.C. / 1833 del Sol

El día había sido largo sin haber sido difícil. Friedrich Keller siempre había considerado eso una señal inquietante. Los días difíciles agotaban, pero los largos dejaban residuos. Ideas que no encontraban forma, preguntas que no pedían respuesta inmediata, pero tampoco se iban.

Al cerrar la puerta de su despacho por última vez esa tarde, se detuvo un segundo antes de girar la llave. Escuchó el eco leve del edificio vacío. Le gustaba ese sonido. Le recordaba que la empresa no era solo cifras, sino espacios que debían mantenerse en pie.

Encendió la lámpara. La luz amarilla no embellecía nada, pero hacía visibles las cosas importantes. El escritorio, ordenado con la precisión habitual, parecía igual que siempre. Sin embargo, él ya no lo miraba del mismo modo.

Se sentó despacio.

No abrió documentos.

No escribió cartas.

No hizo cálculos.

Pensó.

El Imperio regresó, como lo había hecho durante semanas. No con insistencia, sino con regularidad. Como una referencia que ya no necesitaba ser llamada.

Producción.

Alemania producía con orgullo. Con técnica. Con eficiencia. Pero también con presión. Cada mejora exigía una siguiente. Cada récord establecía una expectativa nueva.

—„Wir steigern uns ständig.“

(“Nos superamos constantemente.”)

La frase sonó bien al principio. Luego no tanto.

Superarse implicaba que el estado anterior ya no bastaba. Y Friedrich empezó a preguntarse cuántas veces se podía hacer eso sin romper algo.

En el Imperio, la producción parecía menos ansiosa.

—„Sie produzieren nicht,

um besser zu sein als gestern.“

(“Ellos no producen

para ser mejores que ayer.”)

Producían para ser suficientes mañana.

Eso era una diferencia filosófica, no técnica. Y las diferencias filosóficas eran las más difíciles de corregir.

Se levantó y caminó por el despacho. Pasó la mano por el respaldo de una silla, por el borde de un archivador. Todo estaba sólido. Bien construido. Pero también todo estaba exigido.

Pensó en la población imperial.

No como número, sino como repetición diaria. Personas que no necesitaban reinventar su vida cada década. Que no temían cada invierno. Que no convertían el consumo básico en debate público.

—„Wenn Menschen planen können,

planen sie ruhig.“

(“Cuando las personas pueden planear,

planean con calma.”)

En Alemania, incluso los trabajadores cualificados empezaban a planear a corto plazo. No por falta de inteligencia, sino por exceso de incertidumbre.

Volvió al escritorio y abrió un cajón lateral. Sacó un informe antiguo, de hacía casi diez años. Proyecciones industriales que, en su momento, habían parecido ambiciosas.

Ahora las miró con otros ojos.

—„Alles war auf Wachstum ausgelegt.“

(“Todo estaba pensado para crecer.”)

Nada estaba pensado para fallar sin colapsar.

El Imperio, en cambio, parecía haber aceptado la posibilidad del error como parte del sistema. No lo celebraba. Lo absorbía.

Pensó en los alimentos otra vez.

No porque fuera su sector, sino porque era la base de todo lo demás.

—„Nahrung ist keine Ware dort.

Sie ist Infrastruktur.“

(“La alimentación no es una mercancía allí.

Es infraestructura.”)

Eso explicaba mucho. Las tensiones sociales. La estabilidad política. La ausencia de urgencias constantes.

En Europa, la comida era mercado.

En el Imperio, era sistema.

La moneda volvió, inevitable.

El peso mexicano imperial.

No recordaba un solo titular dramático sobre él. Eso, en sí mismo, era un logro extraordinario.

—„Eine Währung ohne Schlagzeilen.“

(“Una moneda sin titulares.”)

Las monedas europeas necesitaban ser defendidas, explicadas, justificadas. Esa no.

Friedrich apoyó los antebrazos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Sintió el cansancio en los hombros. No físico. Intelectual. El cansancio de quien empieza a comprender algo que no encaja del todo en sus esquemas previos.

Pensó en el ejército.

No en fuerza bruta, sino en proporción. En cuánto ocupaba en el imaginario nacional.

—„Ihre Armee ist präsent,

aber nicht omnipräsent.“

(“Su ejército está presente,

pero no es omnipresente.”)

Eso era importante. En Alemania, los uniformes empezaban a verse con más frecuencia. No como amenaza, sino como recordatorio. Friedrich no estaba seguro de si eso era fortaleza o síntoma.

El tamaño del Imperio volvió como una sensación de espacio mental.

—„Raum gibt Zeit zum Denken.“

(“El espacio da tiempo para pensar.”)

Europa no tenía espacio.

Tenía memoria.

Y demasiadas fronteras.

Finalmente, el mercado de valores.

Había analizado su comportamiento durante meses. No reaccionaba como los demás. No amplificaba rumores. No premiaba la audacia extrema.

—„Ein Markt, der Ungeduld bestraft.“

(“Un mercado que castiga la impaciencia.”)

Eso no era atractivo para todos. Pero era extraordinariamente selectivo.

Friedrich cerró los ojos un momento. Escuchó su propia respiración. Pensó en su padre, que había construido la empresa paso a paso, sin discursos, sin urgencias. Pensó en cómo él mismo había acelerado ese ritmo.

—„Vielleicht sind wir zu schnell geworden.“

(“Quizá nos hemos vuelto demasiado rápidos.”)

No era arrepentimiento. Era ajuste.

Se levantó, tomó su abrigo y se detuvo antes de apagar la luz. Miró el despacho una última vez. Todo estaba en su sitio. Pero ahora ese orden tenía otra finalidad.

No crecer más rápido.

No imponerse.

Durar.

Mientras bajaba las escaleras, pensó una última frase, sin dramatismo, casi con aceptación:

—„Wenn alles drängt,

ist Langsamkeit kein Fehler.“

(“Cuando todo empuja,

la lentitud no es un error.”)

Berlín seguía viva.

Alemania seguía avanzando.

El mundo seguía tensándose sin saber aún cómo rompería.

Y Friedrich Keller, sin anunciar nada, sin escribirlo en ningún informe,

empezó a moverse con más cuidado,

no por miedo,

sino porque había comprendido que el poder más difícil de desafiar

no es el que grita,

sino el que permanece

mientras los demás se apresuran.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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