EL INMORTAL - Capítulo 83
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Capítulo 83: DECISIONES
Berlín, 1883 d.C. / 1833 del Sol
El día había sido largo sin haber sido difícil. Friedrich Keller siempre había considerado eso una señal inquietante. Los días difíciles agotaban, pero los largos dejaban residuos. Ideas que no encontraban forma, preguntas que no pedían respuesta inmediata, pero tampoco se iban.
Al cerrar la puerta de su despacho por última vez esa tarde, se detuvo un segundo antes de girar la llave. Escuchó el eco leve del edificio vacío. Le gustaba ese sonido. Le recordaba que la empresa no era solo cifras, sino espacios que debían mantenerse en pie.
Encendió la lámpara. La luz amarilla no embellecía nada, pero hacía visibles las cosas importantes. El escritorio, ordenado con la precisión habitual, parecía igual que siempre. Sin embargo, él ya no lo miraba del mismo modo.
Se sentó despacio.
No abrió documentos.
No escribió cartas.
No hizo cálculos.
Pensó.
El Imperio regresó, como lo había hecho durante semanas. No con insistencia, sino con regularidad. Como una referencia que ya no necesitaba ser llamada.
Producción.
Alemania producía con orgullo. Con técnica. Con eficiencia. Pero también con presión. Cada mejora exigía una siguiente. Cada récord establecía una expectativa nueva.
—„Wir steigern uns ständig.“
(“Nos superamos constantemente.”)
La frase sonó bien al principio. Luego no tanto.
Superarse implicaba que el estado anterior ya no bastaba. Y Friedrich empezó a preguntarse cuántas veces se podía hacer eso sin romper algo.
En el Imperio, la producción parecía menos ansiosa.
—„Sie produzieren nicht,
um besser zu sein als gestern.“
(“Ellos no producen
para ser mejores que ayer.”)
Producían para ser suficientes mañana.
Eso era una diferencia filosófica, no técnica. Y las diferencias filosóficas eran las más difíciles de corregir.
Se levantó y caminó por el despacho. Pasó la mano por el respaldo de una silla, por el borde de un archivador. Todo estaba sólido. Bien construido. Pero también todo estaba exigido.
Pensó en la población imperial.
No como número, sino como repetición diaria. Personas que no necesitaban reinventar su vida cada década. Que no temían cada invierno. Que no convertían el consumo básico en debate público.
—„Wenn Menschen planen können,
planen sie ruhig.“
(“Cuando las personas pueden planear,
planean con calma.”)
En Alemania, incluso los trabajadores cualificados empezaban a planear a corto plazo. No por falta de inteligencia, sino por exceso de incertidumbre.
Volvió al escritorio y abrió un cajón lateral. Sacó un informe antiguo, de hacía casi diez años. Proyecciones industriales que, en su momento, habían parecido ambiciosas.
Ahora las miró con otros ojos.
—„Alles war auf Wachstum ausgelegt.“
(“Todo estaba pensado para crecer.”)
Nada estaba pensado para fallar sin colapsar.
El Imperio, en cambio, parecía haber aceptado la posibilidad del error como parte del sistema. No lo celebraba. Lo absorbía.
Pensó en los alimentos otra vez.
No porque fuera su sector, sino porque era la base de todo lo demás.
—„Nahrung ist keine Ware dort.
Sie ist Infrastruktur.“
(“La alimentación no es una mercancía allí.
Es infraestructura.”)
Eso explicaba mucho. Las tensiones sociales. La estabilidad política. La ausencia de urgencias constantes.
En Europa, la comida era mercado.
En el Imperio, era sistema.
La moneda volvió, inevitable.
El peso mexicano imperial.
No recordaba un solo titular dramático sobre él. Eso, en sí mismo, era un logro extraordinario.
—„Eine Währung ohne Schlagzeilen.“
(“Una moneda sin titulares.”)
Las monedas europeas necesitaban ser defendidas, explicadas, justificadas. Esa no.
Friedrich apoyó los antebrazos sobre la mesa y entrelazó los dedos. Sintió el cansancio en los hombros. No físico. Intelectual. El cansancio de quien empieza a comprender algo que no encaja del todo en sus esquemas previos.
Pensó en el ejército.
No en fuerza bruta, sino en proporción. En cuánto ocupaba en el imaginario nacional.
—„Ihre Armee ist präsent,
aber nicht omnipräsent.“
(“Su ejército está presente,
pero no es omnipresente.”)
Eso era importante. En Alemania, los uniformes empezaban a verse con más frecuencia. No como amenaza, sino como recordatorio. Friedrich no estaba seguro de si eso era fortaleza o síntoma.
El tamaño del Imperio volvió como una sensación de espacio mental.
—„Raum gibt Zeit zum Denken.“
(“El espacio da tiempo para pensar.”)
Europa no tenía espacio.
Tenía memoria.
Y demasiadas fronteras.
Finalmente, el mercado de valores.
Había analizado su comportamiento durante meses. No reaccionaba como los demás. No amplificaba rumores. No premiaba la audacia extrema.
—„Ein Markt, der Ungeduld bestraft.“
(“Un mercado que castiga la impaciencia.”)
Eso no era atractivo para todos. Pero era extraordinariamente selectivo.
Friedrich cerró los ojos un momento. Escuchó su propia respiración. Pensó en su padre, que había construido la empresa paso a paso, sin discursos, sin urgencias. Pensó en cómo él mismo había acelerado ese ritmo.
—„Vielleicht sind wir zu schnell geworden.“
(“Quizá nos hemos vuelto demasiado rápidos.”)
No era arrepentimiento. Era ajuste.
Se levantó, tomó su abrigo y se detuvo antes de apagar la luz. Miró el despacho una última vez. Todo estaba en su sitio. Pero ahora ese orden tenía otra finalidad.
No crecer más rápido.
No imponerse.
Durar.
Mientras bajaba las escaleras, pensó una última frase, sin dramatismo, casi con aceptación:
—„Wenn alles drängt,
ist Langsamkeit kein Fehler.“
(“Cuando todo empuja,
la lentitud no es un error.”)
Berlín seguía viva.
Alemania seguía avanzando.
El mundo seguía tensándose sin saber aún cómo rompería.
Y Friedrich Keller, sin anunciar nada, sin escribirlo en ningún informe,
empezó a moverse con más cuidado,
no por miedo,
sino porque había comprendido que el poder más difícil de desafiar
no es el que grita,
sino el que permanece
mientras los demás se apresuran.
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