EL INMORTAL - Capítulo 84
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Capítulo 84: COLCHON SEGURO
Londres, 1883 d.C. / 1833 del Sol
La City de Londres tenía un pulso propio, distinto al del resto de la ciudad. No era más rápido, sino más constante. Edward Whitmore lo sentía cada mañana al cruzar el umbral del edificio donde trabajaba desde hacía años. El ruido de la calle quedaba atrás y lo reemplazaba otro sonido: el del papel, la pluma, las cifras que no necesitaban elevar la voz.
Su despacho era sobrio, casi anónimo. Edward nunca había creído que el dinero necesitara ornamentos. Se quitó los guantes, los dejó sobre la mesa y abrió una carpeta gruesa, gastada en los bordes. La había revisado muchas veces, pero ese día no buscaba novedades. Buscaba confirmación.
Imperial Market – Mexico
Se sentó, ajustó las gafas y comenzó por lo esencial: el tamaño.
La comparación estaba escrita con claridad suficiente como para no necesitar comentarios adicionales.
•Bolsa de Valores del Imperio Mexicano
Capitalización estimada: ≈ 3.5–3.8 billones de pesos imperiales
Convertido a referencia británica: ≈ 1.75–1.9 billones de libras
•Bolsa de Londres (LSE)
Capitalización estimada: ≈ 1.1–1.3 billones de libras
Edward dejó la pluma sobre la mesa.
—“It’s larger… and quieter.”
(“Es más grande… y más silenciosa.”)
No era una diferencia marginal. La bolsa imperial ya superaba a Londres en tamaño total, pero lo hacía sin exhibicionismo. No atraía capital con promesas grandilocuentes, sino con algo mucho más convincente: continuidad.
Siguió leyendo.
El volumen diario de operaciones era profundo, pero estable. No había picos violentos. No había jornadas de euforia seguidas de pánico. La participación extranjera existía, pero estaba limitada por diseño. Eso reducía la volatilidad y obligaba a pensar a largo plazo.
—“They’ve built friction into the system.”
(“Han construido fricción dentro del sistema.”)
En Londres, pensó, la fricción se consideraba un defecto. Allí parecía una herramienta.
Pasó a la sección de estabilidad histórica. Crisis europeas recientes apenas habían dejado huella. Guerras lejanas, quiebras puntuales, tensiones políticas… todo había sido absorbido sin dramatismo.
—“It doesn’t react like a crowd.”
(“No reacciona como una multitud.”)
Eso, para alguien que había vivido varios ciclos de pánico financiero, era un valor incalculable.
Luego vinieron las empresas.
Edward no buscaba nombres espectaculares. Buscaba aburrimiento bien administrado.
Leyó con atención, deteniéndose en cada una:
•Aztlan Steel & Rail
Infraestructura pesada, acero, rieles. Contratos estatales y privados. Dividendos constantes desde hacía décadas.
•Imperial Electric Works
Generación y distribución eléctrica. Expansión gradual. Márgenes modestos, estabilidad extrema.
•Nueva Veracruz Shipping Company
Transporte marítimo intercontinental. Exposición global sin dependencia de una sola ruta.
•Tlaloc Agricultural Consortium
Almacenamiento, procesamiento y logística alimentaria. Protección frente a crisis de precios.
•Mexica Textile & Machinery
Manufactura mixta. Mercado interno dominante. Exportación selectiva.
Edward cerró la carpeta un momento y apoyó la espalda en la silla.
—“These companies don’t chase growth.”
(“Estas empresas no persiguen crecimiento.”)
Simplemente existían.
Y eso era suficiente.
Volvió a abrir la carpeta y sacó una hoja aparte. Era su decisión personal, no la del fondo que administraba. No quería explicarla en una reunión. No quería defenderla ante un comité.
Anotó la cifra con cuidado:
£120,000
No era una apuesta temeraria.
Tampoco simbólica.
Era una porción significativa de sus ahorros, distribuida entre varias de aquellas empresas. Suficiente para importarle. No suficiente para inquietarlo.
—“Enough to matter.”
(“Suficiente para que importe.”)
Firmó la orden con una caligrafía tranquila. No sintió adrenalina. Tampoco duda. Solo una sensación extraña de alivio, como si hubiera colocado peso en el lugar correcto.
El resto del día transcurrió sin sobresaltos. Reuniones breves. Correspondencia. Un colega demasiado entusiasta por una oportunidad en Sudamérica. Edward escuchó, asintió, no se comprometió.
Al caer la tarde, salió del edificio y caminó hacia el carruaje. Londres estaba envuelta en una niebla suave, casi amable. La ciudad seguía siendo el centro de muchas cosas, pero ya no de todas.
En casa, la atmósfera era otra.
Más baja.
Más cercana.
Su esposa lo recibió en el pasillo. Edward dejó el abrigo, se inclinó para besarla y permaneció un segundo más de lo habitual.
Durante la cena, hablaron de los niños, de la escuela, de un asunto doméstico menor. Luego, cuando la casa se aquietó, Edward mencionó su día sin rodeos.
—“I put some money into the Imperial market today.”
(“Hoy puse algo de dinero en el mercado del Imperio.”)
Ella lo miró con curiosidad tranquila, no con sorpresa.
—“A lot?”
(“¿Mucho?”)
Edward pensó un segundo.
—“Enough to sleep well.”
(“Lo suficiente para dormir bien.”)
Ella sonrió apenas y asintió. No pidió detalles. No los necesitaba. Lo conocía lo suficiente para saber que Edward no tomaba decisiones impulsivas.
Más tarde, sentado junto a la chimenea, Edward observó el fuego en silencio. Pensó en Londres, en su mercado vibrante, en su energía constante. Pensó también en aquel otro mercado, lejano, más grande, más silencioso.
—“It’s not about returns this year.”
(“No se trata de rendimientos este año.”)
El fuego crepitó suavemente.
—“It’s about being somewhere that will still be standing.”
(“Se trata de estar en un lugar que seguirá en pie.”)
Afuera, la ciudad continuaba su ritmo incansable.
En otro continente, la Bolsa Imperial cerraba otra jornada sin sobresaltos.
Y entre ambos mundos, Edward Whitmore comprendió que, a veces, la decisión más racional no era la que prometía más,
sino la que permitía volver a casa,
hablar con naturalidad,
y sentir que el futuro no exigía prisa.
Imperio Mexicano, 1913 d.C. / 1863 del Sol
Sebastián no llevaba la cuenta de los años como lo hacían los demás. Para él, las fechas no eran marcas de urgencia, sino referencias útiles. Aun así, aquella le resultaba imposible de ignorar. No por lo que ocurría dentro del Imperio, sino por lo que se acumulaba fuera.
Estaba solo en el salón alto de la mansión. No había música esa mañana. Tampoco libros abiertos. Solo informes, resúmenes, notas técnicas y balances que había pedido reunir sin ceremonia. No necesitaba leerlos completos. Los conocía. Pero necesitaba verlos juntos.
El Imperio había cambiado. No de forma abrupta, no con una ruptura visible, sino como cambian los sistemas que funcionan: ajustándose.
Sebastián tomó el primer dossier y lo dejó abierto sobre la mesa. Producción industrial general. El número principal estaba subrayado con tinta discreta, como si no necesitara enfatizarse:
Producción de acero del último año:
≈ 285 millones de toneladas
No era un récord mundial aislado. Era una cifra sostenida. Cinco años atrás habían sido poco más de 250 millones. Diez años atrás, apenas por debajo de 210. No había saltos bruscos. Solo una pendiente constante.
Ese acero no estaba acumulándose en almacenes inútiles. Se convertía en rieles, puentes, maquinaria, herramientas, estructuras eléctricas, barcos. Nada ornamental. Todo funcional. El Imperio no producía acero para demostrar fuerza, sino para no depender de nadie.
La liberalización parcial del mercado había hecho exactamente lo que él esperaba. El talento había empezado a competir. No con desesperación, sino con intención. Los ingenieros discutían soluciones distintas. Los fabricantes buscaban diferenciarse. Los talleres medianos habían crecido. Algunos habían caído. El sistema lo absorbía sin trauma.
Pasó al informe energético.
La electricidad ya no era un logro. Era infraestructura madura. Más del 92% de la población urbana tenía acceso estable. Las pérdidas de red se habían reducido por debajo del 6%, algo que pocos países podían siquiera medir con precisión. Las centrales funcionaban con mantenimiento preventivo, no reactivo.
Nada heroico.
Nada urgente.
Todo constante.
Luego vino la óptica y la instrumentación.
Sebastián se detuvo un momento ahí. Sabía que ese sector no llamaba la atención del público general, pero para él era una señal clara del nivel real del Imperio. Lentes ópticas producidas el año anterior: más de 4.8 millones de unidades de precisión, destinadas a cámaras, microscopios, telescopios, instrumentos topográficos y equipos médicos.
Cristales técnicos producidos: cerca de 1.2 millones de piezas especiales, con tasas de rechazo inferiores al 1.5%. No era velocidad. Era control.
En sensores, instrumentos de medición y aparatos científicos, el Imperio ya no seguía estándares ajenos. Los estaba escribiendo. Sin anuncios. Sin congresos ruidosos. Simplemente imponiendo normalidad técnica.
Sebastián pasó a los informes agrarios.
Ahí el tono cambiaba. No por debilidad, sino por amplitud.
Producción total anual de frutas:
≈ 340 millones de toneladas
Verduras:
≈ 410 millones de toneladas
Carnes (todas las variedades):
≈ 365 millones de toneladas
Lácteos (equivalente leche):
≈ 520 mil millones de litros
No había una sola línea marcada como “crítica”. No había advertencias. La producción no solo cubría el consumo interno, sino que lo hacía con márgenes que permitían absorber sequías locales, inundaciones regionales o malas cosechas sin trasladar el problema al mercado.
Eso, pensó Sebastián, era poder real. No el que se exhibe, sino el que evita crisis antes de que existan.
El siguiente informe era demográfico.
Años atrás, el Imperio había superado los 820 millones de habitantes. Ese número había sido repetido en estudios extranjeros como una cifra casi incomprensible. Ahora, el documento mostraba otro valor, escrito sin adornos:
Población estimada actual:
≈ 890 millones de habitantes
Un crecimiento sostenido, no explosivo. Mortalidad infantil baja. Esperanza de vida en ascenso. Migración controlada. Urbanización estable. No había ciudades creciendo como heridas abiertas. Todo se expandía con planificación.
Sebastián cerró ese dossier con cuidado.
Con ese mercado interno, pensó, el Imperio podía resistir contracciones externas que destruirían a otros países. No era aislamiento. Era amortiguación.
La banca había madurado también. El Banco Central seguía siendo sobrio, casi invisible. Los bancos privados eran numerosos, competitivos, vigilados. El mercado de valores había superado ya los 4 billones de pesos imperiales en capitalización, con una volatilidad menor que cualquier plaza europea comparable.
No había rescates.
No había pánicos.
No había promesas exageradas.
El dinero circulaba como debía: lentamente, profundamente.
Sebastián cerró el último informe y se quedó en silencio.
Dentro del Imperio no había urgencia.
Fuera, en cambio, el mundo parecía acelerarse sin dirección clara.
Europa.
Las tensiones no eran nuevas. Lo nuevo era su densidad. Alianzas rígidas. Ejércitos ampliándose no por estrategia racional, sino por necesidad política. Industrias trabajando al límite, sin margen de error. Mercados nerviosos, reactivos, frágiles.
Sebastián no necesitaba informes para sentirlo. Lo había visto antes, con otros nombres, otros mapas, otros símbolos.
El Imperio no participaba en ese nerviosismo. No porque fuera indiferente, sino porque no lo necesitaba. Sus puertos seguían operando con normalidad. Sus rutas ferroviarias no estaban saturadas por urgencia militar. Su comercio exterior continuaba, pero ya no era vital para la supervivencia interna.
Eso, sin embargo, no significaba ignorancia.
Sebastián sabía lo que venía. No una fecha exacta. No un detonante preciso. Sabía el tipo de evento. Sabía su escala. Sabía que, cuando ocurriera, el mundo cambiaría de ritmo durante años.
Caminó hasta la ventana. Desde allí se veía el paisaje amplio, ordenado, estable. Campos productivos. Infraestructura sólida. Nada indicaba urgencia.
Pensó en la moneda. Pensó en el ejército. Pensó en la población que no sabía, ni necesitaba saber aún, lo cerca que estaba el mundo de romper su propio equilibrio.
El Imperio no se estaba preparando para una guerra mundial.
Se estaba preparando para atravesarla intacto.
Sebastián apoyó la mano en el marco de la ventana. Sintió el peso del tiempo, no como carga, sino como referencia. Había aprendido que los sistemas más peligrosos no eran los débiles, sino los tensos. Los que no podían permitirse detenerse.
El Imperio podía.
Y esa capacidad, lo sabía bien, iba a convertirse pronto en su mayor ventaja…
y en su mayor responsabilidad.
No dijo nada.
No dio órdenes.
No dejó instrucciones escritas.
No era necesario.
A veces, la decisión más importante no es actuar antes que nadie,
sino estar listo cuando el mundo empiece a romper cosas.
Y Sebastián, observando un Imperio que funcionaba sin ruido, comprendió que ya estaban ahí.
Un año antes del estruendo.
Un año antes de que otros descubrieran que la estabilidad no se improvisa.
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