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EL INMORTAL - Capítulo 86

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Capítulo 86: TENSIONES

Imperio Mexicano, 1914 d.C. / 1864 del Sol

La noticia no llegó con dramatismo.

No hubo campanas.

No hubo discursos improvisados.

No hubo multitudes deteniéndose en seco en las calles ni hombres corriendo con periódicos recién impresos.

Llegó como llegan las cosas que ya estaban decididas desde antes:

en silencio, sin urgencia aparente, colocada con cuidado sobre una mesa que llevaba meses preparada para recibirla.

Sebastián estaba desayunando cuando el secretario dejó el sobre. El movimiento fue exacto, ni rápido ni lento, como si el cuerpo hubiera aprendido hace mucho tiempo que incluso las malas noticias debían entregarse con respeto. No hubo comentario alguno. No fue necesario.

Sebastián terminó el sorbo de café antes de abrirlo. El líquido estaba tibio. Siempre lo bebía así. Demasiado caliente exigía atención inmediata; demasiado frío indicaba descuido. Aquella temperatura intermedia le permitía pensar sin interrupciones.

Abrió el sobre.

El informe era breve. No buscaba explicar. No intentaba justificar. Solo enumeraba hechos.

Un atentado.

Ultimátums cruzados.

Movilizaciones parciales que ya no podían llamarse parciales sin mentir.

Ferrocarriles europeos alterando horarios civiles, reasignando vagones, cerrando rutas secundarias.

Nada que no hubiera visto antes.

Nada que pudiera sorprenderlo.

Lo que sí le llamó la atención fue el tono.

No era alarmista.

No era exaltado.

Era rígido.

Europa había entrado en una fase donde ya no se corregían errores.

Se acumulaban decisiones, una encima de otra, hasta que cualquier alternativa desaparecía.

Sebastián dejó el papel sobre la mesa y permaneció sentado unos segundos más, sin moverse. Escuchó los sonidos normales de la mañana: pasos suaves en los corredores, una bandeja retirada, el roce distante de una puerta, el viento tocando los ventanales altos.

Dentro del Imperio, nada había cambiado.

Ese contraste no era tranquilizador. Era revelador.

Pidió los reportes complementarios. No con urgencia. No con ansiedad. Llegaron en el orden habitual, como siempre. Comercio exterior: estable. Puertos: operando con normalidad. Tráfico ferroviario interno: sin alteraciones. Mercado de valores: un ajuste leve, técnico, casi imperceptible para quien no supiera dónde mirar.

La moneda no se había movido.

El peso mexicano imperial seguía exactamente donde había estado el día anterior, y el anterior a ese, y muchos años antes.

Sebastián apoyó los dedos sobre la mesa. No sonrió. No frunció el ceño. Ese dato no producía emoción alguna. Producía confirmación.

El Imperio había entrado en la guerra mundial sin anunciarlo.

En Europa, en cambio, las monedas comenzaban a mostrar rigidez. No colapsos aún, pero sí señales que solo los bancos centrales y los grandes comerciantes sabían leer: emisión acelerada, crédito dirigido, reservas tensionadas. El capital no huía todavía, pero empezaba a moverse con cautela, como un animal que presiente un cambio de clima.

Sebastián se levantó y caminó hasta el ventanal grande. Desde allí se veía el movimiento normal de la mañana. Trenes que partían a horario. Carretas cargadas de mercancías. Trabajadores caminando sin prisa excesiva. Oficinas abriendo. Escuelas recibiendo estudiantes.

No había columnas de soldados.

No había órdenes gritadas.

No había carteles nuevos pegados de prisa.

El Imperio no había ordenado movilización general.

No había discursos patrióticos.

No había comunicados solemnes ni símbolos adicionales.

Solo ajustes técnicos.

Revisión de reservas estratégicas, como se hacía cada año.

Reorganización discreta de seguros marítimos.

Redefinición de rutas comerciales previstas desde hacía décadas.

Endurecimiento leve del crédito especulativo, sin afectar producción ni empleo.

Todo estaba escrito antes de que fuera necesario.

Sebastián pensó entonces en la población. Casi 890 millones de personas que esa mañana seguían su rutina: mercados abriendo, fábricas encendiendo máquinas, campos trabajados con normalidad, trenes llegando a destino sin retrasos. Personas que no sabían —ni necesitaban saber aún— que el equilibrio global había cambiado.

Sintió el peso de esa cifra de una forma distinta a otras veces.

No era orgullo.

No era temor.

Era responsabilidad desnuda.

Un Imperio de ese tamaño no tenía derecho a reaccionar mal.

Llegaron más informes conforme avanzaba la mañana. Alemania movilizaba con precisión casi mecánica. Francia respondía con la misma rigidez. Imperios antiguos y estados jóvenes activaban alianzas como si fueran reflejos, no decisiones. Cada gobierno actuaba como si no tuviera alternativa.

Sebastián había visto ese patrón antes. En otros siglos. En otros continentes. Cambiaban los nombres, los mapas, los uniformes. No cambiaba la lógica.

Cuando un sistema deja de tener margen, cualquier paso parece obligatorio.

Regresó a la mesa y volvió a mirar los números imperiales. Producción agrícola suficiente para años. Industria funcionando con margen real, no forzado. Red eléctrica protegida, cada vez más subterránea. Sistema bancario estable, sin dependencia de deuda externa. Un mercado interno capaz de absorber contracciones globales sin quebrarse.

El Imperio no era invulnerable.

Pero no era frágil.

Y esa diferencia, sabía Sebastián, iba a resultar incomprensible para muchos observadores externos, acostumbrados a confundir estabilidad con pasividad.

Tomó una hoja en blanco y escribió despacio una sola frase. No estaba destinada a la prensa ni al archivo público. Era una nota para el tiempo, no para las personas.

“No intervenir no es indiferencia.

Es disciplina.”

La dobló con cuidado y la guardó junto a otros papeles similares, escritos en otras épocas, en otros momentos donde el mundo parecía decidido a romperse mientras el Imperio optaba por sostenerse.

Afuera, el día continuaba. Los ciudadanos no marchaban. Los periódicos informaban sin gritar. Las fábricas seguían produciendo. Los mercados abrían y cerraban con la puntualidad habitual.

El Imperio no celebraba la guerra.

Tampoco la temía de forma visible.

Simplemente se ajustaba, como un cuerpo grande que redistribuye su peso antes de una tormenta larga, sabiendo que resistir no siempre significa moverse.

Sebastián comprendió entonces que el verdadero inicio de la guerra no estaba en los disparos ni en las declaraciones oficiales, sino en algo mucho más silencioso y definitivo: el instante exacto en que algunos países dejaron de poder detenerse.

El Imperio aún podía.

Y mientras el mundo empezaba a consumir sus reservas, su paciencia y su futuro, el Imperio Mexicano entraba en la guerra mundial de la única manera que conocía:

sin anunciarse,

sin exaltarse,

sin apresurarse,

y sin romper aquello que llevaba siglos construyendo.

La historia había cruzado un umbral.

Dentro del Imperio, el orden permanecía.

Fuera, el ruido apenas comenzaba.

Frontera occidental, cerca de Aquisgrán

Agosto de 1914 d.C. / 1864 del Sol

Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería

Cuando sonó el silbato, nadie se movió de inmediato.

No porque no lo hubieran oído. El sonido fue claro, metálico, imposible de confundir. Pero hubo un segundo suspendido en el aire, un instante extraño en el que todos esperaron que el cuerpo reaccionara solo, sin tener que decidir nada.

Friedrich Weber notó primero el peso del fusil. No era nuevo para él, pero esa mañana parecía distinto. Más frío. Más real. Ajustó la correa sobre el hombro con un gesto automático, como si hacerlo bien pudiera evitar algo que todavía no tenía nombre.

Miró a los hombres a su alrededor. Uniformes iguales, botas iguales, expresiones distintas. Algunos sonreían con una rigidez forzada. Otros miraban al frente sin parpadear. Había quien apretaba los labios como si estuviera a punto de decir algo importante y no encontrara a quién.

El tren los había dejado unas horas antes.

Vagones abiertos. Olor a carbón. Madera húmeda. El silbido final de la locomotora alejándose demasiado rápido, como si no quisiera quedarse a ver lo que pasaría después. Durante el trayecto había canciones. Muchas. Canciones aprendidas de memoria, gritadas más que cantadas, llenas de palabras grandes que sonaban bien cuando se decían en grupo.

Friedrich no había cantado.

No por convicción ni rebeldía. Simplemente prefería conservar el aire en los pulmones. No sabía por qué, pero sentía que lo iba a necesitar.

El campo frente a ellos parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Hierba alta, algunas ondulaciones suaves del terreno, árboles dispersos que no parecían esconder nada. El cielo estaba despejado. Ni siquiera hacía frío. Para agosto, era un día casi amable.

—Es solo el inicio —pensó—. Siempre dicen que el inicio es así.

El oficial caminó frente a la línea, revisando posiciones, corrigiendo posturas, levantando una barbilla aquí, bajando un fusil allá. Su voz era firme, pero no gritaba. Todavía no.

La orden llegó clara.

Avanzar.

No correr.

Mantener formación.

Friedrich dio el primer paso sin darse cuenta de que lo había dado. Luego otro. El sonido de las botas sobre la tierra seca no era uniforme. Cada hombre caminaba con un ritmo ligeramente distinto, como si el suelo no terminara de aceptar el peso de tantos cuerpos avanzando a la vez.

Pensó en su casa.

En la cocina pequeña donde su madre había preparado el desayuno la mañana de su partida. En cómo había planchado el uniforme con una atención casi ceremonial, alisando cada pliegue como si pudiera protegerlo de algo. En su padre, que no había dicho mucho, pero había asentido en silencio, apoyado en el marco de la puerta.

Nadie había hablado de miedo.

Se hablaba de deber.

De rapidez.

De que todo estaría resuelto antes de que el invierno fuera serio.

Eso decían todos.

El primer disparo no lo escuchó.

Lo sintió.

Fue como un golpe seco en el aire, una presión súbita en el pecho, como si algo invisible se hubiera quebrado delante de ellos. Luego otro. Y otro más. El sonido llegó después, mezclado con gritos y el chasquido metálico de los cerrojos.

El oficial gritó órdenes que se superpusieron unas a otras.

Friedrich se agachó por reflejo. No porque alguien se lo hubiera enseñado así, sino porque el cuerpo entendía mejor que la mente. Se encorvó, bajó la cabeza, sintió el latido acelerado en las sienes.

—Así que esto es —pensó—. Así empieza.

No vio al enemigo.

Vio humo.

Vio tierra levantándose.

Vio a un hombre a su izquierda caer sin un grito claro, como si de pronto hubiera decidido sentarse y no levantarse más. Otro tropezó y cayó encima de él. Nadie se detuvo.

La formación seguía avanzando.

Y detenerse era convertirse en un punto fijo.

El tiempo empezó a deformarse. No podía medirlo. Podían haber sido minutos o una hora entera. Las órdenes se repetían. El fusil pesaba cada vez más. El sudor le corría por la espalda bajo el uniforme nuevo, que ya no parecía tan limpio.

El olor a pólvora se mezcló con el del sudor y la tierra. Era un olor denso, difícil de ignorar, que parecía quedarse pegado en la garganta.

En algún momento se dio cuenta de que estaba respirando demasiado rápido. Forzó el ritmo. Inspirar. Exhalar. Inspirar otra vez.

No le habían enseñado a disparar mejor para ese momento.

Le habían enseñado a no perder el control.

Eso lo entendió entonces.

La guerra no era ruido constante.

Era espera interrumpida por violencia breve y desordenada.

Cuando el avance se detuvo, Friedrich se dejó caer detrás de una pequeña elevación del terreno. La tierra estaba tibia. Notó pequeñas piedras clavándosele en la palma cuando apoyó la mano. No se movió.

Un suboficial pasó lista a gritos. Los nombres resonaban de forma extraña en el aire abierto. Algunos no tuvieron respuesta. Nadie preguntó por ellos.

El sol seguía ahí. Indiferente.

El cielo no tenía nada de épico.

Ni humo dramático.

Ni colores especiales.

Solo cielo.

Friedrich limpió el fusil de forma mecánica, como le habían enseñado. El gesto lo tranquilizó un poco. Las manos dejaron de temblar, o tal vez él dejó de notarlo.

—Dicen que será rápido —pensó mientras revisaba el cerrojo—.

—Dicen muchas cosas.

A lo lejos, el retumbar de la artillería comenzó a hacerse más frecuente. No era para ellos todavía. Pero lo sería. Todos lo sabían, aunque nadie lo dijera.

Se apoyó contra la tierra y cerró los ojos un segundo. No para dormir. Solo para recordar cómo se sentía no estar allí. El recuerdo fue breve y poco claro.

Abrió los ojos otra vez.

El mundo seguía igual, pero él no.

Ese fue el primer día.

No el más sangriento.

No el más duro.

No el más largo.

Solo el día en que Friedrich Weber comprendió que la guerra no empezaba cuando se disparaba el primer tiro, sino cuando uno dejaba de preguntarse cuándo terminaría.

Todavía no lo sabía, pero mientras él avanzaba unos metros en un campo que no recordaría por su nombre, muy lejos de allí, imperios enteros ya estaban calculando cuántos fusiles, cuántos trenes, cuántos días y cuántas monedas harían falta para sostener aquel movimiento inicial.

Y cuántos hombres como él podrían pagar antes de que el mundo se quedara sin margen.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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