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EL INMORTAL - Capítulo 87

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Capítulo 87: PRIMER DÍA

Frontera occidental, cerca de Aquisgrán

Agosto de 1914 d.C. / 1864 del Sol

Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería

Cuando sonó el silbato, nadie se movió de inmediato.

No porque no lo hubieran oído. El sonido fue claro, metálico, imposible de confundir. Pero hubo un segundo suspendido en el aire, un instante extraño en el que todos esperaron que el cuerpo reaccionara solo, sin tener que decidir nada.

Friedrich Weber notó primero el peso del fusil. No era nuevo para él, pero esa mañana parecía distinto. Más frío. Más real. Ajustó la correa sobre el hombro con un gesto automático, como si hacerlo bien pudiera evitar algo que todavía no tenía nombre.

Miró a los hombres a su alrededor. Uniformes iguales, botas iguales, expresiones distintas. Algunos sonreían con una rigidez forzada. Otros miraban al frente sin parpadear. Había quien apretaba los labios como si estuviera a punto de decir algo importante y no encontrara a quién.

El tren los había dejado unas horas antes.

Vagones abiertos. Olor a carbón. Madera húmeda. El silbido final de la locomotora alejándose demasiado rápido, como si no quisiera quedarse a ver lo que pasaría después. Durante el trayecto había canciones. Muchas. Canciones aprendidas de memoria, gritadas más que cantadas, llenas de palabras grandes que sonaban bien cuando se decían en grupo.

Friedrich no había cantado.

No por convicción ni rebeldía. Simplemente prefería conservar el aire en los pulmones. No sabía por qué, pero sentía que lo iba a necesitar.

El campo frente a ellos parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Hierba alta, algunas ondulaciones suaves del terreno, árboles dispersos que no parecían esconder nada. El cielo estaba despejado. Ni siquiera hacía frío. Para agosto, era un día casi amable.

—Es solo el inicio —pensó—. Siempre dicen que el inicio es así.

El oficial caminó frente a la línea, revisando posiciones, corrigiendo posturas, levantando una barbilla aquí, bajando un fusil allá. Su voz era firme, pero no gritaba. Todavía no.

La orden llegó clara.

Avanzar.

No correr.

Mantener formación.

Friedrich dio el primer paso sin darse cuenta de que lo había dado. Luego otro. El sonido de las botas sobre la tierra seca no era uniforme. Cada hombre caminaba con un ritmo ligeramente distinto, como si el suelo no terminara de aceptar el peso de tantos cuerpos avanzando a la vez.

Pensó en su casa.

En la cocina pequeña donde su madre había preparado el desayuno la mañana de su partida. En cómo había planchado el uniforme con una atención casi ceremonial, alisando cada pliegue como si pudiera protegerlo de algo. En su padre, que no había dicho mucho, pero había asentido en silencio, apoyado en el marco de la puerta.

Nadie había hablado de miedo.

Se hablaba de deber.

De rapidez.

De que todo estaría resuelto antes de que el invierno fuera serio.

Eso decían todos.

El primer disparo no lo escuchó.

Lo sintió.

Fue como un golpe seco en el aire, una presión súbita en el pecho, como si algo invisible se hubiera quebrado delante de ellos. Luego otro. Y otro más. El sonido llegó después, mezclado con gritos y el chasquido metálico de los cerrojos.

El oficial gritó órdenes que se superpusieron unas a otras.

Friedrich se agachó por reflejo. No porque alguien se lo hubiera enseñado así, sino porque el cuerpo entendía mejor que la mente. Se encorvó, bajó la cabeza, sintió el latido acelerado en las sienes.

—Así que esto es —pensó—. Así empieza.

No vio al enemigo.

Vio humo.

Vio tierra levantándose.

Vio a un hombre a su izquierda caer sin un grito claro, como si de pronto hubiera decidido sentarse y no levantarse más. Otro tropezó y cayó encima de él. Nadie se detuvo.

La formación seguía avanzando.

Y detenerse era convertirse en un punto fijo.

El tiempo empezó a deformarse. No podía medirlo. Podían haber sido minutos o una hora entera. Las órdenes se repetían. El fusil pesaba cada vez más. El sudor le corría por la espalda bajo el uniforme nuevo, que ya no parecía tan limpio.

El olor a pólvora se mezcló con el del sudor y la tierra. Era un olor denso, difícil de ignorar, que parecía quedarse pegado en la garganta.

En algún momento se dio cuenta de que estaba respirando demasiado rápido. Forzó el ritmo. Inspirar. Exhalar. Inspirar otra vez.

No le habían enseñado a disparar mejor para ese momento.

Le habían enseñado a no perder el control.

Eso lo entendió entonces.

La guerra no era ruido constante.

Era espera interrumpida por violencia breve y desordenada.

Cuando el avance se detuvo, Friedrich se dejó caer detrás de una pequeña elevación del terreno. La tierra estaba tibia. Notó pequeñas piedras clavándosele en la palma cuando apoyó la mano. No se movió.

Un suboficial pasó lista a gritos. Los nombres resonaban de forma extraña en el aire abierto. Algunos no tuvieron respuesta. Nadie preguntó por ellos.

El sol seguía ahí. Indiferente.

El cielo no tenía nada de épico.

Ni humo dramático.

Ni colores especiales.

Solo cielo.

Friedrich limpió el fusil de forma mecánica, como le habían enseñado. El gesto lo tranquilizó un poco. Las manos dejaron de temblar, o tal vez él dejó de notarlo.

—Dicen que será rápido —pensó mientras revisaba el cerrojo—.

—Dicen muchas cosas.

A lo lejos, el retumbar de la artillería comenzó a hacerse más frecuente. No era para ellos todavía. Pero lo sería. Todos lo sabían, aunque nadie lo dijera.

Se apoyó contra la tierra y cerró los ojos un segundo. No para dormir. Solo para recordar cómo se sentía no estar allí. El recuerdo fue breve y poco claro.

Abrió los ojos otra vez.

El mundo seguía igual, pero él no.

Ese fue el primer día.

No el más sangriento.

No el más duro.

No el más largo.

Solo el día en que Friedrich Weber comprendió que la guerra no empezaba cuando se disparaba el primer tiro, sino cuando uno dejaba de preguntarse cuándo terminaría.

Todavía no lo sabía, pero mientras él avanzaba unos metros en un campo que no recordaría por su nombre, muy lejos de allí, imperios enteros ya estaban calculando cuántos fusiles, cuántos trenes, cuántos días y cuántas monedas harían falta para sostener aquel movimiento inicial.

Y cuántos hombres como él podrían pagar antes de que el mundo se quedara sin margen.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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