EL INMORTAL - Capítulo 9
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9: Muerte y imperio 9: Muerte y imperio La estabilidad es una ilusión que solo existe mientras nadie falta.
Sebastián lo comprendió demasiado tarde.
Durante años había creído que el orden podía sostenerse únicamente con reglas, educación y buena voluntad.
Tollan-Sol funcionaba.
Las ciudades absorbidas obedecían.
El Consejo deliberaba.
Los registros se actualizaban.
El ejército respondía con disciplina.
Todo estaba en su sitio.
Hasta que Itzel empezó a desaparecer.
Año 46 del Sol – Tiempo de Frío.
El cuerpo que ya no alcanza al calendario.
Al principio fue imperceptible.
Itzel seguía caminando por la ciudad, aunque más despacio.
Seguía revisando tablillas, aunque delegaba más.
Seguía sonriendo, aunque ese gesto ahora requería un esfuerzo visible.
Sebastián lo notaba todo.
No porque fuera observador, sino porque llevaba décadas observando cómo el tiempo actuaba en los cuerpos humanos… y cómo se detenía en el suyo.
Una noche, mientras él revisaba informes de producción agrícola del territorio norte, Itzel cerró la tablilla con un movimiento cansado.
—No llegué a terminar —dijo.
—Lo haces mañana —respondió Sebastián sin mirarla.
—No.
La palabra fue suave, definitiva.
Sebastián levantó la vista.
—No mañana —repitió ella—.
En general.
El silencio que siguió no fue tenso.
Fue honesto.
—No voy a llegar al próximo Tiempo de Siembra —añadió—.
Y está bien.
Sebastián se levantó lentamente.
—No —dijo—.
No está bien.
Itzel lo miró con una serenidad que dolía más que cualquier llanto.
—Tú cuentas años.
Yo cuento días.
Los dos sabemos cuándo se acaba una cuenta.
Durante los meses siguientes, Sebastián redujo su presencia pública al mínimo indispensable.
El Consejo siguió funcionando.
El Imperio —aunque aún nadie lo llamaba así oficialmente— no se detuvo.
Eso lo aterrorizó.
Porque significaba que el mundo podía seguir sin ella.
Y sin él.
Año 47 del Sol – Tiempo de Lluvia.
La muerte que no pide permiso.
Itzel murió una madrugada silenciosa.
Sebastián estaba sentado a su lado.
No dormía.
No rezaba.
No esperaba milagros.
Simplemente estaba ahí, sosteniendo su mano, sintiendo cómo el calor se iba retirando con una lentitud cruel.
No hubo últimas palabras.
No hicieron falta.
Cuando la respiración no regresó, Sebastián no reaccionó de inmediato.
Permaneció inmóvil, como si su cuerpo necesitara confirmar lo evidente varias veces antes de aceptarlo.
El Calendario del Sol registró el día: Día 11 del Sol – Tiempo de Lluvia – Año 47 Sebastián ordenó que se grabara en piedra.
No como homenaje.
Como verdad.
El funeral y el quiebre.
La ciudad entera acudió.
No por protocolo.
Por gratitud.
Sebastián habló poco.
No porque no tuviera palabras, sino porque entendía el peligro de convertir el dolor en discurso.
—Itzel sostuvo este lugar cuando aún no tenía nombre —dijo—.
Y lo sostuvo sin reclamarlo.
No pidió estatuas.
No pidió templos.
Pidió algo más difícil: —Que el orden que ella ayudó a construir no dependa nunca de una sola persona.
Esa frase marcó el inicio de algo nuevo.
Año 48 del Sol – El fin de la ilusión republicana.
Después del duelo, Sebastián convocó al Consejo en sesión cerrada.
No fue una reunión larga.
Fue decisiva.
—Nos mentimos durante años —dijo sin rodeos—.
Esto ya no es una ciudad libre coordinada.
Es un territorio grande, diverso y armado.
Los consejeros guardaron silencio.
—Los sistemas dispersos funcionan mientras todos creen en ellos —continuó—.
Pero cuando llegue una crisis real, no habrá tiempo para debatir.
Sebastián caminó lentamente alrededor de la mesa.
—La historia no recuerda consejos.
Recuerda centros de poder.
Dijo entonces lo que llevaba años evitando.
—Necesitamos una estructura imperial.
No un título vacío.
Un sistema claro de mando.
Año 49 del Sol – Proclamación del Imperio del Sol.
No fue una ceremonia religiosa.
Fue administrativa.
Sebastián no se coronó con oro ni plumas sagradas.
No habló de voluntad divina.
Habló de logística.
El territorio fue oficialmente reorganizado como: Imperio del Sol.
Con los siguientes pilares: •Sebastián como Primer Emperador del Sol No por linaje divino, sino por fundación y continuidad.
•Consejo Imperial, ahora consultivo, no soberano.
•Ciudades-Estado subordinadas, con autonomía interna limitada.
•Ejército Imperial Permanente, centralizado.
•Calendario del Sol como calendario oficial imperial.
•Iglesia del Sol reconocida como institución moral del Imperio.
El cambio fue aceptado sin revueltas.
Porque, en la práctica, ya existía.
El heredero.
La decisión más delicada vino después.
Sebastián mandó llamar a su hijo, Acolmiztli.
Ya no era joven.
Tenía más de treinta ciclos del Sol.
Educado, respetado, con experiencia administrativa y militar.
Nunca había sido tratado como príncipe.
Hasta ese día.
En sesión formal del Consejo Imperial, Sebastián habló con claridad absoluta.
—El Imperio no puede depender de un solo cuerpo —dijo—.
Y yo no puedo fingir que soy eterno sin preparar el relevo.
Miró a su hijo.
—Nombró a Acolmiztli Heredero del Sol y Administrador Supremo en funciones de Estado.
No heredero automático.
Heredero en práctica.
—Gobernarás conmigo —añadió—.
Te equivocarás conmigo.
Y el Imperio aprenderá a obedecerte a ti, no a mi recuerdo.
Acolmiztli no sonrió.
Inclinó la cabeza.
—Haré que valga la pena —respondió.
Sebastián supo que lo haría.
Y supo algo peor: Lo vería envejecer.
Año 52 del Sol – El Imperio se consolida.
Las fronteras se estabilizaron.
Las rutas comerciales se formalizaron.
El ejército imperial superó los 500 soldados profesionales, bien armados, bien entrenados.
La población total del Imperio del Sol superó los 12,000 habitantes.
Para la época, era una potencia regional.
Sebastián observaba desde una distancia nueva.
Ya no como fundador.
Como constante histórica.
Epílogo del capítulo.
Una noche, Sebastián volvió a la tumba de Itzel.
No llevaba ofrendas.
Solo el registro más reciente del Imperio.
—Tenías razón —dijo en voz baja—.
El mundo sigue.
Se quedó allí un largo rato.
El Calendario del Sol marcó el paso del tiempo con precisión implacable.
Y Sebastián entendió, finalmente, qué había nacido realmente el día que ella murió: No un Imperio.
Sino una responsabilidad que no terminaría nunca.
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