EL INMORTAL - Capítulo 90
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Capítulo 90: BARRO
Frente occidental
Invierno de 1914–1915 d.C. / 1865 del Sol
Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería
El barro llegó antes que el frío.
Y cuando el frío llegó, ya no importó distinguirlos.
Al principio fue solo una molestia bajo las botas. Algo blando, incómodo, que obligaba a caminar con más cuidado. Después empezó a pegarse. A quedarse. A exigir esfuerzo incluso para levantar el pie. Finalmente, dejó de ser algo externo y se volvió parte del entorno, como el aire o la oscuridad.
Friedrich Weber aprendió que cada mañana comenzaba con una comprobación silenciosa: mover los dedos de los pies. No para saber si estaban vivos, sino para saber si aún le pertenecían.
A veces respondían de inmediato.
Otras veces tardaban.
Ese retraso, mínimo, era suficiente para tensarlo.
La trinchera no se cavaba una vez.
Se cavaba todos los días, varias veces al día, como si el suelo se negara a aceptar que los hombres habían decidido quedarse allí. Las paredes se deformaban con lentitud. El agua subía desde abajo, sin ruido, sin violencia, como si conociera perfectamente su trabajo.
Nunca había sequedad completa.
Las botas estaban siempre húmedas. Los calcetines también. La piel se ablandaba. Se abría. Dolía de una manera constante, no aguda, una molestia que no gritaba pero no se iba.
El fusil era lo único que debía mantenerse limpio.
No porque simbolizara algo, sino porque si fallaba, todo lo demás perdía sentido. Friedrich limpiaba el cerrojo con una atención casi ritual. Era el único objeto que aún respondía con lógica.
Todo lo demás era impredecible.
El tiempo dejó de ser una sucesión de días. Al principio Friedrich había contado. Luego había marcado semanas. Después perdió la referencia. Ahora el tiempo se medía por rotaciones, por bombardeos, por cambios de guardia, por la frecuencia con la que llegaba el pan o el correo.
Las noches no traían descanso.
Traían inmovilidad.
Dormir era cerrar los ojos mientras el cuerpo seguía alerta, como un animal que no puede permitirse entregarse del todo. El silencio era más difícil que el ruido. En el ruido, al menos, había certeza. En el silencio, la imaginación llenaba los huecos.
Escuchaba respiraciones cercanas. Tos seca. Algún murmullo incoherente de alguien que soñaba mal. El goteo constante del agua en algún punto invisible. El cuerpo aprendía a filtrar estímulos, a no reaccionar con todo.
Un sobresalto completo era un lujo.
Compartía la trinchera con hombres que ya no parecían individuos completos. Eran fragmentos de sí mismos, adaptados a ese espacio estrecho. Algunos hablaban poco, como si las palabras se les hubieran acabado. Otros hablaban demasiado, repitiendo historias sin principio ni final, como si la repetición pudiera fijar la realidad.
Friedrich escuchaba.
Hablar implicaba pensar.
Pensar implicaba recordar.
Y recordar era peligroso.
Una mañana despertó con los dedos tan rígidos que no pudo cerrar la mano. Tardó varios minutos en recuperar algo parecido a control. No recordaba haberse dormido. Solo recordaba haber apoyado la espalda un momento, como quien descansa los ojos.
Durante la noche, el barro había subido.
No de golpe.
Con paciencia.
Cubría los tobillos. Pesaba. Cuando intentó mover la pierna, no respondió. Empujó con más fuerza. El barro se resistió, húmedo, pegajoso, como si no quisiera soltarlo. Cuando al fin liberó el pie, le dolió no el músculo, sino el esfuerzo mismo de existir allí.
—Así que aquí se queda el mundo —pensó—. En esta zanja estrecha.
El enemigo estaba cerca. No se veía, pero se sentía. En los sonidos apagados, en los golpes secos que no eran artillería, en los murmullos que a veces parecían palabras y a veces solo viento jugando con los nervios.
Nadie veía a nadie.
Dos ejércitos enormes, separados por una franja de tierra inútil, esperando que el otro cometiera un error, se cansara, o simplemente desapareciera.
Las órdenes ya no hablaban de avanzar.
Ahora hablaban de mantener.
Mantener la posición.
Mantener la vigilancia.
Mantener la trinchera habitable.
Esperar se volvió un trabajo a tiempo completo.
Friedrich empezó a notar detalles que antes no habrían significado nada. El color del barro según la hora: gris apagado al amanecer, marrón oscuro al mediodía, casi negro por la noche. El olor del aire antes de un bombardeo, una mezcla metálica que se colaba en la garganta. La forma en que algunos hombres dejaban de escribir cartas de un día para otro. Otros escribían con desesperación, llenando páginas que nadie sabía si llegarían.
Él escribió una sola carta en semanas.
No sabía qué decir. No quería mentir. No quería preocupar. Al final escribió sobre el clima, sobre la lluvia constante, sobre lo difícil que era secar las botas. Cuando terminó, entendió que había escrito exactamente cómo se sentía sin mencionarlo una sola vez.
El frío llegó sin anuncio.
Se filtró por las costuras del uniforme, por los huecos entre las tablas, por los silencios largos. El cuerpo dejó de esperar comodidad. Estar incómodo se volvió el estado natural. El calor dejó de ser un recuerdo claro. Era una idea vaga, casi ajena.
Una tarde, mientras reforzaban el parapeto, un proyectil cayó cerca.
No dentro.
Cerca.
La explosión lanzó barro en todas direcciones. Friedrich sintió el golpe seco que lo empujó contra la pared de la trinchera. Durante un segundo no oyó nada. Luego el sonido volvió, amortiguado, distante, como si estuviera bajo el agua.
Quedó cubierto por completo. Barro en la cara, en el cuello, dentro del uniforme. No sintió miedo inmediato. Sintió cansancio. Un cansancio profundo, antiguo, como si llevara años allí.
Se limpió los ojos con la manga y siguió trabajando.
Ese gesto lo perturbó más que la explosión.
La normalidad del acto.
La ausencia de sorpresa.
La guerra no era una sucesión constante de horrores visibles. Era una repetición interminable de incomodidades, interrumpidas por violencia suficiente como para recordar que no había salida.
En algún punto dejó de pensar en el final.
Pensar en el final implicaba imaginarlo. Imaginarlo implicaba compararlo con el presente. La comparación siempre perdía.
Por las noches, cuando el ruido disminuía, Friedrich pensaba en cosas pequeñas. El sonido seco de una taza apoyándose sobre una mesa firme. El peso de una puerta cerrándose sin esfuerzo. El olor de ropa completamente seca. No pensaba en victorias ni en banderas. Pensaba en superficies que no cedían.
—Dicen que esto es decisivo —oyó decir a alguien una vez.
No respondió.
Pensó que todo era decisivo hasta que dejaba de serlo. Hasta que se convertía en rutina. Hasta que el cuerpo aprendía a resistir sin esperanza inmediata.
El barro seguía ahí.
El frío también.
La trinchera dejaba de ser un lugar provisional. Se volvía una permanencia forzada, un espacio donde la vida se reducía a funciones básicas: mantenerse despierto, mantenerse caliente, mantenerse vivo.
Muy lejos de allí, fábricas trabajaban sin pausa. Puertos cargaban barcos. Bancos ajustaban cifras. Imperios neutrales calculaban tonelajes, plazos y recargos con la misma paciencia con la que el barro subía por las botas.
Friedrich no sabía nada de eso.
Solo sabía que cada día comenzaba igual: liberar las piernas del barro, comprobar que aún podía mover los dedos, limpiar el fusil, y esperar.
Esperar órdenes.
Esperar ruido.
Esperar que algo cambiara.
La guerra ya no era movimiento.
Era estancamiento.
Y en ese estancamiento, Friedrich Weber empezó a comprender que sobrevivir no significaba avanzar ni retroceder, sino impedir que el barro —lento, persistente, incansable— terminara de borrar lo poco que aún lo hacía humano.
Frente occidental
Primavera avanzada de 1915 d.C. / 1865 del Sol
Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería
La primavera llegó sin ceremonia.
No hubo un día concreto en el que alguien pudiera decir “ahora es primavera”. Simplemente, una mañana, Friedrich Weber notó que el aire ya no cortaba la piel de inmediato. El frío seguía ahí, pero había retrocedido lo suficiente como para dejar espacio a otras sensaciones. El cuerpo, acostumbrado al entumecimiento, empezó a sentir dolores antiguos con más claridad.
El barro no desapareció.
Cambió.
Se volvió más blando, más líquido, más traicionero. Donde antes ofrecía resistencia, ahora se hundía sin aviso. Donde antes podía calcularse el paso, ahora el suelo decidía por sí mismo cuándo tragar una bota o hacer que alguien perdiera el equilibrio. Friedrich aprendió a caminar con una atención constante, casi obsesiva, como si cada paso fuera una decisión moral.
Tardó semanas en aceptar algo sencillo y devastador: el barro no era temporal.
No era consecuencia del invierno.
No era una anomalía.
Era el estado natural de aquel lugar.
Cada mañana comenzaba con el mismo ritual silencioso. Antes de incorporarse, antes incluso de abrir bien los ojos, movía los dedos de los pies. No para comprobar si estaban vivos, sino para confirmar que aún podía sentirlos como propios. A veces respondían de inmediato. Otras veces tardaban unos segundos. Ese retraso mínimo se quedaba con él todo el día, como una advertencia.
La trinchera ya no parecía un refugio improvisado.
Tenía estructura.
Tenía lógica.
Tenía intención.
Las paredes estaban reforzadas con madera bien ajustada. Había escalones tallados en el barro para facilitar el movimiento. Pasillos estrechos conectaban sectores con una regularidad inquietante. Había lugares designados para dormir, para vigilar, para almacenar. Alguien, en algún lugar, había decidido que aquello debía funcionar durante mucho tiempo.
Friedrich empezó a pensar en la trinchera como en una ciudad subterránea, una ciudad que nadie quería reconocer como tal.
—Una ciudad hecha solo para esperar —pensó—.
Caminar por ella exigía atención constante. Cada tabla tenía su sonido. Cada zona su nivel de humedad. Aprendió a reconocerlos sin pensarlo. Ese conocimiento no lo hacía sentirse hábil. Lo hacía sentirse atado. Como si el lugar hubiera empezado a reclamarlo.
La espera ya no era simplemente aguantar.
Había sido domesticada.
Turnos exactos.
Horarios rígidos.
Revisiones constantes.
La guerra había decidido que incluso la inmovilidad debía ser eficiente, que no podía permitirse el desorden ni siquiera en la quietud.
Una mañana llegaron nuevas órdenes. No hablaban de atacar ni de defender con palabras amplias. Hablaban de medidas exactas, de ángulos, de tiempos de exposición. Indicaban dónde debía estar cada hombre, cuándo, y con qué postura.
El lenguaje era distinto.
Más técnico.
Más frío.
Más ajeno.
—Ya no somos hombres esperando —pensó Friedrich—. Somos piezas que deben encajar sin hacer ruido.
No protestó. No cuestionó. Había aprendido que la obediencia no era ideológica. Era mecánica. Resistirse no detenía el sistema. Solo lo hacía más incómodo para quien lo intentaba.
Durante las guardias, observaba la tierra frente a ellos. Ya no la veía como un campo de batalla, sino como un espacio medido. Numerado. Registrado. Cada cráter tenía un propósito. Cada punto visible había sido anotado en algún documento que él nunca vería.
El enemigo hacía lo mismo.
A veces esa simetría lo inquietaba más que el fuego cruzado. Era como si ambos bandos colaboraran, sin quererlo, en perfeccionar una maquinaria absurda. Cada mejora de uno obligaba al otro a responder. Cada respuesta afinaba el conjunto.
La guerra se perfeccionaba sola.
Las conversaciones entre los hombres habían cambiado de tono. Ya casi nadie hablaba del inicio de la guerra. Mucho menos de su final. Se hablaba de rutinas. De procedimientos. De rumores técnicos que circulaban sin confirmarse.
Gases que no se veían.
Proyectiles distintos.
Máquinas capaces de avanzar sobre el barro.
Nadie sabía qué era real.
Pero todos sentían que algo estaba en camino.
Una tarde, Friedrich ayudó a descargar suministros. Las cajas eran más uniformes que antes. Más pesadas. Etiquetadas con códigos precisos. No había improvisación. Todo estaba contado, medido, previsto.
No preguntó qué contenían.
—Esto ya no es una guerra que reacciona —pensó—. Es una guerra que planifica.
El cuerpo respondía de maneras nuevas. El hambre ya no era una urgencia puntual, sino un estado permanente. El sueño no reparaba. Solo interrumpía brevemente la conciencia. El miedo no aparecía como pánico, sino como una presión constante en el pecho, un ruido de fondo que nunca se apagaba del todo.
En los momentos de calma relativa, Friedrich pensaba en el mundo fuera de la trinchera. No con nostalgia intensa, sino con una distancia extraña, como si ese mundo perteneciera a otra lógica. Le costaba imaginar superficies limpias, habitaciones secas, personas que podían decidir cuándo dormir o moverse sin permiso.
—Allí deben estar contando cosas —pensó una vez—. Producción, dinero, planes.
Aquí, en cambio, solo se contaban turnos.
La primavera avanzó lentamente. Con ella llegaron más hombres. No eran refuerzos entusiastas. Eran reemplazos. Llegaban callados, miraban demasiado, aprendían rápido a no hacer preguntas. Algunos duraban poco. Otros se adaptaban con una rapidez inquietante.
Friedrich se dio cuenta de algo que no le gustó admitir: ya no se sentía nuevo.
Sabía dónde colocarse.
Sabía cuándo agacharse.
Sabía cuándo no moverse.
Esa experiencia no le daba seguridad. Le daba peso. La sensación de estar demasiado integrado a algo de lo que no podía salir.
Una noche, durante la guardia, el silencio se prolongó más de lo habitual. No era un silencio tranquilo. Era uno cargado, denso, como si el aire mismo estuviera esperando una señal. Friedrich ajustó el fusil sin darse cuenta. El gesto salió solo, automático.
Pasaron minutos largos.
Nada ocurrió.
Luego, un disparo aislado rompió la quietud. No fue seguido por nada más.
El cuerpo tardó en relajarse. El pulso se mantuvo alto demasiado tiempo.
—Así será ahora —pensó—. No grandes batallas. Pequeñas tensiones constantes.
La guerra había cambiado.
No se había vuelto más ruidosa.
Se había vuelto más metódica.
Friedrich comprendió, sin que nadie tuviera que explicárselo, que aquello no iba a resolverse pronto. Que el mundo había decidido invertir años, recursos y vidas en una confrontación prolongada.
Y él era parte de ese cálculo.
No un héroe.
No un símbolo.
Una variable más.
Cuando terminó su turno, se sentó apoyando la espalda contra la pared húmeda de la trinchera. Cerró los ojos unos segundos. No para dormir. Solo para comprobar que aún podía hacerlo.
La guerra ya no era solo barro.
Era espera organizada,
y Friedrich Weber entendió que sobrevivir significaba aprender a vivir dentro de un sistema que no necesitaba emociones para funcionar…
sin permitir, si aún era posible, que esa lógica fría terminara de borrar lo poco que quedaba de él.
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