EL INMORTAL - Capítulo 91
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Capítulo 91: ESPERA ORGANIZADA
Frente occidental
Primavera avanzada de 1915 d.C. / 1865 del Sol
Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería
La primavera llegó sin ceremonia.
No hubo un día concreto en el que alguien pudiera decir “ahora es primavera”. Simplemente, una mañana, Friedrich Weber notó que el aire ya no cortaba la piel de inmediato. El frío seguía ahí, pero había retrocedido lo suficiente como para dejar espacio a otras sensaciones. El cuerpo, acostumbrado al entumecimiento, empezó a sentir dolores antiguos con más claridad.
El barro no desapareció.
Cambió.
Se volvió más blando, más líquido, más traicionero. Donde antes ofrecía resistencia, ahora se hundía sin aviso. Donde antes podía calcularse el paso, ahora el suelo decidía por sí mismo cuándo tragar una bota o hacer que alguien perdiera el equilibrio. Friedrich aprendió a caminar con una atención constante, casi obsesiva, como si cada paso fuera una decisión moral.
Tardó semanas en aceptar algo sencillo y devastador: el barro no era temporal.
No era consecuencia del invierno.
No era una anomalía.
Era el estado natural de aquel lugar.
Cada mañana comenzaba con el mismo ritual silencioso. Antes de incorporarse, antes incluso de abrir bien los ojos, movía los dedos de los pies. No para comprobar si estaban vivos, sino para confirmar que aún podía sentirlos como propios. A veces respondían de inmediato. Otras veces tardaban unos segundos. Ese retraso mínimo se quedaba con él todo el día, como una advertencia.
La trinchera ya no parecía un refugio improvisado.
Tenía estructura.
Tenía lógica.
Tenía intención.
Las paredes estaban reforzadas con madera bien ajustada. Había escalones tallados en el barro para facilitar el movimiento. Pasillos estrechos conectaban sectores con una regularidad inquietante. Había lugares designados para dormir, para vigilar, para almacenar. Alguien, en algún lugar, había decidido que aquello debía funcionar durante mucho tiempo.
Friedrich empezó a pensar en la trinchera como en una ciudad subterránea, una ciudad que nadie quería reconocer como tal.
—Una ciudad hecha solo para esperar —pensó—.
Caminar por ella exigía atención constante. Cada tabla tenía su sonido. Cada zona su nivel de humedad. Aprendió a reconocerlos sin pensarlo. Ese conocimiento no lo hacía sentirse hábil. Lo hacía sentirse atado. Como si el lugar hubiera empezado a reclamarlo.
La espera ya no era simplemente aguantar.
Había sido domesticada.
Turnos exactos.
Horarios rígidos.
Revisiones constantes.
La guerra había decidido que incluso la inmovilidad debía ser eficiente, que no podía permitirse el desorden ni siquiera en la quietud.
Una mañana llegaron nuevas órdenes. No hablaban de atacar ni de defender con palabras amplias. Hablaban de medidas exactas, de ángulos, de tiempos de exposición. Indicaban dónde debía estar cada hombre, cuándo, y con qué postura.
El lenguaje era distinto.
Más técnico.
Más frío.
Más ajeno.
—Ya no somos hombres esperando —pensó Friedrich—. Somos piezas que deben encajar sin hacer ruido.
No protestó. No cuestionó. Había aprendido que la obediencia no era ideológica. Era mecánica. Resistirse no detenía el sistema. Solo lo hacía más incómodo para quien lo intentaba.
Durante las guardias, observaba la tierra frente a ellos. Ya no la veía como un campo de batalla, sino como un espacio medido. Numerado. Registrado. Cada cráter tenía un propósito. Cada punto visible había sido anotado en algún documento que él nunca vería.
El enemigo hacía lo mismo.
A veces esa simetría lo inquietaba más que el fuego cruzado. Era como si ambos bandos colaboraran, sin quererlo, en perfeccionar una maquinaria absurda. Cada mejora de uno obligaba al otro a responder. Cada respuesta afinaba el conjunto.
La guerra se perfeccionaba sola.
Las conversaciones entre los hombres habían cambiado de tono. Ya casi nadie hablaba del inicio de la guerra. Mucho menos de su final. Se hablaba de rutinas. De procedimientos. De rumores técnicos que circulaban sin confirmarse.
Gases que no se veían.
Proyectiles distintos.
Máquinas capaces de avanzar sobre el barro.
Nadie sabía qué era real.
Pero todos sentían que algo estaba en camino.
Una tarde, Friedrich ayudó a descargar suministros. Las cajas eran más uniformes que antes. Más pesadas. Etiquetadas con códigos precisos. No había improvisación. Todo estaba contado, medido, previsto.
No preguntó qué contenían.
—Esto ya no es una guerra que reacciona —pensó—. Es una guerra que planifica.
El cuerpo respondía de maneras nuevas. El hambre ya no era una urgencia puntual, sino un estado permanente. El sueño no reparaba. Solo interrumpía brevemente la conciencia. El miedo no aparecía como pánico, sino como una presión constante en el pecho, un ruido de fondo que nunca se apagaba del todo.
En los momentos de calma relativa, Friedrich pensaba en el mundo fuera de la trinchera. No con nostalgia intensa, sino con una distancia extraña, como si ese mundo perteneciera a otra lógica. Le costaba imaginar superficies limpias, habitaciones secas, personas que podían decidir cuándo dormir o moverse sin permiso.
—Allí deben estar contando cosas —pensó una vez—. Producción, dinero, planes.
Aquí, en cambio, solo se contaban turnos.
La primavera avanzó lentamente. Con ella llegaron más hombres. No eran refuerzos entusiastas. Eran reemplazos. Llegaban callados, miraban demasiado, aprendían rápido a no hacer preguntas. Algunos duraban poco. Otros se adaptaban con una rapidez inquietante.
Friedrich se dio cuenta de algo que no le gustó admitir: ya no se sentía nuevo.
Sabía dónde colocarse.
Sabía cuándo agacharse.
Sabía cuándo no moverse.
Esa experiencia no le daba seguridad. Le daba peso. La sensación de estar demasiado integrado a algo de lo que no podía salir.
Una noche, durante la guardia, el silencio se prolongó más de lo habitual. No era un silencio tranquilo. Era uno cargado, denso, como si el aire mismo estuviera esperando una señal. Friedrich ajustó el fusil sin darse cuenta. El gesto salió solo, automático.
Pasaron minutos largos.
Nada ocurrió.
Luego, un disparo aislado rompió la quietud. No fue seguido por nada más.
El cuerpo tardó en relajarse. El pulso se mantuvo alto demasiado tiempo.
—Así será ahora —pensó—. No grandes batallas. Pequeñas tensiones constantes.
La guerra había cambiado.
No se había vuelto más ruidosa.
Se había vuelto más metódica.
Friedrich comprendió, sin que nadie tuviera que explicárselo, que aquello no iba a resolverse pronto. Que el mundo había decidido invertir años, recursos y vidas en una confrontación prolongada.
Y él era parte de ese cálculo.
No un héroe.
No un símbolo.
Una variable más.
Cuando terminó su turno, se sentó apoyando la espalda contra la pared húmeda de la trinchera. Cerró los ojos unos segundos. No para dormir. Solo para comprobar que aún podía hacerlo.
La guerra ya no era solo barro.
Era espera organizada,
y Friedrich Weber entendió que sobrevivir significaba aprender a vivir dentro de un sistema que no necesitaba emociones para funcionar…
sin permitir, si aún era posible, que esa lógica fría terminara de borrar lo poco que quedaba de él.
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