EL INMORTAL - Capítulo 92
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Capítulo 92: LO QUE SE MUEVE
Europa occidental
Verano de 1915 d.C. / 1865 del Sol
Friedrich Weber no sabía nada de bolsas de valores.
Nunca había tenido que saberlo. Antes de la guerra, el dinero era algo tangible: monedas que pesaban en el bolsillo, billetes que se doblaban con cuidado, un salario que alcanzaba o no alcanzaba según el mes. No se movía solo. No cambiaba de valor mientras uno dormía. No dependía de lugares que no podía imaginar.
Ahora, sin comprenderlo del todo, vivía dentro de un sistema que ya no necesitaba que él lo entendiera.
Lo notó primero en cosas tan pequeñas que al principio se negó a darles importancia.
El pan llegó distinto una mañana. No estaba malo. No estaba rancio. Pero era más compacto, más denso, como si hubiera sido diseñado para ocupar menos espacio y durar más tiempo. El sabor no era peor, pero tampoco invitaba a comerlo con calma. Se ingería. Cumplía su función.
El café empezó a aparecer con menos regularidad. No desapareció, simplemente dejó de ser algo seguro. El tabaco se volvió objeto de intercambio silencioso. Las botas nuevas no eran defectuosas, pero tampoco tenían la resistencia de las viejas. Eran correctas. Nada más.
—Dicen que es por la logística —murmuró alguien al repartir raciones.
Logística.
Una palabra nueva, cómoda, que parecía capaz de explicarlo todo sin explicar nada. Nadie preguntó más. Nadie discutió. La palabra cerraba cualquier conversación.
Friedrich empezó a notar que muchas de las palabras nuevas que circulaban no hablaban de hombres ni de decisiones, sino de procesos. Transporte. Distribución. Prioridades. Optimización. No describían actos heroicos ni fracasos. Describían flujos.
La guerra estaba aprendiendo a funcionar como un sistema continuo, no como una sucesión de batallas.
En la trinchera, los rumores viajaban rápido. No seguían una lógica clara. Se superponían, se contradecían, se deformaban. Se hablaba de barcos hundidos en mares que Friedrich no podía ubicar en un mapa. De rutas comerciales cortadas y luego reabiertas. De fábricas que no dormían, de turnos interminables, de ciudades que trabajaban de noche.
Nadie hablaba de cifras concretas.
Pero todos sentían el efecto.
Muy lejos de allí, en ciudades que Friedrich solo conocía por nombre, hombres con trajes limpios se sentaban frente a escritorios bien iluminados. Miraban números moverse sobre papel. No olían barro. No sentían humedad. No escuchaban artillería. Veían columnas que subían o bajaban.
Y esas columnas decidían cuántas balas llegarían al frente.
Cuántos abrigos.
Cuánto pan.
Friedrich no sabía que en Londres el dinero se movía con nerviosismo, entrando y saliendo como si buscara refugio. No sabía que en París los seguros se ajustaban cada semana, calculando riesgos imposibles de prever. No sabía que en Berlín los bancos medían créditos como quien mide sangre en un cuerpo exhausto.
Pero lo intuía.
Porque los suministros no se cortaban de golpe.
Se estiraban.
Porque las órdenes no se volvían desesperadas.
Se volvían impersonales.
Nada colapsaba.
Todo se tensaba.
Eso era lo inquietante: la guerra no parecía a punto de romperse, parecía a punto de estabilizarse.
Una tarde, mientras limpiaba su fusil con movimientos completamente automáticos, escuchó a un suboficial leer una orden administrativa. No hablaba de ofensivas ni de gloria. Hablaba de raciones “temporalmente ajustadas”, de redistribución eficiente, de uso racional de recursos.
Nadie protestó.
La guerra ya había enseñado que protestar no modificaba decisiones tomadas a cientos o miles de kilómetros de distancia, por personas que no veían trincheras.
Esa noche, durante la guardia, Friedrich miró el cielo. Estaba despejado. Extrañamente hermoso. Las estrellas parecían demasiado tranquilas para un mundo que se estaba rompiendo debajo de ellas.
Pensó en barcos cruzando océanos oscuros, cargados hasta el límite. Pensó en trenes interminables avanzando por rieles que no se detenían nunca. Pensó en fábricas iluminadas toda la noche, con hombres que no veían el sol durante días.
No porque alguien se lo hubiera contado, sino porque empezaba a comprender que la guerra tenía profundidad, capas invisibles que sostenían lo que él vivía a ras de suelo.
—Estamos peleando aquí —pensó—, pero el peso real se mueve en otro sitio.
El enemigo ya no era solo la trinchera de enfrente.
Era el tiempo.
Era la capacidad de producir más.
Era la posibilidad de aguantar cuando otros no podían.
En algún punto del verano, llegaron noticias vagas. Países que no estaban en guerra seguían comerciando con todos. Vendían alimentos, acero, carbón, maquinaria. No enviaban hombres. No enviaban discursos. Enviaban mercancías.
Friedrich escuchó eso con atención.
No sintió rabia.
Tampoco alivio.
Sintió algo más difícil de aceptar: la certeza de que el valor individual había dejado de ser decisivo. El coraje seguía siendo necesario, pero ya no suficiente. La guerra no se ganaba con un acto brillante, sino con resistencia prolongada.
Eso hacía que todo se sintiera más grande.
Más frío.
Más distante.
Una mañana, mientras avanzaba por la trinchera para tomar su turno, Friedrich se sorprendió pensando en el enemigo no como hombres concretos, sino como una fuerza abstracta. Tampoco pensaba ya en sus oficiales como individuos. Pensaba en cadenas de decisiones, en flujos, en ritmos que nadie podía detener solo.
—Así es como empieza —pensó—. Cuando dejamos de ver caras y empezamos a ver funciones.
El verano siguió avanzando. El barro se secó en la superficie, pero seguía vivo debajo, esperando la próxima lluvia. Las trincheras se mantuvieron. Las órdenes continuaron llegando. Los rumores crecieron, se volvieron parte del paisaje, como el olor húmedo o el sonido lejano de la artillería.
Y muy lejos, en oficinas silenciosas, el dinero seguía moviéndose como si la guerra fuera un problema técnico, algo que podía resolverse con cálculos, plazos y márgenes.
Friedrich ajustó el fusil y tomó su puesto.
No sabía de mercados.
No sabía de imperios neutrales.
No sabía de índices ni de recargos.
Pero entendía algo con una claridad cada vez más pesada:
Que la guerra ya no se decidía solo donde caían las balas,
sino donde alguien decidía cuánto costaba cada día seguir disparándolas.
Y esa idea, más que el barro o el cansancio, fue la que empezó a hacerle sentir que el mundo que había conocido antes de la guerra no había desaparecido de golpe, sino que había sido absorbido lentamente por un sistema que seguía funcionando, incluso mientras los hombres se desgastaban, uno por uno, en silencio.
Frente occidental
Finales del verano de 1915 d.C. / 1865 del Sol
Ejército Imperial Alemán – 15.ª División de Infantería
Friedrich Weber comprendió que algo había cambiado el día en que dejó de confiar en el silencio.
No ocurrió de golpe. No hubo un momento exacto al que pudiera señalar después. Fue una acumulación lenta, casi imperceptible, como la humedad que se filtra en la madera hasta que un día ya no sostiene el peso como antes.
Antes, el silencio era descanso. Era la señal de que el cuerpo podía aflojar los músculos sin miedo inmediato. Un intervalo entre bombardeos donde el pensamiento podía vagar sin culpa. Ahora, el silencio se había vuelto otra cosa: una superficie demasiado quieta, como un lago sin viento que no reflejaba el cielo con honestidad.
Los hombres ya no se relajaban cuando cesaban los disparos. Permanecían atentos, inmóviles más de lo necesario, como si el verdadero peligro necesitara precisamente de esa calma para manifestarse.
Friedrich empezó a notar que nadie se quitaba el casco del todo. Que las manos descansaban siempre cerca del equipo. Que incluso al sentarse, los cuerpos permanecían inclinados hacia adelante, preparados para levantarse de inmediato.
Las conversaciones habían cambiado de forma.
No solo eran más cortas. Eran más estrechas. No se hablaba para compartir, sino para confirmar que uno seguía ahí. Las frases no se desarrollaban. Se lanzaban y se dejaban caer. Las historias quedaban a medias, como si terminarlas fuera una pérdida innecesaria de energía.
Las bromas seguían existiendo, pero eran mecánicas. Aparecían como reflejos aprendidos, cumplían su función mínima y desaparecían sin dejar eco. Friedrich notó que incluso las risas eran diferentes: breves, secas, sin resonancia en el pecho.
Había expectación, pero no emoción.
Había vigilancia, pero no dirección.
Había una forma nueva de estar despierto, más cansada que la vigilia anterior.
Las órdenes seguían llegando con la misma regularidad burocrática. El mismo papel áspero. El mismo lenguaje preciso. Sin dramatismo. Sin énfasis innecesario. Pero ahora incluían detalles que antes no estaban.
Revisar el equipo incluso cuando no había movimiento.
Mantener ciertos objetos siempre a la misma distancia del cuerpo.
Repetir gestos que no tenían relación directa con disparar, avanzar o defenderse.
—Por si acaso —decían los suboficiales, con un tono neutro que no admitía preguntas.
Ese “por si acaso” se instaló en la mente de Friedrich como una piedra pequeña pero constante. No dolía. No hería. Simplemente estaba ahí, recordándole que había escenarios que nadie describía en voz alta.
Friedrich empezó a escuchar su propia respiración.
No porque le faltara el aire, sino porque había dejado de confiar en él. El acto más básico se había vuelto consciente. Inhalaba y, durante una fracción mínima de segundo, esperaba una confirmación silenciosa de que todo seguía funcionando como debía. Exhalaba con un alivio breve, incompleto.
La trinchera seguía siendo la misma.
El barro espeso que se pegaba a las botas como si tuviera voluntad propia.
Las tablas deformadas por la humedad constante.
El olor agrio de tierra, metal y cuerpos que no terminaban de secarse.
Y, sin embargo, Friedrich sentía que el espacio había perdido solidez. Como si algo invisible lo atravesara sin dejar huella, pero alterándolo todo.
Durante una guardia nocturna, escuchó a dos hombres hablar sin mirarse, como si el contacto visual fuera innecesario o incluso peligroso.
—Dicen que ya no se trata solo de disparar.
—¿Entonces de qué?
—De resistir sin ver nada.
La conversación terminó ahí. Nadie quiso añadir nada más. Nadie necesitaba hacerlo.
Los rumores habían cambiado de naturaleza. Ya no se centraban en armas concretas ni en movimientos del enemigo. Hablaban de efectos. De consecuencias. De hombres que caían sin heridas visibles, sin sangre, sin un punto claro al que señalar.
Friedrich escuchaba y guardaba silencio. Confirmar un rumor era hacerlo más real. Y hacerlo real implicaba imaginarlo con demasiada precisión.
Un día llegaron cajas nuevas.
No eran grandes ni numerosas, pero su presencia alteró el ritmo habitual de la trinchera. Tenían marcas claras, símbolos que advertían sin explicar. Fueron descargadas con una lentitud casi ceremonial. Nadie las golpeó por descuido. Nadie las dejó solas.
Friedrich las observó desde cierta distancia. Le llamó la atención que nadie hiciera comentarios en voz alta.
—Esto no es para matar rápido —pensó—. Esto es para que el error no tenga corrección.
El entrenamiento cambió sin anunciarse como cambio. Sesiones cortas, repetitivas, casi obsesivas. Colocarse algo sobre el rostro. Ajustar correas hasta que el cuerpo aprendiera la presión exacta. Respirar siguiendo un ritmo impuesto. Quitarse el equipo sin movimientos bruscos, como si cada gesto fuera parte de un mecanismo frágil.
—No lo hagan deprisa —repetían—. Háganlo como si no hubiera margen.
Eso lo descolocó profundamente.
Hasta entonces, la guerra había sido velocidad. Impulso. Reacción inmediata. Ahora exigía contención, una calma artificial en medio del miedo, una disciplina que parecía contradecir el instinto.
Una noche, apoyado contra la pared húmeda de la trinchera, Friedrich recordó su vida antes de la guerra. No los grandes momentos, sino los pequeños: el sonido de una puerta al cerrarse, el roce de la ropa limpia, la manera en que respiraba sin pensar en ello. Recordó que el aire había sido algo neutro, invisible, confiable.
Ahora, cada respiración tenía peso.
—El peligro ya no está enfrente —pensó—. Está en lo que entra sin permiso.
El miedo dejó de tener dirección.
Ya no venía solo del frente enemigo. Se filtraba por los silencios prolongados. Por la quietud excesiva. Por la duda constante de si un olor era normal o no. Se instalaba en la mente incluso cuando el cuerpo estaba inmóvil.
Los oficiales evitaban explicaciones largas. No hablaban de fechas ni de ofensivas próximas. Repetían una sola consigna: estar preparados. Preparados para qué, nadie lo decía con claridad.
Friedrich notó que algunos hombres dormían con el equipo puesto. Otros lo alineaban con una precisión casi ritual, como si el orden pudiera ofrecer protección. El sueño se volvió ligero, fragmentado. Despertaban antes incluso de entender por qué.
Incluso el viento parecía distinto.
Una mañana, al amanecer, una niebla baja cubrió el terreno entre trincheras. Era algo habitual. Había ocurrido muchas veces. Pero ese día nadie la miró con indiferencia.
Los hombres ajustaron correas sin recibir órdenes. Revisaron el equipo con movimientos mecánicos. Miraron a los oficiales esperando una señal definitiva.
No llegó.
Solo la orden de esperar.
Friedrich se dio cuenta de que su idea de supervivencia había cambiado. Ya no pensaba en vivir el día completo. Pensaba en no fallar en el gesto más pequeño. En respirar bien. En no cometer un error invisible.
La guerra había cambiado de naturaleza.
No avanzaba.
No retrocedía.
Se infiltraba.
Y Friedrich Weber comprendió, con una claridad silenciosa y pesada, que el mundo había entrado en una fase donde la violencia no necesitaba explosiones ni gritos para imponerse.
A veces, bastaba con habitar el aire.
Invisible.
Constante.
Implacable.
Ese pensamiento no lo abandonó cuando el cielo empezó a aclararse.
Se quedó con él, como una presencia discreta, recordándole que incluso lo más básico —respirar— había dejado de ser completamente suyo.
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