EL INMORTAL - Capítulo 95
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Capítulo 95: EL CAPITAL
Confederación Suiza
1916 d.C. / 1866 del Sol
Zúrich
En Suiza, la guerra no tenía urgencia.
No porque no existiera, sino porque aquí todo se movía a una velocidad distinta. El mundo podía arder con violencia, pero en Zúrich el tiempo se doblaba, se plegaba sobre sí mismo, como si alguien lo hubiera decidido así siglos atrás y nadie se atreviera a contradecirlo.
Las mañanas comenzaban siempre igual.
El mismo sonido de pasos sobre adoquines húmedos.
El mismo tintinear distante de tranvías.
El mismo gesto cuidadoso al abrir puertas de madera pesada.
Los bancos abrían sin ceremonias. No había multitudes ni filas visibles. El flujo humano era constante pero discreto, como una corriente subterránea. Personas que entraban sin levantar la mirada, que salían sin dejar rastro.
No había prisa.
La prisa delataba.
Dentro de los edificios, el aire parecía más denso. No por humedad, sino por concentración. Cada movimiento tenía un propósito claro. Cada palabra se elegía con precisión. El silencio no era ausencia, era norma.
Los empleados bancarios trabajaban sentados durante horas, revisando documentos con una atención casi monástica. Habían aprendido a leer entre líneas, no para descubrir secretos, sino para asegurarse de que nada sobresaliera.
El dinero que llegaba ya no era confiado.
Era desconfiado.
No entraba como inversión, sino como retirada estratégica. No buscaba multiplicarse, sino permanecer intacto. Cada transferencia era una confesión silenciosa de que el lugar de origen ya no parecía seguro.
Alemania enviaba capital fragmentado.
Francia enviaba capital herido.
Italia enviaba capital nervioso.
Gran Bretaña enviaba capital calculador.
Cada uno con su estilo.
Todos con el mismo miedo.
En una sala privada, un industrial alemán esperaba sentado mientras un empleado revisaba sus documentos. Había pasado su vida midiendo éxito en producción, en expansión, en cifras crecientes. Ahora miraba el reloj de pared con una atención nueva.
—Nunca pensé que el silencio pudiera ser tan caro —dijo finalmente.
El empleado no sonrió. No era una observación extraña. La estabilidad tenía un precio, y Suiza lo cobraba sin disculpas.
En otro edificio, una familia francesa dividía su patrimonio en cuentas separadas. No porque desconfiaran entre ellos, sino porque habían aprendido que la dispersión era una forma de supervivencia. Nada debía estar en un solo lugar. Nada debía depender de una sola frontera.
El oro reaparecía como último recurso. No como símbolo de estatus, sino como lenguaje común cuando las monedas empezaban a traicionarse entre sí. No se mostraba. No se comentaba. Simplemente se guardaba.
El oro ya no hablaba de riqueza.
Hablaba de resistencia al colapso.
Fuera de los bancos, la vida seguía con una normalidad casi irritante para quien venía de países en guerra. Los niños iban a la escuela. Los comercios abrían. Los cafés se llenaban de conversaciones tranquilas. La guerra aparecía solo como una sombra en los periódicos.
Pero incluso ahí, el tono había cambiado.
Los titulares no gritaban.
Informaban.
Las palabras eran medidas. Las frases no buscaban emociones fuertes. Era como si el lenguaje mismo se hubiera adaptado al entorno, volviéndose más sobrio, más funcional.
Por las tardes, los empleados bancarios caminaban de regreso a casa con pasos tranquilos. Algunos llevaban años haciendo el mismo recorrido. Otros eran nuevos en la ciudad, atraídos por la estabilidad laboral que ofrecía un sistema que no prometía nada más que continuidad.
En los hogares, las conversaciones eran distintas a las de antes. Menos planes a largo plazo. Más preguntas condicionales. Más silencios prolongados entre frases.
—¿Y si esto dura años?
—¿Y si no vuelve a ser como antes?
Nadie respondía con certeza.
Con el paso de los meses, se hizo evidente que Suiza no era un destino final para todo el capital. Parte de él solo descansaba aquí. Se estabilizaba. Se transformaba en francos. Se protegía del ruido… y luego partía de nuevo.
Hacia Estados Unidos, donde la producción seguía sin pausa.
Hacia el Imperio Mexicano, donde la moneda permanecía firme y el mercado interno absorbía cualquier exceso.
Suiza era un puente silencioso.
Un lugar donde el dinero podía detenerse lo suficiente para pensar.
—Aquí no se decide el futuro —dijo un gestor veterano una tarde—. Aquí se evita que el pasado lo destruya.
Esa frase resumía todo.
Mientras en Europa los soldados aprendían a vivir bajo tierra,
mientras en América las fábricas aprendían a no dormir jamás,
en Suiza el capital aprendía algo más sutil:
a existir sin imponerse,
a esperar sin oxidarse,
a cambiar de idioma sin perder su significado.
No era heroico.
No era visible.
Pero cuando la guerra terminara,
cuando los países intentaran reconstruirse sobre ruinas físicas y morales,
muchos descubrirían que lo único que había sobrevivido intacto
no fueron los ejércitos ni las promesas,
sino aquello que supo callar a tiempo.
Y en ese silencio prolongado,
en esas salas limpias,
en esos libros contables sin adornos,
el mundo estaba siendo preparado,
no para la victoria,
sino para volver a funcionar.
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