EL INMORTAL - Capítulo 96
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Capítulo 96: AVIONES Y TANQUES
Frente Occidental
1917 d.C. / 1867 del Sol
Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana
El sonido llegó antes que la idea.
No fue una explosión ni un silbido de artillería. No fue el estallido seco al que el cuerpo ya sabía cómo reaccionar. Fue un zumbido continuo, irregular, que no encajaba en nada conocido. No tenía dirección clara. No parecía venir del frente enemigo ni de la retaguardia.
El soldado tardó varios segundos en levantar la vista. No por curiosidad, sino porque había aprendido que mirar sin motivo casi siempre era un error.
El cielo estaba cubierto, como casi todos los días. Gris, bajo, pesado. Pero algo se movía allí arriba. Una sombra que no seguía el ritmo de las nubes.
—¿Oyes eso? —preguntó alguien, demasiado joven para sonar tranquilo.
El soldado asintió sin responder. No quería gastar palabras en algo que todavía no entendía.
El ruido se mantuvo. No se acercaba rápido. No se alejaba. Simplemente estaba ahí, como si el cielo hubiera decidido participar en la guerra sin pedir permiso.
—Avión —dijo otro, con voz neutra—. De los nuevos.
Nadie celebró. Nadie se alarmó demasiado. Ya habían visto aviones antes. Máquinas frágiles, ruidosas, que a veces caían envueltas en humo. Pero este era distinto. Volaba más bajo. Más estable. Como si no tuviera miedo.
El soldado volvió a concentrarse en su tarea. Ajustó el equipo. Revisó el fusil por costumbre, no por expectativa. Pensó, sin saber por qué, que ese ruido no se parecía a nada humano.
Horas después, el suelo empezó a vibrar.
No fue un temblor brusco. Fue una presión lenta, profunda, que se filtraba a través del barro y llegaba a las botas. No era artillería. La artillería tenía ritmo, pausa, advertencia. Esto no.
—Eso no es normal —dijo alguien.
El soldado no respondió. Ya no usaba esa palabra. Normal había dejado de significar algo útil hacía mucho tiempo.
El sonido se hizo más claro. Un retumbar constante, pesado, como pasos de algo que no se cansaba. Cuando apareció, nadie supo bien cómo reaccionar.
No parecía vivo.
No parecía muerto.
Era metal avanzando.
Una masa lenta, torpe, casi ridícula en su forma. Pero no se detenía. El alambre de púas, que durante meses había sido frontera, defensa, símbolo de resistencia, se plegó bajo su peso sin ceremonia.
Alguien disparó primero. Luego otros. El sonido de los disparos fue inmediato, instintivo. Las balas golpearon el metal y cayeron sin efecto visible.
El soldado sintió algo extraño en el pecho.
No fue miedo.
No fue pánico.
Fue la sensación de que su acción ya no importaba.
Disparar no cambiaba nada.
Gritar no cambiaba nada.
Obedecer tampoco parecía cambiarlo.
—¿Qué se supone que hagamos? —preguntó el recluta joven, casi suplicando.
Nadie respondió.
El objeto siguió avanzando. No rápido. No con furia. Con una calma insoportable. Como si el tiempo jugara a su favor.
—Eso no es una cosa —murmuró alguien—. Eso es una idea.
El soldado no supo por qué esa frase se le quedó grabada.
La idea no sangraba.
La idea no se cansaba.
La idea no necesitaba dormir en el barro.
El ataque terminó como casi todos: sin una sensación clara de final. El ruido se alejó. El cielo volvió a ser solo cielo. El suelo dejó de vibrar. Pero algo había quedado atrás, algo que no se podía enterrar ni reparar.
Esa noche, en la trinchera, nadie habló mucho. No era un silencio tenso. Era un silencio pesado, como si cada uno estuviera reorganizando su manera de entender lo que estaba viviendo.
El soldado se sentó contra la pared de tierra húmeda. Cerró los ojos. El zumbido seguía ahí, pero ahora no venía del cielo. Venía de dentro.
Pensó en el inicio de la guerra. En las marchas ordenadas. En los discursos. En la idea de que todo dependía del valor, de la resistencia, de aguantar un poco más que el otro.
Eso había sido una mentira cómoda.
Ahora veía otra cosa: la guerra se estaba independizando de ellos.
Los días siguientes confirmaron esa sensación. Más aviones. Algunos se derrumbaban envueltos en fuego. Otros regresaban intactos. Los pilotos parecían figuras irreales, suspendidas entre mundos. Demasiado lejos para odiarlos. Demasiado cerca para ignorarlos.
La muerte ya no venía solo de frente.
Venía desde arriba.
Desde atrás.
Desde lugares que no se podían señalar con el dedo.
El soldado notó que su forma de pensar había cambiado. Ya no intentaba entender la estrategia. Ya no imaginaba finales. Vivía en fragmentos: el siguiente paso, el siguiente gesto, la siguiente orden.
Pensar más allá se sentía inútil.
—Dicen que esto es el futuro —comentó alguien una madrugada, mirando el cielo oscuro.
El soldado no respondió.
Si eso era el futuro, pensó, no estaba hecho para personas.
La guerra ya no pedía hombres para decidir su curso. Pedía fábricas. Talleres. Ingenieros. Números. Decisiones tomadas muy lejos del barro.
Ellos seguían ahí, sí. Seguían muriendo. Seguían obedeciendo. Pero ya no eran el centro.
Eran acompañantes.
Esa noche, antes de dormir, el soldado pensó en algo que no se atrevió a decir en voz alta: que quizá la guerra ya no necesitaba terminar rápido, porque había aprendido a sostenerse sola.
Rodaba.
Volaba.
Avanzaba sin preguntar.
Cerró los ojos.
No rezó.
No pidió nada.
Solo esperó el próximo sonido que no sabría nombrar, con la certeza creciente de que el mundo había entrado en una fase donde el hombre solo estaba presente para ser testigo… y pagar el precio.
Frente Occidental
1917 d.C. / 1867 del Sol
Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana
El día empezó sin empezar.
No hubo un momento claro que separara la noche de la mañana. La oscuridad simplemente perdió un poco de densidad, como si alguien hubiera aflojado un tornillo invisible en el cielo. La luz llegó cansada, gris, sin intención de quedarse.
El soldado abrió los ojos con la sensación de no haberlos cerrado del todo. El cuerpo estaba rígido, dolorido en lugares que ya no podía señalar con precisión. Las manos tardaron en responder. Los pies, entumecidos, parecían pertenecer a otra persona.
El barro seguía ahí.
No como algo que se pisa, sino como algo que habita. En las botas, en los pliegues de la ropa, en la piel. No se limpiaba. Se acumulaba. Se aceptaba.
Miró el reloj por costumbre. El segundero seguía moviéndose, obediente, ajeno a todo. Durante unos segundos intentó recordar qué significaba esa medida exacta del tiempo. No lo logró.
Las horas ya no tenían contenido.
—Hoy toca relevo —dijo alguien con una seguridad prestada, como si repetir la frase pudiera volverla real.
El soldado no respondió. Había aprendido que las palabras relacionadas con el futuro eran frágiles. A veces peligrosas.
El desayuno llegó tarde, o temprano. No supo decir cuál. Pan húmedo. Algo caliente que ya no tenía sabor. Comió despacio, no por hambre, sino porque masticar era una forma de seguir ahí.
A media mañana, el aire cambió.
No fue inmediato. No hubo alarma al principio. Fue una sensación leve, una incomodidad que no encajaba con nada conocido. Un olor extraño, metálico, que no pertenecía al barro ni a la pólvora.
Luego llegó la señal.
Máscaras.
El movimiento fue automático. Manos buscando correas, ajustando filtros, presionando bordes contra la piel. El soldado se colocó la suya con una precisión adquirida a fuerza de repetición. No pensó. El cuerpo sabía qué hacer.
El mundo se redujo a un cristal empañado y a una respiración amplificada. Cada inhalación sonaba ajena, hueca, como si el aire pasara por un lugar que no era suyo.
El gas no se veía de inmediato. Se insinuaba. Se deslizaba bajo, paciente. No atacaba de frente. Esperaba.
Vio a un hombre cerca dudar un segundo antes de ajustarse la máscara. Solo un segundo. Fue suficiente. Empezó a toser, primero con violencia, luego con desesperación. Sus manos se movían torpes, como si no reconocieran el gesto correcto.
Cayó de rodillas.
El soldado lo miró sin moverse.
No porque no sintiera nada, sino porque ya sabía. Ayudar sin orden no salvaba a nadie. A veces solo duplicaba la pérdida.
El gas se disipó con la misma indiferencia con la que había llegado. No dejó rastro visible, solo cuerpos que respiraban mal, ojos irritados, gargantas ardiendo. Algunos no se levantaron.
Al quitarse la máscara, el aire volvió a entrar como algo extraño. Demasiado frío. Demasiado presente. Cada respiración recordaba que seguir vivo ahora dependía de objetos, no de resistencia personal.
—¿Qué hora es? —preguntó alguien, con voz ronca.
Nadie respondió. El reloj seguía ahí, pero la pregunta había perdido sentido.
El día continuó, si es que eso era un día. Hubo disparos aislados, órdenes confusas, un intento de avance que no avanzó, una retirada que no se nombró como tal. El soldado ejecutó cada movimiento con una precisión mecánica.
No pensó en victoria.
No pensó en volver a casa.
Pensó en no romper la secuencia.
A ratos, el cuerpo funcionaba solo. Cargar. Moverse. Agacharse. Esperar. La mente observaba desde lejos, como si ya no fuera parte del mismo conjunto.
Por la tarde, la lluvia empezó sin convicción. No limpiaba nada. Solo añadía peso. El barro se volvía más espeso, más traicionero. Cada paso era una negociación silenciosa con el suelo.
El soldado se apoyó contra la pared de la trinchera. Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, todo seguía igual. Eso, más que cualquier explosión, resultaba agotador.
—¿Recuerdas cómo era esperar algo? —preguntó un veterano cercano, sin mirar a nadie en particular.
La pregunta quedó flotando.
El soldado intentó recordar. Esperar el correo. Esperar un permiso. Esperar el final del entrenamiento. Esperar una respuesta. Las imágenes llegaron borrosas, como fotografías mojadas.
—No estoy seguro —respondió al final, sorprendido de oír su propia voz.
La noche cayó sin marcar diferencia clara. El cielo seguía bajo, opresivo. El frío se coló en cada rendija. El sonido distante de motores regresó, recordándole que la guerra seguía moviéndose, aunque ellos permanecieran enterrados.
Intentó dormir.
El cuerpo se rendía por momentos, pero la mente no. Cada vez que cerraba los ojos, el tiempo se desordenaba. No sabía si habían pasado minutos u horas. Soñaba con escenas sin principio ni final. Fragmentos de otros días mezclados sin lógica.
Despertó sobresaltado por un ruido que no se convirtió en nada. Tardó en reconocerse. Tardó en recordar dónde estaba. La trinchera lo recibió como siempre: estrecha, húmeda, familiar.
Se quedó mirando la pared de tierra. Pensó, con una claridad incómoda, que el tiempo ya no avanzaba para él. No se dirigía hacia ningún lugar. Se repetía. Se doblaba sobre sí mismo. Se estancaba.
El mundo exterior podía hablar de ofensivas, de cifras, de producción que no se detenía. Aquí, el tiempo no era una línea. Era un círculo cerrado de barro, gas y espera.
Mientras se acomodaba para pasar otra noche igual a la anterior, comprendió algo que no necesitaba decir en voz alta:
la guerra no solo había aprendido a moverse sola,
había aprendido a quedarse,
a ocupar cada espacio del día,
a borrar la diferencia entre antes y después.
No quedaba mucho que pedirle al reloj.
Solo seguir respirando.
Seguir respondiendo cuando tocara.
Hasta que el ruido cambiara otra vez,
o hasta que el tiempo, por fin, decidiera avanzar sin él.
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