EL INMORTAL - Capítulo 97
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Capítulo 97: AVIONES Y TANQUES ll
Frente Occidental
1917 d.C. / 1867 del Sol
Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana
El día empezó sin empezar.
No hubo un momento claro que separara la noche de la mañana. La oscuridad simplemente perdió un poco de densidad, como si alguien hubiera aflojado un tornillo invisible en el cielo. La luz llegó cansada, gris, sin intención de quedarse.
El soldado abrió los ojos con la sensación de no haberlos cerrado del todo. El cuerpo estaba rígido, dolorido en lugares que ya no podía señalar con precisión. Las manos tardaron en responder. Los pies, entumecidos, parecían pertenecer a otra persona.
El barro seguía ahí.
No como algo que se pisa, sino como algo que habita. En las botas, en los pliegues de la ropa, en la piel. No se limpiaba. Se acumulaba. Se aceptaba.
Miró el reloj por costumbre. El segundero seguía moviéndose, obediente, ajeno a todo. Durante unos segundos intentó recordar qué significaba esa medida exacta del tiempo. No lo logró.
Las horas ya no tenían contenido.
—Hoy toca relevo —dijo alguien con una seguridad prestada, como si repetir la frase pudiera volverla real.
El soldado no respondió. Había aprendido que las palabras relacionadas con el futuro eran frágiles. A veces peligrosas.
El desayuno llegó tarde, o temprano. No supo decir cuál. Pan húmedo. Algo caliente que ya no tenía sabor. Comió despacio, no por hambre, sino porque masticar era una forma de seguir ahí.
A media mañana, el aire cambió.
No fue inmediato. No hubo alarma al principio. Fue una sensación leve, una incomodidad que no encajaba con nada conocido. Un olor extraño, metálico, que no pertenecía al barro ni a la pólvora.
Luego llegó la señal.
Máscaras.
El movimiento fue automático. Manos buscando correas, ajustando filtros, presionando bordes contra la piel. El soldado se colocó la suya con una precisión adquirida a fuerza de repetición. No pensó. El cuerpo sabía qué hacer.
El mundo se redujo a un cristal empañado y a una respiración amplificada. Cada inhalación sonaba ajena, hueca, como si el aire pasara por un lugar que no era suyo.
El gas no se veía de inmediato. Se insinuaba. Se deslizaba bajo, paciente. No atacaba de frente. Esperaba.
Vio a un hombre cerca dudar un segundo antes de ajustarse la máscara. Solo un segundo. Fue suficiente. Empezó a toser, primero con violencia, luego con desesperación. Sus manos se movían torpes, como si no reconocieran el gesto correcto.
Cayó de rodillas.
El soldado lo miró sin moverse.
No porque no sintiera nada, sino porque ya sabía. Ayudar sin orden no salvaba a nadie. A veces solo duplicaba la pérdida.
El gas se disipó con la misma indiferencia con la que había llegado. No dejó rastro visible, solo cuerpos que respiraban mal, ojos irritados, gargantas ardiendo. Algunos no se levantaron.
Al quitarse la máscara, el aire volvió a entrar como algo extraño. Demasiado frío. Demasiado presente. Cada respiración recordaba que seguir vivo ahora dependía de objetos, no de resistencia personal.
—¿Qué hora es? —preguntó alguien, con voz ronca.
Nadie respondió. El reloj seguía ahí, pero la pregunta había perdido sentido.
El día continuó, si es que eso era un día. Hubo disparos aislados, órdenes confusas, un intento de avance que no avanzó, una retirada que no se nombró como tal. El soldado ejecutó cada movimiento con una precisión mecánica.
No pensó en victoria.
No pensó en volver a casa.
Pensó en no romper la secuencia.
A ratos, el cuerpo funcionaba solo. Cargar. Moverse. Agacharse. Esperar. La mente observaba desde lejos, como si ya no fuera parte del mismo conjunto.
Por la tarde, la lluvia empezó sin convicción. No limpiaba nada. Solo añadía peso. El barro se volvía más espeso, más traicionero. Cada paso era una negociación silenciosa con el suelo.
El soldado se apoyó contra la pared de la trinchera. Cerró los ojos un instante. Al abrirlos, todo seguía igual. Eso, más que cualquier explosión, resultaba agotador.
—¿Recuerdas cómo era esperar algo? —preguntó un veterano cercano, sin mirar a nadie en particular.
La pregunta quedó flotando.
El soldado intentó recordar. Esperar el correo. Esperar un permiso. Esperar el final del entrenamiento. Esperar una respuesta. Las imágenes llegaron borrosas, como fotografías mojadas.
—No estoy seguro —respondió al final, sorprendido de oír su propia voz.
La noche cayó sin marcar diferencia clara. El cielo seguía bajo, opresivo. El frío se coló en cada rendija. El sonido distante de motores regresó, recordándole que la guerra seguía moviéndose, aunque ellos permanecieran enterrados.
Intentó dormir.
El cuerpo se rendía por momentos, pero la mente no. Cada vez que cerraba los ojos, el tiempo se desordenaba. No sabía si habían pasado minutos u horas. Soñaba con escenas sin principio ni final. Fragmentos de otros días mezclados sin lógica.
Despertó sobresaltado por un ruido que no se convirtió en nada. Tardó en reconocerse. Tardó en recordar dónde estaba. La trinchera lo recibió como siempre: estrecha, húmeda, familiar.
Se quedó mirando la pared de tierra. Pensó, con una claridad incómoda, que el tiempo ya no avanzaba para él. No se dirigía hacia ningún lugar. Se repetía. Se doblaba sobre sí mismo. Se estancaba.
El mundo exterior podía hablar de ofensivas, de cifras, de producción que no se detenía. Aquí, el tiempo no era una línea. Era un círculo cerrado de barro, gas y espera.
Mientras se acomodaba para pasar otra noche igual a la anterior, comprendió algo que no necesitaba decir en voz alta:
la guerra no solo había aprendido a moverse sola,
había aprendido a quedarse,
a ocupar cada espacio del día,
a borrar la diferencia entre antes y después.
No quedaba mucho que pedirle al reloj.
Solo seguir respirando.
Seguir respondiendo cuando tocara.
Hasta que el ruido cambiara otra vez,
o hasta que el tiempo, por fin, decidiera avanzar sin él.
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