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EL INMORTAL - Capítulo 98

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Capítulo 98: AVIONES Y TANQUES lll

Frente Occidental

1917 d.C. / 1867 del Sol

Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana

El cuerpo aprendía antes que la mente.

El soldado lo comprendió una mañana cualquiera, cuando despertó con el sonido distante de la artillería y no sintió nada especial. No hubo sobresalto, ni tensión repentina, ni ese impulso antiguo de contar segundos entre explosiones. Solo una evaluación rápida, casi automática: dirección, cadencia, distancia.

—Lejos —pensó—. No es para nosotros.

Y siguió ajustándose la chaqueta húmeda, como si ese sonido no fuera distinto al viento que empujaba el humo o a la lluvia que nunca terminaba de limpiar nada.

Esa normalidad lo inquietó más que cualquier ataque. Antes, cada detonación parecía tener peso propio. Ahora, el cuerpo clasificaba los ruidos como quien reconoce herramientas: útil, peligroso, ignorar. La guerra se había convertido en un lenguaje aprendido.

Se incorporó despacio. Las articulaciones protestaron un poco, pero obedecieron. El dolor ya no era una señal de alarma. Era un estado base. Algo que se administraba.

Miró alrededor. La trinchera estaba igual que siempre: estrecha, húmeda, marcada por capas de barro endurecido. No recordaba cómo se veía el suelo limpio. Ni siquiera estaba seguro de haberlo pisado alguna vez durante la guerra.

El día avanzó con una lentitud densa. No había ofensiva anunciada, pero tampoco reposo. Nunca lo había. La vigilancia se mantenía constante. Las órdenes llegaban fragmentadas, como si nadie quisiera formular una idea completa. Todo era provisional, pero permanente al mismo tiempo.

En la trinchera, los hombres se movían con economía de gestos. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie preguntaba demasiado. Las conversaciones eran breves, prácticas, casi técnicas. Cuando alguien mencionaba algo que sonara a futuro, el silencio caía como una corrección tácita.

—Si salimos de esta… —empezó un recluta nuevo, con la voz aún intacta, demasiado limpia para ese lugar.

Un veterano levantó la mano. No con brusquedad, sino con cansancio.

—No empieces así —dijo—. No ayuda.

El recluta se calló de inmediato. Asintió, confundido, sin comprender del todo. El soldado observó su rostro. Recordó vagamente haber tenido esa expresión. No sabía cuándo la había perdido.

La comida llegó sin ceremonia. Pan húmedo. Algo caliente cuyo sabor ya no intentaban identificar. Comer seguía siendo importante, no por placer, sino porque marcaba que el cuerpo seguía funcionando. El soldado masticó despacio, casi con atención exagerada, como si el acto mismo tuviera que justificar su repetición.

Mientras comía, observó sus manos.

Eran más ásperas. Las uñas cortas, irregulares. La piel endurecida. No temblaban.

Eso lo inquietó más que el hambre. Antes, el temblor era una respuesta honesta. Una señal de que algo dentro todavía reaccionaba. Ahora, la calma no significaba control. Significaba acumulación.

Por la tarde llegó la orden de reconocimiento. No un ataque. No una ofensiva. Solo avanzar un poco más allá de lo habitual, observar, regresar. El soldado ajustó el equipo sin pensar. El cuerpo se adelantaba siempre a la decisión, como si la voluntad fuera un trámite secundario.

Salir de la trinchera ya no producía el impacto inicial. El terreno seguía siendo hostil, pero conocido. Cada cráter, cada montículo, cada sombra tenía una función aprendida. El mundo se había reducido a un mapa íntimo de dónde no morir de inmediato.

Avanzaron en silencio. El soldado notó que ya no miraba los rostros de los otros hombres. Miraba movimientos, posturas, ritmos. Las personas se habían convertido en señales. En referencias. En elementos intercambiables dentro de un patrón mayor.

Durante el avance, recordó de pronto algo irrelevante: una caminata antigua, antes de la guerra, por un sendero sin barro. El recuerdo llegó sin emoción, como una imagen sin sonido. Lo dejó pasar. Pensar demasiado en eso no servía.

Regresaron sin incidentes. Nadie celebró. Nadie suspiró. Simplemente retomaron posiciones, como quien vuelve a una tarea interrumpida.

La noche cayó sin ceremonia.

El frío se coló en cada pliegue de la ropa. El cuerpo lo registró sin protesta abierta. El soldado se acomodó en su espacio estrecho, cerrando los ojos a ratos, abriéndolos sin saber por qué. Dormir ya no era descansar. Era apagarse brevemente, como una máquina que necesita enfriarse para no fallar del todo.

En uno de esos momentos escuchó a un compañero hablar en voz baja. No sabía con quién. Quizá consigo mismo.

—No sé cuánto más puedo —decía—. No por el miedo… por esto.

No terminó la frase.

El soldado entendió. No era el peligro inmediato. No era el ataque frontal. Era la duración. La guerra no parecía buscar un desenlace. No apuntaba a una resolución clara. Simplemente seguía.

Pensó en el mundo fuera del frente. No en su casa ni en nombres concretos. Pensó en algo más abstracto: fábricas que no se detenían, trenes que seguían circulando, oficinas donde alguien aún discutía cifras, calendarios que seguían pasando páginas.

Aquí, el tiempo no se contaba así. Se medía en guardias, en turnos, en noches que no se distinguían unas de otras.

Al amanecer, el cielo aclaró apenas, sin entusiasmo. El soldado se levantó con el cuerpo pesado, pero operativo. Se sorprendió al darse cuenta de que eso era, ahora, una forma de éxito.

No sentirse bien.

No sentirse seguro.

Solo seguir siendo funcional.

Mientras ajustaba el equipo una vez más, comprendió algo que no necesitó decir en voz alta: la guerra ya no le pedía valentía ni sacrificio consciente. Le pedía resistencia silenciosa, la capacidad de seguir ocupando un espacio sin esperar reconocimiento ni sentido.

Aprender a durar.

No a ganar.

No a entender.

Solo a mantenerse presente entre un día y el siguiente, mientras decisiones tomadas muy lejos del barro seguían extendiendo su permanencia ahí.

Y con esa certeza, sin dramatismo visible ni resignación declarada, el soldado tomó su posición una vez más, aceptando que sobrevivir había dejado de ser un acto heroico y se había convertido en una tarea repetitiva, casi administrativa, en una guerra que ya no necesitaba prisa para consumir tiempo humano.

Durar.

Eso era todo.

Y comprendió, con una lucidez amarga, que eso era lo más difícil que había hecho en su vida.

Frente Occidental

1917 d.C. / 1867 del Sol

Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana

El soldado entendió que había dejado de contar los días cuando ya no pudo recordar en cuál estaba.

No fue un descuido puntual. Fue algo más profundo. Una mañana intentó reconstruir la semana, no por nostalgia ni ansiedad, sino por una necesidad casi administrativa de saber dónde estaba parado. Lunes, martes, miércoles… Los nombres no se sostenían. Se deslizaban unos sobre otros como barro húmedo.

Guardias.

Relevos.

Noche.

Amanecer.

Todo era lo mismo con pequeñas variaciones.

El calendario había dejado de servir.

Se incorporó antes del cambio de guardia. No porque fuera necesario, sino porque el cuerpo ya no distinguía bien entre estar dormido y estar despierto. Permanecer acostado no era descanso. Era otra forma de espera, quizá más incómoda.

Miró alrededor.

La trinchera seguía ahí, igual que siempre. Los tablones oscuros, la tierra húmeda, el olor agrio que se pegaba a la ropa y parecía no irse nunca. Algunos hombres estaban despiertos, otros no. Nadie parecía realmente descansado.

Había rostros conocidos… y huecos.

El soldado ya no intentaba recordar cuándo había visto por última vez a los que faltaban. Simplemente aceptaba que no estaban. La ausencia se había vuelto una condición normal del entorno, como el frío o la lluvia.

Reconocía a los recién llegados de inmediato.

No por los uniformes.

Por la mirada.

Todavía observaban demasiado. Todavía reaccionaban a los sonidos. Todavía intentaban encontrar sentido en las conversaciones. Esa fase no duraba mucho.

A media mañana, el frente permaneció extrañamente silencioso. No era una tregua. Nadie confiaba en eso. Era un silencio sin intención clara, el tipo de pausa que no ofrece alivio.

El soldado apoyó la espalda contra la pared de tierra y cerró los ojos unos segundos. No para dormir. Solo para no estar atento.

Y entonces, sin buscarlo, pensó en el mundo.

No en su casa concreta, ni en nombres o rostros. Pensó en la idea de un mundo que seguía funcionando sin saber nada de esta trinchera en particular. Trenes que llegaban a horario. Tiendas que abrían por la mañana. Personas que se preocupaban por cosas que no tenían que ver con sobrevivir hasta la noche.

Le pareció una idea lejana. Casi ajena. No le produjo rabia. Tampoco consuelo.

Solo una distancia difícil de medir.

Aquí, cada gesto tenía un único propósito: seguir estando. Comer no era disfrutar. Dormir no era descansar. Obedecer no era creer. Todo se había reducido a mantener el cuerpo operativo.

Un oficial pasó revisando posiciones. Dijo algunas frases rutinarias. Nada que no hubieran escuchado antes. El soldado las registró sin mirarlo directamente. Las palabras entraron, se acomodaron en algún lugar y quedaron ahí.

No despertaron emoción.

Eso le llamó la atención.

Recordó vagamente cuando una orden podía provocar nervios, dudas, incluso enojo. Ahora no. Era información pura. Un dato que había que ejecutar. Nada más.

Por la tarde hubo un intercambio de fuego breve. Disparos dispersos, respuestas automáticas. El soldado disparó cuando tocó, recargó cuando correspondía, esperó cuando no había nada más que hacer.

No pensó en quién estaba del otro lado.

No porque lo odiara.

Porque ya no lo imaginaba.

El enemigo se había vuelto tan abstracto como la guerra misma. Un origen difuso de sonidos y órdenes, no una persona concreta.

Al caer la noche, el frío regresó con la familiaridad de un visitante habitual. El soldado se envolvió como pudo. Escuchó conversaciones en voz baja, fragmentos de frases que no buscaban respuesta.

—Dicen que esto va para largo.

—Siempre dicen eso.

—¿Crees que alguien se acuerde de nosotros cuando termine?

La pregunta quedó suspendida en el aire, más pesada que cualquier explosión reciente.

El soldado no respondió. No porque no le importara, sino porque la pregunta ya no encajaba en su manera de pensar. “Cuando termine” se había vuelto una expresión vaga, casi teórica. No era un punto al que su mente se dirigiera.

Se recostó con cuidado. Miró el cielo un instante. Las nubes bajas y el humo apenas dejaban ver alguna estrella. Recordó que antes sabía nombrarlas. Esa habilidad se le antojó innecesaria ahora.

Cerró los ojos.

Y comprendió algo sin dramatismo, sin epifanía: el mundo no se había detenido por ellos. Había seguido avanzando, ajustándose, produciendo, decidiendo. Aquí, en cambio, el tiempo se había vuelto espeso, circular, repetitivo.

No estaban defendiendo solo una línea del frente.

Estaban desincronizados.

El mundo aprendería cosas nuevas. Tecnologías nuevas. Formas nuevas de vivir. Ellos aprenderían a aguantar un día más, luego otro, sin acumular nada que pudiera llamarse progreso.

Al amanecer, el soldado abrió los ojos otra vez. El cielo era el mismo. El barro también. El cuerpo respondió con la obediencia de siempre.

Se levantó.

No con esperanza.

No con desesperación.

Con una aceptación tranquila, casi peligrosa.

La guerra ya no necesitaba convencerlo de nada. Él tampoco esperaba nada de ella. Habían llegado a un acuerdo silencioso: mientras pudiera levantarse, seguiría ahí.

Y mientras ajustaba el equipo una vez más, entendió que el verdadero costo de la guerra no era solo la muerte, ni siquiera el miedo.

Era esto:

seguir vivo mientras el mundo seguía adelante sin ti,

hasta que ya no supieras con certeza

si alguna vez volverías a alcanzarlo,

o si, en algún punto invisible,

te habías quedado definitivamente fuera de su tiempo.

Ese pensamiento no lo quebró.

Solo se quedó con él.

Y así, sin ruido, sin discurso, sin épica, el soldado tomó su posición una vez más, sabiendo que el capítulo cien no era un final, sino una marca silenciosa:

el momento en que comprendió que la guerra no solo destruía cuerpos,

sino que expulsaba a las personas del mundo que continuaba existiendo sin ellas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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