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EL INMORTAL - Capítulo 99

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Capítulo 99: AVIONES Y TANQUES lV

Frente Occidental

1917 d.C. / 1867 del Sol

Sector del Somme – 23.ª División de Infantería Alemana

El soldado entendió que había dejado de contar los días cuando ya no pudo recordar en cuál estaba.

No fue un descuido puntual. Fue algo más profundo. Una mañana intentó reconstruir la semana, no por nostalgia ni ansiedad, sino por una necesidad casi administrativa de saber dónde estaba parado. Lunes, martes, miércoles… Los nombres no se sostenían. Se deslizaban unos sobre otros como barro húmedo.

Guardias.

Relevos.

Noche.

Amanecer.

Todo era lo mismo con pequeñas variaciones.

El calendario había dejado de servir.

Se incorporó antes del cambio de guardia. No porque fuera necesario, sino porque el cuerpo ya no distinguía bien entre estar dormido y estar despierto. Permanecer acostado no era descanso. Era otra forma de espera, quizá más incómoda.

Miró alrededor.

La trinchera seguía ahí, igual que siempre. Los tablones oscuros, la tierra húmeda, el olor agrio que se pegaba a la ropa y parecía no irse nunca. Algunos hombres estaban despiertos, otros no. Nadie parecía realmente descansado.

Había rostros conocidos… y huecos.

El soldado ya no intentaba recordar cuándo había visto por última vez a los que faltaban. Simplemente aceptaba que no estaban. La ausencia se había vuelto una condición normal del entorno, como el frío o la lluvia.

Reconocía a los recién llegados de inmediato.

No por los uniformes.

Por la mirada.

Todavía observaban demasiado. Todavía reaccionaban a los sonidos. Todavía intentaban encontrar sentido en las conversaciones. Esa fase no duraba mucho.

A media mañana, el frente permaneció extrañamente silencioso. No era una tregua. Nadie confiaba en eso. Era un silencio sin intención clara, el tipo de pausa que no ofrece alivio.

El soldado apoyó la espalda contra la pared de tierra y cerró los ojos unos segundos. No para dormir. Solo para no estar atento.

Y entonces, sin buscarlo, pensó en el mundo.

No en su casa concreta, ni en nombres o rostros. Pensó en la idea de un mundo que seguía funcionando sin saber nada de esta trinchera en particular. Trenes que llegaban a horario. Tiendas que abrían por la mañana. Personas que se preocupaban por cosas que no tenían que ver con sobrevivir hasta la noche.

Le pareció una idea lejana. Casi ajena. No le produjo rabia. Tampoco consuelo.

Solo una distancia difícil de medir.

Aquí, cada gesto tenía un único propósito: seguir estando. Comer no era disfrutar. Dormir no era descansar. Obedecer no era creer. Todo se había reducido a mantener el cuerpo operativo.

Un oficial pasó revisando posiciones. Dijo algunas frases rutinarias. Nada que no hubieran escuchado antes. El soldado las registró sin mirarlo directamente. Las palabras entraron, se acomodaron en algún lugar y quedaron ahí.

No despertaron emoción.

Eso le llamó la atención.

Recordó vagamente cuando una orden podía provocar nervios, dudas, incluso enojo. Ahora no. Era información pura. Un dato que había que ejecutar. Nada más.

Por la tarde hubo un intercambio de fuego breve. Disparos dispersos, respuestas automáticas. El soldado disparó cuando tocó, recargó cuando correspondía, esperó cuando no había nada más que hacer.

No pensó en quién estaba del otro lado.

No porque lo odiara.

Porque ya no lo imaginaba.

El enemigo se había vuelto tan abstracto como la guerra misma. Un origen difuso de sonidos y órdenes, no una persona concreta.

Al caer la noche, el frío regresó con la familiaridad de un visitante habitual. El soldado se envolvió como pudo. Escuchó conversaciones en voz baja, fragmentos de frases que no buscaban respuesta.

—Dicen que esto va para largo.

—Siempre dicen eso.

—¿Crees que alguien se acuerde de nosotros cuando termine?

La pregunta quedó suspendida en el aire, más pesada que cualquier explosión reciente.

El soldado no respondió. No porque no le importara, sino porque la pregunta ya no encajaba en su manera de pensar. “Cuando termine” se había vuelto una expresión vaga, casi teórica. No era un punto al que su mente se dirigiera.

Se recostó con cuidado. Miró el cielo un instante. Las nubes bajas y el humo apenas dejaban ver alguna estrella. Recordó que antes sabía nombrarlas. Esa habilidad se le antojó innecesaria ahora.

Cerró los ojos.

Y comprendió algo sin dramatismo, sin epifanía: el mundo no se había detenido por ellos. Había seguido avanzando, ajustándose, produciendo, decidiendo. Aquí, en cambio, el tiempo se había vuelto espeso, circular, repetitivo.

No estaban defendiendo solo una línea del frente.

Estaban desincronizados.

El mundo aprendería cosas nuevas. Tecnologías nuevas. Formas nuevas de vivir. Ellos aprenderían a aguantar un día más, luego otro, sin acumular nada que pudiera llamarse progreso.

Al amanecer, el soldado abrió los ojos otra vez. El cielo era el mismo. El barro también. El cuerpo respondió con la obediencia de siempre.

Se levantó.

No con esperanza.

No con desesperación.

Con una aceptación tranquila, casi peligrosa.

La guerra ya no necesitaba convencerlo de nada. Él tampoco esperaba nada de ella. Habían llegado a un acuerdo silencioso: mientras pudiera levantarse, seguiría ahí.

Y mientras ajustaba el equipo una vez más, entendió que el verdadero costo de la guerra no era solo la muerte, ni siquiera el miedo.

Era esto:

seguir vivo mientras el mundo seguía adelante sin ti,

hasta que ya no supieras con certeza

si alguna vez volverías a alcanzarlo,

o si, en algún punto invisible,

te habías quedado definitivamente fuera de su tiempo.

Ese pensamiento no lo quebró.

Solo se quedó con él.

Y así, sin ruido, sin discurso, sin épica, el soldado tomó su posición una vez más, sabiendo que el capítulo cien no era un final, sino una marca silenciosa:

el momento en que comprendió que la guerra no solo destruía cuerpos,

sino que expulsaba a las personas del mundo que continuaba existiendo sin ellas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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