El Juego de la seducción mortal - Capítulo 32
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32: Capítulo 32 32: Capítulo 32 Una difícil decisión Gralisa no podía ocultar su tristeza, en el fondo de su corazón, lo que menos deseaba era ser la manzana de la discordia entre Edgar y su familia.
Saber que sus padres tenían otros deseos en mente para su hijo y en los cuales ella no figuraba, le hiere por dentro.
Los días pasan presurosos, mientras ella se ocupa en su trabajo.
Estaba un poco más tranquila viviendo en la oficina, mas ahora su inestabilidad emocional era producto de sus constantes pensamientos.
Gralisa siempre se sintió inferior al resto de las personas que le rodeaban, nunca miró su propia belleza, usualmente se comparaba con otras chicas y terminaba fustigándose a sí misma, creyéndose el patito feo del cuento, la cenicienta que no podría llegar a tener el glamour de una princesa y ahora se veía como la chica mala del cuento, capaz de provocarle una problema familiar a su novio.
Recuerda claramente las palabras de Emma, haciéndole saber que Edgar debía sacrificarse por amor a su familia, y que ellos jamás le darían la espalda a su hijo.
¿Pero por qué debía casarse con alguien a quién él no amaba?
¿Cómo podía ser feliz en brazos de alguien por quien no sentía nada?
Eso sonaba inexplicable e inaceptable para ella.
Mas, no podía interferir en la vida de Edgar de aquel modo.
Sería egoísta de su parte, obligarlo a separarse de su familia, solo por estar con ella quién además no podía garantizarle su amor, ella lo sabe.
Aún sigue sintiendo cosas por Neves.
Finalmente Edgar regresó de su viaje, lo primero que hizo fue ir a la empresa para darle una sorpresa a Gralisa.
—¡Hola, mi amor!
—se acercó a ella y la abrazó con fuerza— No sabes como extrañaba verte y sentirte así cerca de mí.
—Hola —contestó ella parcamente.
—¿Te ocurre algo?
—preguntó sorprendido al no ver la misma emoción en ella.
—¡No, mi amor!
Sólo un poco cansada.
Ya sabes como es esto —Pues te invito esta noche a cenar.
Muero por ganas de estar contigo.
—Sí, no hay problema.
—dijo fingiendo una sonrisa.
Ella estaba decidida a terminar su relación con Edgar.
Eso era algo que había estado pensando día y noche, y la única solución a su problema, era alejarse de él.
Edgar aguardó por ella ansioso.
Gralisa terminó de arreglarse para su cita con Edgar.
Subió a su auto.
Él no dejaba de admirarla, realmente estaba enamorado de aquella chica.
Gralisa era la mujer más especial y genuina que él había conocido, sin máscaras, sin poses, sensible y la mejor amante con la que había estado.
El auto se detuvo, bajaron del coche y se encaminaron al lujoso restaurante.
Ella como siempre no dejaba de fliparse con todo lo ostentoso que eran los lugares a donde Edgar la invitaba.
Lastima que su sueño estaba por terminar.
Durante la cena, ella se mantuvo callada y pensativa, mientras él le contaba todo sobre su viaje.
—¿Gralisa, por qué estás tan callada?
Dime qué está ocurriendo —preguntó él nuevamente.
Ella respiró profundamente y respondió sin titubeos.
—Lo nuestro se terminó.
—Edgar frunció el entrecejo, ¿había escuchado mal?
—¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste.
Esto se terminó.
—Pero, por qué Gralisa.
—ella no contestó más nada.— ¿Pasó algo durante mi ausencia?
No puedes sólo decirme que esto terminó sin darme una explicación.
Te exijo que me digas por qué estás dando por terminado lo nuestro.
Merezco por lo menos que me des una maldita razón —dijo, visiblemente indignado por la actitud de Gralisa.
—No me pidas explicaciones.
Sólo acepta mi decisión.
No quiero estar contigo.
La respuesta fría y categórica de la chica dejó en shock a Edgar.
Comenzó a hacerse preguntas que sólo lo llevaban a pensar que era a causa de sus sentimientos de ella por Neves.
Quizás mientras él estuvo de viaje, había pasad9 algo entre ellos.
Sintió celos y frustración.
El trayecto hacia la oficina fue ¡lgo tenso.
Ninguno de los dos moduló una palabra.
Ella iba callada y pensativa; él en cambio, tenia que enfocarse en la carretera.
La llevó de vuelta a la oficina, ella bajó del auto sin decirle nada.
Apenas se despidió con un beso en la mejilla.
Él aguardo a que ella entrara y puso el auto en marcha, de regresó a su piso.
Durante el trayecto, no dejaba de preguntarse el porqué del rechazo de Gralisa.
Finalmente llegó a su casa, bajó del coche y entró a su mansión.
Fue a la habitación y revisó las cámaras de vigilancia, sospechando de que podría encontrar allí la razón del comportamiento de su ex.
Vaya su ex.
Que rápido había sido todo.
Cuando revisó comprobó que su madre, había estado en la mansión mientras Gralisa estaba allí.
Ahora le quedaba todo claro.
Seguramente Emma la había confrontado o humillado por ser una chica de bajo nivel social.
Eso debía ser, de lo contrario Hralisa no se hubiese mostrado tan segura de dejarlo.
Lo que habían vivido durante ese corto tiempo, era especial para ambos.
De eso, él estaba más que seguro.
Sin dudarlo ni un minuto, tomó las llaves de su auto y fue a buscar a Gralisa.
Necesitaba convencerla de sus sentimientos hacia ella.
De todo lo que significaba ella en su vida.
Ella ya estaba acostada cuando escuchó la puerta sonar, se levantó de la cama y abrió la puerta, al verlo frente a ella, no pudo evitar refugiarse entre sus brazos, Edgar la abrazó con fuerza y ella rompió en llanto.
—¡No quiero estar lejos de ti, no quiero!
Tú eres lo mejor que me ha pasado, contigo ne siento segura y querida.
—dijo entre sollozos, mientras Edgar repartía besos en su rostro.
—No pienso dejarte mi amor.
—Pero tampoco quiero que por mi culpa, tengas que enfrentar a tu familia.
No podría ser feliz sasabido que tendrías que elegir entre ellos y yo.
La familia Isler, es tan poderosa, que Edgar por el momento, debe acatar sus reglas.
Sabe que su familia no permitiría que él se casara con Gralisa, sin retirarle su apoyo y dejarlo en la calle.
Edgar aunque desee, debe ser inteligente.
Gralisa no puede ser el blanco de sus injusticias, ella no tenía la culpa de que él se enamorara de ella.
Gralisa tampoco desea ser objeto de humillación y burla por parte de la familia de Esgar.
Ella tiene suficiente con sus propios problemas familiares.
Necesitaba seguir trabajando y apoyar a su madre enferma, eso debía ser más importante para ella que cualquier otra cosa.
Tampoco desea ser egoísta, Edgar realmente le había demostrado que la quería y ella, lo había defraudado con su actitud.
Al ver sus ojos tristes y las lágrimas en sus mejillas, ella sufre.
Uno de los dos debía tomar aquella difícil decisión.
Uno de los dos debía renunciar a su relación.
Edgar la abraza con fuerza como deseando que su cuerpo y el de ella se fundan en un mismo ser, aquella escena es dramática y llena de dolor y sufrimiento; Gralisa levanta su rostro, busca sus labios com desesperación, sus labios se funden uno en los otros, mientras el sabor salobre de sus lágrimas anuncian el sabor amargo de la despedida.
Pero Edgar, no quiere dejarla, no está dispuesto a perderla.
Comienza a besarla con pasión, sus labios se deslizan por su cuello, dejando marcada con chupetones toda su blanca piel.
Ella se eriza y se estremece al sentir sus labios, gime de placer en la medida que él succiona su cuerpo.
Necesita marcar territorio, que ella sienta que sólo le pertenece a él, que e¡”a lo recuerde a cada instante de su vida.
Edgar la recuesta contra la pared, mientras contonea su pelvis y roza su pene del vientre de ella, sus manos recorren el cuerpo de Gralisa, quien se estremece con el roce de sus manos y de su falo erguido presionando con fuerza y obligándola a abrir sus piernas para sentirlo con mayor profundidad.
Ella lo rodea con ambas piernas, enlazándose a su cuerpo, mientras él baja la cremallera de su pantalón, toma su pene y lo coloca en la hendidura húmeda y tibia de Gralisa que se contrae ansiosa de poseerlo.
—Eres mía, Gralisa.
¡Eres mía!
—murmura él, entrando y saliendo de su vagina ardiente.
Gralisa llora, se niega a dejarlo ir, no quiere perder lo único más maravilloso que ha tenido en su vida.
Entre jadeos y sollozos, ella bisbisea su nombre una y otra vez.
—¡Edgar, Edgar!
Soy tuya, te pertenezco… Al escuchar su nombre entre sus labios, susurrándole al oído, Edgar la sujeta con fuerza de ambos muslos y arremete con fuerza dentro de su coño, provocando gemidos de placer y deseo en su amante.
Ambos se desean y necesitan; a pesar de lo que sienten el uno por el otro, el destino se empeña en separarlos.
Todo parece estar en contra de su amor, todo…
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