El Juego de la seducción mortal - Capítulo 33
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33: Capítulo 33 33: Capítulo 33 Una promesa de amor Las lágrimas en el rostro de Gralisa no cesan, Edgar no quiere verla sufrir, pero tampoco es capaz de alejarse de ella, separarse de la única mujer con la que ha sido feliz, es muy difícil para él, por no decir imposible.
Mientras le hace el amor, susurra en su oido: —No voy a perderte, no estoy dispuesto a perderte.
Ella lo abraza con fuerza, quiere seguir pegada a él, a su cuerpo, sentirse protegida, amada, valorada.
¡Dios!
Cuan difícil es separarse de él, piensa Gralisa.
Edgar sabe que Gralisa no es de afrontar cambios tan severos como aquel, pero no está dispuesto a rendirse tan fácilmente y dejar que el destino los separe.
Como sea, él iba a luchar por su amor, por seguir a su lado, por amarla con cada átomo de su ser.
“Volveré con mi familia, pero sólo hasta lograr el poder que necesito” piensa él.
Todo aquello le parece injusto, mientras más piensa en tener que alejarse de Gralisa, más desea estar con ella.
Como dicen los grandes filósofos y sabios “mientras más te es prohibido, más te incita a querer posserlo”.
Realmente Edgar no iba a darse por vencido, deseaba seguir al lado de Gralisa y haría lo que fuera p¡” seguir junto a ella.
Era la mujer que deseo desde el primer instante, la que había logrado conquistarlo con su sencillez, la que lo había enloquecido mientras¡le hacía el amor.
Edgar, continúa follando a su amante, no se cansa de sentir su hendidura y su tibieza, se apoya en la pared y la embiste con mayor fuerza y pasión, mientras ella se sujeta a su cuello y siente su polla entrando y saliendo con rapidez e intensidad.
Ella aprieta sus piernas enlazadas en la cadera de su amante, el peso de ella hace que el pene de Edgae penetre profundamente en su vagina, haciéndola temblar y estremecer.
La reacción de Gralisa, cuyas piernas tiemblan tras cada embestida, excitan a Edgar aún más, por lo que en medio de la excitación y el desenfreno, se corre dentro de ella, llenándola de sus fluidos seminales.
—Te amo Gralisa y deseo que seas la madre de mis hijos.
—susurra él a su oido.
—También te amo Edgar, y sí, sí deseo tener un hijo tuyo.
—responde ella con certeza absoluta ante la petición de su amante.
Edgar sonríe de felicidad, siempre soñó con escuchar aquellas palabras de boca de su amada.
Aquel hijo sería el lazo que los uniría por siempre, el fruto de su amor.
La razón para estar juntis y luchar contra todo por defender su relación.
Él la sujetó con fuerza de las piernas de ellas, que aún seguian enlazadas en su espalda, a peso caminó y la llevó hasta la cama, la dejó caer entre las sabanas de seda y luego se dejó caer encima de ella.
Edgar posó su cuerpo sobre la delicada silueta de Gralisa y volvió a penetrarla, no quería salir de dentro de ella, quería llenarla por completo, saber que eran uno parte del otro.
Cada movimiento cadencioso de Edgar dentro de Gralisa era como si estuviese dibujando dentro de ella el amor que sentía por ella.
Era la única manera de hacer tangible aquel sentimiento profundo que llevaba dentro.
De demostrarle que su amor por ella era real y verdadero.
Gralisa se entregó por completo a aquel momento, tampoco deseaba dejarlo salir de dentro de ella.
Era como si al sacar el pene de su vagina, ellos estuviesen separándose para siempre y eso era algo que no deseaba, tampoco quería perderlo, no ahora que era por primera vez feliz.
Se aferró a su espalda, y sus man¡” se deslizaron hasta los fuertes glúteos de Edgar, lo apretó contra su vientre con intensidad y ambos sexos danzaron en un mismo movimiento sinuoso, rítmico, ondulante y perfecto.
Los fluidos que salían de su pene inundaron el vientre de Gralisa; los fluidos que salían de su vagina se mezclaban con los de él, el sudor resbalaba por sus cuerpos amalgamando sus pieles.
Nuevamente él se corrió dentro de ella, luego sacó su pene y rocío con su semen sus pechos, sus labios y el resto de su cuerpo.
Una especie de bautizo seminal donde él dejaba su huella en cada parte de Gralisa.
Exhaustos y felices, ella descansa sobre el brazo de su amante.
—Quiero controlar mi propio destino, necesito volver con mi familia y luchar por el poder.
Cuando tenga lo suficiente para controlar con quien he de casarme y si para ese entonces aún me esperas, iré por ti.
—besó sus labios y bisbiseo la frase— Te amo, Gralisa.
Ella se refugió en su pecho, podía escuchar los latidos de su corazón, saber que todo lo que le estaba diciendo era real, que realmente estaba dispuesto a luchar por ella y por su amor.
—¿Estarías dispuesta a esperarme?
—ella levantó el rostro y lo miró a los ojos— ¿O piensas buscar a alguien a quien puedas querer, como lo hiciste conmigo para olvidar a Neves?
—preguntó él, sin dejar de mirarla.
Gralisa se queda pensativa, callada, sin darle una respuesta a sus dudas.
Él la mira insistentemente, esperando recibir de ella una respuesta, necesitaba saber de su propios labios lo que pensaba.
Aunque ella no desea decir algo de lo que pueda arrepentirse luego, decide dejarse llevar por sus emociones, por lo que siente en esse momento al lado de Edgar.
—¡No lo sé!
No tengo esa respuesta en estos momentos.
—él la mira con asombro, ella continuó hablando:— Pero, si no me caso en un futuro, quiero que la primera persona que me pida que sea su esposa, seas tú.
—lo mira y él puede ver en sus ojos la sinceridad de su amante.
En todo el tiempo que llevaba junto a ella como amigo y ahora como amante, sabía cuando decía la verdad.
Estaba siendo sincera con él en ese instante.
Ante la respuesta de Gralisa, Edgar se emociona, le quita la sabana que estorba ante su sexo, se sube sobre ella y la vuelve a poseer una vez más.
Besa sus labios con pasión, mete su lengua dentro de su boca del mismo modo que mete su pene dentro de su vagina, mientras la hace suya.
Gralisa gime de placer, se contonea y enloquece al sentir su polla en lo más profundo de su coño.
Edgar es maravilloso cuando la hace sentirse deseada y sobre todo amada.
Sus cuerpos vuelven a vibrar y moverse rítmicamente, con el vaivén de sus sexos envueltos en lujuria y deseo.
—No pienso perderte y voy a regresar para casarme contigo, Gralisa.
Te lo prometo.
Aquella promesa es sellada con un beso intenso.
Un beso lleno de pasión, de ternura, de deseo, un beso que más que con sus labios, se lo da con todo su ser, con su propia alma.
Gralisa se siente dichosa al escuchar salir de los labios de Edgar, aquella promesa de amor.
En su corazón renace de nuevo la esperanza de tener un futuro a su lado.
No podía negar que la presencia de Edgar en su vida era muy importante, por él habia creido en la posibilidad de ser feliz.
Él sigue siendo su príncipe azul y ella su doncella…
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