El Juego de la seducción mortal - Capítulo 53
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53: Capítulo 53 53: Capítulo 53 Una sorpresa inesperada Gralisa no podía creer lo que estaba ocurriendo en ese momento.
Inmediatamente reconoció aquella voz y su cuerpo se estremeció al saber que se trataba de Edgar, por lo que sin poder evitarlo, gritó su nombre: —¡Edgar!
—posó sus manos sobre las de él, quien aún se mantenía cubriendo sus ojos.
Él acercó sus labios a su oreja y murmuró seductoramente: —Te he echado de menos —ella sintió que su piel se erizaba por completo cuando luego de susurrarle aquella frase, le acarició y besó el lóbulo de la oreja.
Gralisa se estremeció de pie a cabeza y la piel se le llenó de puntitos.
Él descubrió sus ojos, ella estaba aún perturbada por aquella realidad, se giró para verlo y se encontró de frente a él; el gesto de tristeza en su mirada, cambió por completo cuando se vio reflejada en aquellos ojos grisáceos que tanto deseaba volver a ver.
Sin decir palabra alguna, sus cuerpos se reencontraron, él la rodeó com sus brazos por la cintura y ella se prendió a su cuello; ambos buscaron con afan unir sus labios.
Se besaron en medio de la plaza, ajenos a las miradas de los transeúntes, viviendo intensamente aquel momento.
Gralisa no podía creer que sus deseos hubiesen sido oídos, había pensado tanto en él, que mágicamente se encontraba de nuevo a su lado.
Si aquello era una jugada del destino, ella igual no dejaría de vivirlo.
Aunque algunas interrogantes llegan de pronto a su cabeza: ¿Cómo Edgar supo donde estaba?
¿Qué había pasado con la ama de llaves?
¿Qué pasaría ahora con ella y Rómulo?
Mas la pelicastaña no quiso distraerse y prefirió perderse en el sabor de sus labios húmedos y de su cuerpo ardiente.
Cuando por fin volvieron a la realidad, él le pidió que se volteara, sacó de su bolsillo una venda negra de seda y, le cubrió los ojos, minutos antes de subir al auto.
Luego la sujetó del brazo y la dirigió rumbo al coche.
Abrió la puerta y la ayudó a subir cuidando de que no se golpeara la cabeza.
Luego subió él y puso el vehículo en marcha.
Gralisa aún no estaba segura de que aquello estuviera pasando, le parecía un sueño que su héroe hubiese aparecido para rescatarla de aquel aburrido lugar.
—¿A dónde me llevas?
—preguntó ella, llevando sus manos a su rostro para quitarse la venda, pero él sujetó una de sus manos y le pidió no hacerlo.
—¡No lo hagas!
Déjate llevar… quiero darte una sorpresa.
—dijo con voz seductora y ella asintió.
Edgar era experto en convertir momentos sencillos en instantes maravillosos, ya lo había hecho cuando la sorprendió en aquel viaje de vacaciones, cuando le pidió casarse, cuando la defendió del patán de su ex y sobre todo, cuando enfrentó a su propia familia por ella, eso fue lo que Emma me dijo en el restaurante mientras almorzaba con Neves.
El auto se detuvo, él bajó y fue hasta el otro lado para abrirle la puerta y tomarla de la mano.
Ella descendió del coche y él la tomó de la cintura y luego la condujo hasta la entrada del hotel.
Después de dar sus datos a la recepcionista, fue con la chica hacia el ascensor, entraron y subieron hasta el último piso.
El ascensor se detuvo y las puertas metálicas se abrieron.
Él seguia conduciéndola, mientras ella continuaba con la expectativa de hacia dónde Edgar la llevaba esta vez, con qué nuevo detalle la sorprendería.
Caminaron por el pasillo y él se detuvo justo frente a la suite real que había pagado para estar junto a Gralisa como parte de aquella noche especial que había preparado para ella.
Ingresaron a la suite y él abrió la puerta de la habitación principal y le quitó la venda.
Gralisa quedó con la boca abierta, al ver colgado en la habitación un hermoso, elegante y delicado vestido de novia.
Las lágrimas se asomaron a sus ojos y llena de emoción sintió sus mejillas humedecerse.
Edgar salió de la habitación dejándola a solas, quería que ella disfrutara de aquel momento sin sentirse presionada o incómoda, por su presencia.
—¡Oh por Dios!
—dijo con estupor al tiempo que pensaba en que si ellos no se hubieran separado, ella estaría luciendo ese vestido y en medio de una iglesia acompañada de Edgar.
Ese pensamiento, trajo a ella el recuerdo de aquel momento en que Neves le confesó que había hecho todo aquello para evitar que se casara con el pelicastaño, apuesto y elegante multimillonario.
“No podías haberte casado con él”.
“Fui yo quien presentó a Edgar a la elegante familia sin que él lo supiera”.
Aunque quisiera negarlo, le dolía pensar que Neves había arruinado su futuro con Edgar.
Gralisa no podía creer que él hombre de quien se enamoró al llegar a la compañía de grabación, fuese capaz de hacer algo como eso y sabotear su relación y alejarla de aquella forma tan egoísta de la felicidad, porque aunque al comienzo Gralisa veía a Edgar como un amigo, no menos cierto es que él se había ganado su afecto.
Ella se acercó, miró con detalle el vestido, era de tela suave y la decoración de la parte superior realmente era una belleza, Gralisa estaba sin palabras.
En ese momento, llamaron a la puerta de la habitación y antes de que ella abriera, escuchó la voz de Edgar preguntándole: —Querida Gralisa, ¿te gustó el vestido que elegí para ti?
—ella abrió la puerta y sus ojos se abrieron como platos cuando vio frente a ella a aquel apuesto hombre, vestido con un elegante traje de smokin negro.
Edgar se veía mucho más maduro que meses atrás, inclusive más guapo y sexy.
La chica parecía hipnotizada ante el porte y elegancia de aquel galán.
Se acercó y besó su mejilla y luego sus labios.
Cada vez que ella lo besaba, sentía que el mundo se detenía entre ellos y que nada, excepto ellos, importaba.
Pero en esta oportunidad, Edgar se separó de ella y se acercó al vestido de novia.
—Te ayudaré a ponértelo.
Gralisa no contestó nada, sólo se dejó llevar por él.
Mientras la ayudaba a colocarse el traje, sus manos a ratos acariciaban uno de sus muslos, o su cadera.
Incluso cuando la ayudó a subir el cierre y sintió la suavidad de su espalda.
Extrañaba a aquella mujer, por supuesto que la extrañaba.
No en vano, y con sus influencias había logrado descubrir donde estaba y había ido por ella.
No sería tan fácil alejarlo de la mujer que amaba, Edgar no lo permitiría.
Ella se miró al espejo, realmente lucía radiante y aquel vestido de novia parecía haber sido diseñado a su medida y para ella.
No quiso preguntarle sobre ello, sabía el poder que tenía Edgar y cuando algo le interesaba hacía todo por conseguirlo.
Sonríe al recordar todas las veces que él le pidió que fuese su novia y las veces que tomó en juego su propuesta.
—Te ves hermosa —dijo embelesado con la belleza singular de Gralisa.— ¡Eres mi única novia!
—exclamó.
Al oír aquellas palabras viniendo de los labios de Edgar, Gralisa se emocionó y se arrojó a sus brazos, besándolo, mientras enjugaba el llanto.
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