El Juego de la seducción mortal - Capítulo 77
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77: Capítulo 77 77: Capítulo 77 Obsesión fatal El repartidor se quedó perplejo al ver la inesperada reacción de la chica, Gralisa estaba pálida y sus ojos estaban a punto de salir de su orbita, cuando escuchó de la voz de aquel joven, la frase amenazante de su perpetrador “Te he encontrado, querida” la amenaza se hacia realidad y la pesadilla regresaba a la vida de la pelicastaña.
Sin dudarlo ni un segundo, Gralisa le cerró la puerta en la cara al repartidor, se recostó de la puerta y se deslizó, dejándose caer en el piso.
La chica estaba temblando de miedo, recogió sus piernas pegándolas a su pecho y se aferró a ellas con sus dos brazos quedando en posición fetal.
Era como si deseara estar dentro del vientre de su madre y que nada ni nadie pudiera hacerle daño.
El joven volvió a tocar el timbre con insistencia, pero Gralisa no respondía, estaba aterrada, temblorosa y su corazón latía con mayor rapidez e intensidad.
—Señora, abra, dejó el ramo de flores aquí afuera ¿Está usted bien?
¿Puedo ayudarla en algo?
—volvía a sonar el timbre pero ella no lograba articular ni una sola palabra, sólo deseaba que aquel chico se fuera, que se alejara de ella, que no le hiciera daño alguno.
Los oídos de Gralisa zumbaban, su cuerpo temblaba sin que ella logrará controlarlo, estaba angustiada, palidecía y su boca comenzaba a sentirse seca.
Mientras en su mente obnubilada, sólo se preguntaba: —¿Por qué?
¿No lo ha cogido la policía?
¿Por qué lo he vuelto a ver?
¿Por qué me ha encontrado?
—Preguntas sin respuestas que iban y venían provocando pánico en ella.
¿Cómo Hades había dado con ella?
¿Por qué seguía empeñado en hacerle daño?
¿Quién era ese hombre tan despiadado?
Gralisa no tenía ni la menor idea de que su verdugo estaba cerca de ella, que Santiago era el mismo Hades, y que aunque intentará huir, la encontraría porque se había obsesionado con ella.
Como pudo, a gatas y temblorosa logró llegar hasta el sofá, se apoyó en la mesa de centro, logró ponerse de pie y se sentó; tomó el móvil de la mesa de centro, marcó como pudo, pero los nervios no le dejaban digitar correctamente la extensión desde su oficina a la recepción de la empresa.
Lo intentó un par de veces más hasta que finalmente escuchó la voz de la chica de la recepción: —Buenas tardes, dígame en que puedo ayudarle.
—dijo la mujer con tono amable, pero la angustia de Gralisa era tal que apenas lograba modular palabras: —Señorita, ne-necesito saber si-si alguna per-persona extraña ha ve-venido a la empresa.
—la voz trémula y tartamuda de Gralisa impedía que la recepcionista entendiera claramente lo que la pelicastaña deseaba saber.
—Señora Gralisa, puede calmarse un poco.
No puedo entender lo que desea decirme.
¿Qué es lo que necesita saber?
Gralisa estaba comenzando a desesperarse, la angustia por lo que estaba pasando y la respuesta displicente de la recepcionista estaban a punto de provocarle un colapso nervioso.
Comenzó a llorar copiosamente, la mujer alcanzaba a oír su llanto: —¿Está usted bien?
¿Necesita ayuda?
—preguntaba la mujer del otro lado del auricular.
Gralisa, se limpió el rostro, tratando de tomar fuerzas, respiró profundamente, necesitaba calmarse.
Cuando pudo, volvió a preguntarle a la chica, esta vez con voz trémula, pero sin tartamudear: —Quiero saber si alguna persona extraña ha venido hasta la empresa.
—No, Sra Gralisa.
Todo el personal que ingresa a la planta de oficinas principal y privada de los actores, se registra previamente en la recepción.
Deme un segundo para verificar la lista nuevamente.
—La mujer revisó en la pantalla del computador el egreso e ingreso de personal:— No ha habido visitas de ninguna persona ajena a la empresa.
Lamento no poder ayudarla.
¿Necesita algo más?
Gralisa estaba aterrada, las lágrimas volvieron a inundar sus ojos , humedeciendo las mejillas de la pelicastaña.
—¿Está usted bien?
—preguntó la recepcionista, mas Gralisa no contestó, dejó caer el móvil al piso, interrumpiendo la conexión.
Desde muy niña, Gralisa siempre fue algo nerviosa y no le gustaba quedarse sola en ningún lugar.
La sola idea de tener que estar en cualquier sitio, encerrada, sola y sin poder sentirse protegida, provocaban ataques de pánico y ansiedad en ella.
Como nunca, la chica deseó que Edgar o Rómulo aparecieran en ese momento, necesitaba sentirse protegida, sentir el abrazo cálido, sus besos, su consuelo.
—¿Edgar, dónde estás?
—dijo entre sollozos, sujetando sus rodillas pegadas a su pecho, arrinconada en la esquina del sofá.— Rómulo, te necesito.
Ayúdame por favor.
—Gralisa estaba en un estado catatónico, se mecía hacia adelante y hacia estás, mientras lloraba desconsoladamente.
Por segunda vez, el timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos.
—Debe ser él, debe ser ese demonio —se repetía una y otra vez.
Los golpes en la puerta demostraban con insistencia lo urgente del asunto.
El corazón de Gralisa estaba a punto de estallar, la chica comenzó a hiperventilar, estaba a punto de tener un ataque de pánico, sus manos temblorosas y sudorosas se movían sin parar.
¿Quién estaba tocando la puerta con tal insistencia?
¿Quién estaba del otro lado de la puerta?
¿Quién era y qué buscaba?
La oficina de Gralisa no tenía timbre visual, por lo que era imposible que ella pudiera saber quien era sin abrir la puerta.
¿Pero si era Hades?
¿Si ella abría la puerta y era su depredador?
No podría escapar de él, estaría perdida.
La sola idea hace que su cuerpo se erice por completo.
Los golpes no cesan y las batidas cardíacas de la pelicastaña tampoco, son cada vez más constantes y sonoras, aumentando con el sonido insistente y desesperante de aquellos golpes en la puerta de su oficina.
La única manera de saber quién estaba allí, era abrir la puerta.
Con el corazón a punto de salírsele por la boca, Gralisa caminó hasta la puerta, colocó su mano sobre el picaporte y lentamente se acercó a la mirilla de la puerta.
Al ver aquellos ojos marrones y las pupilas dilatadas como las de un cuervo, Gralisa dejó escapar un grito estremecedor, lleno de miedo y terror: —¡Aaaaaahhhh!
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