El Juego de la seducción mortal - Capítulo 89
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89: Capítulo 89 89: Capítulo 89 Una verdad que duele Gralisa abrió rápidamente la puerta, era Edgar sí, era él.
Dios la había escuchado, le había enviado a alguien para cuidar de ella esa noche.
—¡Edgar!
—lo abrazó y él la rodeó con sus brazos, besando su cabeza.
—Mi amor, estoy aquí.
Rómulo me llamó hace unos minutos y me contó todo.
Lo sé todo, sé lo del secuestro y lo que ese hombre te hizo, pero ya Rómulo viene en un vuelo con la policía de élite para detener al desgraciado de Hades.
La pelicastaña recostó su cabeza del pecho de Edgar, lloró de angustia y a la vez de felicidad, Rómulo era un hombre maravilloso, había llamado a Edgar para que fuera hasta donde ella estaba y cuidara de ella.
—Gracias por venir, Edgar —lo abrazó con fuerza.
—No podía dejarte sola mi amor, sabes que no hay otra cosa que desee más que estar contigo.
—¿Lo dices en serio?
—ella lo mira a los ojos y esquiva la mirada para luego contestarle “Sí”.— Fui a ese baile sólo con intenciones de verte.
Neves me dijo que irías, quería, necesitaba verte.
—Te vi llegar con Neves, sólo que cuando te busqué ya te habías ido.
—¿Sabías que era yo?
—Supuse que lo eras al verte bajar del auto con Neves, no puedo ocultar que sentí celos al verte de su brazo.
Incluso pensé que habían vuelto.
—Fui porque me dijo que estarías allí.
—Sí me imagino.
—responde, la toma de la barbilla, le levanta el rostro y la mira a los ojos— Te he extrañado mucho, mi amor.
Sus labios se unen, Edgar besa con pasión a Gralisa, realmente la extraña a demasiado.
Deseaba poseerla, sentir su piel, sus labios y su fuego interno.
Ella también quería hacer el amor, volver a sentir la emoción de estar con él.
Pronto los cuerpos desearon sentir sus pieles, Edgar comenzó a desvestirse rápidamente y Gralisa lo ayudó desabotonando su camisa, luego ella bajó uno de los tiros de la bata de seda que llevaba puesta, luego el otro y la dejó caer en el suelo.
Iba a quitarse la pantie, y él negó con su cabeza, mientras se agachaba y repartía besos sobre su abdomen y descendía hasta su vientre.
Hizo a un lado la pantie, y su lengua se deslizó entre sus labios verticales, Gralisa gimió al sentirse la humedad y el roce de su puntiaguda lengua en su pistilo rosado.
—¡Ahhhh!
—su gemido fue intenso, Edgar colocó sus manos en el trasero redondo de Gralisa y la impulsó hacia adelante, haciendo que su lengua tuviera mayor contando con sus pliegues vaginales.
Ella cerró los ojos, quería experimentar profundamente aquellas sensaciones que le provocaba él al acariciarla con sus labios y su lengua.
Edgar saboreó con pasión el coño húmedo de Gralisa, su lengua acanalada entraba y salía de su hendidura, uniendo la saliva con los flujos vaginales de la pelicastaña que era cada vez más extrema.
Como si el río Sena se desbordara, así salía de su coño el exquisito manantial.
Él sujetó uno de sus muslos, y dejó que reposar¡”sobre su hombro, mientras la vagina y labios turgentes de la chica quedaban expuestas para él decorarla.
Los movimientos ondulantes de Gralisa no se hicieron esperar, aumentaban paulatinamente con la rapidez que Edgar movía su lengua y su cabeza entre sus piernas.
Gralisa sintió que se iba a correr y se lo hizo saber, aferrándose a él con sus manos.
Edgar miró como sus piernas temblaban, se levantó para besarla, y con una de sus manos frotaba su pene para terminar de ponerlo duro, luego colocó su polla entre sus labios verticales, ella se movió un poco a la derecha dejando que su pinga entrara en su vagina.
Los cuerpos se movieron en forma rítmica, el pene de Edgar entraba con fuerza dentro del coño de Gralisa, él deseaba hacerla estremecer, hacerla gritar de placer.
Ella jadeaba una y otra vez, entre gemidos daba algunas indicaciones a su amante..
—Sí, así, dame… dame duro.
—Edgar enloquece al escuchar la petición de la mujer que tanto amaba y con la que deseaba estar realmente.
Gralisa se corre, dejando que su uñas se arañen la espalda de su amante, él la levanta y ella rodee con sus piernas, las caderas de Edgar, ella lo sostiene del cuello, sus tetas rozan el pecho sudoroso y agitado de Edgar.
La lleva hasta el baño y tal como lo hicieron al inicio de su relación, follan debajo del agua, con sus cuerpos húmedos, mezclando todos los fluidos posibles en aquel encuentro sexual.
Luego de aquella sesión orgásmica, regresan a la habitación y como buenos amantes vuelven a follar en distintas posiciones.
Edgar hace gala de su resistencia, a pesar de no estar activo en los AV, seguía siendo un buen amante, conocía cada parte del cuerpo de Gralisa como si tuviese grabado un mapa mental de sus puntos más vulnerables y distintas formas de amar.
Estaban tan sumidos en su deseo y placer, que los gritos de Gralisa, las pieles chocando, los gemidos y jadeos de Edgar impiden que estos escuchen el timbre.
Del otro lado de la puerta y viendo que Gralisa no le abre, Neves por segunda oportunidad digita la clave de acceso que él conoce perfectamente y abre la puerta.
El rostro de Neves se volvió sombrío cuando vio a Edgar en la cama de Gralisa.
Aquella imagen volvió a repetirse como un Déjà Vu en su cabeza.
—¡Gralisa!
—gritó y ella detuvo su cabalgata sobre la pelvis de Edgar y volteó a mirar a Neves, se bajó apresuradamente y se cubrió con la almohada.
—¿Qué haces aquí?
—preguntó aturdida aún por el deseo.
—Te dije que me esperaras.
—Gralisa iba a responderle pero Edgar la interrumpió: —Neves, ¿cómo que le has dicho a Gralisa que no nos lo cuente todo?
No creas que no sé lo que tenías en mente cuando la trajiste al baile.
—Neves siente el rostro hirviendo de la rabia y la frustración al ver a Gralisa junto a Edgar.
—¿Qué vienes a reclamarme, eh?
Dices que quieres a Gralisa, pero estuviste en el baile con la mujer con la que te has comprometido para casarte y a la que ahora mismo dejaste abandonada en el baile… Aquella verdad destroza las ilusiones de Gralisa, ¿Edgar también iba a casarse con una millonaria?
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