El juego del Mesías - Capítulo 100
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Capítulo 100: Reverencia a su majestad?
* Capital frenia *
El carruaje se detuvo, y todos descendieron frente al gran castillo de la Reina Esquizo.
—Bienvenido a mi humilde morada —dijo ella.
La vista era espléndida, y la fortaleza era enorme. Definitivamente, si Lucsus tuviera que definir ese castillo, sería uno de los que solo se ven en cuentos de hadas.
Lucsus bajó, realmente sorprendido, y no pudo evitar elogiar tan majestuosa obra de arte.
—Es realmente espectacular su castillo, Reina Esquizo.
La reina se alegró mucho al oír esas palabras, aunque no lo demostró en su rostro. Ella era la más sabia y la encarnación de la sabiduría en su reino; no podía mostrar debilidad delante de sus súbditos, porque de lo contrario sospecharían de la identidad de Lucsus. Esto era algo que debía mantenerse en secreto, ya que todos querrían hacerse con el poder o el favor de Lucsus, y en casos extremos se opondrían a él. No estaba claro cómo reaccionarían los demás, así que decidieron guardar el secreto.
Las majestuosas puertas del Castillo Esquizo se abrieron, y banderas de todas las naciones que habían liberado a través de la historia rodeaban el lugar —explicó Esquizo—. Al llegar a la sala del trono, cientos de soldados traslúcidos, vestidos de pies a cabeza con armaduras, formaron una fila hacia el trono desde ambos lados.
—¡Reina Esquizo, bienvenida!
Un sujeto estaba al lado izquierdo del trono y también se inclinó.
—Bienvenida sea, Reina Esquizo.
El sujeto tenía el cabello gris, peinado hacia un lado, ojos azules y llevaba una armadura con una espada.
—Silver, de pie —dijo la reina mientras caminaba hacia su trono.
El soldado obedeció. Al parecer, era el único que no era traslúcido.
Silver barrió con la mirada a todos los que venían con Esquizo, pareciendo aún más sospechoso hacia los dos que venían vendados.
—Silver, esto es un secreto de nivel máximo. Nadie puede saber de la existencia de esos dos sujetos vendados. Wan Wantia te explicará todo, así que cumple con lo que él te diga al pie de la letra.
—Sí, señora —dijo Silver.
Wan Wantia venía con toda la gente, así que se colocó al lado derecho del trono de Esquizo.
—Hablaremos más tarde, Silver.
La reina, desde su trono —que se erguía majestuoso, con un respaldo alto que se curvaba como el cuello de un dragón—, presidía la escena. Las escamas, de un rojo jade intenso, se superponían como tejas, reflejando la luz con un brillo iridiscente. Cada escama estaba delicadamente tallada con motivos de nubes y olas, evocando la sabiduría y la fuerza del dragón. El asiento, acolchado con seda roja, parecía fundirse con las escamas, creando una sensación de continuidad entre el trono y el legendario ser que lo inspiraba. Dos garras de dragón, de uñas afiladas, se extendían hacia adelante, como si estuvieran listas para abrazar a quien se sentara en él. La base del trono, de hierro oscuro, estaba adornada con caracteres que narraban la historia del dragón y su poder.
Todos se arrodillaron. Los soldados de Esquizo se arrodillaron de nuevo ante tal majestuosidad.
—¡De pie, soldados!
Lucsus y el resto del grupo estaban sorprendidos, pero nadie se arrodilló, cosa que hizo que Wan Wantia les reclamara:
—¡Arrodíllense ante la Reina Esquizo!
Carmesí y Patria se asustaron por el grito, y antes de que fueran las primeras en arrodillarse, la Reina Esquizo intervino:
—No te metas en esto, Wan Wantia. Yo les permito que mantengan sus cabezas en alto ante mí, porque así lo decidió el señor Lucsus. Desde este momento, todos los presentes quedaremos en igualdad. Aunque mi título como reina no es algo que vayan a obtener de mí, sí les puedo dar el trato de tú a tú.
—¿Pero qué dice, mi reina? —dijo Wan Wantia.
Silver también estaba muy sorprendido. *¿Qué había pasado para que la Reina Esquizo actuara de esa manera?*
—Y eso los incluye a ti y a Silver, por supuesto.
—Mi señora, el no inclinarse hacia usted es una falta de respeto. No puedo concebir eso; sin embargo, lo puedo entender. Pero que yo no lo haga quita la esencia de su majestuosa presencia. Por favor, permítame seguir haciéndolo.
—Permiso concedido, al igual que todo aquel que quiera inclinarse ante mí.
Un sonido de acero resonó en toda la sala del trono; las rodilleras chocaron contra el suelo. Todos los soldados traslúcidos se arrodillaron al mismo tiempo que Silver y Wan Wantia, mostrando así su subordinación.
—¡Estamos a sus órdenes! —gritaron todos los soldados traslúcidos.
Ante tanta presión, Carmesí se preguntaba si debía arrodillarse, pero antes de que pudiera pensarlo bien, Lucsus se arrodilló, algo que no pasó desapercibido ni para la Reina Esquizo ni para el resto del grupo.
Los ojos rojos de la reina se llenaron de lágrimas, pero no lloró, y se las secó rápidamente antes de que alguien se diera cuenta.
Se levantó de su trono y, al caminar hacia donde estaba Lucsus, vio que Titania también se arrodilló, seguida por Lucsus, y luego todos y cada uno hizo lo mismo.
Al llegar, levantó el rostro de Lucsus con su mano derecha, mirándolo de frente desde tan cerca por primera vez.
—¿Por qué se arrodilla ante mí?
Lucsus se quitó la manta que cubría su cara y dijo:
—Eres el pañuelo que me limpia al sangrar, eres la única luz que alcanza mi oscuridad y la misericordia ante tanta humillación. ¿Cómo no inclinarme ante ti?
La reina lo abrazó fuertemente. Ella no entendía bien lo que decía, pero le dijo:
—Me alegra saber que represento algo para usted, pero así no es como debe ser.
—¿Qué? —dijo Lucsus.
—**¡Arte de Barrera: Detención!**
Una barrera surgió y se apoderó de todo el castillo.
—¿Qué es esta barrera? —preguntó Suruki.
—Es un arte de barrera antigua y sagrada —respondió Titania.
—¿Por qué la emplea? ¿Acaso nos está reteniendo? —Rías se sintió inquieta.
Y Ka’na se mordió el labio.
—Ha llegado el momento, amo.
—¿A qué te refieres?
—No eres un dios aún, y ya posees tanta razón, locura y sabiduría, lo cual hace que tus venas sean difíciles de activar. Así que la barrera no se disipará hasta que tus venas estén activadas.
Lucsus, aún en calma, preguntó:
—¿Y cuál es la forma de activarlas? Es imposible activar las tuyas porque no eres de esta dimensión. La única manera es que lastimes a una persona muy importante para ti.
—¿¡Qué?!
Lucsus se sorprendió.
—¿Y eso cómo puede hacer que despierte un poder en mí?
—Hay otra forma más —dijo Titania—, y es que estés al borde de la muerte y luego salgas de ese estado con energía del movimiento.
—Así que existía otra forma —dijo Esquizo—. Pero no hay por qué poner a Lucsus a pasar por tanto si se puede hacer de forma más sencilla.
—¿De verdad crees que va a aceptar hacerle daño a una persona que quiere? —preguntó Titania.
La Reina Esquizo bajó la mirada.
—Haaaa… está bien, ustedes ganan. **¡Desactivar Arte de Barrera!**
Entonces, ¿puedo encargarte el despertar de sus venas a ti, Titania?
—Así es, no hay problema. Ven, Ish. Tú y yo siempre hemos estado destinados a estar juntos e ir contra el destino. No te preocupes, no dejaré que mueras —bueno, aunque no puedas morir realmente, es solo que tu cerebro pensará que morirás.
Titania colocó la mano sobre la cabeza de Lucsus y entró a su mundo interno. Allí se encontró con Ka’na.
—Hola, amiga. Hola, rival —dijo Ka’na.
—¿Rival? —preguntó Titania.
—Así es. No te dejaré a mi amo así por así, aunque hayas llegado primero.
—Jajajaja —Titania rio—. Por el momento no discutiré eso. Solo déjame concentrarme en la tarea.
Ella expandió sus manos y dijo:
—**Destrucción.**
Afuera, la Reina Esquizo y los demás observaban cómo un rayo envolvía de pies a cabeza a Lucsus, y luego las cadenas de Titania se aferraban a su cuerpo. Lucsus cayó, sostenido solo por las cadenas; en efecto, estaba muerto.
Segundos después, entre tantas sacudidas, comenzó a escucharse la respiración de Lucsus, y la Reina Esquizo por fin pudo respirar con normalidad.
Irina sonreía, pues veía cómo este abría los ojos y sus venas profundas fluían por todo su cuerpo.
—Bienvenido, Lucsus —dijeron todos al hombre que ya se encontraba, por fin, en el inicio del mundo del cultivo.
—Es muy interesante lo que pasa aquí —comentó Bonny.
Y Celica le respondió:
—Así es.
—Concuerdo —dijo Yeli, mientras Kevin solo asentía y Rías lloraba de felicidad—. Por fin las cosas comienzan a funcionar.
Pero esto no podría ser más falso, puesto que a los días llegó una carta al Reino Esquizo, del Reino del Dominio.
La carta decía:
*”Sabemos que tienes al Mesías. Solicitamos que lo entregues por las buenas, o si no, habrá un torneo de pelea para ver qué reino es digno de garantizar la seguridad de todos antes de que se convierta en un problema mayor.”*
—Les leyó la reina a todos los presentes.
También llegó una carta del Reino del Duende, explicando que el Mesías no era ningún redentor y solo traería muerte.
La Reina Esquizo apretó los dientes, sentada en su majestuoso trono, y dijo:
—Si quieren guerra, eso tendrán. Venceremos al Reino del Dominio y garantizaremos tu seguridad.
Lucsus sonrió y dijo:
—Estoy agradecido, pero yo también participaré en ese torneo, empleando el nombre de Lucifer.
—¿¡Qué?! ¿Estás consciente de lo que dices? —dijo Carmesí—. Acabo de ver cómo hace unos días te activaron las venas profundas, ¿y ya quieres pelear con guerreros de élite que tienen cientos de años entrenando?
—Así es —dijo Lucsus con total seguridad.
—En ese caso, yo te entrenaré, Lucsus —dijo Titania.
—Está decidido. Tenemos un año para prepararnos. Participarán solo diez de los más fuertes de nuestro bando, ya que se filtró que estabas aquí. También me aseguraré de que pierda la cabeza el que lo delató.
—No hace falta. Era inevitable —dijo Lucsus.
—Bueno, es verdad —dijo Esquizo, mientras le decía a Lucsus que era mejor que empleara otro nombre que no fuera ni Lucsus ni Lucifer, porque probablemente esos nombres ya estaban rastreados.
—Tienes razón. Pensaré en uno nuevo.
—Me imagino que el Reino de las Bestias también participará —dijo Celica.
—Así es —confirmó Esquizo—. Y he escuchado que se han fortalecido mucho. Ni siquiera aceptaron la invitación para ver si había un Mesías o una profecía, pero seguro quieren tenerlo sin duda. No faltarán . Ya Arréglare los preparativos. Ustedes, prepárense para el combate.
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