El juego del Mesías - Capítulo 40
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40: Cómplices 40: Cómplices ### En el mundo interno Kana’a, dentro del mundo espiritual, estaba rodeada de estrellas brillantes que orbitaban alrededor de ella.
En el centro de este mundo, ella parecía ser la figura más importante; sin embargo, no lo era, puesto que este era el universo interno de Lucsus.
Aun así, ahora ella estaba a cargo.
Dentro de este mundo también se extendía la oscuridad, puesto que el infinito también estaba presente.
La media zorra respiraba, y aire frío salía de su boca, como si estuviera en -0°C.
Esto se debía al espacio circundante entre ella y las masas que eran las estrellas, de colores diferentes, y el dolor que alberga el interior del universo de Lucsus.
En este mundo espiritual, bastaba con que ella ordenase a un nivel mental que una de estas estrellas les diera su energía para que esta respondiera al instante, entregándola.
Sin embargo, esto no era algo que ella haría, puesto que la mayoría de las estrellas solo cumplían su ciclo de circulación del control desarrollado por Lucsus.
Gracias a esto, es que podía distinguir con mayor claridad las emociones, y estas no formaban parte de su capacidad de análisis ni de su decisión, más sí pasaban la energía necesaria a Lucsus para que no crecieran tanto y no causaran problemas a nivel interno.
Algunas estrellas estaban una cerca de otras, haciendo un conjunto, tales como el ego o el narcisismo, que estaban envueltas casi que en una nebulosa.
Estos sistemas eran de los más importantes porque iban en gran medida acompañados por la razón, que era el centro de este universo, junto con la media zorra que estaba a cargo.
—Si extiendo la oscuridad (energía y materia oscura que hace expandir el universo tangible y el que alberga la razón), probablemente podré ver con más precisión las estrellas de los pecados capitales, que actualmente son los que más dan poder a mi amo —pensó Kana’a.
La media zorra extendió la mano, y un fuego negro, rojo, azul y castaño salió de su mano, entrelazándose, haciendo expandir el universo.
—¡Vaya!
Parece que la razón de mi amo responde bastante bien en la extensión de la energía y materia oscura —dijo Kana’a.
Al extender su espacio oscuro, las estrellas giraron a una velocidad tan fuerte que hizo que el mundo a su alrededor se alejase, creando un nuevo paisaje que solo podía describirse como majestuoso.
Poco a poco, estrellas salían del cuerpo de Kana’a, de su corazón específicamente.
Estas seis figuras tenían un color distinto cada una; sin embargo, algo las hacía diferentes de la otra a su lado: palpitaban a ritmos diferentes, como si cada una fuese un corazón.
—Aquí están los seis pecados capitales —dijo Kana’a en el exterior a Lucsus.
Este, al recibir la noticia, se da cuenta de que debe entrar al mundo espiritual para así poder tener más oportunidad en la pelea.
Ya sabía que en el mundo espiritual el tiempo en el exterior pasa más lento de acuerdo a la capacidad.
Como era Kana’a quien lo manipulaba, era de esperar que lo hiciera en medio de la batalla sin pensarlo dos veces.
Al entrar, Lucsus queda impresionado, puesto que su mundo nunca lo había visto tan amplio.
Además, ve a Kana’a con seis pequeñas estrellas orbitando sobre su mano, que hacían el sonido de un palpitar cada una.
—¿Cómo lo hiciste?
—preguntó Lucsus con gran asombro.
A Kana’a se le mostró en la cara lo feliz que estaba.
Entonces, prosiguió: —La última vez que despejaste la razón, esto fue lo que pasó en tu mundo interno, amo.
El joven recordó aquella vez en que la pereza le habló en forma de una pequeña esfera.
La media zorra extendió la mano hacia Lucsus.
—La última vez lucían diferente porque aún no tenían tanta energía.
Por cierto, aquella vez te habló la voz de la pereza.
Yo le ordené que hablase mediante una conexión externa.
Además, también te ayudé a sacarlas, puesto que estabas muy débil para hacerlo tú mismo.
Tú entiendes a las emociones sin que estas te hablen, e incluso puedes mantener conversaciones con ellas, pero solo cuando estas tienen la energía suficiente para tratar de ir contra tu razón, cosa que difícilmente ocurre.
Y esa vez fue la excepción porque yo le aumenté la energía, y por ende pudiste percibir las otras.
Lucsus estaba impresionado.
Ahora entendía mejor qué era ser un genio emocional.
—Entonces, todavía me falta mucho si tantas emociones me discuten.
¡Jajaja!
Me falta mucho, entonces.
Creo que fue muy rápido el considerarme genio emocional, aunque la habilidad se llame así.
Kana’a sintió temor al oír esas palabras.
Palabras que, articuladas en su mente, no podía pronunciarlas.
Por fin, una palabra salió de ella, con su rostro sombrío.
—¿Sediste?
Pero sabías que no era ego, ¿verdad?
Lucsus se quedó callado.
No entendía, pero percibía una gran preocupación de parte de la mujer sensual que aparentemente estaba intranquila.
—Aquella vez que caíste al suelo en medio de la guerra, hiciste que el poder de la carta destino se debilitara.
Como su materia prima es de un fragmento de la tierra del paraíso, vi la oportunidad y me alejé de ti lo más rápido posible, hasta que en un parpadeo ya había recuperado el Taiken no Sora.
Luego de ello, en minutos, el séptimo cielo de poder.
Utilicé mi habilidad máxima, Destino, y me apoderé del destino de la carta, pudiendo yo alterarlo en gran medida.
Lucsus escuchaba atentamente, pero solo escuchaba buenas noticias.
Si el destino está de nuestra parte, mejor —pensó.
Intentó hablar, pero no quiso interrumpir a la sensual voz que lo hacía fantasear.
—Alteré la absorción de energía, haciendo que tu narcisismo aumentara a tal punto de que, por primera vez, escuchases a tu ego.
Si no, tu desarrollo no se habría dado.
Vi muchas posibilidades, intenté, pero no había ninguna en donde no estuvieras a salvo.
E incluso, el destino cambia constantemente en este infinito —expresó la media zorra con una voz agonizante.
—Debo disculparme por aumentar tanto tu absorción de emociones en un mercado plagado de gente oscura, maliciosa, malintencionada y sin escrúpulos.
A Kana’a, las pupilas se le dilataban, pero aún no lloraba.
—Si no hacía eso, probablemente tu habilidad, genio emocional, se habría estancado, dejándote a la deriva.
Y no sabía cuándo tendría nuevamente la posibilidad de que me vieses.
Solo por ese instante pude utilizar mi habilidad, Destino.
Por eso, ahora la carta ya no tiene mucha relevancia en el destino.
Ahora solo funciona como un sello de mi trascendencia.
—Te pido perdón por hacer que sintieras tanto frío, y te hice sentir que estabas solo, y que solo eras una persona destinada a volverte el más narcisista por el destino.
No importa cuán fuerte te golpeen las emociones, los de tu alrededor lo hacen como si tú no sintieses.
Las lágrimas de la media zorra salieron a cántaros, mientras esta apretaba los dientes, tratando de detener su gran tristeza, tal y como lo hacía Lucsus.
Lucsus comenzó a temblar, puesto que, por primera vez en la vida, alguien lo estaba leyendo.
Esto era uno de sus mayores temores inconscientes.
—¡Amo!
Sé que hay un dolor palpable en ti que no tienes manera de detenerlo.
No te refugias en nada ni en nadie.
Solo esa vez tuve para que considerases un refugio mediante el sexo, pues es de las emociones que más suavizan tu dolor.
Pero, en este caso, solo lo hice crecer hasta que el frío te carcomiese.
Recordando el dolor de rechazo que te genera este mundo en el que naciste y no paras de sufrir.
Te dañé tu autoestima, ego, orgullo, e hice que consideraras cuatro veces la muerte como una salvación.
¡Perdóname, por favor!
—dijo Kana’a, muy arrepentida.
Lucsus siempre sentía la tristeza contenida.
Difícilmente la procesaba porque no sabía de dónde venía esta clase de tristeza.
Sin embargo, la entendía, porque para él la tristeza era un pecado capital.
El joven calmó su cuerpo, dejó de temblar rápidamente.
—¿Cómo sabes que yo sentía eso?
—preguntó.
La media zorra se limpiaba las lágrimas, y más salían.
—Es porque yo soy tu séptimo y octavo pecado.
Lucsus…
—¿Qué?
¿A qué te refieres?
—Una inmensa incertidumbre empezó a crecer en él.
—Nunca has sentido envidia por nadie, ¿no?
Yo nací con la envidia de la persona a quien envidiaste.
Soy parte de la tristeza que no puedes soportar solo.
Nací encarnando dos pecados que no puedes llevar tú solo: la envidia y la tristeza —dijo Kana’a, y se abalanzó en los brazos de Lucsus.
Este no la detuvo.
El joven fue comprendiendo muchas de las cosas.
Ya entendía de dónde venía esa ausencia de envidia y esa enorme tristeza acompañada de un dolor agonizante.
Ella sabría qué tanto le dolería porque son como una persona creada en diferentes cuerpos, acompañados o unidos más que nada por la envidia y la tristeza.
Lucsus pensó: —¿Entonces ella podría entenderme?
Cuando aquella vez lo abrazó, le recordó algo familiar, así como también su ira estaba creciendo, pues la envidia en él despertó junto con Kana’a.
Abrazó a Kana’a y le dijo: —Si vuelve a pasar, hazlo otra vez, porque aunque decida ir en busca de la muerte, no te culparé, porque también sentías mucho frío y dolor, ¿no?
La media zorra estaba temblando, puesto que, de alguna manera, el pacto entre ellos hacía que su tan pulida habilidad, genio emocional, se descontrolara.
Ella sabía qué es sentirse en un infierno dentro de un mundo de gente que se alimenta de su sufrimiento, padecimientos, necesidades y dolor, hasta con una sonrisa en la cara.
Lucsus la calmó, diciéndole: —Gracias por estar aquí.
Y, por ironía del mundo, ahora ellos se alimentan del infierno.
**Nota:** Gracias a la habilidad de Kana’a, un segundo afuera eran 10 minutos
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