El juego del Mesías - Capítulo 47
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47: El sur del reino del duende 47: El sur del reino del duende **En la gran cueva del troll, en el este del reino del duende** En una cueva de piedra con forma de torre, donde la luz del sol no llegaba, se encontraba una criatura de cuatro metros de apariencia repulsiva: piel gruesa, rugosa y gris; ojos amarillos; y dientes grandes y mugrosos que asustarían a cualquier persona promedio.
Sin embargo, a los presentes no les intimidaba tanto la apariencia de este ser, que solo llevaba una prenda marrón en la cintura cubriendo sus genitales.
Los trolls eran vistos en numerosas ocasiones por todos los habitantes, pues junto con los ogros, ellos llevaban el control de las leyes y su cumplimiento.
Los ogros presentes no tenían apariencia humana, lo que indicaba claramente su bajo rango.
Parecidos a demonios, eran rojos, de cuerpo robusto, con grandes dientes y colmillos gigantescos, aunque mucho más pequeños que los trolls.
No obstante, sus cuernos y pelaje negro causaban miedo en el corazón de bestias enormes, ya que tenían parentesco con los demonios de los mitos de su cultura, siendo ellos los parientes físicamente más cercanos, especialmente al evolucionar.
Entre las especies presentes había semielfos, semigigantes, trolls de menor tamaño, orcos y enanos.
La gente hablaba entre ellos, llenando el lugar de murmullos, los cuales cesaron cuando vieron entrar a un gigante de más de cinco metros.
Su apariencia era humana, pero con proporciones desmesuradas: más robusto y con pelaje abundante.
Su armadura negra brillaba y sobresalía, pero no fue esta lo que robó la atención, sino la persona que llevaba en su mano mientras se dirigía al asiento del troll, la figura de mayor rango, visible en su enorme trono de piedra.
El gigante soltó toscamente lo que cargaba: una mujer que rodó hasta quedar frente al enorme troll.
La chica, de cabello púrpura, ojos azules, piel blanquecina y un cuerpo voluptuoso, no medía más de 1.60 m.
Sin embargo, sus senos —cada uno de más de 500 gramos— y su trasero de 86 centímetros (con forma de manzana) destacaban bajo un vestido morado largo que le apretaba el busto.
La prenda, claramente pequeña para sus medidas en crecimiento, también le quedaba como minifalda debido al volumen de sus caderas, revelando sus piernas casi hasta lo íntimo.
—¡Gi, gi, gi!
—La risa aguda del troll hizo que la chica levantara la cabeza.
—¡Señor Groto!
—dijo temblando.
Groto, el troll a cargo de la ley en ausencia de los ogros de alto rango (ocupados en un encargo directo de los elfos de la luz), señaló a la chica: —Eres una semihumana: mitad humana y mitad hada.
Eso te convierte en esclava del reino del duende.
Las hadas, superiores y escasas en el reino, vivían en bosques y también se regían por las leyes, aunque mantenían cierta autonomía.
Groto continuó: —Desde que naciste, se te permitió trabajar y comer tres veces al día, pero no se te dio libertad.
Tus padres fueron comprados como esclavos y liberados tras siete años de servicio.
Personas como tú deben servir a su amo hasta los doce años.
Ya fuiste liberada, pero decidiste seguir sirviendo a tu ex amo.
El troll alzó la voz: —¡Actualmente tienes diecinueve años!
Tu ex amo murió, y estás acusada de su asesinato.
¡Siendo liberta, te atreviste a matar a tu señor!
¿Qué tienes que decir?
—No, no… ¡Se equivocan!
¡Jamás haría tal cosa!
¡Las acusaciones son falsas!
—gritó la semihada, aterrada.
—¡No mientas!
—rugió Groto, levantándose—.
Tu pecado se castiga con la muerte.
Celestia rompió en llanto, inclinándose: —¡Mi señor me trataba bien!
Me dio techo incluso después de liberarme.
¡Le estaba agradecida!
¡Nunca le haría daño!
La semihada era conocida en la ciudad por su alegría, servicio y reputación honesta.
Sin embargo, ignoraba que su cuerpo —tan raro y deseable como la antimateria— era codiciado por casi todas las razas.
Groto hizo una seña, y los ogros escoltaron a una semihumana (mitad elfo, mitad humana) hacia el frente.
Celestia la reconoció al instante: —¿Ninfa?
—susurró, confundida, pues ambas sirvieron al mismo amo.
—Mi nombre es Ninfa, y soy testigo: Celestia envenenó a nuestro señor.
El veneno aún está oculto en su cuarto —declaró fríamente.
La audiencia murmuró, sorprendida de que un cuerpo tan “valioso” pudiera desperdiciarse en una ejecución.
—¿Por qué mientes?
¡Fuiste como una hermana para mí!
—gritó Celestia—.
¿Alguien puede decir que yo no fui?
Nadie se atrevió a intervenir.
Desafiar al troll jefe, incluso en una injusticia, significaba riesgo de complicidad.
Ninfa ignoró sus súplicas: —Ya dije la verdad.
Espero que se haga justicia.
Groto se sentó: —Ogros: lleven a Celestia a la mazmorra.
Envíen un equipo a verificar las pruebas y usen magia detectora de huellas.
—¡Sí, señor!
—tres ogros con armaduras grises arrastraron a Celestia, quien gritaba: —¡No me jalen del cabello!
¡Duele!
Su piel sensible se llenó de raspones y moretones antes de ser arrojada a la mazmorra: un lugar sucio, con paredes contaminadas y una zanja de agua pestilente.
Al ver una abertura en el precipicio cercano, gritó y cayó al suelo.
Al rato *¡Dum!
¡Dum!* Pasos retumbaron hasta abrir la puerta de cinco metros.
Una mano gris y poderosa entró primero, revelando a Groto.
—¿Qué hace aquí, señor Groto?
—preguntó Celestia, temblando.
*¡Boom!* El troll cerró la puerta.
Celestia comenzó a temblar.
Con una risa siniestra, Groto la arrastró de la pierna, le levantó el vestido y vio su ropa interior (una braga común entre semihumanas).
—¡Por favor, no me lastime!
—rogó.
El troll rasgó otra parte del vestido, exponiendo sus glúteos.
—¿Por qué me hace esto?
—lloró.
Groto se limpió el oído, fastidiado por los sollozos: —Celestia, eres la semihumana más deseada.
Conviértete en mi amante y te salvaré de la muerte.
Cubriré el crimen.
—¡Ya dije que no fui!
¡Déjeme hablar con el lord ogro!
*¡Boom!* Groto golpeó la pared, haciendo temblar la mazmorra: —¡No hablarás con él!
¡Serás juzgada esta noche!
Si rechazas mi oferta, morirás.
—Pero… —¡Nada de peros!
—interrumpió el troll—.
Lo único que quiero es tenerte para mí.
Si no aceptas, morirás.
Celestia se negó, sin sentir nada hacia él: —Somos razas distintas.
Las hadas no somos fértiles como los humanos ni compatibles con vuestras toxinas.
Tampoco por tamaño.
—¡Ju, ju, ju!
—rio el troll—.
¡Por eso me encantan las hadas!
¡Sois las más puras!
La agarró con ambas manos, apretando su espalda y pecho mientras la restregaba violentamente.
—¡No!
¡Deténgase!
—¿Quieres ver la virilidad de un troll?
—gruñó, exponiendo sus genitales.
El miedo paralizó a Celestia.
Groto la volteó contra la pared y, sin perder tiempo, rasgó su vestido.
—¡Por favor!
¡Es demasiado!
—suplicó entre lágrimas.
El intento de violación fracasó: la diferencia de tamaño, las prendas interiores aún cubriendo sus partes íntimas y la incompatibilidad biológica (las hadas son “cerradas” por naturaleza) lo imposibilitaron.
Groto, sobrexcitado, eyaculó en su espalda.
**¡Splash!** Celestia cayó al suelo, la mirada vacía.
El troll respiró aliviado: *Menos mal que no entró.
Poseer una semihada me costaría una fortuna.* Volvió a sujetarla para desnudarla, pero el vestido se resistía.
—¿Qué…?
—murmuró, al notar la furia en los ojos llorosos de la chica.
**¡Tum, tum!** —¡Señor!
¡Emergencia!
—gritó un guardia tras la puerta—.
¡Un elfo de luz exige hablar con el encargado!
Groto palideció.
Si descubrían a Celestia aquí, su autoridad colapsaría.
—¡Ya voy!
—cerró la puerta y advirtió al guardia ogro (de 1.90 m)—: Ni una palabra de que estuve aquí.
—Pero esto va contra las leyes —objetó el guardia, viendo a Celestia semidesnuda.
—¡Yo soy la ley!
—rugió Groto, arrojándole las llaves—.
¡Vigílala!
Al pasar junto al ogro, este susurró: —Basura… Maldito pervertido.
Groto se giró, furioso: —¿Qué dijiste?
El ogro le agarró el brazo derecho y, en un parpadeo, e hizo estallar el brazo.
—¡Aaah!
—gritó el troll, regenerándose rápidamente—.
¿Quién eres?
Un rayo amarillo lanzado por el ogro desintegró su cabeza.
Luego, el falso ogro se quitó una máscara de carne, revelando a una niña delgada de cabello amarillo y ojos rojos que se tornaban grises poco a poco
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