El juego del Mesías - Capítulo 48
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- Capítulo 48 - 48 El dominio de suruki
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48: El dominio de suruki 48: El dominio de suruki **Reino del Duende del Sur, Mazmorra de la Cueva del Trol Jefe** La puerta de la mazmorra, donde se encontraba Celestia, se abrió una vez más, haciendo que su corazón se estremeciera.
—¿Van a volver a abusar de mí otra vez?
¿Seré despojada de mis prendas?
No…
por favor —decía Celestia.
Se echó hacia atrás, mirando en dirección a la puerta.
Pensó en todas las cosas que Groto le había hecho recientemente.
—¡Nooo!
Su rostro aterrado se asemejaba al de una mujer enfrentando su peor fobia, como una araña, un ratón o una rana.
Y no era para menos, porque sabía que podía ser Groto… o alguien más que se aprovecharía de ella.
—¿Qué…?
—fue la palabra que salió de su boca al ver, flotando en el aire, a una chica con el cabello amarillo, ni muy largo ni muy corto, que la miraba con unos ojos grises felinos.
La chica descendió al suelo y extendió una mano hacia la cabeza de Celestia, pero esta se asustó y cayó al suelo.
—No te preocupes.
Ya todo pasó —dijo la chica, de aspecto joven—.
Mi nombre es Suruki, y desde hoy proclamo que no volverás a pasar por nada más… a menos que hagas daño a otro.
Suruki tocó la frente de Celestia con un dedo, e hizo que algo parecido a electricidad amarilla cubriera el cuerpo de la media hada.
—Esto elimina todas las toxinas… y la esperma del trol.
—¿Eres una media hada, verdad?
Sin embargo, tu sangre de hada es bastante poca; por eso tus orejas son solo ligeramente puntiagudas, todavía normales para una mujer promedio.
Imagino que tus padres y abuelos también eran medios hadas.
El corazón de Celestia se calmó un poco, aunque aún estaba temerosa.
Asintió con la cabeza.
—Sí… —Conozco a alguien que se parece mucho a ti.
¿Vamos afuera, media hada?
—preguntó Suruki.
—¿Ehh…?
—La media hada tomó la mano que Suruki le ofrecía y se levantó con su ayuda.
—Mi nombre es Celestia.
¡Gracias por su ayuda!
Pero estoy siendo culpada por asesinato.
No me dejarán salir de aquí.
—¿Quiénes?
—preguntó Suruki, como si le hablara en otro idioma.
Celestia respondió: —Señorita Suruki, el gran trol y toda la ciudad están con él.
Esta es la ciudad más fuerte entre las tres del sur, así que es sumamente peligroso.
—¿Usted es extranjera, verdad?
Aquí los humanos solo son aceptados como mercaderes.
De lo contrario, entran comprados como esclavos.
Si se mete en problemas como liberta, le darán un castigo muy severo.
—Ya deja de sacar conclusiones apresuradas.
No soy esclava de aquí ni liberta.
Vengo de otro país…
para ser exacta, de otros tiempos.
Pero eso da igual.
Acompáñame —dijo Suruki.
—Pero…
Suruki empezó a caminar.
Celestia entró en pánico y decidió seguirla.
Al salir, vio algo que jamás habría imaginado: un río de sangre cubría toda la salida, e incluso había un brazo desmembrado junto a un cuerpo sin cabeza.
El olor y la putrefacción hicieron que Celestia vomitara.
—¡Gaaa…
gaaa!
¿Qué es esto?
—dijo, tratando de limpiarse el vómito.
Suruki no respondió.
Continuaron caminando en silencio por un largo rato, hasta llegar a la puerta principal, que se abrió lentamente.
Celestia pensaba: —¿Por qué no hay ningún guardia alrededor?
Además, esta chica puede volar… ¿Tendrá sangre de hada?
¿Cómo es posible?
—He oído que los elfos de luz y oscuros en la capital pueden hacerlo, y que en otros reinos también algunos… ¿Pero por qué alguien tan especial estaría aquí?
La chica de cabello amarillo y ojos felinos terminó de abrir la puerta.
Los ojos de Celestia quedaron perplejos.
Una masacre.
Un genocidio.
Gente de diferentes razas apilada en torres.
—¿Quién hizo esto?
¿Qué está pasando?
—preguntó Celestia.
—Lo provocaron sus pecados —respondió Suruki, sin inmutarse.
Clang, clang.
Un soldado ogro peleaba con un soldado trol.
El trol le dio una patada y lo arrojó al suelo.
Luego le destrozó la cabeza a palazos.
¡Bam!
¡Bam!
¡Bam!
Ese trol se dirigió a otro ogro a lo lejos y comenzó una nueva batalla.
Celestia no entendía nada.
—No te preocupes por los detalles.
Acompáñame —dijo Suruki.
Celestia, muy aterrada y con náuseas, la siguió.
Vio cómo todos los hombres de la ciudad se mataban unos a otros, incluso a mujeres y bebés.
—¿Esto es el juicio final?
—preguntó, y volvió a vomitar.
—¿Por qué no nos atacan a nosotras?
Suruki respondió: —Son seres vivos muy pecadores que decidieron corromperse según las leyes de los hombres, no las de la conciencia y la sabiduría.
Antepusieron su egoísmo a la salvación, incluso a costa de la vida de otros.
—¡Los malditos!
Matan a mis pobres animales como si no fueran seres vivos.
Por cada pecado que cometen, mueren miles de ellos.
Sirven a un dios que se alimenta de los sacrificios y los hace pagar por sus pecados.
Y aun así se consideran un pueblo santo… —Usan abominaciones, como inculparte a ti, para hacerse con tu cuerpo y otras cosas.
Por eso no nos atacan: no somos tan asquerosamente pecadores como ellos.
Celestia empezaba a entender a qué se refería, pero no sabía cómo responder.
En su nombre también se había ofrecido un ser vivo al nacer.
Solo por existir ya era considerada pecadora.
Suruki entendió rápidamente lo que pensaba.
—No es lo mismo si lo haces con el corazón… o si te resistes al pecado.
Celestia comenzó a tranquilizarse, aunque aún estaba confundida.
—Llegamos —dijo Suruki.
Una gran cantidad de gente apareció: jóvenes, adultos, niños, niñas, bebés.
—Tú eres un ser vivo que está en la verdadera santidad junto a ellos —le dijo Suruki.
—¿Por qué confías tanto en mí?
—preguntó Celestia, sorprendida.
Una chica salió entre la multitud.
Cautivó la mirada de todos, en especial la de Celestia.
Se parecía a ella.
Una mujer de cabello morado, con córneas azules e iris amarillo.
Llevaba un vestido morado y zapatillas de doncella, con cadenas que parecían perlas alrededor.
Su expresión mostraba fuerza sin confusión.
Era una guerrera digna y orgullosa.
—No es que ella crea ciegamente en ti —dijo el hada de cabello morado, Titania.
—¿Entonces…?
—preguntó la media hada.
Suruki hizo un gesto con ambas manos.
—¡Eh!
¿Quién te dio permiso de hablar sobre mis habilidades?
Titania la ignoró y continuó: —Ella puede ver tus pecados más oscuros con solo extender su habilidad ocular.
—¿Es en serio?
—dijo Celestia, asombrada.
—No exactamente lo que tú conoces como pecado, niña.
Así que no te preocupes —respondió Suruki.
—Si fueras pecadora al nivel de la mayoría, ya estarías matándote con las demás razas —interrumpió Titania.
—Este es el dominio de Suruki.
Todos los que ella consideró pecadores se están matando, incluso aquellos con pecados de vidas pasadas.
Ya sean niños o recién nacidos.
—somos el semirreino de cristal.
Cuatro de los ocho cristales cubren la frontera, impidiendo que la información llegue rápido a la capital.
Mientras, los soldados reúnen sobrevivientes para unirse a nuestras filas con las armas que nos ofrece la Doncella.
—Creo entender… —dijo la media hada, algo confundida.
—Bueno —suspiró Suruki—, te explicamos esto a solas porque tienes mucho poder mágico y queremos tu ayuda en la próxima operación.
—¡Por supuesto!
Si puedo ser útil, los ayudaré —respondió Celestia.
—Una última pregunta…
¿en qué consiste su dominio?
Suruki suspiró de nuevo.
—Básicamente, uso mi energía para extender mi voluntad.
Y mi voluntad fue: Tomen sus armas y maten a todo aquel que sea pecador o consideren pecador.
Maten a sus hermanos, tíos, primos, abuelos, e incluso hijos.
Y si eres pecador, acaba con tu vida.
Celestia se asustó.
¿Quién era esa persona tan terrorífica y poderosa capaz de hacer desaparecer una ciudad entera?
—Suruki tiene la habilidad “A través del alma”, y junto con “Plegarias de animales”, puede aumentar su dominio mental —explicó Titania—.
Gracias a los templos donde se sacrificaron animales, su energía se multiplicó y pudo usar su dominio: Juicio de la Doncella.
—Mueren hasta aquellos que, en reencarnaciones pasadas, cometieron actos atroces.
Ahora Celestia comprendía por qué Suruki era tan poderosa.
En el Reino del Duende, durante milenios, se habían sacrificado animales como ofrendas a Dios.
Pero quizás no era reconciliación… sino condena.
Suruki se rió al ver la cara pálida de Celestia.
—¡Jajaja!
Está muy asustada la pobre…
Titania frunció el ceño, y a Suruki le dio un escalofrío.
—Je…
je…
solo estoy bromeando.
—No te preocupes —dijo Titania—.
Las muertes de quienes no merecen morir no serán dolorosas.
El dominio de Suruki es benévolo.
Suruki colocó su mano sobre el hombro de Celestia.
—Tu templo fue el último.
Quizás no llegué a tiempo…
lo siento.
—¡Ah!
No, no.
¡Gracias a usted estoy bien!
No pasó a mayores… sigo siendo virgen, solo que… no tan pura.
Titania notó que Celestia actuaba extraño.
Sabía que fue violentada.
Ambas se habían infiltrado en la cueva con Suruki.
Sabían que esto podía pasar, pero no podían arriesgarse: si los ogros de élite llegaban antes de encontrar el último templo, estarían en serios aprietos.
Titania caminó hacia Celestia, la abrazó y dijo: —No te preocupes.
Sea como sea… ahora estarás bien.
Celestia comenzó a temblar.
Cerró los ojos, intentando no llorar.
Quería demostrar que era fuerte y útil.
—Lo siento por no rescatarte a tiempo —dijeron Suruki y Titania al unísono.
—¡Gim…
gim!
—Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la media hada.
Un grito de dolor se oyó en medio de la masacre.
—¡Aaaaargh!
¡Yo…
yo tenía mucho miedo!
¡No sabía qué hacer!
¡Gracias por ayudarme!
¡Gracias!
Suruki giró la cara.
No sabía qué decir.
Luego volvió a mirar a Celestia y dijo: —Te entiendo perfectamente.
¡Llora todo lo que quieras!
La expresión de Titania seguía inexpresiva, pero no la soltó.
Por su parte, Celestia la abrazó con más fuerza.
—Les ayudaré en todo lo que me pidan.
¡Solo no me dejen sola!
—dijo con el corazón en la mano, entre lágrimas.
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