El juego del Mesías - Capítulo 50
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50: metalic es capturado?
50: metalic es capturado?
**En el antiguo Semirreino de la Paz** Aun en la desesperación, yo siempre conseguí la fuerza para seguir adelante.
Tengo un cargo: soy el líder de las fuerzas especiales que garantizan la seguridad a todo ciudadano que cumpla con sus deberes y labores para que el sistema siga funcionando.
No obstante, me siento vacío.
Sin importar lo que haga, aunque consiga méritos y honores, no siento que eso sea todo.
Me siento mejor cuando hago el trabajo sucio.
Se siente más real: el castigar personas por incumplir la ley, llevarlos a un bosque, el ver cómo esa plaga es devorada por animales salvajes.
Sus gritos de dolor me causan risas.
A veces me pongo en sus zapatos y digo: «¿Si yo hubiese sido ese, me gustaría que me tratasen así?».
Y pienso aún más: «¿Acaso sé las circunstancias que lo llevaron a quebrantar la ley?».
Y me río aún más.
—¡Ja, ja, ja!
El ser humano es una criatura que se rige por lo que le enseñan: lo que está bien se premia, lo que está mal se castiga.
Sin embargo, el mal y el bien son subjetivos.
No puedo parar de reírme.
Al sujeto frente a mí lo está devorando una quimera de más de dos metros.
Parece no tener hambre; solo lo muerde poco a poco.
La mayor parte del tiempo solo lo sujeta con las afiladas garras en su pecho, pero también cubriendo la parte del abdomen.
—Amigo, ¿qué hiciste para estar aquí?
—¡Ahhhh!
¡Duele, duele!
¡Ayúdame!
Este sujeto quiere hacerme sentir culpable, pienso.
Así que solo le respondo: —Amigo, al igual que tú, soy uno más en el sistema.
Prisioneros del que lo creó, atados a sus leyes.
Nada entre tú y yo nos diferencia.
Si tú fueras el oficial a cargo, harías lo mismo.
—¡Ahhhh!
El sujeto empezaba a desmayarse, así que solo terminé de fumar mi tabaco.
—Solo en eso nos parecemos… No alcancé a decirte, amigo.
A diferencia de ti, yo decido quién vive y quién muere.
No por mi cargo (eso no le compete a mi posición), sino porque está arraigado en mi interior.
Yo soy un dios que poco a poco se va forjando.
Solo espero la oportunidad del universo para alzarme en mi trono de fuego.
— **Después de hacer el trabajo sucio**, me dirigí al castillo donde está el Semirrei.
—¡Qué agradable sorpresa verte por aquí!
—me dice el rey, levantándose de su asiento cubierto de oro y telas de primera.
Me inclino y respondo: —Pasaba para hacerle saber que el Semirreino Experimental está dispuesto a venderles armas, con la aprobación del Reino del Dominio como neutral.
Quiere decir que no objetarán nada sobre la venta de tecnología a otro semirreino.
—Eso me parece lo mejor —dice el Semirrei.
Estaba por irme, pero de pronto apareció una mujer ante la que hasta el mismo Semirrei debía inclinarse: la Semirreina Celica.
El nerviosismo del Semirrei se notó, puesto que siempre que lo veía era reprendido o sermoneado.
Esto no era un secreto para nadie.
Celica solo se casó para que la familia real (la del Semirrei) se uniera con la familia del cultivo más fuerte, llamada el Valhala.
La segunda familia más rica era la real; en cuanto a fuerza, estaban en el promedio.
En cambio, la familia del Valhala es la más rica y fuerte.
Solo fue una unión táctica de Celica para que su familia fuera aún más poderosa y brindara mejores recursos a sus cultivadores.
Algunos rumores decían que su matrimonio era totalmente arreglado, pues él, en su vida, podría pensar en profanarla.
—Solo un tonto creería eso —pensé.
Me incliné ante la majestuosidad que pensé en cómo ella quería ser tratada.
—¡Levántate, soldado!
—dijo, dándome como respuesta una fría orden.
—Me están llegando rumores de que a la gente sentenciada a muerte por delitos no trascendentales la dejas morir con sufrimiento, dándola como comida de animales.
En mi pecho sentí una fuerte presión.
«De seguro uno de mis subordinados de turno me vio a través del lente de su telescopio», pensé.
Hago una leve reverencia y añado: —Claro está que son rumores.
En mi vida me atrevería a hacer eso, ni bajo una orden directa suya.
—¡Espero que sea en verdad así!
—reprochó con ira en sus ojos, el ícono de poder del mundo al que pertenezco.
«Solo espero… Más que nadie, quiero ver cómo eres destruida.
O quizás yo mismo te mate lentamente con mis manos.
Puesto que solo yo decido quién vive y quién muere, no tú, forjadora del Semirreino de la Paz».
— **En la frontera del país de los exiliados** —¡Jamás… jamás… jamás vas a conseguir acabar conmigo!
¡Yo soy quien decide quién vive y quién muere!
¿Me escuchaste, condesa?
—grita el cyborg.
Irina ríe sutilmente mientras desciende: —¿Así que tú decidiste quitarte el brazo?
—¡Ja, ja, ja!
—Irina suelta una carcajada, acompañada de expresiones no tan recurrentes a su personalidad.
—¡Maldita!
¡Te voy a matar!
¡Te mataré!
¡Voy a hacer que sufras!
Irina se limpia los oídos y luego del gesto frunce un poco el ceño: —No seas tan escandaloso —dice, casi sin darle importancia a las amenazas de Metali.
Por otro lado, la samurái se estaba abriendo paso para llegar a donde Irina, pero de pronto salieron soldados disparando con fusiles.
—¡Ahhh!
—grita Yeli, esquivando con gran dificultad las balas—.
¡Ayúdame, Irina!
Irina voltea la cara hacia otro extremo: —Eso puedes resolverlo por tu cuenta.
—¿¡Qué!?
—grita la samurái indignada—.
¡Oye!
¿Acaso no sabes que dejé mi orgullo de lado?
¿No sabes lo que eso representa?
—No me importa —dice Irina, aún sin voltear el rostro.
—¡Maldita!
—piensa Yeli, mientras saca su katana—.
¡Arte sagrado: temperatura infernal!
La katana de Yeli comienza a enrojecerse como si estuviese a punto de derretirse.
Lanza un ataque en área: un corte de fuego que envuelve todo a su paso, dirigido a los múltiples soldados.
—¡Ahhhh!
—fueron los gritos de agonía que se oyeron luego de que el ataque los alcanzase.
Eran más de diez, y ninguno salió del mar de fuego.
Yeli camina lentamente hacia Irina con una cara de contenta, pues no esperaba que su arte fuera tan eficiente.
Ella misma se agradó un poco más.
—¿Entonces lo vas a encadenar y llevártelo?
—pregunta Yeli.
—Así es, pero… Antes de que Irina pudiera terminar la frase: —¡Basta!
¡Morirán!
Metali comienza a moverse en todas las direcciones, intentando quitar la daga de Irina, pero esto era inútil mientras ella lo tuviese activo.
Irina se acerca lentamente para darle el golpe final y así poderlo amarrar, pues no iba a permitir que alguien así muriera tan fácilmente.
Al estar a centímetros de él, Metali sonríe.
Esto le llamó mucho la atención a Irina, quien abre los ojos de golpe.
Un misil había sido lanzado hacia ella, comandado con el ojo robótico.
Estaba a unos cuatrocientos metros de distancia y tenía un poder de destrucción enorme.
—¡Yeli se aterra!
¿Qué es ese sonido?
¡Vamos a morir!
Irina detectó la velocidad (había entrado en su rango de dominio): —2000 m/s.
Era un misil antiaéreo.
Esto no lo sabía Irina, pero sí sabía los daños catastróficos que haría.
Y ya no podía escapar.
Los ojos le brillaron aún más, y las raíces en ellos no solo resplandecieron, sino que se transformaron en algo similar a venas, con la diferencia de que estas salían de los ojos.
El aura de esta chica se expande, haciendo que una fuerza surja de ella, cambiando la densidad de su rango.
Incluso hizo que Yeli y Metali volaran por los aires al abrir su máximo poder.
—¡Arte de sangre: conexión de estrella!
La sangre negra cae de sus ojos, transformándose en relámpagos negros que envuelven su cuerpo.
Se posiciona con una daga en forma cruzada y vuela, partiendo todo el pavimento a su alrededor hacia el misil.
Al llegar, un choque aterrador fue escuchado.
La onda sónica se llevó todo a su alrededor.
Antes de chocar, Irina activó su dominio, el cual consistía en una capa de sangre puesta en Yeli.
—¿Ah?
¿Qué es esta sangre roja que me rodea?
Parece que se adecúa a mi cuerpo, y toda la explosión parece que la absorbió.
—¿Qué pasó con Irina?
—dice Yeli muy preocupada, pues no vio que al detener el misil, este cambió su trayectoria y frenó mucha de su fuerza.
Sin embargo, Irina salió disparada hacia atrás, atravesando parte del suelo como si fuese arena.
—¡Esto no hubiese pasado si llevase activo su dominio!
Claro está… —¡Irina!
¡Irina!
—Yeli se impacienta, porque no recibía señales de vida.
Todo el pavimento y las paredes de la frontera estaban en escombros.
—¡Ahí estás!
—grita emocionada Yeli.
Sin embargo, sus ojos se humedecen al verla de frente.
La poderosa Irina estaba aparentemente ciega, con los ojos llenos de sangre roja, sin el manto que cubría su cuerpo como el de ella.
El cuerpo de Irina tenía heridas graves pero no mortales.
—¡Buuhhh!
Vomita sangre roja mientras Yeli la carga.
—¡Idiota!
Yo soy fuerte.
¡No tenías que colocarme eso!
—dice Yeli, mientras los ojos brillosos hacen un mar de colores, pero no libera lágrimas.
«Ante el dolor, una samurái no debe llorar».
Metali sonríe y se levanta: —¡Haaaaa!
Ya empezaba a preocuparme.
Parece que la condesa tiene un punto débil.
¡Je, je, je!
¡Voy a matar a esa guerrera ante ti!
Irina se sostiene a sí misma, apartando a Yeli.
—Yo me encargo, Irina.
—¡Es muy fuerte para ti!
—responde Irina con la respiración agitada.
Metali se enfurece: —¿Crees que me ganarás?
¡Después de tanto tiempo, te asesinaré lentamente!
¡Así que no te apresures a morir!
—¡Peeeww!
Un láser con forma de bala es lanzado a una velocidad que Yeli no podía ver.
Este es detenido con un ligero movimiento de la mano de Irina.
El láser no le hizo ningún daño, pues la sangre que tenía en ella era por el misil.
—¿¡Qué!?
¡No puede ser!
¡Maldita!
¿Cómo puedes detenerlos así?
Irina corre hacia Metali.
Metali muestra una señal de preocupación mientras le lanza todo su arsenal: láseres a máxima potencia por su mano, ahora robótica.
—¡Zzzzzppppp!
Metali entra en pánico y activa su lanza llamas.
—¡Zzzzzzzz!
Irina salta por el aire dando vueltas, luego se acelera desde arriba en caída con su daga en forma recta.
Su ataque final era ese.
La otra daga ya no estaba en el cuerpo de Metali, puesto que su conexión sangrienta se perdió al utilizar todas sus fuerzas contra el misil.
Así que, con magnetismo, hizo que volara hacia el pecho de Metali.
—¡Zzzzp!
Metali mandó a volar la daga y vio directamente a los ojos de Irina, que estaban totalmente ensangrentados.
—¡Este maldito monstruo no tiene visión!
¿Cómo demonios hace para percibirme tan claramente en ese estado, que de por sí es casi imposible guiarse solo por el aura?
—piensa Metali.
Y dice: —Eres fuerte, muy aterradora.
Pero ahora este es tu fin.
Por fin se me ha cargado la energía del semidominio.
Estás perdida, y antes de que salgas de él, la samurái estará muerta.
—¿Semidominio del Semirreino Militar?
¿Acaso puedes utilizarlo?
—Irina queda incrédula.
Irina comienza a desfigurarse, a distorsionarse, como si la carne, los huesos y la sangre se enrollaran en un remolino que se comprime.
Hasta que la carne de Irina se convierte en un lanzacohetes de carne goteando sangre, acompañado de píxeles que transforman la carne en la carcasa y estructura de un lanzacohetes.
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