El juego del Mesías - Capítulo 79
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- Capítulo 79 - 79 La lujuria en la razón
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79: La lujuria en la razón 79: La lujuria en la razón **Cárcel de la lujuria ** **Niel** preguntó, confundido: —¿Aún no entiendo qué tienen que ver las navajas para que el arte no nos dañe?
**París** respondió con voz áspera: —En este lugar, la lujuria llega a niveles extremos.
Es justo por lujurioso que estás aquí.
Así que hay que sufrir las consecuencias de tus actos.
**Niel** comenzó a sentir miedo: —¿Quieres decir que si no hacemos cosas lujuriosas, el viento frío nos impregnará de su frialdad y moriremos?
—Tú lo has dicho, chico.
Al principio es divertido y excitante, pero luego viene lo fuerte —dijo París.
—¡Ahhhhh!
—gritó **Carmesí** retorciéndose—.
¡Es demasiado frío!
Siento que los huesos me duelen.
—Ya está empezando a doler —comentó París.
Los demás guardaban silencio, pues ya aguantaban más que eso o sabían cómo proceder—.
Solo tienes que hacer algo lujurioso con tu compañero de cuarto.
Aunque no se alcancen por las cadenas.
**Carmesí** gritaba mientras se apretaba en un abrazo desesperado: —¡Por favor, haz lo necesario!
—suplicó a Niel.
**Niel** retrocedió, asustado: —¡No, no lo haré!
Sé que debe haber otra forma.
¿La hay, verdad, París?
—Lo siento, chico.
No la hay.
Debe ser un acto de lujuria.
Aunque si te sirve… —París hizo una pausa calculada—.
Puedes cortarte con la navaja.
O cortarte y, si uno de los dos lo considera excitante, es válido.
Aunque no se alcancen, si ambos van en dirección al encuentro… podrían abrazarse o hacer cualquier acto que genere tensión sexual.
**Niel** entendió rápidamente, al igual que **Lucifer**.
**Niel** agarró la navaja, listo para cortarse, pero **Lucifer** lo interrumpió: —¡Espera!
No te precipites.
¿Acaso alguno de ustedes consideraría eso un acto de lujuria?
No les daría ni un ápice de placer.
Lucifer miró a **Carmesí** con intensidad: —He visto cómo nos miras.
De seguro si nos enseñas tus senos, te excitas.
—¿Qué?
—Carmesí dudó, pero otro espasmo de dolor helado la obligó a ceder.
Mostró sus senos, no muy firmes pero estéticos.
**Lucifer** clavó la mirada, aunque sin mostrar placer (las celdas estaban aisladas por arte que bloqueaba emociones externas).
**Carmesí** se sonrojó levemente, mientras **Niel** miraba hacia otro lado, sintiendo culpa, no deseo.
**Carmesí** pensó, intrigada: *¿Será un caballero sacro?* El dolor en sus huesos cesó.
**París** ya no estaba: parecía que **Helena** (su compañera) también sucumbía al frío.
— **Lucifer** se acercó a **Patria**, una joven que temblaba violentamente.
Sus dientes castañeaban.
—Oye, chica… ¿estás bien?
—preguntó.
—¿Te parece que estoy bien?
—respondió ella con voz sensual, dejando de temblar al voltear.
**Lucifer** contuvo la respiración.
**Patria** tenía: – Cabello castaño oscuro y ondulado.
– Ojos grandes marrones oscuros.
– Nariz prominente y mentón firme.
– Una expresión intensa que rivalizaba con la de **Kana’a**.
—Tengo mucho frío en los huesos… —susurró Patria—.
Por favor, ¿puedes cortarte por mí?
Así sentiré placer.
—¿Eh?
—Lucifer frunció el ceño—.
¿Por qué haría eso?
**Patria** se arrastró hasta donde su cadena lo permitió, enfatizando sus curvas: —Si haces lo que digo… quizás te muestre algo bajo mis prendas.
Escucha, niño: aquí ambos deben obtener placer, o el frío carcomerá tus huesos.
Y con el tiempo… —su voz se quebró—, ese frío no solo te mata, sino que anula el deseo.
A mí solo me excita ver cortes lentos… Hazlo, y te dejaré ver mi cuerpo.
**Lucifer** no pudo evitar una sonrisa irónica (su **[Genio Emocional]** en evolución lo blindaba contra manipulaciones).
Se sentó, extendiendo las piernas con calma: —Tenemos un problema: no me genera placer verte desnuda.
Ni me interesa tu personalidad.
—¿Qué?
—Patria no lo creía.
Bajó su sostén con un movimiento calculado, pero **Lucifer** solo arqueó una ceja.
—¿No que no tenías interés?
—dijo ella, orgullosa.
**Lucifer** exhaló un aliento frío que empañó el aire: —Mis impulsos sexuales están bajo el control de la razón.
El **[Genio Emocional]** no tiene nada que ver.
—¿Genio… emoción?
—preguntó Patria, confundida.
—En otras palabras —respondió él—, solo me excita la lujuria pura… o lo que yo decida.
Y decido que tú no me excitas.
—¿Estás dispuesto a aguantar este frío?
—Patria tembló, ahora por miedo.
—Aún está cálido —dijo Lucifer, levantándose—.
Pero no dejaré que mueras aquí.
Así que… —su voz se oscureció—, deja que te estrangule.
O que corte un poco de tu piel.
**Patria** cayó al suelo, sudando frío: —¿Q-quién… o qué eres?
—su voz era un hilillo sumiso.
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