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El juego del Mesías - Capítulo 89

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  4. Capítulo 89 - 89 Traición
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89: Traición 89: Traición La agitación de Lucifer estaba en su punto más álgido.

Sentía que tanto su piel como su aliento se desprendían de él.

Sus pasos errantes causaban que los corazones de Patria y Carmesí se entumecieran de dolor al verlo sufrir tanto.

Niel también mostraba síntomas parecidos; sin embargo, este parecía sufrir menos, y en efecto, sufría bastante menos.

Beatriz, muy alterada, ayudó a Carmesí con Niel y dijo: —Vamos deprisa, porque no ha de faltar mucho para la salida.

Cómo Patria lo veía, aún faltaba mucho.

—Este maldito desierto no parece tener fin, y este quema mucho —pensó.

—Oye, Beatriz, ven a ayudarme con Lucifer; casi no puede moverse.

Beatriz accede y va a intentarlo agarrar, pero este está casi sangrando; el dolor era evidente.

Ella se asusta un poco, luego lo toma por el otro brazo.

—No puedo creer lo mucho que le afecta.

Niel voltea hacia donde Lucifer; al verlo, se refleja a sí mismo.

—¿Por qué a nosotros?

Después de caminar horas sin un vaso de agua y ardiendo por fuera y por dentro, por fin llegaron a la puerta.

Ninguno tenía quemaduras a la vista, pero estos ardieron como nunca.

Al ver la puerta a la vista, reunieron todas las energías restantes para correr hacia ella, y al pasar, se sintió un alivio tan grande, pues habían dejado de arder.

Lucifer ya tenía los dientes llenos de sangre de tanto presionar para que sus gritos no se escuchasen.

Este estaba a punto de desmayarse, pero Patria lo movió rápidamente.

—No puedes desmayarte aquí; seguimos estando en peligro.

Lucifer no había visto el lugar; al verse, se encontró con sujetos con formas grotescas: su nariz, ojos, todos eran muy grandes; por otro lado, sus cuerpos eran pequeños.

Varios de ellos llevaban látigos en las manos con los que castigaban a personas, dándoles latigazos.

Otros amarraban a los sujetos de cabeza mientras les prendían fuego y los enterraban.

Y por último, estaban los que les inyectaban una especie de químico que parecía causarles mucho dolor o enfermarlos.

—Esos son los demonios del fraude, traidos del reino del duende, para dar esos castigos —dijo Beatriz—.

Cada uno de esos castigos son dictados por el fraude que cometieron.

Patria y Carmesí se asustaron al ver que los demonios del fraude se acercaban.

—¿Qué hacemos, Beatriz?

—No se preocupen, ellos no informarán a los carceleros.

No sé si se han dado cuenta, pero los castigadores son ajenos a los carceleros.

Patria abrazó a Carmesí.

—Lo menos que nos preocupa es eso; esos demonios nos van a torturar.

Carmesí asiente con la cabeza, sudando también con la expresión de miedo.

Beatriz niega con la cabeza.

—No se preocupen, ellos huelen el fraude.

Por eso se les llamó desde el reino del duende.

Si no han cometido fraude, no les pasará nada.

Antes de que terminara, los demonios gritaron: —¡Fraude!

¡Fraude!

¡Fraude!

Detectamos mucho fraude.

Las chicas se asustaron.

Luego, una especie de voz robótica de mujer sonó en todo el lugar: —Persona con falsos documentos encontrados.

Nombre falso: Lucifer.

Nombre real: desconocido.

—Persona con falsos documentos.

Nombre falso: Niel.

Nombre real: desconocido.

Lucifer quedó estupefacto.

—¿Cómo se habían dado cuenta?

Kana’a le respondió: —Esta barrera es capaz de detectar los fraudes.

El Overlord es una persona de tener en cuenta.

Los demonios del fraude se abalanzaron sobre Lucifer para castigarlo con la inyección; no obstante, Niel se levantó y logró ponerse en posición de pelea.

Beatriz quedó confundida.

—¿Quieres decir que no te atraparon por el crimen de indocumentado?

Niel responde mientras pelea: —Sí, me encontraron con ese crimen, pero por alguna razón me llevaron a la prisión del limbo.

Se trató de un error, parece.

Niel golpeaba a los pequeños demonios en la cara; los pateaba, y de un solo golpe, estos se desmayaban.

Lucifer, aún con todo su esfuerzo, no lograba ponerse en rodillas, mucho menos en pies.

Todos los demonios del fraude se reunieron para agarrar a la amenaza que era Niel.

Sacaron armas, y se podía sentir su poder; su aura roja de su piel pigmentada roja.

Niel sonrió y dijo: —Parece que me lo tendré que tomar en serio.

Sus ojos brillaron por un momento; uno se tornó de un color azul, otro de rojo.

En cada palma se acumuló gran poder de carga amarilla, como un relámpago en cada palma.

Luego, el ojo azul se tornó de rojo, completando ambos ojos del mismo color, y lanzó el ataque.

—¡Zzzzzzzttttt!

¡Kbooomm!!

Los demonios del fraude se desmaterializaron; fue como si las partículas que alguna vez los unieron se separaran y se unieran con la naturaleza.

—¿Qué pasó?

—dijo Beatriz, quien no pudo creer lo que había visto—.

No hay ni un rastro de sangre.

¿Qué les pasó?

—Solo separé sus átomos.

No están muertos; solo que pasará un tiempo para que sus almas los vuelvan a unir.

Carmesí y Patria quedaron aturdidas.

—Pero ese es el poder de un dios —dijo Carmesí.

A lo que Patria también dijo lo mismo.

Niel solo rio tímidamente.

Lucifer se levantó por fin; él había podido apreciar toda la pelea.

—Kana’a, ¿qué es eso?

—Es una de las 8 voluntades: es la desmaterialización.

Es de las más poderosas que existen.

Es increíble, amo.

Definitivamente, es un arcángel de alto rango.

Había un silencio luego de semejante actuación, y Beatriz rompió el hielo diciendo: —Vamos, ya solo falta la última y completarán las cárceles.

Esta vez fue Niel quien tomó a Lucifer junto con Patria y le dijo: —Así que, como yo, tu nombre es falso.

Y dime, ¿cuál es tu nombre?

Después de acomodar un poco su postura, este dijo: —Es Lucsus.

¿Y tú?

—Un placer, Lucsus.

Mi nombre es Jesús.

Justo en ese momento, algo golpeó en el pecho de Lucsus.

—¡Ahhhhh!!!

Todos se sorprendieron.

Lucsus apretaba su corazón con fuerza y se movía en todas las direcciones.

Luego, a Jesús también le comenzó a doler el corazón, pero con ligereza.

Lucusus empezó a recordar, y Kana’a recordaba con él, como si se tratase de una misma persona.

Lucsus recordó el día en que iba en ese bus, y al lado suyo estaba esa persona que no se separaba de él.

Antes, cuando recordaba en sus más profundos sueños, solo veía su figura, la de él o la de alguien parecido a él, pero ahora lograba verla: era la figura de Jesús, su hermano.

El mismo que vino desde el valle de Hinón con él.

Luego, las puertas del siguiente infierno se abrieron solas, y cadenas salieron agarrando al cuerpo retorciéndose de dolor de Lucsus y de Jesús.

Las puertas se cerraron, pero las chicas salieron corriendo para ayudarlos, abriéndolas de nuevo.

Al entrar, una persona estaba enrollada en una cadena, goteando sangre y muy herida.

Esa cadena amarilla oro no se oxidaba, pero sí se convertía poco a poco en una cruz, poniendo a la mujer de cabello corto morado y ojos amarillos en una crucifixión, pero aún no la clavaban.

A lo que Lucsus vio eso, se levantó como pudo, pues las cadenas que los jalaron a él y a Niel cambiaron de forma a una cruz y estaban a punto de clavarla a ella.

Al tocarla, Lucsus tuvo otra visión: esta chica había estado soportando todo este dolor por milenios.

Es algo increíble.

La chica ya tenía los ojos abiertos, más no veía lo que había a su alrededor, como si fuese ciega, pero poco a poco comenzó a verlos a Jesús y Lucsus.

—¿Qué hacen acá?

—preguntó la chica.

Luego tosió sangre; fue como si cada palabra tomara mucha de su vitalidad.

—Se suponía que solo pasamos los círculos de las cárceles para salir.

La chica no había visto a los ojos a Jesús, y cuando lo vio, sucedió lo impensable.

Los ojos le brillaron a Jesús; pareció entenderlo todo.

Jesús comenzó a temblar; comenzó a escuchar pasos de gente que veía acá; sus sentidos se agudizaron al máximo; era como si lo supiera todo.

Volteó hacia donde Lucsus y dijo: —Sal de aquí, hermano.

Corre lejos y no te acerques, pase lo que pase.

La chica de cabello morado y ojos amarillos comenzó a temblar.

—Nadie te dice que tienes que hacerlo.

Mejor vete junto con tu hermano.

Lucusus entendió al instante que Jesús también había recordado que era su hermano de sangre.

No obstante, no aceptó la petición de huir, puesto que los sentidos de Lucsus con el ánima desarrollado presentían fuertes presencias acercándose.

—No, lo siento, no te dejaré solo.

Jesús comenzó a sentir miedo; comenzó a temblar, y el resto de cadenas que quedaban se dividieron y comenzaron a convertirse en clavos que se encajaban poco a poco en la piel de la chica.

Esta no gritaba, pero sí cerraba los ojos cada vez que se hundía más, como si el grito fuera uno interno en donde solo los guerreros más fuertes podían escucharlo.

Esta escena le partía el corazón a Jesús, que tenía la pupila de sus ojos brillando intensamente.

Este intentó quitar el clavo, pero no podía.

Lucsus también quiso intentar, pero al intentar tocarlo, Jesús lo echó para atrás.

—No, no debes tocarlo.

Debes irte —dijo gritando, algo que tomó desprevenido a Lucsus.

Este no hace caso e intenta tocar la cruz, y Jesús lanza un golpe que esquiva apenas Lucsus.

Lucsus activa su modo eléctrico y se vuelve más veloz.

Luego, en un instante, intentó tocar a Titania, pero Jesús le lanzó el rayo desmaterializador, que Lucsus respondió con un rayo fuerte, y ambos se dispersaron.

—¿Va en serio?

—pensó Lucsus.

Kana’a aparece al lado de Lucsus y dice: —Si eso te llegaba a dar, hubieras perdido al instante la pelea.

La chica de las cadenas no la puedes tocar por alguna razón.

¿A qué se deberá?

Habrá que tocarla para ver en qué consiste, ¿no?

Lucusus se acercó rápidamente, sacando su espada, combinando sus voluntades para hacer la espada negra con rayos negros.

Alas salieron de él, y este ataque nunca lo esperó jesus, así que lo golpeó, dejándole una herida en el pecho, un corte limpio.

Lucusus se preguntó: —¿Cómo diablos llegamos a esto?

Apenas nos encontramos, Jesús.

—Lo siento, pero tengo que averiguar qué es esa mujer.

Jesús intenta frenarlo, pero este no se puede poner de pies.

Lucsus camina, y Kana’a le habla: —Este es el infierno para los traidores.

¿Esa chica traicionó al reino o a dios?

—No lo sé —respondió Lucsus.

Y agarró los clavos que estaban clavándola.

Al tocarlo, la cruz cambió de forma de nuevo a cadenas y envolvieron el cuerpo de Lucsus.

Esta vez, la cruz armándose alrededor de él.

Lucsus tuvo una visión.

Recordó esos 3 bucles de cada infinito, el por qué siempre termina así, y el papel de Jesús en este lugar.

—Tú eres el mesías Jesús; el nombre de Niel no es un nombre falso, es el nombre de tu alma.

Y tú eres esa dulce chica que ha cargado con todo el peso de los pecados de la humanidad hasta el momento, ¿no?

Titania da Helich.

Titania, por primera vez, comenzó a temblar.

—Tú, por favor, no hace falta.

Yo estoy bien; aún puedo aguantar.

Jesús se levantó.

—Así es.

Si yo soy el mesías, yo debo cargar con todos los pecados.

¿Por qué quieren cargar eso por mí?

—Eres el salvador del mundo, Jesús, pero no conoces la maldad del ser humano; no podrías aguantar tanto —dijo Titania—.

A quien has de temer es a tu hermano, que es Satanael, y lleva consigo a la media zorra que es Lucifer.

Ellos son el mal en este mundo, y su pecado fue traicionarte a ti.

Y en este infierno, lo castigarás eternamente.

Será mordido por su mismo hasta la eternidad.

—No lo hagas, por favor —dice Jesús mientras lleva el ceño fruncido—.

No sé qué es lo que quiere mi padre, pero yo no permito que cargues con algo que yo debería de cargar.

Yo soy el mesías, te repito.

—Así es, pero este círculo de infierno no es solo una cárcel; es un mundo celestial en donde el enemigo va a ser juzgado.

Ya el mesías cargó con todo lo que tenía que cargar.

Titania, quien se pudo poner de rodillas, se inclinó ante Lucsus.

—Por favor, déjeme cargar con un poco de dolor por usted, señor Satanael.

—¿Saben por qué ya no pueden ayudarme?

—dice Lucsus mientras está colgado en la cruz—.

Porque sus almas egoístas ya comienzan a odiarme a mí, al perfecto Satanael, y al renombrado Lucifer, que es una parte de mí.

Los pasos dejan de sonar, y una multitud de gente está allí.

Entre ellos, una chica sale volando y se lleva a Titania, poniéndola a un lado.

Esta la abraza y él dice: —¿Quién de los dos es Lucsus?

Bueno, creo que ya tus cadenas hablaron, Titania.

Esta se aterra.

—No, Suriki, déjalo.

¡Bamm!!

Un golpe fuerte dado a Lucsus por uno de los sujetos.

¡Bamm!, ¡bamm!, ¡ban!

Golpe tras golpe, alocadamente, de una forma maníaca, eran dados por varias personas a la vez a Lucsus.

Jesús trató de detenerlos, pero no pudo.

—Se te dará un castigo hasta llegar al alma por traicionar a dios.

Kana’a comenzó a recordar.

—En la vida pasada, tu nombre fue Judas, ¿no, Titania?

La media zorra estaba materializada al lado de Titania, y Titania la podía ver, al igual que Suriki.

—Así es.

Yo fui quien lo traicionó; por ende, mi castigo.

No obstante, todo es parte de un plan mayor, y esta vez es el final.

Parece que Satanael y tú van a ser juzgados de manera diferente.

A mí todo este tiempo había sido mordida por Satán, lo que significa el peor castigo en esta cárcel: el mayor dolor, donde me torturan el alma.

Pero el dolor que pasarán tú y tu amo serán peores y eternos, hasta que se fusionen los otros tres bucles, ¿no es así?

—Así es.

No obstante, yo estaré con él siempre, y sé que cuando este universo llegue a su finito, allí estaremos nosotros, sonriendo de nuevo.

Me despido; voy al lado de mi amo para ayud..

Antes de que terminara la frase, esta se golpeó contra algo, una especie de barrera.

Kana’a aún no se asustó; pudo analizar meticulosamente qué había pasado, y fue cuando ya no sentía la conexión mental con Lucsus.

Titania ya sabía lo que había pasado, pero no quiso decirle algo que ella no aceptaría.

Kana’a lo volvió a intentar y volvió a rebotar.

Comenzó a apretar los dientes y gritar: —¿Qué significa esto, amo?

¿Por qué quitas nuestra conexión?

¿Por qué no me permites estar en el infierno a tu lado, como en los otros 3 bucles?

El cuerpo de Lucsus estaba en estado maníaco y eufórico.

—Lo siento, Kana’a, pero tu alma no está fragmentada, solo tu poder, y el poder lo uso como base para no perder la conciencia mientras soy castigado por la eternidad.

—¿Qué?

No puede ser.

Porfa, no me hagas esto —Kana’a cae de rodillas mientras se le humedecen los ojos—.

Yo soy Kana’a D.

Lucifer; no puedes hacerme a un lado.

Yo también traicioné a dios.

—Solo por mi existencia.

Realmente, solo cumpliste con mi voluntad, igual que Titania.

Titania sostuvo a la media zorra, quien no paraba de llorar; parecía un animal herido.

Kana’a gritó fuertemente: —Lucusus, déjame entrar contigo, por favor!

¡Lucusus!!

¡Lucusus!!!

¡Mi señorrrr!

Llegaron cientos de personas y armaron una fila para atormentar a Lucsus con las peores torturas que podrías imaginarte, siendo el alma y no el cuerpo quien está involucrado.

Quiere decir que, así le rompan los huesos y lo piquen, esto no estará pasando realmente, pero sí lo sentiría así hasta la eternidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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