Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El juego del Mesías - Capítulo 90

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El juego del Mesías
  4. Capítulo 90 - 90 Quien es el díablo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

90: Quien es el díablo?

90: Quien es el díablo?

Patria, Carmesí y Beatriz lo primero que vieron al entrar fue a Lucsus enfrentándose a Jesús.

Habían alcanzado a oír sus nombres y gritaban para que se detuvieran, pero estos no las escuchaban.

En un parpadeo, ya no era una simple pelea: Lucsus estaba siendo crucificado ante sus ojos.

Los clavos ya se habían hundido en su carne, y piel, la gente formaba filas para golpearlo y acuchillarlo.

Todo se estaba convirtiendo en una carnicería.

Y la situación empeoró cuando el bullicio aumentó y, de pronto —ni ella misma supo en qué momento—, Patria estaba en la fila de personas esperando su turno para castigarlo.

Carmesí y Beatriz se impactaron.

—¿En qué momento se fue?

—dijeron.

Kana’a, enfurecida, maldijo a Patria y a su alma: —Esa perra… la voy a matar.

La media zorra tenía una idea de por qué ella estaba allí y el castigo que le esperaba.

Al llevar un alma tan sensual, Patria había sido violada a través de las reencarnaciones, y todo ese odio acumulado debía descargarlo en alguien.

Su alma, en busca de liberación, ya no aguantaba más.

Titania, con esos ojos amarillos que parecían saberlo todo, le dijo a Kana’a: —¿Eres la Kitsuné que es Dios, no?

La media zorra, aún con lágrimas en los ojos, se las secó y asintió.

—Así es.

Yo soy Dios… pero solo el Dios falso.

Niel, o Jesús, es el Dios de la creación.

Yo no tengo ese poder.

Suriki alzó una ceja.

—¿Quieres decir que el verdadero Dios de todo es Niel?

Kana’a miró a Suriki a los ojos y respondió: —No lo sé.

Jesús intervino en la conversación —pues ahora también podía ver a Kana’a—: —Dejen que yo les explique —dijo con los ojos iluminados de blanco, reflejando la sabiduría que acababa de adquirir—.

Todo empezó con el Libro de la Creación.

No, bueno… en realidad empezó mucho antes, con dos realidades: una que contenía el sufrimiento y la mayoría de las emociones: la lujuria, la ira, la gula, la avaricia y la envidia.

Por otro lado, estaba la realidad que contenía el dolor, el orgullo, la pereza y la razón.

La primera realidad se llamaba Isha, y la segunda, Ish.

Estas eran las únicas dos existentes, y no fue hasta que Isha convenció a Ish de unirse en una sola realidad para ayudarse mutuamente y sobrevivir al infinito, que se expande trayendo consigo nuevas emociones, dolores, enfermedades, explosiones y otras cosas.

Además, Isha, que representa el fuego, decía sufrir más que Ish, quien representa el hielo.

Y no se equivocaba: sufría menos, pero lo que Isha no sabía era que el dolor que Ish soportaba era mucho más profundo.

Al unirse, crearon una entidad que adquirió el nombre de Niel.

Así surgí yo, el Dios de la creación.

Suriki interrumpió a Niel: —¿Quieres decir que eres capaz de cargar con todo ese peso tú solo?

Ese comentario fue como si agujas se clavaran en lo más profundo del alma de Niel, quien se inclinó como disculpándose: —No, no es así.

No puedo.

Soy un ser que se enfrenta a los infinitos, y todo el Libro de la Creación está hecho solo para ayudarme a cargar con ese peso.

Mi madre Isha y mi padre Ish me crearon con el fin de seguir existiendo, pues que el universo continúe es todo lo que la razón persigue.

Suriki, muy intrigada, sonrió con sus ojos de felino: —Entonces, ¿por qué el cordero es una sola persona?

Deberíamos ser varios cargando con el peso, o al menos un pedazo de él.

Niel comenzó a temblar: —Ni yo sé qué está pasando.

Pero desde que mi sabiduría llegó, solo puedo pensar en cómo interferir en esta cruel realidad para Satanael.

Kana’a dijo: —Al diablo… Hay que destruir esa barrera como sea.

Tú, Titania, ¿eres el ser más poderoso actualmente en esta era, verdad?

Titania entrecerró los ojos: —Por milenios he sido torturada, así que eso ha acabado con toda mi energía.

Ahora mismo no tengo ni la energía de un Primer Cielo.

Suriki se estremeció.

Su gran amiga, a quien había buscado por milenios, había sufrido tanto.

La abrazó y le dijo: —¿Por qué tú?

Kana’a se dirigió a Suriki —quien, por obra de Niel, ahora todos podían ver—: —Y tú eres un Sexto Cielo de poder.

Puedes romper esa barrera.

Suriki soltó a Titania y, como si estuviera poseída por un odio repentino, apretó los dientes con fuerza: —Sí, lo haré.

Debo acabar con esa maldita crucifixión.

Y si tengo que matar a todos esos egoístas para que mi amiga no tenga que pasar por eso nuevamente, lo haré gustosamente.

¡BOOOM!

Un aura amarilla con relámpagos del mismo color inundó todo el lugar.

Niel tuvo que sostener una barrera para proteger a Beatriz y Carmesí de la energía de Suriki.

El poder que desprendía escapaba de la imaginación de todas las presentes.

La barrera que había colocado Lucsus comenzó a agrietarse a medida que Suriki se acercaba, sin siquiera golpearla.

Cuando llegó frente a ella, solo tuvo que poner un dedo y la hizo añicos, como un cristal que estalla al exponerse al fuego.

Las almas de las personas que castigaban a Lucsus no fueron perturbadas.

Suriki entrecerró los ojos mientras evaluaba la situación con calma.

Al entrar por completo, vio a Lucsus crucificado.

Patria le había arrancado casi toda la ropa y, con una mirada cargada de odio, le arañó el rostro con sus uñas, diciendo: —¿Por qué dejaste que me pasara todo esto?

¿Sabes cuánto he sufrido?

Suriki no entendía nada de lo que decía Patria, pero se acercó rápidamente.

Los demás quisieron hacer lo mismo, pero una nueva barrera se levantó.

—¿Por qué haces esto?

¿No eran compañeros?

Patria no volteó a ver a Suriki y continuó: —Todo esto ha sido tu culpa.

Si no fuera por ti… Suriki se hartó de escuchar, así que la tomó del brazo.

En ese momento, la cruz se transformó de nuevo en las cadenas de oro del duende, que ahora aprisionaron a Suriki.

—¿Qué?… ¿Las cadenas de Titania?

—No podía zafarse de ellas, a pesar de su increíble fuerza, que superaba con creces todo lo visto hasta el momento.

Titania corrió e intentó entrar, pero rebotó contra la barrera y cayó al suelo.

—Mis cadenas… ya no me obedecen.

Niel la ayudó a levantarse mientras le decía: —No son cadenas simples… Son las cadenas capaces de sellar al mismo Dios del Destino.

Titania, un poco perdida, preguntó: —¿Cuál Dios es ese?

—Ese sería el infinito: Isha e Ish, mis padres.

Incomprensibles para cualquier mortal.

—¡Ahhhhh!

Por primera vez, resonaron gritos en el lugar.

Todos voltearon: era Lucsus quien gritaba así.

Las cadenas habían apresado a Suriki, pero Lucsus seguía de pie, sin poder moverse.

El miedo se apoderó de Lucsus por primera vez.

Patria cambió de forma y se transformó en un hombre alto y musculoso.

Este lo agarró con fuerza e impaciencia, como si no aguantara las ganas.

De pronto, la forma de Lucsus también empezó a cambiar: sus facciones se volvieron las de Patria, y al arrancarle toda la ropa, era evidente que no tenía un miembro viril, sino un aparato reproductor femenino.

Todos quedaron en un pequeño trance, incluso Niel, quien poseía toda la iluminación de la creación.

El mismo Dios de la creación se sorprendía ante tanta crueldad.

Segundos después, los gritos de dolor se convirtieron en gemidos, no de placer, sino de agonía.

Surgieron múltiples orgasmos físicos forzados mientras el hombre cambiaba de forma y violaba a Lucsus sin darle un segundo de descanso.

La media zorra golpeaba la barrera, llorando y suplicando que la dejaran entrar: —¡Amo, no es justo que tú tengas que sufrir todo solo!

De pronto, el violador se detuvo.

Patria, ahora un hombre moreno, le dijo: —Ya pasó todo, mi amor.

Ya está.

Ahora ya no sufrirás más.

Mientras lo abrazaba, le transmitía una calidez maternal.

Lucsus temblaba y, casi entre lágrimas, pensó: *“Ya no sufriré más”*.

No hacía falta decirlo: su expresión lo transmitía, y una especie de tranquilidad se sintió en el ambiente.

Hasta que Patria sonrió y dijo: —Es mentira.

¡Jajajajaja!

Nunca saldrás de aquí.

Y esta vez, Patria recuperó su forma de mujer.

El siguiente en la fila comenzó a golpearlo una y otra vez, haciéndole sentir que los golpes nunca cesarían.

Lucsus se sintió como un niño maltratado, y en efecto, estaba pagando las palizas más brutales que un pequeño podría recibir.

Después, fue una mujer quien lo golpeó: Carmesí había aparecido de la misma manera que Patria.

Todos se sorprendieron nuevamente.

Los ojos de Carmesí comenzaron a derramar lágrimas.

Aunque no entendía qué hacía allí, ya sabía, por el ejemplo de Patria, que allí liberaban todos sus males a través de Lucsus y la reencarnación.

Aún llorando y con los dientes apretados, Lucsus —ahora con forma de niña— recibía los golpes.

Carmesí se volvió eufórica de repente, apretando los dientes y gritando con fuerza: —¡CARMESÍÍÍÍÍ!

¡Bam!

Un golpe en la cara.

¡Bam!

Otro más.

Una incontable cantidad de golpes llovían sobre la niña vulnerable, sostenida por el cabello.

A Lucsus, ahora niña, no le daba tiempo ni de llorar.

No sangraba, pero cada golpe dolía, y la ansiedad de nunca saber cuándo pararían la inundaba de incertidumbre.

Niel no lloraba, pero contenía el llanto.

Todos entendían ahora que el castigo que Lucsus recibía no era más que la materialización de los traumas más profundos de cada individuo.

Pero la media zorra no aceptaba eso como solución: —¿Por qué él tiene que pasar por todo eso?

Niel tampoco entendía por qué recaía sobre Lucsus un juicio tan irracional.

La información llegaba a él a cada segundo: *¿Acaso Lucsus no es el alma que debería ser Dios, y no Kana’a?* Kana’a sabía que era el Dios falso, pero ignoraba quién era el verdadero.

Niel dijo: —Porque estaba el Dios de todos, que se alza en su trono de fuego, y estaba el Dios de la creación, o sea yo.

Yo no escribí en el Libro que fuera yo el mesías definitivo que todos esperan.

Solo observo mi creación desde lejos.

Kana’a fue iluminada por los recuerdos de Niel: en efecto, ella había sido la última Diosa que se alzó en el trono de fuego, pero esa era la segunda vez.

Lucsus nunca había sido Dios.

Kana’a apretó fuertemente los dientes, y el odio la invadió, incluso con su frío emocional: —¡Esos malditos egoístas!

Nunca dejaron que mi amo fuera Dios.

Todos han sido Dios en alguna era, en algún momento.

Niel asintió: —Así es.

El infinito llega a su fin por culpa de la humanidad y los seres vivos.

Luego se destruye y vuelve a empezar desde cero.

Y en el Libro de la Creación, finalmente designé a Lucsus como el alma perfecta para ser Dios eterno.

—¿Qué?

—Kana’a y los demás se sorprendieron.

—Pero si él es Dios, ¿por qué está allí?

¿De esa manera?

¿Siendo el diablo?

—preguntó Titania.

Niel continuó: —La única manera que encontré para que él fuera Dios y el universo siguiera existiendo fue esta: creando estos cuatro infinitos.

En ese cuarto, por fin, el universo podrá existir para siempre.

—Titania, tú eres la segunda alma más perfecta para ser Dios.

Fuiste la primera en alzarte en tu trono de fuego como Titania DA Helich, y el universo se mantuvo existiendo por muchos milenios.

Más que nadie, deberías comprender a Lucsus.

Titania negó con la cabeza: —Es que a mí no me torturaban tan fuerte ni me humillaban tanto como a él.

Era más dolor físico.

—Eso es sencillo de responder: porque quien carga con todo ahora es Lucsus.

Tú fuiste una pieza importante para que este evento llegara.

Todo encaja a la perfección.

La media zorra, con el ceño fruncido, preguntó: —¿Cómo puedes decir eso?

¿Qué encaja exactamente?

¿Que mi amo deba llevar a la humanidad a la redención… por la eternidad?

¡Mira eso!

Al voltear hacia donde Lucsus estaba siendo vomitado, escupido e incluso defecado encima, Niel comenzó a temblar: —La humanidad es realmente oscura.

Esta es mi creación.

Por eso te pido disculpas, Kana’a D Lucifer.

Fuiste el arcángel perfecto, pero en este cuarto infinito, tú no traicionaste a Dios… y ese pecado también lo carga Lucsus por ti.

—Ya sé que todos los malditos infinitos tienen que llegar a su fin para unirse y expandirse de nuevo hasta el infinito —dijo la media zorra entre lágrimas y furia.

Suriki, aún encadenada, trataba de soltarse.

Al tener un poder tan desarrollado, alcanzaba a oír la conversación.

Gritó a lo lejos a Titania: —¿Quiere decir que estas malditas cadenas no me soltarán hasta que él reciba el castigo por todos los pecados de cuatro infinitos?

Titania sabía que Suriki la escuchaba, así que respondió con voz moderada: —No.

Lo que para nosotros son segundos, para él son años… ¿o me equivoco, Niel?

—Es verdad —dijo Niel.

Al voltear hacia Lucsus, Patria estaba de nuevo frente a él.

Todos supieron que vendían violaciones interminables.

Pero antes, sintieron una presencia.

Alguien se acercaba a gran velocidad, aproximadamente a la velocidad de la luz.

Se acercó en un instante; nadie pudo ver cuándo llegó esa figura majestuosa: ojos rojos, una presencia sagrada, vestida con prendas blancas.

Suriki fue la única que logró verla cuando intentó tocar a Lucsus para apartarlo.

De pronto, Lucsus estaba de pie y miró a la figura imponente que trataba de tomar su lugar.

A medida que pasaban las torturas y el tiempo, a Lucsus también le llegaba información, al igual que a Niel.

Y en efecto, esa chica intentaba tomar su lugar.

Pero de repente, quedó inmóvil.

La imponente presencia fue detenida, y Patria le arrancó parte de la ropa mientras lágrimas brotaban de sus ojos: —Gracias.

Tú descansa.

Yo te ayudaré todo lo que pueda.

Niel y los demás la vieron: había tomado el lugar de Lucsus.

Las cadenas aún sujetaban a Suriki, así que no había nada que la detuviera.

No obstante, Lucsus rio eufóricamente: —¡Jajajajajajaja!

¡Hasta luego, belleza!

Abrió un agujero negro con la palma de su mano y se lo lanzó, haciendo que desapareciera en segundos.

Luego, antes de que se cerrara el espacio, lanzó un chorro de rayos gamma contra ella con gran fuerza.

Suriki quedó impactada: —¿Esa era la Reina Esquizo?

Titania dijo: —La lanzó a otra parte del espacio para protegerla.

Niel añadió: —Le lanzó un rayo gamma.

—Esa mujer es uno de los pináculos de poder más grandes que existen —dijo Titania—.

Es capaz de sobrevivir a eso, pero no llegará hasta dentro de unos días.

El chorro de rayos gamma la está empujando, incluso después de salir del agujero blanco.

.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo