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El juego del Mesías - Capítulo 92

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  4. Capítulo 92 - 92 La búsqueda de Niel
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92: La búsqueda de Niel 92: La búsqueda de Niel Al atardecer, el sol se ocultaba y Wan Wantia salía en el carruaje de la familia Frenia, el cual era impulsado por dos caballos transparentes.

Eran dos espíritus, para ser exactos, que podían arrastrar el carruaje sin dificultad.

El camino hacia la ciudad de Dante —donde se encuentra la prisión de máxima seguridad del Reino Esquizo— era largo.

Tanto, que Wan Wantia tuvo tiempo de pensar en todo lo que había aprendido junto a la Reina Esquizo.

Así pasaron treinta días.

Los caballos no se detuvieron en ningún momento, pues no necesitaban alimento alguno.

Al igual que Wan Wantia, que como paladín de nivel 5, podía pasar sin comer hasta tres meses.

Un sujeto manejaba el carruaje.

Este bajó para abrirle la puerta a Wan Wantia.

El cochero vestía prendas sencillas pero elegantes, de estilo medieval, y llevaba el peinado corto por delante y largo por atrás.

—Gracias por tomarte la molestia de abrirme la puerta, señor Roosevelt.

—No diga eso, señor Wan Wantia.

No es ninguna molestia para mí.

Es un honor servirle a usted, el paladín más cercano a la clase santo del Reino Esquizo.

Una leyenda en vida.

Wan Wantia sonrió, mostrando una amplia sonrisa.

—Parece que mi fama me sigue a todos lados.

Me complace que me conozcas.

Roosevelt cerró la puerta del carruaje después de que Wan Wantia salió, y dijo: —En el Reino Esquizo no hay persona que no lo conozca.

Caminaron mientras conversaban hasta llegar a una fortaleza de acero que albergaba en su interior un castillo del mismo material.

Un guardia de seguridad, vestido con una armadura de acero y cubierto con un casco futurista —que no era solo metal, sino también tecnología que le permitía ver desde muy lejos— los observaba.

Literalmente, el guardia podía ver con claridad cada gesto o movimiento de Wan Wantia y Roosevelt.

Ellos, en cambio, solo veían la silueta del guardia.

El casco también le permitía incrementar su rango de voz, pues tenía una corneta incorporada.

Así que les habló desde la distancia con voz fuerte: —¡Identifíquense!

Claramente, este sujeto nunca había visto una foto de Wan Wantia —las cámaras estaban prohibidas en el Reino Esquizo—, así que Wan Wantia siguió el protocolo.

Sacó su identificación junto con Roosevelt.

El guardia comenzó a leerla y luego hizo un gesto de sorpresa que nadie vio porque llevaba el casco.

—S… señor Wan Wantia, es un honor tenerlo aquí —dijo el soldado, un poco asustado, mientras abría las puertas con un control remoto que guardaba en uno de los cajones de su mesa.

Bajó a recibirlos.

—Bienvenido al Infierno de Dante, la prisión más severa de todo el continente diagnosticado.

Al oír que Wan Wantia había llegado, los guardias salieron a recibirlo para darle una grata recepción.

Los soldados se formaron en fila haciendo reverencias.

Wan Wantia pasó por el medio de la formación con un gesto de gratitud en su rostro.

Varios soldados lo guiaron hasta la oficina del capitán al mando, y allí se despidieron, aunque sabían que lo volverían a ver al salir.

El oficial al mando estaba sentado en su escritorio, escribiendo con tinta una carta.

Al parecer, ya le habían informado de su visita, pues no se sorprendió.

—Señor Wan Wantia, es un verdadero honor tenerlo aquí.

Por favor, tome asiento —dijo.

Tanto él como Roosevelt se sentaron.

Como era de esperarse, el oficial no conocía a Roosevelt, así que este se presentó: —Mi nombre es Roosevelt —extendió la mano y fue correspondido por el oficial.

—El mío es Murai.

—No perdamos más tiempo, oficial al mando.

Tengo una misión que cumplir bajo las órdenes de la Reina Esquizo.

—¡Oh!

Eso no puede hacerse esperar.

¿De qué se trata?

Wan Wantia juntó ambas manos y apoyó los codos en el escritorio.

—Hay un prisionero que debo investigar y llevar ante la Reina Esquizo en persona.

Murai entrecerró los ojos.

Claramente, no esperaba esas palabras, pero no le pareció ninguna molestia.

—Si es lo que quiere la reina, así será —dijo Murai—.

¿Cómo se llama?

Para hacer que lo traigan ahora mismo.

Wan Wantia respondió rápidamente: —Es Niel.

Está en la cárcel del Limbo.

—Ok, lo buscaré ahora mismo.

Murai no hizo más preguntas.

¿Quién era él para debatir lo que la reina hacía o no?

Se levantó de su escritorio, abrió la puerta e hizo que un soldado se acercara.

—Entra en la cárcel del Limbo y busca a un sujeto llamado Niel.

Luego me lo traes aquí.

—¡Señor, sí, señor!

—dijo el soldado mientras se alejaba rápidamente.

Murai volvió a su oficina.

No llevaba puesta una armadura por su rango como capitán y oficial al mando; vestía un traje muy parecido al de Roosevelt, con la diferencia de que llevaba una chaqueta con solapas de seda negra.

—Ya que está aquí, ¿le gustaría beber el mejor vino de la ciudad de Dante?

—dijo mientras sacaba una botella de un armario.

—Aceptaré solo un trago —dijo Wan Wantia.

En cambio, Roosevelt se negó: —Lo siento, tengo poca tolerancia al alcohol.

Así que disfruten sin mí.

A pesar de ser solo el conductor de Wan Wantia, a Roosevelt se le trató con respeto.

Los tres entablaron una conversación que duraría dos horas, solo interrumpida por un golpe en la puerta.

—Pase —dijo Murai.

Al abrir la puerta, un soldado pálido anunció: —Señor Murai, he buscado por toda la cárcel y no hay nadie con el nombre de Niel.

—¿Qué?

—Wan Wantia se levantó del asiento de golpe—.

¡La misma reina verificó que sí está aquí una persona con ese nombre!

El soldado, aún pálido, dijo: —Ese es el problema, señor Wan Wantia.

Sí aparece registrado, pero no está en la cárcel del Limbo, ni tampoco lo hemos encontrado en otras cárceles.

Murai golpeó con fuerza el escritorio, haciendo que su carta se salpicara de tinta negra.

—¡Esto no puede ser!

El mismo señor Wan Wantia ha venido en persona.

¡Tal negligencia no puede existir!

¡Búsquenlo en todo el área ahora mismo!

Wan Wantia tenía una expresión de preocupación.

*¿Qué demonios está pasando?*, pensó.

Roosevelt lo tomó por el hombro: —No te preocupes, de seguro lo encontramos.

Murai asintió: —En efecto, no se pueden escapar por las grandes barreras de la reina y su hermano.

Ellos serían los primeros en enterarse.

Además, mientras más te adentras en las cárceles, más cerca estás de la muerte.

Ese tal Niel estaba en la cárcel del Limbo, la más liviana.

Si se escapó, fue a otra cárcel y debe de estar sufriendo o pasándola mal.

Otra vez tocaron la puerta.

Era el mismo soldado.

Murai pareció aliviarse un poco: —¿Ya tienes información del prisionero?

—Sí, señor.

Parece que fue un error.

Esa persona, Niel, fue enviada a la cárcel por dos cargos: el primero, por no tener documentación, lo que lo hace entrar en la barrera del Limbo; y por hereje, lo que lo hace digno de pertenecer al sexto círculo de la cárcel.

Murai frunció el ceño, muy disgustado: —¿Hereje?

No es posible.

Solo hay un hereje en toda la prisión, y hasta yo desconozco de quién se trata.

El soldado afirmó: —Así es.

Justo por eso decidieron enviarlo a la cárcel del Limbo, puesto que no podía ser real lo de hereje.

—Bueno, de hecho, los mismos guardias que lo arrestaron por no tener documentación fueron los que lo acusaron de hereje, puesto que el código penal al arrestar es preguntar sobre los círculos de la cárcel, y se espera que sean honestos al declarar.

Murai pareció entender: —¿Y lo expusieron a la barrera de herejía?

—No, señor.

El oficial a cargo aplazó eso, puesto que, como sabe, ese infierno solo pueden entrar guardias que pertenezcan a alguna secta por seguridad, porque la cárcel de herejía es muy cruel y despiadada.

Nadie quiere entrar allí, puesto que la barrera no diferencia entre soldado y preso.

Wan Wantia estaba muy decepcionado.

Al cruzar miradas con el murai se inclinó pidiendo perdón.

El soldado también hizo lo mismo.

Wan Wantia quería expresar lo decepcionado que estaba al saber que nadie creía en Dios.

Aclaró su garganta y dijo: —Parece que aquí temen a los infiernos de Dante, o mejor dicho, a las cárceles creadas por el arte sagrado de barreras de mi reina Esquizo y su hermano, el Overlord.

Pero les diré una cosa: solo sufre el que merece sufrir dentro de ellas.

Así que no deben temer al castigo, puesto que si obran bien, nada les pasará.

Yo mismo entraré en las cárceles y lo buscaré.

Murai aceptó y se ofreció a acompañarlo en el recorrido por las cárceles hasta encontrarlo, dejando a cargo de su oficina a otro oficial.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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