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El juego del Mesías - Capítulo 93

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  4. Capítulo 93 - 93 Falsarios
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93: Falsarios 93: Falsarios **Cárcel del Limbo — Octavo Círculo: Falsarios** Murai caminaba entre los presos, todos inmovilizados por cadenas.

No era su estado habitual, sino una medida especial debido a la visita del gran Wan Wantia.

Con despreocupación, Murai señalaba a los presos que le parecían sospechosos.

Los guardias que lo acompañaban los traían al frente bajo sus órdenes.

—Oigan, chicos —comenzó Murai—, ¿por aquí pasó un sujeto de cabellera larga, flaco, con ojos negros, llamado Niel?

Los detenidos, muy asustados, negaron rápidamente con la cabeza.

—No, señor, por aquí no ha pasado nadie.

Estos días han sido muy regulares.

Murai hizo una mueca de desprecio; parecía no creer lo que decían.

—Hasta el momento, hemos recibido información de otros pisos de la cárcel, y todos coinciden en que hubo gente irregular que salió de un círculo de Dante y entró en otro.

¿Cómo es que no entraron a este círculo?

Roosevelt intervino: —Bueno, tampoco estamos seguros de que no hayan entrado en la cárcel de herejía.

No la hemos visitado, al igual que el resto.

Solo hemos oído el testimonio de cada carcelero encargado.

—Eso es verdad —dijo Wan Wantia, quien estaba parado frente a ellos—.

Usted, señor Murai, era el encargado de esta cárcel de Dante, la de los falsarios, antes de ser ascendido a oficial a cargo de toda la prisión, justo por ser la persona adecuada en quien confiar.

Esta es la primera cárcel que visitamos en persona.

Así como existen rutas para pasar de una cárcel a otra más lejana, ellos podrían tener esa información.

Murai negó rápidamente con la cabeza.

—Claramente pudieron haberse saltado todas las cárceles desde el principio.

Si fuese así… yo tengo un instrumento dado por la Reina Esquizo.

Murai sacó un fragmento.

Roosevelt no parecía entender qué función tenía, pero Wan Wantia lo comprendió al instante.

—Así que eso era lo que armaba esa barrera a nuestro alrededor.

Murai, impresionado —aunque no tanto como para dejar de conversar—, dijo: —Es usted muy perspicaz.

Yo personalmente conozco el objeto porque me dieron la información.

Wan Wantia rio mientras señalaba el fragmento.

—Ese fragmento tiene energía del *Anima*.

Por eso soy capaz de distinguirlo.

Es el *Anima* de la Reina Esquizo.

Solo eso es capaz de atravesar la barrera sin ser condenado como un preso, o saltarse las cárceles sin necesidad de encontrar las puertas respectivas.

¿O me equivoco?

Murai quedó sin palabras.

—Parece que conoce todos mis trucos.

Roosevelt volvió a intervenir: —¿Por eso está tan confiado al entrar en las cárceles y no teme su juicio?

Murai rio a carcajadas.

—En parte tiene usted razón, pero recuerde que para ser el oficial al mando, uno debe ser capaz de atravesar todas las cárceles sin ser juzgado.

En otras palabras, estoy libre de pecados.

Wan Wantia afirmó con la cabeza.

—No hay que subestimar al señor Murai.

Es un hombre muy honesto y de muchas cualidades.

Roosevelt se inclinó en señal de disculpa, y Murai las aceptó rápidamente.

Murai guardó el fragmento en su bolsillo y continuó: —Claramente perdimos su rastro después de que pasaron por el círculo de la violencia.

Quiere decir que, si lo que dice esta gente es cierto, ellos no pasaron por aquí y fueron directo al círculo de la traición.

—¿Cómo es eso posible?

—preguntó Wan Wantia.

—En este círculo entra la gente fraudulenta —dijo Murai—.

Mi teoría es que la barrera de la Reina Esquizo no los haya afectado por ser libres de ese pecado.

Normalmente estarían siendo atormentados por demonios y serpientes, pero al ser libres, eso no les pasa.

Roosevelt asintió, pero aún con dudas, dijo: —Pero, ¿cómo explica que no hayan siquiera pasado por aquí?

Wan Wantia frunció el ceño.

—Lo único que se me ocurre es que tengan una reliquia capaz de romper el espacio-tiempo.

Vamos, hay que apresurarnos para llegar al círculo de la traición.

—Sí, señor —respondieron Murai y Roosevelt al unísono.

Abrieron las puertas del círculo de la traición, y Wan Wantia quedó estupefacto con lo que encontró.

Allí estaba la Reina Esquizo, siendo arrastrada por un agujero negro acompañado de un chorro de rayos gamma.

Muy pocos sabían lo que era ese poder, pero él, como paladín de quinto nivel del Reino Esquizo, conocía su magnitud: no existía energía más destructiva conocida que un chorro de rayos gamma.

Al ver a su reina en ese estado, se lanzó contra aquel sujeto que reía eufóricamente, desatando toda su rabia.

Desenvainó su espada a una velocidad inconmensurable, casi divina, decidido a partirlo en dos de un solo corte.

Claramente, rompió la barrera como si fuera una suave tela, pero al acercarse, dos dagas con forma de serafín —una blanca y otra negra— chocaron contra su espada.

Una chica había interpuesto en el ataque de Wan Wantia.

Tenía un aura poderosa y una mirada fría en sus ojos ambar, con un cabello marrón largo que contrastaba con su apariencia, que no delataba tanta fuerza.

No obstante, aunque la guerrera detenía a un paladín de nivel 5, este no estaba usando todo su poder.

Las armas forcejearon, midiendo quién cedía primero, hasta que un grito interrumpió la contienda: —¡Sal de ahí, Irina!

Irina rápidamente notó que el aura y la furia de Wan Wantia se elevaban.

Sintió la amenaza, pero ya no podía esquivar.

De pronto, se oyó un bastón girar y golpear la espada de Wan Wantia.

Era un hombre calvo de contextura robusta.

Y la chica que había alertado a Irina no era otra que la maga del tarot y la belleza angelical, Rias.

Esta se concentró, y varias cartas doradas comenzaron a aparecer.

—¡Carta del Diablo: Atadura Espiritual, libérate!

La carta liberó una energía roja que comenzó a atar a Wan Wantia como si fueran cadenas.

Él se resistió, gritando y rompiéndolas con su espada.

Roosevelt y Murai saltaron para ayudarlo, pero fueron interceptados por una mujer de piel morena y cabello negro con mechas plateadas.

La samurái desenvainó su katana, imbuida con su espíritu de fuego, la salamandra, y de un solo corte hizo pedazos las armas de ambos.

—¿Quién demonios son estos sujetos?

—exclamó Roosevelt.

Poco podían hacer para auxiliar a Wan Wantia.

De repente, dos chicas más llegaron volando: una con aspecto de niña y cabello rosado, y otra de cabello largo y aspecto militar.

Eran Celica y Bonny.

—Lo lamentamos, pero nadie causará daño al Mesías mientras estemos nosotras de guardia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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