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El juego del Mesías - Capítulo 94

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  4. Capítulo 94 - 94 Cuarta carta el emperador
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94: Cuarta carta el emperador 94: Cuarta carta el emperador **10 días antes del juicio del Mesías** La Reina Esquizo leía libros a una velocidad absurda, hasta que encontró uno que captó su atención más que los demás.

La portada decía: *El libro de Enoc*.

Lo abrió con sorpresa, aunque sin alterarse, y comenzó a leer muy despacio —a diferencia de su costumbre—, pues no quería perderse ningún detalle.

—Este libro es una reliquia de conocimiento —murmuró para sí—.

Habla del origen de los diez cielos de poder que existen y también de castigos.

Sin duda, debe ser una profecía.

Solo lo encontré gracias al Reino del Dominio y su influencia cuando estuvieron en el Reino Maníaco.

Parece que los del Reino Maníaco están más cerca de alcanzar la trascendencia que nosotros.

Al invocar la Voz de la Razón, solo hablé de términos de una ciencia psicológica.

Creo que debí fijarme más en los detalles.

De pronto, tocaron la puerta con tres golpes.

—Puede pasar.

Al abrir la puerta, entró un soldado de cabello corto blanco y ojos negros y vacíos.

—Mi reina, ya llegaron los del País de los Exiliados que rompieron la barrera del Primer Cielo, y mucho más.

—Déjalos pasar, Silver.

El hombre vestía prendas básicas de caballero, con una capa blanca.

—Entraron solo dos personas, mujeres para ser precisos… —¿Tu nombre es Irina, y el tuyo, Yeli?

—preguntó la Reina Esquizo con algo de duda.

—En efecto —contestaron ambas.

—¿Saben por qué están aquí?

Yeli respondió instintivamente: —¿Por romper el tabú de llegar al Primer Cielo de poder del País de los Exiliados?

¿Nos matarán?

Irina no dijo nada; solo se mantuvo en silencio.

La Reina Esquizo sonrió.

Sus ojos rojos y pupilas de felino causaron intriga y miedo tanto en Yeli como en Irina.

—Esos son solo mitos.

Lo que sí es real es que están retenidas por un tiempo, hasta que se determine si son un peligro o no.

También, si corren con suerte, pueden elegir un semirreino al que pertenecer.

Irina frunció el ceño y dijo con impaciencia: —Si eso es verdad, ¿por qué existen tantos tabúes tras las trascendencias del Primer Cielo?

La Reina Esquizo, aún imperturbable, respondió: —Lo que pasa es que, si se determina que alcanzaste el Primer Cielo matando únicamente a personas, se te sentencia a muerte.

Normalmente, no debe existir un Primer Cielo en el País de los Exiliados.

Silver interrumpió: —Mi reina, de la otra que alcanzó el Primer Cielo perdimos su rastro.

En cuanto a Irina, no es del País de los Exiliados.

Su nivel de trascendencia está muy por encima del Primer Cielo, y es conocida como la Condesa del antiguo Semirreino de la Paz.

La Reina Esquizo levantó una ceja.

—Ah, ya recuerdo.

Eres esa chica genio.

Puedo ver que tus dagas tienen voluntad propia.

Irina sacó sus dagas.

En efecto, tenían forma de serafín, y cada una parecía observarte con el ojo que se movía.

Silver, muy tranquilo, dijo: —Unas dagas espléndidas.

Parece que son reliquias antiguas.

—Así es —dijo Irina, y las guardó de nuevo.

Silver, aún con la mirada vacía, le dijo a la reina: —Su majestad, en la sala de espera tenemos a cuatro invitados más.

Entre ellos, son conocidos como Celica, Bonny, Kevin y Rías.

Pero de los cuatro, Rías, una pequeña, insiste en querer hablar con usted.

La poderosa Reina Esquizo asintió.

Silver entendió al instante y, sin vacilar, fue a buscarla.

Pero antes de que saliera, la reina le ordenó: —Tráelos a todos juntos.

Silver solo asintió.

Una vez todos presentes ante la Reina Esquizo, Celica habló primero: —Un placer conocerla —dijo, e hizo una reverencia.

Los demás la imitaron al verla, aunque no comprendían del todo a quién tenían al frente.

Al terminar, Rías fue la primera en hablar: —Toda poderosa Reina Esquizo, tengo un mensaje para usted.

—¿Ah, sí?

¿Cuál es?

—preguntó la reina, muy intrigada.

—Yo soy del Semirreino Mágico, y soy la Santa.

—¿Qué?

—exclamó la Reina Esquizo, sorprendida, al igual que sus compañeros de viaje.

—Ya me parecía raro que tuviera tal oído —dijo Celica, e Irina asintió.

—¿Y qué hace la Santa del Semirreino Mágico en el País de los Exiliados, y luego aquí, en el Reino Esquizo?

¿Sabes que, sin invitación, puedes causar una guerra?

—preguntó la reina.

Rías rio inocentemente.

—Es que tengo una misión dada por el tarot: una profecía.

—¿Adivinación?

—preguntó la Reina Esquizo—.

¿Sabes que tenemos una cárcel para los que venden fraudes adivinando el futuro, ¿no?

Rías, intimidada por la presencia y las palabras de la poderosa reina, casi lloró, pero no dejó que las lágrimas salieran.

—No, majestad, jamás me atrevería a darle algo fraudulento.

Lo que dicen mis cartas del tarot es la verdad.

Aunque también predicen el futuro, realmente el futuro es cambiante, así que no hago esa clase de predicciones.

Pero sí tengo una pequeña profecía: el Mesías aparecerá y cargará con los pecados de la humanidad por última vez… y eternamente.

La Reina Esquizo no dijo nada ni cambió su expresión, pero Silver sí.

—Oye, chica, ¿por qué dices que el Mesías sufrirá por la eternidad?

La reina, de pronto, tomó aire y lo exhaló lentamente.

—En verdad estás metida en un terreno delicado, niña.

Aunque seas una santa, no saldrás impune si estás mintiendo.

Rías, erguida y con ojos serios, sin vacilar, dijo: —Majestad, digo la verdad.

Además, aparecerá en 10 días, en un lugar del Reino Esquizo.

No es que no quiera decir dónde y cuándo, es que las cartas no aseguran el futuro.

Solo puedo encontrar cosas que ya están pasando.

O sea, si en 10 días es el juicio, puedo detectar dónde, porque tengo la carta del Emperador en manos del Mesías.

Ya se la entregué.

Kevin y Yeli se quedaron muy sorprendidos.

—¿Me dices que aquel chico era el Mesías?

—preguntó Yeli con expresión incrédula.

Kevin se llevó la mano a la cara.

—No hicimos más que sacarlo de un aprieto.

Pudimos haberlo ayudado más.

La Reina Esquizo se levantó de su escritorio y dijo: —En 10 días esperaré.

Hasta entonces, no haré más preguntas, y todos me acompañarán a ese lugar.

—Sí, señora —respondieron todos.

—Solo el grupo de ustedes seis.

Si algo ocurre, avisaré a mis soldados.

**10 días después** Rías se encontraba con todas sus cartas del tarot girando alrededor de ella.

Eran cartas creadas por Lucifer D Ka’na.

—¡Tomen la forma que corresponde y díganme dónde se encuentra la carta del Emperador, solo si está llevando el juicio del Mesías!

—invocó.

Los ojos de Rías brillaban de color amarillo, y de repente todo se tiñó de negro.

—¡Ahhhhh!

—Un grito salió de entre las cartas, que mostraban imágenes del dolor y sufrimiento de un chico de contextura delgada, cabello corto y ojos marrones.

Estaban presentes Yeli, Kevin, Celica, Bonny, Irina y la Reina Esquizo.

Yeli y Kevin reconocieron al chico de las cartas: era aquel que había luchado contra el oso, aunque ahora tenía el cabello más corto.

—¡Ese es el chico al que Rías le entregó la carta!

—gritó Yeli.

Las cartas funcionaban como una pantalla, mostrando imágenes sucesivas de múltiples torturas.

Rías comenzó a llorar, pues podía sentir en parte las atrocidades que le estaban haciendo al Mesías.

La Reina Esquizo, por primera vez visiblemente alterada frente a otros —no había soldados presentes por orden suya, pues había anticipado algo así—, preguntó con urgencia: —¿Dónde demonios está?

Corrió hacia Rías, que entre lágrimas entró en un estado de gritos y euforia, como si hubiera perdido la cordura.

—¡Ahhhhh!

La reina le transmitió energía para calmarla, y cuando Rías se serenó, volvió a preguntar.

—Está en la cárcel de Dante, en el círculo de la traición —respondió Rías, con voz temblorosa.

La Reina Esquizo se cubrió de relámpagos blancos por todo el cuerpo.

Chasqueó los dedos, cargándolos de energía, e invocó: —**Arte Sagrado: Unión.** Los seis presentes se unieron en una sola esfera de energía y salieron disparados a la velocidad de la luz.

En pocos segundos, llegaron al círculo de la traición.

Al ver a quien sufría tanto, la reina se desvinculó del arte y rompió la velocidad de la luz para interponerse lo antes posible.

Al liberar al chico, este comprendió que era quien cargaba todos esos traumas, y pudo sentir parte de la energía eufórica que emanaba de la Voz de la Razón.

Eran energías similares.

La Reina Esquizo había leído sobre el enorme sacrificio que el Mesías había realizado a través del tiempo.

Incontables veces había deseado encontrarse con él para aliviar su dolor, aunque fuera un poco, pero el universo no funcionaba así.

Apenas su ropa fue rasgada, quedó inmovilizada.

Ella, una guerrera de un cuarto paso hacia el Septimo Cielo de poder, había sido neutralizada.

¿Quién tendría ese poder?

Nada más y nada menos que la Carta del Emperador de Rías.

Ella lo detectó, y también comprendió que la cuarta carta del tarot —la del Emperador— era la verdadera causante del juicio del Mesías, y no el círculo de la traición de la cárcel.

Sin embargo, antes de que alguien pudiera hacerle daño a la Reina Esquizo —quien había tomado el lugar del Mesías—, este abrió un agujero negro y lanzó una energía que solo un Séptimo Cielo de poder podría generar.

¿Y cómo lo hizo?

Utilizó el poder de su alma, que se quebró al instante.

Lucsus cayó, y la sangre que brotaba de su boca era tanta que habría muerto desangrado varias veces de no ser por la Carta del Emperador, que no lo dejaba morir.

Pasará lo que pasare, su condena sería eterna.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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