El juego del Mesías - Capítulo 97
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97: Pecado y trauma 97: Pecado y trauma ***Círculo de la Traición*** Titania se encontraba furiosa ante las llamas que encerraban a Lucsus y Ka’na.
—¡Retrocedan!
Suruki, pon una barrera con todo tu poder, porque voy a liberar toda mi energía —ordenó Titania.
Suruki chasqueó los dedos y envolvió a todos en una pequeña barrera.
No era una barrera común, sino una que se alimentaba del poder: en otras palabras, absorbía energía.
**¡BOOM!** La energía de Titania estalló, y la barrera se agrietó casi al instante.
—¿Qué demonios…?
—exclamó Suruki.
Titania frunció el ceño.
—**Arte Sagrada: Cadenas del Duende, Relámpago Negro.** Las cadenas comenzaron a envolverse con relámpagos negros, y la barrera de Suruki empezó a resquebrajarse poco a poco.
Suruki liberó todo su poder para impedir que fuera destruida.
—¡Ahhhhh!
—gritó con esfuerzo.
Mientras tanto, las cadenas de Titania se movieron rápidamente.
Ella señaló con el dedo hacia Lucsus, y estas salieron disparadas, rompiendo el espacio-tiempo y superando diez veces la velocidad de la luz.
Niel tuvo que ayudar a mantener la barrera de Suruki; de lo contrario, todos habrían resultado heridos por los daños colaterales.
La presión destruyó por completo el círculo de la Traición, y los escombros caían, dañando incluso la barrera de Esquizo.
Las cadenas impactaron contra la Energía del Movimiento, pero esta vez no desaparecieron al instante.
Titania pudo sentir algo: conectó con el dolor que Lucsus estaba experimentando.
Vio su vida a través de sus reencarnaciones: en la mayoría de ellas, Titania nacía como una esclava.
Después de presenciar eso, se arrodilló, y la Energía del Movimiento desapareció junto con el arte sagrado de Titania.
Lucsus, que tenía los ojos cerrados, los abrió, al igual que Ka’na, y las llamas se desvanecieron.
—Cada uno tiene la historia más llena de traumas y ha cometido los pecados más graves.
Les mostraré lo que ocurre —dijo Lucsus.
Todos fueron transportados a una habitación blanca, que luego se transformó en un pequeño pueblo donde una niña de cabello morado era arrastrada por un caballo al galope.
Todos quedaron impactados, sobre todo porque la niña no gritaba.
El jinete detuvo el caballo y la miró.
—¿Ya aprendiste tu lección?
Si no quieres ser castigada, no se te ocurra volver a leer un libro.
Eres una esclava, y eso está prohibido.
El hombre era delgado y de cabello negro, con el rostro desfigurado como si hubiera sufrido un accidente.
La niña se levantó, cubierta de sangre, con una mirada desafiante y ojos amarillos que parecían ver a través del hombre que la había arrastrado.
Suruki, al presenciar la escena, corrió a atacar al jinete, pero lo atravesó: solo era una imagen del pasado.
—¿Acaso esa eres tú, Titania?
—preguntó Suruki al levantarse.
Todos se habían hecho la misma pregunta mentalmente.
Titania, con indiferencia, asintió con la cabeza.
—¿Qué significa esto?
—Comenzaré con Titania, quien ha sufrido más.
Ella fue esclava casi siempre, aunque fue la primera en ser Dios.
Una vez que el universo se destruyó por primera vez y las almas comenzaron a buscar un lugar, ella nació siendo, en la mayoría de las veces, una esclava.
Miren —dijo Lucsus mientras el jinete volvía a golpear al caballo para que corriera y arrastrara a la niña.
La niña no lloraba, y la sangre brotaba de su cabeza.
Apretaba los dientes con fuerza.
Suruki no podía seguir viendo, así que apartó la mirada.
—No apartes la mirada —dijo Lucsus, cuya comprensión de las cosas había cambiado drásticamente—.
Esto apenas comienza.
Cambiaron de lugar una vez más.
Allí, la niña estaba de espaldas, recibiendo latigazos.
Sus ropas estaban rotas, y la espalda mostraba las marcas de cada golpe.
—Eres una niña muy problemática.
¿Quién te dio permiso para comer pan?
A gente como tú no se le da trigo.
—Pero, señor, los que me dan de comer me lo sirvieron.
Dijeron que podía comer —respondió la niña con dolor en la mirada.
—¡Cállate!
No quiero excusas.
¿Si te dan de comer mierda, la comerías?
**¡Crack!** El sonido del látigo impactó en la espalda llena de marcas y descubierta de la niña.
Sus prendas habían sido arrancadas por cada latigazo.
Ella no emitía sonido alguno; solo apretaba los dientes.
Kevin, quien no había hablado hasta ahora, dijo: —La niña es muy fuerte.
Celica y Bonny asintieron con la cabeza.
Yeli tenía los ojos llenos de lágrimas y era consolada por Rías.
—Eso es muy cruel —decía Yeli.
Rías no lo negó.
—Ese es el peso que cargan los más grandes.
Patria, quien se había mantenido al margen junto a Carmesí y Beatriz por lo que le habían hecho a Lucsus —pues se sentían culpables—, le habló a Lucsus: —¿Para qué nos muestras todo esto?
Es muy doloroso ver con lo que carga Titania.
Lucsus no respondió de inmediato.
Se tomó su tiempo y luego dijo: —Si no ven esto, jamás entenderán todo lo que Titania aguantó por ustedes.
Gracias a que ella soporta todo su dolor, nadie más carga con eso.
Al igual que muchos de ustedes.
Niel supo al instante a qué se refería Lucsus, pues el Dios de la Creación conocía eso mejor que nadie.
Titania se agarró un brazo y dijo: —No es para tanto.
Siempre he sido más fuerte que el resto.
El dolor que siento es menor.
—Eso es porque estás acostumbrada a sufrir —respondió Lucsus—, pero no a sentir el dolor que solo un Dios puede cargar, que es justo lo que sientes en cada latigazo, en cada golpe o en cada tortura.
Lucsus chasqueó los dedos, y esta vez la niña de pelo morado estaba siendo clavada en una cruz.
No gritaba; solo apretaba fuertemente los dientes.
—¡Ella es la que dice ser Dios!
¡Si es así, mátenla!
—gritaba una multitud enorme mientras elevaban la cruz, dejándola sufrir.
—Siempre, en cada reencarnación, le llega la información de su vida pasada, donde ella es Dios.
Cuanto más reciente, más la vuelve loca.
Y en efecto, todos pueden sufrir eso, porque todos fueron alguna vez Dios… menos yo —explicó Lucsus.
Soy Dios !
Soy el mesías decía eufóricamente la niña.
—Y ahora, esto es lo que cada final trae.
La niña fue dejada allí hasta desangrarse.
Luego, un terremoto hizo que quedara atrapada bajo los escombros.
Se suponía que estaba muerta, pero abrió los ojos como si por fin hubiera alcanzado la iluminación: esos ojos amarillos que iban más allá de la comprensión.
No podía salir de la cruz, así que comenzó a forcejear.
De pronto, empezó a cambiar de forma, deformándose hasta convertirse en un joven cuyo rostro era conocido por todos los presentes: era Lucsus.
Todos voltearon hacia donde se suponía que estaba Lucsus, pero no lo vieron, ni a él ni a Ka’na.
—¿Qué está pasando?
—preguntaron.
Luego, Lucsus habló desde la cruz: —El trauma es tuyo, Titania, pero yo cargaré con él, y el pecado tras tanto daño que te generaron, yo también lo cargaré.
No los mataste a todos… fui yo.
Titania cayó de rodillas, respirando con dificultad.
Lucsus comenzó a romperse los miembros: piernas y brazos.
—¡Ahhhhh!
—gritó.
Luego, su cuerpo comenzó a reconstruirse como si fuera lo más normal.
De pronto, voló, apartando los escombros, y alcanzó a ver a todos los que habían sobrevivido al terremoto.
Extendió sus manos y dijo: —**Conexión de Sangre: Expulsión Sangrienta.** Al ver que de donde estaba la niña salió un ser volando, se dieron cuenta de que sí era un Dios y no era mentira.
Pero ya no había más oportunidades: la sangre de todos comenzó a salir por la boca y a acumularse en un círculo frente a él.
Todos morían desangrados, y los que corrían para escapar del alcance de Lucsus fueron alcanzados por cuchillas de sangre que penetraron sus órganos.
Suruki observaba todo mientras preguntaba a Titania: —¿Los mataste a todos?
Titania, aún respirando con dificultad, respondió: —Así es.
Ellos me hicieron miles de cosas.
Todo el pueblo me quería muerta.
Así que, por mi talento, fui la primera en llegar al Primer Cielo de Poder en la historia del universo… y los maté a todos con un arte sangriento que ya no poseo.
Irina, más sorprendida que el resto, dijo: —Ese arte se parece mucho al mío.
Después de la masacre, Lucsus volvió a su lugar junto con Ka’na.
—Yo soy el antes y el después.
No fueron sus pecados; fueron los míos.
Son sus traumas, pero ahora los comparto.
Titania se arrodilló ante Lucsus.
¿Un Décimo Cielo de Poder arrodillándose?
Era algo casi imposible, menos ante alguien que no poseía ni venas profundas.
—Por favor, Ser Supremo, entre en razón y déjeme cargar con algo de su dolor, porque yo sé que puedo y quiero.
Antes de que Lucsus pudiera responder, llegó una presencia poderosa y veloz.
**¡KBOOM!** Una mujer de gran distinción, con ojos rojos y cabello blanco, apareció.
Claramente, era una monarca por su postura y porte.
—¡Reina Esquizo!
—gritaron todos.
—¿Qué había pasado?
¿Por qué está aquí?
—se preguntaba Lucsus.
—Yo detecté el rayo gamma y lo aniquilé —dijo Titania a Lucsus.
Eso lo aclaraba todo: un Décimo Cielo de Poder es alguien cercano al Reino de los Cielos.
La Reina Esquizo caminaba con pasos lentos pero firmes hacia Lucsus.
Al llegar frente a él, se arrodilló.
Algo que Wan Wantia —quien no había dicho una sola palabra y se había mantenido al margen— no pudo pasar por alto, a pesar de haberlo visto todo.
—Reina Esquizo, usted no debe arrodillarse ante nadie —protestó Wan Wantia.
Esquizo no le hizo caso y tomó la mano de Lucsus.
—Tu dolor, aunque cargues con todo, debe saber que tú también sangras y tienes derecho a descansar.
Tienes derecho a quererte más.
Te hace falta amor propio, Mesías.
—Mi nombre es Lucsus, y creo que tienes razón.
¿Qué sería de mí si no pongo mi fe en mis soldados más fieles?
—dijo Lucsus, parado con gran firmeza—.
Les diré la verdad: ustedes son mis guerreros más fieles, por eso están aquí.
Todos son libres de decidir si confían en mí o no.
Irina rio débilmente.
—Es un honor que el Mesías nos diga algo así.
¿Quién se atrevería a decir que no sería un soldado de Dios?
Irina se arrodilló.
Al ver que la orgullosa guerrera lo hacía, Bonny y Celica se arrodillaron.
Suruki también lo hizo.
Carmesí, Patria, Beatriz… y, aunque no muy seguro, Wan Wantia, por último, se arrodilló.
Kevin, Rías y Niel hicieron lo mismo.
—Ustedes son mis soldados.
Crean en mí, y los cielos se abrirán para ustedes.
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