El legado de la espada drakon temporada 2 - Capítulo 22
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22: la tormenta de dioses superiores 22: la tormenta de dioses superiores Mientras Hanzo caminaba tranquilamente por el sendero, se encontró con un árbol repleto de manzanas.
Alzó una ceja, tomó una sin pensarlo demasiado y siguió su camino, mordiéndola con desgana.
Hanzo: No me sirve entrar a la casa de una chica… ligar y quizá llegar a hacer otras cosas, cuando necesito centrarme más en mí mismo y en las misiones que se me encomiendan en el reino.
Aunque diré algo… no es para tanto ser el primer Sol Creciente.
A ver si es cierto que las chicas comunes se vuelven como locas al verme… pero solo las chicas comunes.
A mí me interesa alguien conocida… Continuó hablando solo durante el trayecto, como si el silencio del bosque fuera su único compañero.
Al mismo tiempo, en su dominio, Zareth‑Kai meditaba con los ojos cerrados.
El vasto lugar era silencioso, inmenso, compuesto de fragmentos suspendidos que parecían respirar con ella.Pero, de pronto, sintió una presencia.
Abrió los ojos lentamente y miró al frente.
Aeter: ¿Cuánto tiempo piensas esperar para darle un objetivo a tu historia…?
Dejas que los dioses hagan lo que quieran en sus dominios… ¿Eres el único dios que todo lo permite?
¿Y qué me dices de Hanzo?
¿Qué opinas de que ahora sea un arquero?
La voz retumbaba por todo el lugar, resonando entre los fragmentos suspendidos del Dominio.
Entonces, sin previo aviso, apareció un ser sin cuerpo físico, apenas una forma conceptual que vibraba en el aire.
Zareth: Ah… por favor no me digas que, después de tantos años, apareces como si nada… ¿Eres acaso el más digno para hablar de dominios?
El tuyo fue destruido al completo.
Aeter: Tch… pero puedo volver a construirlo cuando quiera.
Aparte… desearía combatir un poco contigo, aunque tu poder haya bajado al 50%… eso sí es raro.
Zareth: Es porque uso un cuerpo físico… Yo nací sin cuerpo.
Mi poder no aguanta ningún recipiente.
Aeter: Aun así… siento una presión en el pecho con solo verte.
Zareth abrió los ojos.El Dominio entero retumbó, como si una verdad antigua hubiera despertado de golpe.
Zareth: Claro que sí… Ahora nadie sabe que estás en mi Dominio, pero te aconsejo que te marches.
Aeter: Veamos… no quiero.
Zareth: ¿Te enamoraste acaso de mi recipiente?
Aeter: ¿Enamorarme?
Qué sentimiento tan humano, ¿no crees?
Zareth: Último aviso.
Fuera de mi Dominio.
No quiero visitas.
Estoy tranquila aquí.
Aeter sonrió como si hubiese estado esperando justamente esa respuesta.
Aeter: Échame, pues… El silencio posterior fue tan denso que pareció doblar el espacio.
No era un silencio normal, sino uno que se formaba cuando dos conceptos absolutos se miraban de frente.
Zareth no se movió.
No necesitaba hacerlo.
El Dominio entero reaccionó por ella: los fragmentos suspendidos vibraron como un coro invisible; las líneas de energía que recorrían el lugar se tensaron como si contuvieran la respiración del propio mundo.
Zareth: Sabes perfectamente lo que significa que te lo repita una tercera vez.
No será una advertencia… será un hecho.
Aeter dio un paso—más bien una insinuación de paso, ya que su forma carecía de cuerpo—y su presencia distorsionó el aire como si fuera una cuchilla cortando algo intangible.
Aeter: Eso es lo que quiero ver.
Esa parte de ti que ocultas… la que los otros dioses temían.
Si realmente has perdido poder, quiero comprobar cuánta verdad hay en ello.
Zareth entrecerró los ojos.
Su recipiente físico emitió un leve resplandor, como si se fracturara desde dentro intentando contener la magnitud que guardaba.
Zareth: No sabes lo que estás pidiendo.
Aeter: Claro que lo sé.
Durante un instante, nada se movió.El Dominio entero contuvo el aliento.
Zareth levantó apenas la mano y la realidad alrededor de Aeter se plegó, como si intentara expulsarlo mediante una ley que solo ella recordaba.
Pero Aeter permaneció firme.
Su presencia no retrocedió ni un ápice.
Aeter: Si quieres que me vaya… tendrás que forzarme tú misma.
Zareth no respondió.
Su silencio era una fuerza en sí misma, una fuerza tan antigua que ni siquiera necesitaba pronunciar leyes para que existieran.Los fragmentos suspendidos empezaron a temblar, no por un estallido, sino por la presión absoluta de dos entidades cuya existencia era demasiado grande para compartir un mismo punto del ser.
Aeter inclinó ligeramente la cabeza, divertido.
Aeter: Vamos, Elyssia… no seas tímida ahora.
Llevas millones de años escondiendo esa naturaleza.
¿No quieres enseñármela?
Zareth: Estoy usando un cuerpo físico, Aeter.
No estás desafiando a la verdadera mí, sino a una voz que escogí para interactuar con lo que creé.Si insistes en empujar… te arrepentirás.
Aeter: Suena perfecto.
El Dominio se oscureció por un instante.
No fue una sombra, sino la ausencia total de la idea de luz.El concepto mismo de iluminación dejó de existir alrededor de Aeter… pero aun así él seguía visible, como si su mera identidad no dependiera de ninguna cualidad del entorno.
Zareth chasqueó los dedos.
Una onda silenciosa recorrió el espacio.Al no tener forma ni energía, no podía verse… pero su efecto sí: el suelo, si es que podía llamarse así, se extendió en todas direcciones y se duplicó, triplicó, multiplicándose hasta formar capas infinitas.
Era la expulsión absoluta.Una ley que decía: “Aeter no pertenece aquí.”Un mandato ontológico.
La onda atravesó a Aeter.
Y no ocurrió nada.
Aeter sonrió.
Aeter: Interesante.
Eso habría roto cualquier existencia que no fuera la mía.
Zareth: No te confundas.
No estás resistiendo mi voluntad.Estás resistiendo mi paciencia.
El recipiente de Zareth se agrietó.Las fisuras no eran físicas: eran grietas en la apariencia que utilizaba para contenerse.Debajo de la piel iluminada, algo inmensamente más real intentaba revelarse.
Aeter extendió una mano.Ni siquiera un gesto agresivo: solo la mano abierta hacia ella.
Aeter: Muéstralo, Zareth.Lo que eres.No esta máscara.
El Dominio entero reaccionó como si estuviera a punto de colapsar en sí mismo.Los fragmentos suspendidos se partieron en miles de pedazos, pero no cayeron: quedaron flotando como un mosaico imposible, intentando reconfigurar lo que eran.
Zareth inhaló.
Una sola inhalación.
Y con eso, el Dominio se reconstruyó, las grietas desaparecieron y las leyes fundamentales del lugar se reforzaron.
Zareth: Si muestro lo que soy… tu existencia será la primera en desaparecer.
Y después, todo lo que te rodea.
Aeter: He estado muerto más veces de las que tú te has aburrido en tu eterno trono.
No me intimida.
Zareth dio un paso hacia él.El primer paso real que daba desde que comenzó la discusión.Su pie tocó el vacío y el vacío se convirtió en un suelo que no existía hasta que ella lo pisó.
Una verdad se manifestaba: No era ella la que se adaptaba al Dominio.Era el Dominio el que se adaptaba a ella.
Aeter: Así que vas en serio…(una chispa de emoción recorrió su forma conceptual)Perfecto.
Zareth: No.Yo nunca “voy en serio”.La seriedad es para los que necesitan esforzarse.
Aeter estalló de risa—una risa que rompió tres leyes fundamentales del espacio sin quererlo.
Aeter: ¿Entonces… qué es esto?
Zareth levantó la mano con suavidad, como si fuera a tocar un cristal invisible.
Zareth: Aeter…Esto es una advertencia.
El Dominio se partió en dos.Literalmente.Una línea de luz infinita separó la existencia en dos hemisferios: uno donde el tiempo avanzaba y otro donde retrocedía.Las leyes se volvieron incompatibles entre sí.
Aeter, sin embargo, seguía ahí, intacto.
Aeter: Me encanta.Pero no me voy.
Zareth cerró los ojos.
Zareth: Entonces… te saco.
Aeter: Inténtalo.
La realidad se tensó.No un universo, no un multiverso.La realidad como concepto.Lo que significa “existir”.
Y cuando se rompió… comenzó la pelea.
El primer ataque no fue un movimiento físico.Ni siquiera fue un gesto.
Aeter simplemente decidió golpearla.
Un puño que no era un puño atravesó todos los planos del Dominio a la vez, rompiendo tiempo, espacio, causalidad y los conceptos que sostenían la forma del “aquí”.
La onda del impacto no se propagó: simplemente apareció en millones de puntos simultáneos, como si la noción de distancia hubiese sido eliminada para siempre.
El golpe alcanzó de lleno a Zareth.
Pero no la movió.
Lo que sí se quebró fue el concepto de impacto.Fracturas infinitas atravesaron la idea misma de “golpear”, como si su existencia fuese arrancada del tejido del ser.
Zareth levantó la mirada.
Zareth: Estás golpeando algo que no puede recibir golpes, Aeter.
Aeter: Eso nunca me ha detenido.
El cuerpo conceptual de Aeter se densificó, hasta que de sus contornos vagos surgieron detalles.Sus pies tocaron el vacío y lo transformaron en un suelo azulado.Su torso tomó forma.Su rostro se definió.
Y con un destello blanco cortante, su cabello plateado cayó sobre sus hombros.Su vestimenta japonesa se materializó—un kimono azul oscuro con patrones que recordaban a universos implosionándose sin sonido.
Aeter ya tenía un cuerpo.
Aeter: ¿Ves?
Ahora sí puedo darte una pelea digna.
Zareth: Entonces… deja de hablar.
Aeter desapareció.
No se movió: dejó de ser un punto en el lugar y pasó a ser un punto en todas partes, apareciendo justo detrás de Zareth sin generar ninguna transición.Desde esa posición, lanzó un golpe que no viajaba: existía ya conectado al centro del cuerpo de Zareth, en el mismo instante en el que era concebido.
El golpe fue tan absoluto que borró, por un microinstante, todo lo que Zareth había dicho en los últimos minutos.
El aire dejó de recordar.
Pero Zareth simplemente giró la cabeza.Le dedicó una mirada… y la intención del golpe se deshizo, como si nunca hubiese sido parte de ninguna posibilidad.
Zareth: Esa técnica tuya… sigue siendo sucia.
Aeter gruñó y dio un paso atrás, creando cientos de versiones de sí mismo a partir del mismo cuerpo físico recién formado.No clones.No ilusiones.
Diferentes posibilidades coexistiendo como entidades reales.
Todos atacaron a la vez.
Millones.
Zareth levantó un solo dedo.
Y todo se detuvo.
No en el tiempo.
No en la realidad.
Se detuvieron en lo que son.Sus identidades quedaron congeladas, como si ella hubiese puesto en pausa el concepto que les permitía existir como Aeter.
Zareth movió su dedo hacia abajo.
Los millones de Aeters colapsaron en uno solo, que cayó sobre una rodilla.Su cuerpo temblaba, como si la simple presión de su presencia fuese más de lo que su forma física podía soportar.
Aeter: …tú… sigues… siendo… así… Zareth acercó su mano al rostro de él.
Zareth: Puedes construir mil dominios nuevos.
Puedes renacer mil veces.
Puedes desafiarme cada era si lo deseas.Pero aquí…en mi presencia…no eres más que un recuerdo que insiste en repetirse.
Aeter apretó los dientes.Su cuerpo físico comenzó a romperse, fragmentándose en líneas de luz azulada.
Aeter: No…No voy a inclinarme.
Se levantó de golpe, y al hacerlo, su forma física ardió en un azul blanquecino que atravesó todas las capas del Dominio.Su puño se encendió como un sol sin ley.
Aeter: ¡¡ZARETH!!
El golpe iba directo al rostro de ella.
Y esta vez, Zareth no lo detuvo con un dedo.
Lo recibió.
Y sonrió.
Zareth: Bien.Por fin estás luchando en serio.
La explosión conceptual del impacto abrió un agujero en la existencia del Dominio, un vacío tan puro que no podía ser llamado “nada”.Todo alrededor se fracturó en patrones geométricos imposibles mientras ambos eran absorbidos por la implosión.
Pero Zareth agarró la muñeca de Aeter.La sujetó como si fuese lo más natural del mundo.
Y lo estrelló contra la propia idea de suelo, rompiendo la noción de estabilidad en todo el plano.
Aeter escupió algo que no era sangre, sino memoria comprimida.
Aeter: …no… he terminado… Zareth: Perfecto.
Y entonces Zareth atacó por primera vez.
Zareth apretó el puño.
Su recipiente físico brilló con una luz que parecía contener todas las eras y realidades posibles.El Dominio de lo Infinito tembló ante la intención pura de su golpe, y aun así, su inmutable esencia permanecía intacta.
Zareth: Esto… termina ahora, Aeter.
El golpe no viajó, ni se proyectó.
Existió.En el mismo instante en que su puño fue concebido, todos los conceptos de espacio, tiempo y causalidad dentro de su Dominio se comprimieron hacia él, creando millones de grietas que atravesaban cada fragmento suspendido del lugar.El suelo conceptual del Dominio de Zareth se fracturó, emitiendo destellos de realidades que nunca habían existido y que nunca existirían.
Fragmentos de mundos enteros surgieron y desaparecieron en un parpadeo, como si el simple acto de golpear hubiera violado la ley de la coherencia.
Aeter: ¡Hmph!
Pensaste que me impresionaría eso… Aeter se materializó de golpe en el centro del cataclismo, su kimono azul ondeando entre las grietas, su cabello plateado reflejando millones de fragmentos de universos rotos.Aún con su forma física, su golpe conceptual era una ola que desafiaba cualquier noción de existencia.
Aeter: Voy a demostrarte lo que significa desafiar a un dios inmutable.
Con un gesto, manipulo la ley de causalidad: cada posible consecuencia de su golpe se volvió simultáneamente real.Millones de versiones de su puño existían a la vez, todas dirigidas a Zareth desde infinitas perspectivas conceptuales, todas alcanzándolo al mismo tiempo.
Zareth: Interesante…Su voz no tembló, su mirada no vaciló.
La inmutabilidad lo hacía inmune a cualquier ataque, incluso los que rompían la esencia de la realidad misma.
Sin moverse un centímetro, Zareth extendió una mano, y los conceptos que sostenían el ataque de Aeter se doblaron y reacomodaron como si fueran marionetas.Las leyes mismas del Dominio de Zareth, inmutables y absolutas, comenzaron a reescribir los efectos del ataque, devolviendo parte de la presión a Aeter y deformando el resto en fragmentos de pura paradoja que estallaron en un silencio brutal.
Zareth: Cada golpe tuyo es… predecible cuando sabes cómo existen.
Aeter gruñó y concentró todo su ser.
Esta vez no solo atacó con fuerza conceptual, sino con leyes fundamentales del cosmos: orden, caos, existencia y no-existencia se convirtieron en armas que se arrojaban entre ambos como proyectiles.
Cada choque provocaba vibraciones que atravesaban capas de realidad, y aun así, Zareth permanecía inalterable, reconstruyendo su Dominio con la facilidad con la que un dios juega con un rompecabezas.
Un solo golpe de Zareth, ahora, salió proyectado hacia Aeter.No era solo fuerza; era la imposición de su voluntad sobre el propio tejido de la existencia.Al conectarlo, el Dominio de Alcanor, lejano pero conectado por el flujo de la magia universal, tembló levemente.Los fragmentos de su propio Dominio se destrozaron en millones de grietas, realidades enteras sangrando entre las rupturas.Aeter fue arrojado hacia atrás, pero se sostuvo: su cuerpo físico reflejaba cada fractura, y su mirada plateada brillaba con la determinación de un ser que no conoce límites.
Aeter: Inmutable… imposible de destruir… Zareth: Así es.Su voz retumbó en cada grieta, resonando como un eco de eternidades.
Ambos se miraron.No era pelea de cuerpos.
No era pelea de poderes.
Era choque de conceptos absolutos, de leyes físicas y metafísicas, de nociones que sostienen universos.Cada golpe reescribía lo que era posible, cada defensa dictaba lo que podía existir.Las grietas en el Dominio de Zareth crecían, no porque él fuera débil, sino porque su poder era tan absoluto que cualquier acción de Aeter generaba la manifestación tangible de lo imposible: el Dominio explotaba y se reconstruía a la vez, cada fragmento mostrando un futuro que nunca sucedería.
Aeter levantó ambos brazos y golpeó el aire.Toda existencia sintió un tirón hacia el caos.Su energía física y conceptual se fusionaba en un solo ataque que no podía fallar.Pero Zareth, con un movimiento apenas perceptible, tocó un fragmento suspendido frente a él y lo convirtió en espejo de Aeter: cada concepto, cada ataque, cada golpe rebotó contra sí mismo, creando un bucle ontológico que envolvió a Aeter y el Dominio entero en un ciclo que no podía terminar… salvo por la voluntad de Zareth.
Zareth: ¿Es esto todo lo que tienes, Aeter?El Dominio se resquebrajó, y aun así, su poder permaneció intacto, imperturbable, absoluto, eterno.
Aeter respiró con dificultad: por primera vez, la magnitud del inmutable le golpeaba no solo el cuerpo, sino la existencia misma.
Zareth: No es tu fuerza… es que enfrentas lo que no puede ser destruido.
El silencio posterior fue absoluto.El Dominio vibraba, sangrando fragmentos de realidades imposibles.Pero ambos seguían de pie, ambos conscientes de que el verdadero choque recién comenzaba.
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