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El legado de los cielos - Capítulo 10

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10: EL TRAZO DEL ACERO 10: EL TRAZO DEL ACERO CAPÍTULO 10 – EL TRAZO DEL ACERO
La base militar más poderosa del estado no apareció en los mapas turísticos ni figuraba claramente en los archivos públicos.

Oficialmente, se trata de un “Centro de Operaciones Regionales para Respuesta en Seguridad y Protección Federal”, un nombre largo, burocrático, con olor a trámite.

Sin embargo, en los círculos internos de seguridad, entre generales y altos mandos, se conoció con un título breve y contundente: El Bastión del Pacífico.

Ubicado entre Manzanillo y Tecomán, en un punto donde las montañas se cerraban formando un corredor natural, El Bastión era una fortaleza moderna: muros de concreto reforzados, sensores térmicos, hangares ocultos bajo cobertizos de camuflaje, una pista de aterrizaje capaz de recibir desde helicópteros Black Hawk hasta aviones de carga medianos.

Allí operaban unidades especiales, inteligencia militar y un pequeño pero letal cuerpo de reacción inmediata.

Y al mando de todo eso estaba Eugenio Pérez, coronel con tres décadas de servicio, condecorado, respetado… y temido.

Su reputación no se sustentaba solo en las operaciones exitosas, sino en su visión.

Sabía leer el país como un mapa vivo: tensiones crecientes, corrupción incrustada en las instituciones, grupos criminales que mutaban como víboras y un panorama político donde los favores valían más que cualquier lealtad.

Eugenio había aprendido una verdad innegable:
En México, el poder no se heredaba por apellido.

Se mantendría por control.

Esa mañana, el coronel caminaba por el corredor principal de la base con pasos firmes.

Los soldados se cuadraban al verlo, y él respondía apenas con un asentimiento.

Sus botas resonaban contra el piso pulido del edificio de mando, y aunque su rostro permanecía imperturbable, por dentro hervía una mezcla de preocupación y cálculo clínico.

No por él.

No por la nación.

Sino por su hija, su nieto y su año: la familia Moreno-Pérez.

Por primera vez en años, vio una grieta en el ascenso perfecto de Fabián Moreno, diputado federal y muy probable candidato a gobernador.

La grieta tenía nombre, apellido y una celda en Manzanillo: Rodrigo Moreno Pérez.

Un hijo que, para la familia, jamás había sido más que una vergüenza.

Un error en el linaje.

Un muchacho silencioso que nunca encajó en la élite familiar.

Un blanco fácil para que Raúl, el hijo favorito, lo usara como escudo.

La situación había explotado, y aunque Eugenio no tenía afecto por el muchacho, reconocía algo fundamental:
Nada debe entorpecer el ascenso de Fabián.

Al llegar a la sala de mando, dos tenientes ya lo esperaban frente a la pantalla principal, donde se proyectaban mapas, rutas portuarias y comunicaciones interceptadas.

—Señor —saludó uno de ellos—.

Los informes de inteligencia están listos.

Eugenio.

—Empecemos.

Las pantallas mostraban lo que él ya sabía: el escándalo del hijo del diputado había explotado a nivel nacional.

Noticiarios, comentaristas, influencers, portales digitales, todos hablaban del mismo tema.

Rodrigo Moreno.

Abuso.

Manzanilla.

Hijo del posible próximo candidato a gobernador.

Pero lo que más le importaba no era la opinión pública.

Era la oportunidad.

Mientras la imagen en la pantalla cambiaba, apareció un organigrama complejo: una organización criminal regional que llevaba meses expandiéndose en la costa del Pacífico.

Narcotráfico, extorsión, control de rutas marítimas, infiltración en ayuntamientos, e incluso contactos sospechosos con algunos rivales políticos de Fabián.

El teniente explicó:
—Señor, hemos detectado tres células operativas activas.

Una en Tecomán, otra en Armería y la principal en las afueras de Manzanillo.

Esta última es la más peligrosa.

Y… —tragó saliva— también hay evidencia de que algunos actores políticos locales han tenido reuniones discretas con ellos.

Eugenio cruzó los brazos.

—Los nombres.

—Preferiríamos confirmar antes de…
—Los nombres —repitió él con firmeza.

El oficial tragó saliva, respiró hondo y leyó.

Tres números.

Tres enemigos directos del ascenso de Fabián.

Tres figuras que, casualmente, habían impulsado la presión mediática contra el diputado desde que estalló el escándalo de Rodrigo.

Eugenio escuchó sin pestañear.

La información no lo encontré.

Sabía que la política era una guerra silenciosa y que, cuando un rival no podía destruirte con votos, buscaba hundirte con escándalos.

El oficial concluyó:
—Señor, el vínculo entre los criminales y los opositores a Fabián es preliminar, pero—
—Pero suficiente para actuar —interrumpió el coronel.

Los dos tenientes lo miraron con cierta tensión.

— ¿Ordenará un operativo?

—preguntó el segundo oficial.

Eugenio se giró lentamente hacia ellos.

Tenía los ojos duros, como piedras bajo sombra.

—Ordenaré algo más grande —respondió con una calma inquietante—.

Algo que haga temblar la mesa completa.

Los soldados esperaron, expectantes.

— ¿Deseamos que avisemos al alto mando?

—No —respondió él sin dudar—.

Esto será completamente interno.

Quiero una lista detallada de movimientos, contactos, ubicaciones, rutas de escape, hábitos y vulnerabilidades de cada uno de esos grupos.

Cada jefe.

Cada aliado.

Cada traidor.

Su voz adquirió un filo cortante.

—Y preparan al Escuadrón Centinela.

A partir de hoy quedan en alerta máxima.

Los tenientes se miraron.

El Escuadrón Centinela era la unidad más letal de la base, expertos en infiltración, eliminación silenciosa, extracción ultrarrápida y combate urbano.

Usarlos significaba guerra.

Guerra real.

—Señor… ¿el objetivo será una operación frontal?

Eugenio negoció con la cabeza.

-No.

Será una operación quirúrgica.

Precisa.

Inevitable.

Caminó hacia la ventana que daba al patio del Bastión, donde decenas de soldados entrenaban bajo el sol.

Levantó la mirada hacia el cielo despejado del Pacífico.

—Vamos a neutralizar a la organización criminal —dijo con tono casi académico—.

Pero no solo eso.

Volteó hacia los asistentes.

—Vamos a… depurar el panorama político.

Ambos oficiales tragaron saliva otra vez.

—Señor, ¿está sugiriendo…?

—Estoy sugiriendo —lo interrumpió con voz baja pero implacable— que eliminaremos un problema nacional, un problema estatal y un problema familiar en un solo movimiento.

Se acercó a la mesa de mando y presionó un botón que desplegó una proyección de Fabián Moreno en la plena sesión del Congreso.

Elegante, carismático, convincente.

Un político que, de no ser por su propio hijo, estaría en ascenso meteórico.

—Fabián saldrá de esta más fuerte —dijo Eugenio, sin rastro de duda—.

No permitiré que unos criminales de tercera, unos rivales envidiosos y un hijo inútil arruinen su futuro.

Su tono al mencionar a Rodrigo fue frío, seco, casi indiferente.

Como quien menciona basura en el camino.

Después de todo, para Eugenio y para el resto de la familia, el muchacho siempre había sido un fracaso, un lastre, alguien que no merecía llevar el apellido.

No le tenían aprecio, ni curiosidad, ni remordimiento.

Menos aún ahora que su encarcelamiento había desatado el caos mediático.

Eugenio:
—El país entero está observando.

Los medios están listos.

Los altos son moldeables…

cuando se les presenta al héroe adecuado.

Uno de los tenientes levantó la mano lentamente.

—Señor… con todo respeto, si este operativo resulta demasiado obvio, podría cuestionar la intervención militar en asuntos políticos.

Eugenio sonriente, una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero que heló el aire.

—Todo será invisible.

Y cuando el polvo se asiente, todos verán solo una cosa:
Un diputado valiente que sobrevivió a un ataque criminal y salvó al estado.

Dejó que la frase flotara en el ambiente.

—Quiero que los rivales políticos estén en el lugar correcto, en el momento incorrecto —añadió, con una calma aterradora—.

Que las operaciones criminales revienten justo cuando ellos se encuentren allí.

Que todo parece… casual.

Los empalizados.

Eugenio hablaba de un golpe híbrido: una operación militar real disfrazada de coincidencia trágica que, al final, pulverizaría a los enemigos de Fabián.

—Señor… —dijo uno, intentando mantener la compostura— esto podría cambiar el rumbo político del estado por completo.

—Ese es el objetivo —respondió Eugenio.

Camino hacia la puerta del salón de mando, pero antes de salir añadió:
—Preparen un informe preliminar para esta noche.

A partir de mañana iniciaremos la fase uno.

Los oficiales se cuadraron.

—A sus órdenes, coronel.

Eugenio salió del salón y continuó por el pasillo.

Cada paso resonaba como un martillazo contra el piso.

No se detuvo a observar los salones de entrenamiento, ni los vehículos blindados, ni las unidades tácticas.

Todo eso era suyo, sí, pero ahora era simplemente material para ejecutar un plan que reconfiguraría el mapa de poder.

Mientras avanzaba, tomó su teléfono.

Había recibido mensajes.

Muchos.

Noticias.

Columnas políticas.

Ataques contra la familia Moreno.

Demandas de renuncia.

Videos de comentaristas acusando a Fabián de encubrir a su “monstruoso hijo”.

Eugenio los miró sin emoción.

Lo único que le molestaba era la incompetencia del equipo de comunicación de su año.

Eran lentos.

Era débil.

Eran mediocres.

Y la mediocridad no tenía lugar en su familia.

Llegó a su oficina privada dentro de la base.

Una habitación sobria, con un escritorio de madera oscura, un estante lleno de libros de estrategia y guerra, condecoraciones colgadas en la pared y una bandera nacional detrás del sillón.

No era un lugar ostentoso, pero sí un lugar de autoridad.

Ahí lo esperaba un hombre de traje oscuro.

Sin era militar.

No era política.

Era un intermediario.

Uno de esos operadores de inteligencia que trabajaban en las sombras del sistema.

—Coronel —dijo el hombre, poniéndose de pie—.

Recibí su mensaje.

Tengo la información que pedí.

Eugenio cerró la puerta con llave.

—Habla.

El hombre sacó una carpeta negra y la colocó sobre el escritorio.

Dentro había fotos, registros de llamadas, ubicaciones, horarios, nombres.

Todo lo necesario para tejer una red que conectara a los rivales políticos de Fabián con los grupos criminales.

—Como verá —dijo el agente—.

Los vínculos son… manejables.

—¿Manejables?

—repitió Eugenio con ironía.

-Si.

No hay pruebas directas, pero hay suficientes coincidencias para insinuar una relación.

—Perfecto —respondió Eugenio, tomando asiento—.

En política, las insinuaciones matan más rápido que las balas.

El hombre sonrió, sin humor.

—Con todo respeto, coronel, ¿esto quiere decir que…?

—Que iniciaremos el movimiento —interrumpió Eugenio—.

Quiero que los medios adecuados reciban “filtraciones” en los próximos días.

Nada concreto, solo rumores bien sembrados.

Algo que haga ruido, pero sin salpicarnos.

El agente.

—Y también quiero —añadió Eugenio— que prepara el terreno para una narrativa alternativa.

Algo como… “El diputado Moreno pudo haber sido víctima de un intento de intimidación por parte de grupos criminales”.

El agente tomó nota.

—Y lo más importante —dijo Eugenio, con voz suave—.

Asegúrate de que mis enemigos estén donde deben estar cuando comience la fase final.

El agente guardó los documentos.

—Coronel… lo que propone es peligroso.

Pero brillante.

—La brillantez sin acción es inútil —respondió él—.

Ahora vete.

Tengo trabajo.

El hombre salió y Eugenio se quedó solo en su oficina, mirando por la ventana hacia el Bastión del Pacífico.

Allá afuera, los soldados se entrenaban bajo un sol inclemente; helicópteros rugían mientras despegaban; vehículos ciegos entraban y salían como hormigas en una colmena.

Todo ese poder.

Toda esa estructura.

Toda esa fuerza disciplinada.

Todo estaba a su disposición.

Eugenio cerró los ojos un instante.

Cuando los abrieron, ya no quedaba duda alguna:
Su plan sería el golpe más audaz que jamás había ejecutado.

Y si funcionaba —y no había razón para pensar que no funcionaría—, su yerno sería imparable.

El escándalo de Rodrigo se diluiría.

Los rivales desaparecen.

La organización criminal sería pulverizada.

Y Fabián Moreno se convertiría en el político ejemplar, el hombre que “sobrevivió a un ataque del crimen organizado”, el héroe del Pacífico.

Tres.

Un solo disparo.

El disparo perfecto.

Eugenio se recargó en su sillón y dejó que la sombra de una sonrisa fría cruzara su rostro.

El país creía que estaba viendo un escándalo.

Los rivales creían que estaban ganando.

Los medios creían que dominaban la conversación.

Pero nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que estaba por desatarse.

Y así, sin que el mundo lo supiera, comenzó la guerra silenciosa que cambiaría todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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