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El legado de los cielos - Capítulo 108

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  4. Capítulo 108 - 108 BARRANCA DE METZTITLÁN
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108: BARRANCA DE METZTITLÁN.

108: BARRANCA DE METZTITLÁN.

Capítulo 108.

Barranca de Metztitlán.

Barranca de Metztitlán….

La Barranca de Metztitlán se extendía como una herida abierta en la tierra.

Cañones profundos, paredes de roca caliza erosionadas por siglos de viento y agua, grietas interminables que parecían tragarse la luz.

Desde lo alto, el terreno descendía abruptamente en terrazas naturales cubiertas de matorrales secos, cactus retorcidos y árboles dispersos que sobrevivían a duras penas en aquel ambiente áspero.

El silencio era pesado, casi antinatural.

Solo el eco lejano del viento chocando contra las paredes rocosas rompía la quietud, produciendo un murmullo grave que viajaba por la barranca como un lamento antiguo.

El sol comenzaba a salir lentamente por el horizonte.

Sus primeros rayos bañaban la barranca con una luz dorada, revelando tonos ocres, rojizos y grises en las rocas.

La neblina matutina aún se aferraba a las zonas más profundas, formando bancos de niebla que se desplazaban lentamente como si tuvieran vida propia.

El aire era frío, pero limpio.

Un contraste brutal con la violencia que estaba a punto de desatarse.

Por uno de los senderos naturales caminaban un anciano y una anciana vestidos completamente de negro.

Sus pasos eran lentos, pero firmes, como si conocieran cada piedra del camino.

No parecían afectados por la altura, el cansancio ni la edad.

La anciana llevaba en su mano una caja de madera exquisitamente tallada, oscura, antigua, cubierta de símbolos casi imperceptibles.

No era grande, pero emanaba una sensación inquietante.

Más adelante, dos jóvenes con ropa táctica vigilaban el área.

En sus espaldas colgaban armas largas, perfectamente ajustadas, listos para cualquier contingencia.

Uno de ellos dio un paso al frente y alzó la voz.

—Señores, este lugar está cerrado.

Estamos en una investigación federal.

Tienen que regresar.

Además, ya son mayores… no es lugar para que estén aquí.

El anciano los observó en silencio.

Luego, lentamente, soltó una media sonrisa, una sonrisa incompleta, curva, como una luna creciente torcida.

Sus ojos se desviaron hacia la anciana.

Ella lo entendió de inmediato.

La anciana abrió la caja.

—Buuuzzz…
Un sonido agudo, vibrante.

De la caja salió disparado un gusano gu, una criatura oscura, delgada, casi translúcida, que atravesó el aire como una flecha y se incrustó directamente en el cerebro del primer joven.

El segundo intentó reaccionar, llevar la mano al arma, abrir la boca para pedir ayuda.

Pero fue demasiado tarde.

El anciano movió las manos con fluidez, formando sellos complejos.

Una energía oscura brotó de su cuerpo como humo vivo y atrapó al segundo joven, inmovilizándolo por completo.

Un brillo rojizo comenzó a emerger del cuerpo del joven, una esencia espesa, pulsante.

La energía vital fue arrancada de su interior y absorbida por la oscuridad, fluyendo directamente hacia el anciano.

El proceso duró apenas cuatro segundos.

Cuando terminó, no quedó nada.

No hubo sangre.

No hubo carne.

Solo huesos secos y piel marchita, como si el cadáver llevara años muerto en ese lugar.

El anciano se relamió los labios, como si hubiera probado un manjar exquisito, y miró a la anciana.

Ella sonrió.

El primer joven, ahora con el gusano gu controlándolo, permanecía de pie, rígido, sin voluntad propia.

Sus ojos estaban vacíos.

—Muestra el camino —ordenó la anciana.

El joven giró y comenzó a caminar como un robot, adentrándose hacia lo profundo de la barranca.

Unos minutos después, el sendero se abría a una zona más amplia.

Ahí se encontraban cinco jóvenes, todos miembros de la DEANC, cultivadores en el reino del refinamiento de qi, niveles 3 y 4.

Llevaban armas largas en la espalda, pero sus verdaderas defensas eran sus sentidos y su cultivo.

Observaban atentamente una dirección específica cuando escucharon pasos.

Uno de ellos frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

¿No te dije que cuidaras el paso?

El jefe no quiere más pérdidas.

Nadie debe entrar.

El joven controlado no respondió.

Eso fue suficiente para encender las alarmas.

Los cinco notaron que algo estaba mal y comenzaron a reaccionar.

Demasiado tarde.

El anciano y la anciana aparecieron frente a ellos como sombras materializadas.

Sus manos se movieron una vez más, sellos tras sellos.

Una energía oscura inundó el área, envolviendo a los seis.

Gritos ahogados, rostros deformados por el dolor.

La energía vital fue drenada sin piedad.

Ninguno tuvo tiempo de pedir ayuda.

En cuestión de minutos, siete integrantes de la DEANC yacían muertos.

Cuerpos secos, sin rastro de vida, como si el tiempo hubiera pasado de golpe sobre ellos.

La barranca volvió al silencio.

Los Cabos, México…..

Muy lejos de ahí, en el extremo opuesto del país…
La Sierra de la Laguna se alzaba imponente, cubierta de bosques densos, niebla persistente y senderos ocultos entre montañas antiguas.

Un lugar donde la naturaleza aún imponía respeto y donde pocas personas se atrevían a internarse sin preparación.

En lo profundo de la sierra, se ocultaba una base secreta de la familia Ocampo.

Dentro, Lucas Ocampo estaba sentado frente a múltiples pantallas.

Mapas, señales vitales, lecturas de energía.

Pasaron los minutos.

Media hora.

No hubo contacto.

Lucas se levantó de golpe, el presentimiento clavándosele en el pecho.

Corrió por los pasillos hasta encontrar a Pedro Ocampo.

—Padre, tenemos problemas —dijo con urgencia—.

Perdimos contacto con la avanzada en la Barranca de Metztitlán.

Siete hombres de la DEANC están sin contacto.

Pedro se llevó la mano a la barbilla, pensativo.

—¿Crees que esa bestia esté en el establecimiento de la fundación?

Lucas asintió con el rostro tenso.

—Es posible.

Si no vamos a investigar, no lo sabremos.

No podemos perder más gente.

Y peor aún… personas comunes podrían entrar a ese lugar.

Si mueren más civiles, será algo que no se podrá ocultar.

Pedro cerró los ojos un segundo.

—Bien —dijo finalmente—.

Iremos a echar un vistazo.

Que lo preparen todo para nuestra partida.

Lleva algunos hombres más.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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