El legado de los cielos - Capítulo 11
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11: ECOS EN LA CAPITAL 11: ECOS EN LA CAPITAL CAPÍTULO 11 — Ecos en la Capital
La Ciudad de México era un monstruo imponente, un coloso de concreto que vivía y latía sin descanso, iluminado por millones de luces y oscurecido por millones de sombras.
Bajo esa superficie vibrante, se movían los hilos invisibles del poder: pactos callados, guerras políticas, emboscadas mediáticas, operaciones clandestinas, traiciones necesarias.
Y el escándalo de la familia Moreno, que había comenzado como un caso local en Colima, ahora resonaba en todo el país.
La prensa ya lo llamaba “El Caso Salagua”.
Los analistas políticos decían que podía redefinir la estructura del poder regional.
Y los opositores… olían sangre.
En un despacho blindado dentro del Palacio de Gobierno Federal, Mauricio Lira Esquivel, Secretario de Gobernación, leía los reportes del día.
A sus 52 años, era considerado la figura más seria y sólida para convertirse en el candidato oficial del partido rumbo a las próximas elecciones presidenciales.
Tenía la imagen, la experiencia, la disciplina… y sobre todo, la capacidad de sobrevivir en un mundo donde solo quedaban dos tipos de hombres políticos:
Los que sabían controlar la tormenta, y los que terminaban devorados por ella.
Mauricio levantó la vista.
Su asistente le acercó un informe impreso, uno que él ya había visto seis veces en las últimas cuarenta y ocho horas.
—Señor, los medios volvieron a presionar a Gobernación para que se pronuncie sobre el caso Moreno —dijo la asistente.
Mauricio cerró los ojos.
Por supuesto que lo harían.
Era un escándalo perfecto: corrupción policial, abuso sexual, un político en ascenso, una familia poderosa involucrada, y un hijo preso en condiciones que ya se filtraban de manera extraoficial.
—No diremos nada todavía —respondió finalmente—.
El Presidente quiere que escuche a una persona antes de fijar postura.
La asistente inclinó la cabeza.
Sabía perfectamente que cuando el Presidente pedía escuchar a alguien… era porque algo grande estaba a punto de moverse.
Mauricio tomó aire, regresó al escritorio y se dispuso a leer otro documento cuando, de pronto…
El teléfono rojo comenzó a sonar.
No era una metáfora.
El teléfono era realmente rojo, pesado, con un cifrado de triple capa.
Ese aparato solo recibía llamadas de tres personas en el país:
1.
El Jefe de Estado Mayor de la Defensa
2.
El Director General de Inteligencia Militar
3.
El Coronel Eugenio Pérez
Mauricio lo tomó de inmediato.
—¿Coronel?
—dijo, manteniendo la voz firme.
La voz del militar llegó rasposa, curtida por años de mando y operaciones en zonas donde la vida no valía más que una bala mal contada.
—Secretario Lira.
Necesitamos hablar.
Es urgente.
Mauricio activó los inhibidores de señal del despacho y ordenó a sus asistentes salir.
Cuando la puerta se cerró, tomó asiento.
—Lo escucho, Coronel.
Al otro lado, Eugenio Pérez inhaló profundo antes de hablar.
—El escándalo de mi yerno se está convirtiendo en un arma política.
Los enemigos de Fabián han comenzado a mover recursos, contactos y propaganda.
Están alineándose con grupos criminales para hundir su candidatura a gobernador.
Si no actuamos, le destruirán la carrera.
Mauricio tensó la mandíbula.
Sabía que era verdad.
Sabía también que esos enemigos estaban aprovechando que Rodrigo, el hijo despreciado, estaba detenido en condiciones deplorables.
Era un golpe perfecto: deshonra familiar, vulnerabilidad política, señalamiento social.
—¿Qué propone, Coronel?
—preguntó con cautela.
La respuesta fue directa, fría, quirúrgica.
—Una operación integral.
Un barrido total en el estado.
Vamos a desmantelar una organización criminal de alto nivel, capturar a sus cabecillas, limpiar varios puntos rojos y eliminar la influencia de los enemigos políticos de Fabián.
—¿Y quiere que el Gobierno Federal lo apruebe?
—preguntó Mauricio.
—Oficialmente, no.
Extraoficialmente… sí.
—Coronel —Mauricio masajeó su frente—, una operación así podría prender fuego a medio país si alguien se equivoca.
—No habrá errores.
La voz del militar sonó como una sentencia.
Como si ya hubiera tomado la decisión con o sin permiso.
—Ésta es una oportunidad única —continuó Eugenio—.
Si hacemos el movimiento ahora, en medio del caos mediático, parecerá una coincidencia.
Un golpe contra la inseguridad.
Una acción heroica liderada por Fabián Moreno desde la política estatal.
Tres objetivos en uno mismo movimiento:
—Encerrar una organización criminal completa.
—Eliminar a los rivales políticos que buscan destruir su carrera.
—Convertirlo en un político ejemplar a ojos del país.
Mauricio respiró hondo.
Era una jugada arriesgada.
Pero también… brillante.
—Necesito consultarlo con el Presidente —dijo.
—Tiene doce horas, Secretario.
Y la llamada terminó.
EN OTRO PUNTO DE LA CIUDAD
Mientras el Secretario procesaba la información, en un edificio elegante de la colonia Roma Norte, otra figura política seguía cada detalle de la situación con atención quirúrgica.
María Fernanda Salgado.
Hermosa, carismática, brillante y peligrosamente inteligente.
Sus opositores la subestimaban por su edad.
Sus aliados la temían por su capacidad.
María Fernanda leía reportes en su tablet mientras disfrutaba un café cargado.
Tenía el cabello recogido en un moño prolijo y los ojos fijos en un documento filtrado desde Colima.
Su asesor principal, un hombre mayor y delgado, entró a la oficina.
—Presidenta Salgado —dijo—.
Ya confirmamos que el Coronel Eugenio Pérez contactó al Secretario de Gobernación.
Algo grande se está preparando.
María Fernanda sonrió apenas, sin mostrar los dientes.
—Lo imaginé.
Cuando los viejos militares se mueven, algo va a romperse.
—¿Desea que investiguemos más?
—preguntó el asesor.
Ella negó lentamente.
—No.
Aún no.
Quiero observar.
Este tipo de movimientos revelan quién es quién en el tablero.
El asesor tragó saliva.
—Presidenta… ¿seguirá con su plan?
María Fernanda dejó la tablet sobre la mesa.
Sus ojos —negros, fríos, calculadores— brillaron con algo que no era simple ambición.
—Claro que seguiré con mi plan.
Y este escándalo me ayudará más de lo que ellos imaginan.
—¿Apoyará al Coronel?
—preguntó el asesor.
—Ni lo apoyaré… ni me opondré —respondió ella—.
Aún no.
Se levantó, caminó hasta la ventana desde donde se veía la capital entera expandiéndose como un océano de edificios.
—El país está por entrar en una nueva etapa —dijo con voz suave—.
Y solo los que se muevan ahora… serán quienes la controlen.
PALACIO DE GOBIERNO
Horas más tarde, el Secretario Lira fue llamado al despacho presidencial.
El Presidente —demasiado tranquilo para el caos que lo rodeaba— escuchó todo el informe del Secretario sin mostrar emoción alguna.
Cuando Mauricio terminó, el Presidente cruzó las manos y dijo:
—Coronel Eugenio Pérez es de los pocos militares que puedo confiar.
Si dice que puede ejecutar la operación… es porque puede.
Mauricio frunció el ceño.
—Pero, señor Presidente, el riesgo político es enorme.
—Todo riesgo político es enorme, Mauricio.
Ésa es la naturaleza de nuestro trabajo.
El Presidente se levantó y se acercó a la ventana, desde donde se veía la bandera ondeando en la plaza.
—Autorizo la operación —dijo al fin—.
Pero que quede claro: si algo sale mal, nosotros no existimos en esta historia.
—Entendido, señor.
El Presidente continuó:
—Y respecto a ella…
Mauricio sintió un escalofrío.
—¿Se refiere a… María Fernanda Salgado?
—Sí —respondió el Presidente—.
Esa joven tiene un instinto político que no había visto desde hace años.
Y cuando un jugador así aparece… puede convertirse en aliado o en amenaza.
Mauricio asintió lentamente.
—¿Qué haremos con ella?
El Presidente sonrió con ese tipo de sonrisa que da miedo en política.
—Observemos.
Si se mueve a nuestro favor, la impulsaremos.
Si se mueve en nuestra contra… haremos que se estrelle antes de que llegue a la contienda federal.
El Secretario respiró profundo.
El tablero estaba armado.
Los jugadores en posición.
Y el país… a punto de entrar en una tormenta de proporciones históricas.
En la madrugada, en distintas partes del país:
El Secretario Lira preparaba los protocolos no oficiales para permitir la operación militar en Colima.
El Coronel Eugenio Pérez afinaba su estrategia para destruir a sus enemigos y elevar a su yerno.
El Presidente autorizaba en la sombra un movimiento que podría cambiar el destino del país.
Y María Fernanda Salgado, la joven candidata, comenzaba a mover piezas invisibles para aprovechar el caos a su favor… sin que nadie supiera cuál era su verdadero objetivo.
Había iniciado la guerra silenciosa.
Una guerra donde no había armas visibles…
Solo poder.
Y una nación entera como tablero.
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