El legado de los cielos - Capítulo 111
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111: LA CURIOSIDAD MATO AL GATO 111: LA CURIOSIDAD MATO AL GATO Capítulo 111.
La curiosidad mato al gato.
En la ciudad de México, la noche comenzaba a asentarse con un manto oscuro pero lleno de luces cálidas y neones que iluminaban las avenidas principales.
Polanco, con sus calles arboladas, restaurantes de lujo y boutiques elegantes, se mostraba tranquilo en comparación con el bullicio del día.
Los automóviles circulaban con ritmo moderado, y los transeúntes que caminaban a paso relajado parecían disfrutar del clima fresco de la noche, algunos paseando, otros en reuniones privadas o llamadas importantes mientras las luces de las fachadas proyectaban sombras largas sobre las banquetas impecables.
Rodrigo pasó los días desde su llegada a Polanco de manera casi rutinaria; salía solo a caminar, a despejar la mente, a observar la ciudad con la calma que necesitaba para pensar.
Luis Salgado, junto con Karen y Sandra, habían regresado a la fortaleza de la familia Salgado, mientras que María Fernanda Salgado se vio obligada a volver a su alcaldía.
Tenía una carga enorme de trabajo, ya que pronto dejaría su puesto para participar en las elecciones internas de su partido, y por ley debía cerrar todos los pendientes administrativos antes de iniciar la campaña.
Todo debía quedar impecable, desde las actas hasta los convenios, porque no podía dejar cabos sueltos que luego pudieran afectar su candidatura.
De este modo, solo quedaron Rodrigo, X y Cero, además de Sily, quien desapareció sin dar explicaciones, como era habitual en ella.
Rodrigo no regresó a Colima; la espera del presidente lo obligó a mantenerse en la ciudad, aunque no lo afectaba demasiado.
Aprovechó esos días como un descanso, caminando por las calles de Polanco y dejando que sus pensamientos fluyeran mientras observaba las luces y la vida nocturna de la zona.
Charles había salido con James y la familia Rothschild, mientras que la princesa Aisha y el rey Fahd se habían dirigido a preparar la subasta de las píldoras, un evento que requería total concentración y discreción.
Esa noche, Rodrigo decidió salir de nuevo a caminar.
Dos días habían pasado desde la reunión con el presidente, y todo parecía marchar según lo planeado.
Caminando, se concentraba en organizar mentalmente los próximos pasos de sus proyectos.
Mientras avanzaba por las calles iluminadas, su mente se enfocaba en un punto crucial: la integración de Livia Voigt en el proyecto.
—Tengo que pensar en una manera de traer al barco a Livia Voigt —murmuró para sí mismo—.
Ya tengo el proyecto planeado, está en marcha, pero ¿cómo llegar a ella?
¿Qué puedo ofrecerle que la haga entrar y, sobre todo, ser leal?
Mientras sus pasos resonaban ligeramente sobre el pavimento, de repente una idea iluminó su mente.
—Lo tengo —dijo Rodrigo, con la mirada fija en la distancia—.
X y Cero están buscando por el lado equivocado.
Tal vez debería identificar primero a los enemigos de Livia, sobre todo aquellos dentro de su mismo campo.
Si puedo llegar desde ese punto, seguro podré interesarla y asegurar su lealtad.
Rodrigo continuó caminando por la calle Rubén Darío, evitando el tráfico y los pocos autos que circulaban a esa hora.
Sin darse cuenta, llegó a la avenida Paseo de la Reforma, ya entrada la noche.
La avenida, normalmente llena de tránsito intenso y ruido, se encontraba en calma; apenas algunos taxis y vehículos privados circulaban, y los peatones disfrutaban de un paseo tranquilo entre las luces de los edificios y monumentos emblemáticos.
Los árboles alineados en la avenida proyectaban sombras largas y grises bajo la iluminación amarillenta de las farolas, y los reflejos de los edificios de cristal daban un aire casi cinematográfico a la escena.
Desde la acera, Rodrigo levantó la mirada hacia el bosque de Chapultepec y el zoológico, ambos cerrados ya, pero con la presencia de las aceras aún con gente y turistas paseando.
Fue entonces cuando notó a dos figuras inusuales a lo lejos.
Ancianos, sí, pero su andar no correspondía a personas de su edad.
Se movían con firmeza y precisión, como si tuvieran la fuerza y agilidad de alguien mucho más joven, casi como guerreros entrenados.
—Guerreros —susurró Rodrigo, observando cada movimiento—.
Debo seguirlos, aunque desde la distancia.
Un pensamiento rápido cruzó por su mente: “¿Y si se dan cuenta?
Si son cultivadores, podrían detectar que los sigo.
No traje un coche, y el tráfico es un riesgo… pero puedo hacerlo”.
Decidido, se mezcló entre la multitud, haciéndose pasar por un turista.
Su curiosidad no era casual; quería descubrir si había más cultivadores como Sily o Sherapine o fuera de la familia Salgado.
Hasta ahora, la familia Salgado carecía de cultivadores verdaderos; Karen y Sandra eran lo más cercano a su mundo, pero no eran como Sily.
Rodrigo buscaba confirmar si existían otros cultivadores en la Tierra.
En México existe un dicho bien conocido: “La curiosidad mató al gato”.
Este dicho no habla literalmente de gatos o curiosidad, sino de cómo la inquisitividad excesiva puede poner a alguien en peligro.
En el contexto de Rodrigo, se refería a su propia investigación y observación: seguir a estos guerreros podría traer información valiosa, pero también podía exponerlo a riesgos impredecibles.
La frase encapsula la dualidad de la curiosidad: puede ser fuente de conocimiento y ventaja estratégica, pero también un camino hacia el peligro, especialmente cuando uno se enfrenta a individuos con habilidades extraordinarias y desconocidas para la mayoría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com