El legado de los cielos - Capítulo 112
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- Capítulo 112 - 112 UNA SIRENA SALIA DEL CENTRO DEL AGUA
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112: UNA SIRENA SALIA DEL CENTRO DEL AGUA 112: UNA SIRENA SALIA DEL CENTRO DEL AGUA Capítulo 112.
Una sirena salía del centro del agua.
Rodrigo seguía a la distancia a los ancianos, manteniendo un margen prudente entre ellos y la multitud nocturna.
El ruido constante de la ciudad servía como camuflaje perfecto: el murmullo de la gente, el paso de los autos, las luces reflejándose en el pavimento.
Aun así, algo en esas dos figuras seguía desentonando con el entorno.
En ese momento, su teléfono vibró.
Rodrigo lo sacó con naturalidad, sin detenerse, como cualquier transeúnte revisando una notificación más.
Al ver el remitente, su expresión cambió apenas un instante.
Era un mensaje de X.
Rodrigo paso algo malo la señorita Annie está haciendo maletas parece que algo paso en su casa.
Rodrigo levantó la vista y miró nuevamente en dirección a los ancianos.
Caminaban con la misma calma firme, sin apuro, sin torpeza, sin el peso de los años reflejado en el cuerpo.
Por un segundo dudó.
Seguirlos podía llevar a algo importante, quizás peligroso, quizás revelador.
Pero la prioridad estaba clara.
Rodrigo dio la vuelta con un suspiro, dejando atrás a los ancianos, y regresó un paso rápido a la casa en Rubén Darío.
Aunque la distancia no era larga para él, para una persona común habría sido considerable.
Rodrigo tardó aproximadamente veinte minutos en regresar, avanzando con paso firme, mientras su mente ya anticipaba lo que iba a encontrar.
Cuando llegó, la escena lo confirmó todo.
Annie estaba dentro de la casa, con las maletas listas, alineadas con orden.
No era un empacado improvisado; era el reflejo de alguien que, aun en medio de la angustia, intentaba mantener el control.
Rodrigo se acercó y preguntó directamente:
—¿Qué paso porque haces tus maletas tienes algún problema?
Annie levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas, la voz temblándole al responder:
—Mi madre está enferma y está hospitalizada.
Tengo que regresar pero no te preocupes deje todo ordenado para que continúe trabajando en mi ausencia.
Rodrigo guardó silencio unos segundos.
Observó su rostro, el cansancio, la preocupación genuina.
Pensó con rapidez, evaluando posibilidades, recursos, soluciones.
Finalmente dijo: —Bien ve adelante, si necesitas algo avísame ya sea dinero o cualquier cosa, recuerda que está la familia Rothschild y la familia saudi tendrán mejores médicos.
Rodrigo se acercó, la abrazó con firmeza y le besó la frente.
Inclinándose ligeramente, le dijo al oído:
—Eres mi mujer puedes confiar en mí si tienes un problema te ayudaré no te dejare sola.
Annie ascendió.
Le dio un beso suave y se despidió.
Salió de la casa donde ya esperaba el Uber afuera, listo para llevarla al aeropuerto internacional.
Rodrigo pensó:
Después de que el presidente me entregué la lista de documentación de la empresa iré a Rusia a ver qué pasa con su familia.
Miró en dirección a Uber mientras Annie subía y el vehículo se alejaba.
Suspensó profundamente.
Solo dos días habían pasado y aún no tenía todos los problemas resueltos de la empresa de seguridad.
Además, Adolfo llegaría en los próximos días con la gente.
Ahora tenía más trabajo que hacer y el problema seguía siendo el dinero, aunque ya tenía 3 mil millones de dólares dados por la familia real saudi y tenía esas dos tarjetas exclusivas e ilimitadas como la American exprés black card y la Dubai First Royale Mastercard.
Pero comprar armamento, construir la base de la empresa de seguridad, pagar recompensas al ejido y negociar con Peña eran pendientes enormes.
El dolor de cabeza comenzaba a hacerse presente solo de pensarlo.
Rodrigo abrió una botella de whisky, sirvió un vaso con hielo y se sentó en el sofá.
Bebio despacio, dejando que el alcohol baje con calma.
Su mente volvió inevitablemente a los dos ancianos que había visto ese día.
Eran extraños para ser ancianos.
Claramente aparentaban unos ochenta años y, aun así, no caminaban como lo haría alguien de esa edad.
No usaban bastón, no se movían lentamente, no mostraban el desgaste normal del cuerpo.
En México, Rodrigo solo había visto ancianos así en las rancherías del país, y aun ellos caminaban con dificultad, paso a paso, muchos apenas sosteniéndose.
Pensando en eso, recordó su infancia en Colima, en Minatitlán.
Su familia tuvo negocios ahí y conoció a una familia local que lo cuidó de niño mientras sus padres trabajaban.
Esa señora aún seguía viva, con noventa y ocho años.
Caminaba con bastón, todavía iba a cuidar a su ganado, aunque solo distancias cortas.
Para esa edad era algo raro, pero aun así apenas podía moverse y casi siempre sus hijos o nietos la llevaban en auto hasta el rancho, que no estaba en el cerro sino al pie del mismo.
También recordó que en ese lugar, esa anciana le contaba historias: de una montaña donde apareció una persona y desapareció; del ojo de mar de Minatitlán, donde se decía —más leyenda que historia— que una sirena salía del centro del agua.
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