El legado de los cielos - Capítulo 115
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115: EL QUE SE METE EN CAMISAS DE ONCE VARAS SALE PAGANDO 115: EL QUE SE METE EN CAMISAS DE ONCE VARAS SALE PAGANDO Capítulo 115.
El que se mete en camisas de once varas sale pagando.
Rodrigo encontró un lugar solo, lejos de la gente.
El silencio de las montañas lo envolvía, apenas roto por el sonido lejano del viento rozando los árboles y el canto ocasional de algún ave.
Allí se puso a practicar Tai chi.
No era ningún Tai chi; era el verdadero Tai chi perdido hace mil años.
A diferencia del Tai chi moderno, que se había vuelto superficial y casi ceremonial, este contenía la verdadera esencia de las artes marciales internas.
Cada movimiento era lento, continuo, conectado.
No había cortes, no había rigidez.
Su respiración se sincronizaba con cada gesto, con cada giro de muñeca, con cada paso.
El lugar le daba una sensación diferente, una percepción que no podía explicar con palabras.
Algo en ese entorno resonaba con su cuerpo, pero aún no sabía qué era.
Pasó todo el día metido en la práctica.
El tiempo parecía perder significado.
De repente, sintió una sensación cálida dentro de su cuerpo.
Era como si un estanque de agua hubiera encontrado su camino y comenzara a desbordarse, formando un arroyo interno.
Ese arroyo fluía por todos sus meridianos, exactamente como Sily le había enseñado en el Tai chi que le transmitió.
El flujo no se detuvo; corría constante, interminable, como un ciclo infinito sin principio ni fin.
Cuando menos se dio cuenta, ya era la tarde.
El sol comenzaba a metros, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y dorados.
En ese punto, la energía dentro de él aumentó de forma repentina.
Ya no era un arroyo: era un río.
Un río que explotó, cubriendo todos sus meridianos.
La explosión interna lo inundó de energía.
Sin darse cuenta, había entrado en el reino de Judán.
Aunque era apenas el primer nivel, ya se encontraba en la cima de las artes marciales externas.
Solo le faltaba perfeccionar y llegar al noveno nivel para comenzar plenamente su práctica de energía interna.
Después de un momento, asimiló esa nueva fuerza dentro de su cuerpo.
Respiró profundo y miró el cielo, que ya comenzaba a oscurecerse.
Era hora de regresar al hotel.
Sintió la nueva fuerza recorriéndolo y se emocionó.
Tal vez fue el lugar, o tal vez esa sensación extraña que le daba esa zona, pero sin duda fue lo que lo ayudó a dar ese gran salto.
Avanzó dos niveles completos, de Hachidan hasta Judan.
Días atrás estaba cerca de entrar a Kyudan, pero ahora el salto había sido tremendo.
Se estiró un poco y comenzó a caminar lentamente.
Después de unos minutos, escuche un ruido.
No era fuerte, pero su audición había mejorado.
Siguió el sonido hasta llegar al lugar.
Allí había varias personas, y sí, ahí estaban esos dos ancianos que había visto en Polanco.
Era una pelea.
Una pelea real.
El anciano y la anciana golpeaban con movimientos rápidos y sutiles a las diez personas que los rodeaban.
No parecían movimientos exagerados ni violentos; Eran precisos, eficientes, letales.
Una de las personas habló con voz firme:
—No se resistan, será mejor que se entreguen.
No era otro que Pedro Ocampo.
El anciano bufó.
—Hmmf.
Y dijo con desprecio: —Una simple basura quiere detenernos, eso es imposible.
Hizo un movimiento casual y mandó a volar a Pedro Ocampo.
Pedro cayó al suelo escupiendo sangre.
Al verlo, todos comprendieron que estaban en problemas.
Pedro Ocampo era el más fuerte del establecimiento de la fundación; Mientras tanto, los demás estaban apenas en refinamiento de qi.
La diferencia de reinos era abismal.
No eran rivales para el anciano.
Cuando el anciano estaba a punto de hacer otro movimiento.
¡Paaaaaa!
El sonido de un disparo resonó en el lugar, golpeando al anciano en un brazo.
Era Rodrigo.
Había sacado un arma de su anillo y disparado.
No disparó a matar, solo fue una advertencia.
No conocía ni a los ancianos ni a esas personas, pero tenía curiosidad por saber quiénes eran.
Matar sin saber sería el error más grande que podía cometer.
El anciano y la anciana voltearon al mismo tiempo.
La anciana movió la mano y lanzó una oleada de energía espiritual que tumbó a Rodrigo.
Voló dos metros y se estrelló contra una piedra.
Sintió un dolor tremendo.
No era cultivador; escupió sangre y una punzada intensa recorrió su interior.
Mientras tanto, el anciano hizo otro movimiento y mandó a volar a todos los demás.
Eran de la DEANC, aunque Rodrigo aún no sabía quiénes eran.
Solo vio cómo salían disparados, todos con ropa táctica y armados, cayendo al suelo sin poder moverse.
Rodrigo, tendido y con el cuerpo ardiendo de dolor, comprendió algo en ese momento.
Un dicho mexicano vino claro a su mente:
El que se mete en camisas de once varas sale pagando.
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