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El legado de los cielos - Capítulo 118

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Capítulo 118: CUANDO MATAN A UN PERRO, DEBEN SABER QUIEN ES SU DUEÑO

Capítulo 118: Cuando matan a un perro, deben saber quién es su dueño.

El anciano estaba de negro, completamente cubierto por una túnica oscura. Su aura era abrumadora; la presión se desplegó como una ola invisible que golpeó a todos al mismo tiempo. Fue como si una montaña entera se hubiera desplomado sobre ellos.

El suelo crujió, los árboles temblaron y el aire se volvió pesado, casi imposible de respirar.

Pedro Ocampo y todos los miembros de la DEANC cayeron de rodillas sin poder resistirse. Sus cuerpos temblaban, sus músculos se tensaban hasta el límite. Aquella potencia era algo que Pedro Ocampo jamás había visto en toda su vida. Ni en este país ni en ningún otro.

Rodrigo sintió esa presión y su corazón dio un vuelco.

Era similar. Muy similar a la presión de Sily.

La joven miró al anciano vestido completamente de negro. Su rostro no se distinguía bien debido a la capucha, pero por su voz se sabía que era un anciano. Sin mostrar miedo, habló con frialdad:

—Tú, un viejo a punto de morir, también vienes a buscar la muerte.

Después de hablar, comenzó a hacer movimientos rápidos, formando sellos complejos con sus manos. La energía espiritual a su alrededor comenzó a agitarse, el aire vibró con intensidad. Sin embargo, antes de que pudiera terminar, el anciano levantó una sola mano y realizó un movimiento simple.

Eso fue suficiente.

Una fuerza invisible impactó a la joven, lanzándola por los aires. Su cuerpo atravesó el espacio y se estrelló violentamente contra varios árboles, rompiendo ramas y levantando una nube de polvo y hojas.

El anciano miró a todos los que estaban en el suelo y sonrió con desprecio.

—Ustedes, insectos, se atreven a matar a mi gente. Están buscando la muerte.

Pedro Ocampo apretó los dientes.

Sabía que hoy dejarían sus vidas ahí. La nación estaba en peligro. Una potencia así jamás la había visto; era la primera vez que se enfrentaba a algo de este nivel. Su mente trabajaba a toda velocidad, pero no encontraba ninguna salida.

Rodrigo miró al anciano. Era fuerte. Eso estaba claro. ¿Acaso aquí dejaría su vida? No estaba Sily. No estaba Sherapine.

Apretó los puños con fuerza y pensó con claridad amarga:

Nunca más seré un buen hombre con compasión. No me meteré con nadie. No ayudaré a nadie, pero si alguien me ofende… lo mataré directamente. No le daré oportunidad.

En ese momento, Rodrigo comprendió las palabras que un día Sily y Sherapine le habían dicho. No eran exactamente las mismas palabras, pero la intención era casi idéntica.

Y hoy, por fin, las entendía.

La joven se levantó con dificultad. Su ropa estaba rasgada y la sangre manchaba su boca. Se limpió lentamente, sacó una espada larga de color rojo intenso y pasó sus dedos por la hoja. La espada brilló con una luz ardiente.

—¡Bastardo! —gritó—. ¡Te haré saber lo que es meterse conmigo y con mi amo!

Lanzó una serie de movimientos con la espada. En el aire, una enorme espada se materializó, formada por pura energía espiritual, vibrante y letal. Sin dudarlo, se lanzó directamente hacia el anciano.

El anciano solo bufó. —Hmmph.

Movió las manos con desprecio. Una fuerza abismal emergió de su puño, rompiendo la gigantesca espada de energía en pedazos que se dispersaron como fragmentos de luz. El puño de energía continuó avanzando y chocó de lleno contra la joven.

Su cuerpo salió disparado nuevamente.

Cayó al suelo con un sonido seco, escupiendo más sangre. Sus ojos se cerraron lentamente, y quedó inconsciente.

El ambiente se volvió pesado. El silencio era opresivo, roto solo por el viento que arrastraba polvo y hojas.

El anciano soltó una carcajada.

—¡Jajajaja! —rió con crueldad—. Un insecto insignificante se hace el valiente delante de mí. Más tarde te quitaré tu esencia, será mi alimento.

Luego miró al grupo de Pedro Ocampo y a Rodrigo.

Comenzó a caminar lentamente hacia ellos. Cada paso hacía vibrar el suelo, cada avance aumentaba la presión en sus cuerpos.

Cuando dio el tercer paso, una voz resonó en el cielo, clara y dominante:

—¿Quieres dañar al discípulo de mi maestro? ¿Quién te dio la audacia, maldito viejo traidor?

Todos levantaron la mirada hacia el cielo, buscando el origen de la voz.

Pedro Ocampo y la DEANC quedaron completamente sorprendidos. Esta vez habían salido a buscar a los asesinos de los integrantes de la DEANC en Metztitlán, pero se habían encontrado con algo mucho más grande. Primero, dos ancianos que mataron con facilidad; luego, sus propios compañeros muriendo de la misma forma; y ahora, esta potencia aterradora.

Pedro sabía que, si salía con vida, tendría que hacer un plan. Había fuerzas mucho más poderosas escondidas, fuerzas que ni siquiera conocían. Incluso los ancestros de la familia Ocampo posiblemente no serían rivales para esta gente.

Rodrigo, en cambio, reaccionó de manera completamente opuesta. Sonrió.

Una sonrisa sincera, alegre. Esa voz la conocía.

Era la voz de Sherapine.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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