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El legado de los cielos - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 SOMBRAS QUE DESPIERTAN
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12: SOMBRAS QUE DESPIERTAN 12: SOMBRAS QUE DESPIERTAN CAPÍTULO 12.

Sombras que Despiertan
La luz blanca de la enfermería parpadeaba como si cada destello intentara atravesar la inconsciencia de Rodrigo Moreno, sin conseguirlo.

Llevaba tres días así, hundido en una oscuridad espesa que confundía el tiempo, el cuerpo y los recuerdos.

Tres días desde el momento en que aquella fuerza indescriptible lo había consumido por dentro, desde que su pecho había estallado en una presión insoportable y su mente se había apagado como una vela golpeada por el viento.

No había gritos, no había golpes, no había frío.

Solo un silencio profundo que parecía venir de otro lugar.

Y, aun así, su cuerpo seguía ahí, respirando con dificultad, acostado sobre una camilla metálica cubierta por una sábana áspera que raspaba la piel.

La enfermería de la prisión de Manzanillo olía a humedad vieja, a medicinas caducas, a metal oxidado.

Era un olor que no se iba nunca, que se impregnaba en la garganta como un recordatorio constante de abandono.

Rodrigo no sabía cuánto había pasado.

No sabía que lo habían sacado del cuarto de castigo inconsciente, arrastrado por dos guardias fastidiados que ni siquiera intentaron disimular su desprecio.

No sabía que, durante ese movimiento, uno de ellos lo empujó contra la pared solo por diversión, esperando que nadie lo notara.

No sabía que un custodio más joven, con algo de humanidad todavía en los ojos, exigió que lo llevaran a la enfermería antes de que empeorara.

No sabía nada.

Lo único que él recordaba era una luz —una luz intensa, imposible, que había cortado la oscuridad del cuarto de castigo como un cuchillo que abría un viejo costal—.

Y al anciano… un prisionero más, vestido igual que él, que le había hablado con una paz casi sobrenatural.

Un hombre que le había entregado un anillo extraño… y algo más.

Pero la enfermería estaba vacía ahora.

No había rastro de aquel anciano.

No había rastro de nada, salvo el silencio.

Afuera, en un mundo completamente distinto al olor a sangre seca y humedad de la prisión, la realidad se movía con una velocidad implacable.

En una oficina privada dentro de la Base Militar “General Francisco Pérez”, la más importante del estado, Eugenio Pérez —coronel, jefe absoluto de las fuerzas militares regionales, padre de Margarita Pérez y suegro de Fabián Moreno— revisaba informes mientras su voz grave resonaba a través del teléfono satelital.

Su uniforme impecable, lleno de medallas y símbolos de mando, contrastaba con sus ojos, que destilaban una frialdad calculadora.

El despacho estaba reforzado acústicamente.

No había cámaras.

No había personal autorizado a menos de veinte metros.

Esta conversación no podía quedar registrada en ninguna parte.

—Fabián —pronunció con un tono que mezclaba autoridad con un dejo paternal—.

Escúchame con atención.

Ya está todo listo.

La primera fase comenzará esta noche.

Del otro lado de la línea, en una oficina privada dentro de la casa Moreno en Salagua, Fabián Moreno apretó la mandíbula.

No había dormido bien en días.

Su carrera política pendía de un hilo, su apellido estaba siendo arrastrado por el lodo mediático, y la mancha que significaba Rodrigo lo perseguía incluso en fotografías filtradas.

—¿Estás seguro?

—preguntó, aunque sabía perfectamente que Eugenio nunca hablaba en términos de incertidumbre.

—No se trata de estar seguro —replicó el coronel—.

Se trata de que el momento es ahora.

Fabián dejó caer su cuerpo contra el respaldo del sillón, dejando escapar un suspiro.

La oficina estaba llena de carpetas sobre la posible candidatura a gobernador del estado de Colima.

Fotografías, discursos preliminares, encuestas.

Todo eso, ahora, parecía inútil.

Su nombre estaba en cada programa de análisis político.

Y no por las razones correctas.

—Aún no se calma el escándalo —dijo con frustración contenida—.

Los opositores están usando lo que pasó con… eso para atacarme en todos los frentes.

No dijo “Rodrigo”.

Ni siquiera podía pronunciar su nombre sin sentir vergüenza.

—Precisamente por eso —respondió Eugenio, sin titubear—.

Aprovecharán cada minuto para morderte el cuello.

Así que nosotros tenemos que cortar cabezas antes de que alcancen la yugular.

—Hablas como si fuera sencillo.

—No lo es —admitió el militar, cambiando el tono a una gravedad más profunda—.

Pero tenemos ventaja.

Ellos juegan sucio.

Nosotros también.

Con más orden.

Con más precisión.

Y tú necesitas que el país vea resultados… reales.

Fabián sabía exactamente qué estaba diciendo.

La operación que Eugenio había organizado —en silencio, con recursos no oficiales, con hombres absolutamente leales y sin vínculos visibles— era mucho más que un simple operativo militar.

Era un movimiento diseñado para reestructurar el panorama político del estado… y del país.

Pero nadie más debía saberlo.

Ni los otros políticos.

Ni la prensa.

Ni siquiera la mayoría del ejército.

El plan tenía varios niveles, varias fases.

Eugenio solo había descrito el esqueleto general, jamás los detalles.

Ni siquiera Fabián tenía acceso completo.

Solo sabía una cosa:
El plan apuntaba a destruir a los enemigos de su candidatura, hundir la influencia de su rival de partido y limpiar su apellido con un golpe magistral.

Tres objetivos en uno.

Tres golpes con una sola bala.

—Está bien —respondió finalmente Fabián, tragando su propia duda—.

¿Cuál es la primera fase?

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea.

Eugenio respiró hondo.

Una respiración pesada, como la de un hombre que sabía que un engranaje enorme estaba por comenzar a moverse.

—La primera fase iniciará a las 22:00.

No puedo revelarte más detalles todavía —sentenció con dureza militar—.

Necesito que tu reacción sea natural.

Que parezca que no estás enterado.

Que incluso te sorprenda.

Fabián frunció el ceño.

—¿Y se supone que debo confiar a ciegas?

—Si quieres gobernar un estado entero… sí —respondió Eugenio, sin suavidad alguna—.

Solo te diré esto: cuando comience, el país entero lo notará.

Aunque no sabrán lo que realmente significa.

El político tragó saliva.

Algo en esa frase le provocó un escalofrío.

“Cuando comience, el país entero lo notará.”
—Solo mantente disponible —añadió el coronel—.

Y recuerda: este movimiento no puede fallar.

La caída de tus enemigos depende de esto… pero también la nuestra.

Luego cortó la llamada.

El silencio que quedó en la línea retumbó dentro de la oficina de Fabián.

Afueras de México, de Colima, de Jalisco, en todos los estados, su nombre seguía apareciendo entre insultos, burlas, hashtags de tendencia nacional, análisis políticos y ataques coordinados.

La oposición había encontrado un regalo: un escándalo perfecto.

Y él pensó, por primera vez en días, que quizá el costo sería más grande de lo que había imaginado.

De vuelta en la prisión, en la enfermería, un leve movimiento agitó los dedos de Rodrigo.

Un espasmo pequeño, pero real.

El oxígeno viejo y casi inútil seguía empujando aire a través de la mascarilla que le cubría la boca y la nariz.

Su pecho subía y bajaba de forma irregular, como si su cuerpo estuviera peleando en silencio contra algo invisible, algo que había quedado atrapado dentro de él.

El guardia joven que lo había ayudado días atrás entró para revisar su estado.

Era un muchacho delgado, de unos veinticinco años, con ojeras profundas y una expresión cansada.

No sabía por qué se preocupaba por ese preso en particular.

Tal vez porque había visto demasiada injusticia dentro de esas paredes.

Tal vez porque… aunque no lo admitiera, le recordaba a alguien.

—Vamos, despierta… —murmuró con una voz casi inaudible—.

Nadie merece estar así por una mentira.

Pero Rodrigo no lo escuchaba.

Estaba atrapado dentro de una oscuridad cálida y extraña, una oscuridad que latía suavemente, como si fuera un corazón gigante hecho de luz oculta.

Dentro de esa oscuridad veía flashes: movimientos rápidos, símbolos, manos trazando figuras en el aire.

El anciano frente a él, serio, tranquilo, moviendo sus brazos como si controlara el tejido del espacio.

Y luego… esa energía entrando en él como un torrente.

El anillo en su dedo —invisible para todos salvo para él— brilló un poco, pero nadie en la enfermería lo notó.

Era un brillo interior, silencioso, como un latido escondido.

Afuera, lejos del olor a metal oxidado y de la calma falsa de la enfermería, los primeros movimientos de la operación secreta del coronel Eugenio ya estaban en marcha.

Camiones sin placas salían desde distintas bases menores, avanzando con rutas preestablecidas.

No llevaban banderas, no llevaban insignias.

Eran sombras dentro de sombras.

Hombres entrenados, escogidos uno por uno, cada uno con una instrucción clara:
“Nadie debe saber que estuvimos ahí.”
Mientras el reloj avanzaba hacia las 22:00, una presión silenciosa se cernía sobre Manzanillo, sobre Colima y sobre el país entero.

Una tormenta que nadie veía llegar, pero que ya había empezado a formarse.

La primera fase estaba por comenzar.

Una fase que no tenía nombre público.

Una fase que solo el coronel conocía por completo.

Y que, cuando entrara en acción, cambiaría el destino de todos los involucrados.

Incluido el de Rodrigo… aunque él siguiera sin despertar.

La enfermería permaneció en silencio.

La luz siguió parpadeando.

El país siguió respirando, sin saber que algo enorme estaba a punto de salir a la superficie.

Y Rodrigo, atrapado en su sueño profundo, siguió flotando en la frontera entre la vida, la conciencia… y algo completamente nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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