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El legado de los cielos - Capítulo 120

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Capítulo 120: EL DÉBIL MORÍA ANTE EL FUERTE

Capítulo 120: El débil moría ante el fuerte.

Rodrigo miró la escena, completamente impresionado. Sabía que Sherapine era fuerte, pero verla actuar en combate por primera vez no lo decepcionó. Su poder era evidente: estaba enfrentando al anciano de negro, y aunque parecía que ambos estaban a la par, la ventaja inicial parecía inclinarse a su favor.

El intercambio de palabras entre ellos dejaba claro que se conocían de tiempos antiguos, de la guerra de los dioses y los demonios. Rodrigo comprendió algo: aparte de Sily y Sherapine, había más cultivadores poderosos en el mundo, algo que antes solo intuía, ahora lo veía con claridad.

Sus dudas de hace días se disiparon por completo. Desde hoy, Rodrigo no sería el mismo. Su compasión y confianza habitual se habían transformado en determinación fría y absoluta. No habría límites para él: inocentes o culpables, cualquier obstáculo sería eliminado sin piedad. Su vida y su poder serían lo único que importara.

Rodrigo centró su atención nuevamente en la pelea que continuaba a toda velocidad.

Sherapine y el anciano de negro se preparaban para volver a atacar. El anciano se elevó en el aire, y un aura negra lo rodeó como un manto oscuro. La presión era insoportable; el aire se volvió helado, cortante, como si estuvieran en un panteón desierto en plena noche, rodeados por fantasmas silenciosos que observaban. Cada movimiento de sus manos parecía arrastrar la muerte misma con él.

El combate comenzó de nuevo con una velocidad y precisión sobrehumana. Espadas chocaban, puños impactaban, y las ondas de energía generadas levantaban polvo, hojas y ramas que salían disparadas en todas direcciones. Era un intercambio devastador: más de catorce golpes consecutivos, rápidos como relámpagos, que desgastaban incluso al más experimentado.

Sherapine resistía, esquivando, bloqueando y contraatacando, pero finalmente, después de un brutal intercambio que rompió varios árboles, escupió sangre y cayó al suelo. Había sido derrotada momentáneamente.

—Jajajajajaja —soltó el anciano, carcajeando mientras el eco retumbaba entre las montañas—. Vaya mocosa… aún no eres mi rival.

Movió sus manos, preparando su espada para el golpe final, aquel que acabaría con Sherapine de una vez por todas. La hoja brilló con un poder oscuro y letal, cargada de energía espiritual maligna.

En ese instante, el cielo pareció estremecerse. Un escalofrío recorrió el aire y una voz seca y firme resonó desde lo alto, penetrando hasta los oídos de todos:

—Un maldito cultivador demoníaco se hace llamar demonio. Eso hace caer bajo a los demonios.

El anciano de negro se detuvo abruptamente, como si la voz lo hubiera golpeado con la fuerza de un martillo. Sherapine logró tomar un respiro, apenas evitando la muerte que había estado a segundos de reclamarla.

Pedro Ocampo miraba, asombrado y temeroso. Otra voz, otra potencia desconocida. “¿Cuántos poderes tan grandes están escondidos en el país?”, se preguntó, consciente de que apenas comprendía la magnitud de lo que ocurría frente a él.

Rodrigo sonrió. Esa voz le era familiar. Era Sily. Y Rodrigo sabía algo que pocos podían comprender: Sily no era solo una cultivadora, era una diosa demonio.

Una luz brillante surgió de repente, irradiando desde el punto medio entre Sherapine y el anciano. La intensidad de la luz hizo que todos parpadearan y entrecerraran los ojos.

De ella emergió una mujer elegante, vestida de rojo, caminando con paso seguro y sonriente. Pero su aura era aterradora: la presión que emanaba hacía que todos, incluyendo al anciano, sintieran escalofríos recorriendo sus espinas. Era una presencia que obligaba a inclinarse ante su poder.

Sily habló, su voz firme y clara, resonando como trueno entre las montañas:

—Maldito humano. Eres un cultivador demoníaco y te crees que eres un demonio. Eso solo les hace sentir vergüenza a los demonios. Los demonios no son como ustedes, los cultivadores malignos. Ustedes son humanos que matan a su propia raza para hacerse fuertes y le echan la culpa a los demonios.

Deben mirarse al espejo: los humanos son inútiles. Piensan que son demonios porque les tienen miedo y culpan a los demonios, haciéndolos caer en lo más bajo.

El anciano de negro sintió la presión de Sily como un muro impenetrable. La mujer frente a él no era sencilla: cualquier error significaba la muerte inmediata.

Una pelea de vida o muerte era inevitable. Hoy él había venido a vengar a sus discípulos y a reclamar justicia por ellos, pero aquellos discípulos habían sido eliminados. El anciano se dio cuenta de que el problema no sería sencillo. Seguramente, si hubiera sabido lo que le esperaba, no habría venido. Pero ya estaba allí, y no había medicina para el arrepentimiento. El débil moría ante el fuerte, y él no podía permitirse caer: era fuerte, y hoy no caería.

El cielo pareció oscurecerse aún más, como si la propia noche quisiera presenciar el combate. La tensión era tan densa que hasta el aire se podía cortar con un cuchillo. Las hojas de los árboles flotaban en suspensión y los pájaros nocturnos permanecían inmóviles, como petrificados por el aura de los dos titanes frente a ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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