El legado de los cielos - Capítulo 125
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Capítulo 125: COMO UNA ESPINA IMPOSIBLE DE SACAR
Capítulo 125. Como una espina imposible de sacar.
Lucas Ocampo, que todo el tiempo estuvo callado y no dijo nada, habló por fin con el ceño fruncido y el rostro serio, todavía procesando todo lo que acababan de presenciar.
—Padre… ¿los dejaremos ir así como así? Son un peligro para el país.
Pedro Ocampo salió de su trance. Giró el rostro lentamente hacia su hijo y puso los ojos en blanco, como si aquella pregunta fuera ingenua frente a la realidad que acababan de vivir.
—¿Peligro para el país? —repitió con un tono cansado—. ¿Todavía te preocupas por el país y no por tu vida? ¿De verdad crees que podemos hacerles algo?
Pedro dio unos pasos, respiró hondo y continuó con voz grave y contenida.
—Incluso si el presidente decidiera lanzarles una ojiva, considera primero el daño al propio país. Y aun así… existe la posibilidad de que no les hagan nada y que México sufra daños irreversibles.
Además, ¿cómo explicaría el presidente un lanzamiento de ese tipo? —hizo una pausa, llevándose la mano a la barbilla—. Ten en cuenta que México siempre afirma no tener bombas nucleares ni fabricarlas.
Eso es un secreto de Estado. Solo se sacarían si la soberanía nacional estuviera verdaderamente en riesgo. Y en este momento… esos cultivadores no nos representan un riesgo directo. Al menos, no por ahora. Avisa a todos que no los molesten.
Lucas apretó los labios, pero asintió.
—Entiendo, padre. Entonces daré el aviso de que no los interrumpan. Siempre y cuando no causen daño al país, los observaremos de lejos.
Pedro volvió a asentir, con una expresión más fría.
—Sí. Pero es seguro que se darán cuenta de que los estamos observando. Solo no los molesten. Al contrario… si tienen algún problema con la ley y está dentro de nuestras manos resolverlo, y no se trata de asesinato, ayúdenlos. Alguna simple infracción, algo que no dañe a nadie… ayúdenlos. Ya sabes cómo son todos los policías o federales.
Lucas asintió nuevamente y sacó su celular. Comenzó a dar órdenes, haciendo llamadas rápidas y enviando mensajes cifrados, moviendo recursos y personas como piezas invisibles sobre el tablero.
Pedro, por su parte, se quedó mirando en la dirección donde antes habían estado. Su mente empezó a repasar uno por uno los hechos sucedidos esa noche, como un peso clavado en el corazón.
Primero, esos dos ancianos que habían matado a su gente, dejándolos completamente secos. Esa duda lo había perseguido desde el inicio.
No había mordidas, no había heridas visibles, no había rastro claro de cómo los habían dejado así. Luego, el hallazgo de esos cuerpos cuando alguien reportó una pelea y los rumores comenzaron: que dos ancianos eran brujos, que habían dejado solo huesos. Así dieron con ellos.
Después, el seguimiento hasta este lugar… y aquí se dio cuenta de que eran realmente fuertes. Posiblemente estaban en el núcleo dorado.
Luego apareció el joven, seguido de esa niña descalza que lo llamaba amo. Y esa niña… era fuerte. Después, el anciano de negro, mucho más poderoso que ella. Y finalmente, esas dos mujeres: la primera casi empató, la segunda… un solo movimiento bastó para acabar con el anciano de negro.
Todo eso se le clavó en el pecho como una espina imposible de sacar.
No había marcha atrás.
De pronto, Pedro recordó algo y murmuró en voz baja, casi para sí mismo:
—Si, mi padre, puede darme explicaciones de estos hechos… tendré que buscarlo más tarde para que me diga qué está sucediendo realmente.
Miró alrededor. El lugar estaba casi completamente destruido: árboles caídos, tierra removida, rocas partidas, señales claras de una batalla que jamás debía salir a la luz. Entonces alzó la voz con autoridad.
—Bien. Todos limpien este desorden. No dejen ningún rastro de lo que pasó aquí. Al final, si alguien llega al amanecer y ve esto, debe pensar que fue algún desastre natural.
—¡Sí, señor! —respondieron todas las voces al unísono.
De inmediato comenzaron a trabajar. Borraron huellas, acomodaron escombros, eliminaron rastros de sangre, de energía, de presencia humana. Eran expertos. No era la primera vez que hacían este tipo de trabajo.
Todas estas peleas entre cultivadores en el país siempre habían estado ocultas. Nadie se había enterado jamás gracias a su labor. Los eventos que la gente conocía siempre eran presentados como desastres naturales o accidentes inexplicables.
El día que estalló una pipa en la autopista a las afueras de la Ciudad de México.
El día que un tráiler en la autopista Guadalajara–Colima se incendió de la nada.
Según las noticias, fue un corto circuito. Según los reportes oficiales, fue mal mantenimiento.
La realidad que nadie sabía era otra: hubo presencia de cultivadores, hubo peleas, hubo fuerzas que no pertenecían al mundo común. Pero todo quedó limpio, sin testigos, sin pruebas, dejando solo un “accidente”.
Ese era su trabajo.
Y lo hacían bien.
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