El legado de los cielos - Capítulo 127
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Capítulo 127: Linger
Capítulo 127. Linger
La joven abrió los ojos, miró a Rodrigo y sonriendo dijo:
—Lo siento, amo, he fallado.
Su voz era triste. Cada palabra parecía cargar un peso invisible. Se notaba claramente que estaba engañada de sí misma. Su rostro mostraba frustración y culpa, pero aún así, forzó una sonrisa dirigida únicamente a su amo, como si esa sonrisa fuera su última defensa contra el miedo de haberle fallado.
Rodrigo la miró en silencio y movió la cabeza en negación. No sabía por qué, pero algo en su interior se sentía incómodo. Aquella joven era hermosa en apariencia, incluso en ese estado: sucia, desalineada y con rastros de sangre ajena.
Sin embargo, seguía llamándolo amo, una palabra que a Rodrigo no le agradaba. No conocía su origen, no sabía quién era ni por qué se dirigía a él de esa manera, y esa ignorancia le pesaba.
Sherapine habló, rompiendo la incomodidad que se había instalado en el ambiente.
—Este no es lugar para hablar. Casi amanece. Yo tengo que regresar a recuperarme.
Después de decir esas palabras, desapareció sin dejar rastro alguno, como si nunca hubiera estado allí. Su presencia se desvaneció junto con la ligera presión espiritual que había mantenido el lugar bajo control.
Rodrigo negó con la cabeza. En ese instante, el deseo de hacerse más fuerte brotó con intensidad dentro de él. Ahora era un gran maestro de artes marciales, pero eso solo era la base para el siguiente paso. Sabía que tenía que sentarse a practicar, que debía entrar en retiro y avanzar en el camino del cultivo, pero este no era el momento adecuado. Aún tenía demasiados pendientes, demasiadas incógnitas y responsabilidades inesperadas. Todo aquello se había convertido en un auténtico dolor de cabeza.
Sily tranquilizándose suavemente, envolvió su energía espiritual alrededor de Rodrigo y la joven, y desaparecieron. En cuestión de segundos apareció en la entrada de Tepoztlán, cerca de las primeras casas del pueblo.
Era de madrugada. Aún no salía la gente, aunque el cielo comenzaba a aclararse lentamente en el horizonte. El aire era fresco y silencioso, cargado con el olor a tierra y vegetación húmeda.
Mientras Rodrigo, Sily y la joven comenzaron a caminar adentrándose en el pueblo, de vez en cuando se podía ver a alguna persona madrugadora, sombras que pasaban rápido sin prestarles atención.
No tardaron en llegar al hotel. Rodrigo ya tenía una habitación asignada, así que entró directamente con Sily y la joven. Sabía que no había necesidad de otra habitación; Sily tenía la costumbre de desaparecer cuando quería, y esta joven… bueno, no la conocía. Seguramente, cuando se recuperara, se iría por su cuenta.
Dentro de la habitación, Rodrigo miró a la joven. Ella se sentó en la orilla de la cama y dio unos pequeños brincos, probando la comodidad del colchón, como si nunca hubiera estado en uno. Sus movimientos eran torpes pero curiosos.
Rodrigo no pudo aguantar más y preguntó:
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué me dices amo siempre?
Las preguntas salieron una tras otra. Tenía demasiadas dudas acumuladas y necesitaba respuestas.
La joven dejó de brindar, lo miró con una sonrisa y se puso de pie. Se acercó lentamente hasta quedar a unos centímetros de Rodrigo y dijo:
—Amo, me llamo Linger. Mis padres ya no están conmigo desde hace años.
Su rostro se entristeció por un instante. Fue algo breve, casi imperceptible, y enseguida volvió a sonreír mientras continuaba, ya frente a Rodrigo:
—Usted es mi amo y Linger solo lo tiene a usted. Espero que mi amo no me abandone.
Rodrigo sintió la respiración caliente de la joven. A pesar de estar sucia, desarreglada y con manchas de sangre por la pelea, eso no le quitaba su belleza. Su cuerpo tenía curvas bien formadas y una presencia difícil de ignorar. Rodrigo tragó saliva sin darse cuenta.
Sily habló con seriedad.
—Rodrigo, ella en realidad es de otro mundo…
—¿Qué?
Rodrigo la interrumpió, completamente sorprendido. Jamás imaginó que aquella joven no perteneciera a este mundo.
Sily continuó.
—Cálmate y escúchame.
Hizo una pausa, se sentó con tranquilidad y luego dijo:
—En la guerra mató a la montura de tu maestro, y tu maestro la castigó con una maldición. Por lo tanto, solo tú puedes ser su maestro. Si no…
Hizo una seña con los dedos pasando por su cuello.
Rodrigo lo entendió claramente.
La joven bajó la mirada al suelo y dijo:
—La verdad, yo no mate a nadie… y además yo no estaba en este mundo, pero…
Hizo una pausa. Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos.
—Mi madre fue la que vino a la guerra hace años. Yo aún era una niña recién nacida. Mi madre fue retenida, mi padre murió en la guerra y el resto de mi familia me abandonó.
Su voz temblaba, pero continuó.
—Cuando me enteré de que mi madre aún vivía y estaba bajo una maldición de esclavitud sin poder regresar al clan, busqué la manera de encontrarla, pero estaba en otro mundo… así que intercambié mi vida por la libertad de mi madre, pero…
Aquí lloró durante unos cuantos segundos. No pudo continuar. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo y, forzando una sonrisa, dijo:
—Ahora tengo que servir a mi amo.
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