El legado de los cielos - Capítulo 133
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Capítulo 133: SISMO Y DESASTRE.
Capítulo 133. Sismo y desastre.
A las ocho en punto de la mañana, cuando Guatemala despertaba con el ruido cotidiano de motores, voces y pasos apresurados, la tierra rugió.
No fue un temblor común.
Fue un golpe seco, profundo, como si algo gigantesco hubiera despertado bajo el suelo y empujara con furia hacia la superficie. En cuestión de segundos, el pavimento comenzó a ondularse como agua agitada, los postes eléctricos se balancearon violentamente y un sonido grave, parecido al crujir de una montaña partiéndose, llenó el aire.
—¡Terremoto! ¡Terremoto! —gritaron las calles.
Los edificios comenzaron a gemir. Ventanas se estallaron. Fachadas enteras se desprendieron como si fueran de papel. En las zonas más antiguas, casas de adobe colapsaron sin resistencia, levantando nubes de polvo que oscurecieron el cielo matutino.
El Volcán de Fuego, que hasta ese momento se mantenía en una aparente calma, respondió al llamado de la tierra.
Desde su cráter emergió un estruendo ensordecedor.
Una columna negra se disparó hacia el cielo, creciendo con una velocidad aterradora. Ceniza, roca y fuego fueron lanzados a kilómetros de altura mientras la montaña expulsaba su furia contenida. El aire se volvió espeso, caliente, irrespirable.
Ríos de lava comenzaron a deslizarse por las laderas, devorando todo a su paso. Los árboles ardieron al instante. El suelo se partió en múltiples direcciones, y los flujos piroclásticos descendieron como avalanchas de muerte, arrasando caminos y comunidades cercanas.
El sismo no se detuvo.
Las ondas sísmicas se propagaron más allá de las fronteras. En El Salvador, los edificios se sacudieron violentamente y las alarmas sonaron sin descanso. En Honduras, la gente salió corriendo de sus casas presa del pánico.
En el sur de México, el movimiento era claro, largo, inquietante.
En Chiapas y Oaxaca, la tierra se movió con fuerza suficiente para provocar evacuaciones masivas. En la Ciudad de México, los sensores sísmicos activaron la alerta; un sonido que congeló la sangre de millones. Oficinas enteras fueron desalojadas, escuelas liberaron a los niños al caos de las calles y los recuerdos de antiguos desastres regresaron como fantasmas.
El temblor duró demasiado.
Minutos que parecieron eternos.
Mientras tanto, sobre el volcán, el cielo se tornó antinatural. Nubes negras se arremolinaron formando espirales gigantescas, cargadas de electricidad. Los relámpagos descendían directamente hacia el cráter, iluminando la columna de ceniza con destellos azules y blancos.
Desde lejos, el espectáculo parecía el fin del mundo.
Los satélites captaron anomalías. Los radares meteorológicos colapsaron ante la intensidad del fenómeno. Los noticieros interrumpieron su programación; las transmisiones mostraban imágenes caóticas, voces temblorosas, periodistas incapaces de comprender lo que estaba ocurriendo.
—Esto no sigue ningún patrón conocido… —decían los expertos, confundidos.
En los pueblos cercanos, la gente huía cubierta de ceniza, con los rostros manchados de miedo. Algunos caían de rodillas, otros rezaban, otros simplemente gritaban nombres que se perdían entre el estruendo del volcán y el rugido de la tierra.
Nadie veía el origen real.
Nadie podía imaginar que, en el corazón del cráter, envuelto por magma y relámpagos, una sola existencia había desatado aquel desastre.
Cuando el movimiento comenzó a disminuir, el daño ya estaba hecho.
El mundo había cambiado.
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