El legado de los cielos - Capítulo 137
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Capítulo 137: SUSURROS BAJO EL VOLCAN.
Capítulo 137: Susurros bajo el Volcán.
Colima, México…
El atardecer caía lentamente sobre Colima, tiñendo el cielo con tonos anaranjados, carmesí y violeta. El sol ya se había ocultado tras el horizonte, pero su resplandor aún bañaba las nubes bajas, reflejándose en la silueta imponente del Volcán de Fuego.
Desde la ciudad, el coloso se alzaba como una sombra viva, oscura y majestuosa, con una delgada columna de vapor escapando de su cima, casi imperceptible para quienes ya estaban acostumbrados a su presencia.
Las luces de Colima comenzaban a encenderse una a una. El tráfico fluía con normalidad, la gente regresaba a casa, y algunos se detenían unos segundos para mirar el volcán, ese guardián eterno que formaba parte del paisaje cotidiano. Para los habitantes, el Volcán de Fuego no era solo una montaña: era una advertencia constante de que la tierra estaba viva.
Volcán de Fuego – 10:20 p. m….
En lo más profundo del cráter, más allá de cualquier grieta conocida por la humanidad, existía una cueva sellada por la propia tierra. Allí, donde el calor era sofocante y el aire pesado, colgaba una joven hermosa vestida completamente de negro.
Cadenas invisibles, formadas por el dao mismo, atravesaban sus muñecas y tobillos, fijándola al techo de roca y al suelo volcánico. Su cuerpo permanecía inmóvil, suspendido en una posición antinatural, como una ofrenda olvidada por el tiempo. Sus ojos estaban cerrados, pero en su rostro aún se dibujaba aquella sonrisa sutil, inquietante, la misma que había aparecido al sentir la tribulación celestial horas antes.
Durante varios segundos, todo permaneció en silencio.
Entonces, la sonrisa desapareció.
Un aura negra comenzó a brotar de su cuerpo, primero como un leve humo, luego como una neblina espesa que se adhería a las paredes de la cueva. La temperatura aumentó de forma abrupta. Las rocas crujieron suavemente, y una vibración casi imperceptible recorrió las entrañas del volcán, como el latido de un corazón antiguo despertando.
Segundos después…
Puuummmm…
Una explosión sorda retumbó desde el interior.
El Volcán de Fuego de Colima respondió con una pequeña erupción. No fue violenta ni devastadora, pero sí lo suficientemente visible como para que los habitantes, ya entrada la noche, levantaran la mirada. Un resplandor rojo iluminó la cima, y un río de lava comenzó a deslizarse lentamente por una de sus laderas.
No hubo pánico. No hubo evacuaciones masivas.
Solo el espectáculo.
El semáforo volcánico, que hasta ese momento se mantenía en verde, cambió de inmediato a amarillo, activándose segundos antes de que la erupción fuera visible. Sensores sísmicos y térmicos detectaron cambios bruscos de presión, vibraciones internas y un aumento anómalo de temperatura, activando los protocolos automáticos.
Aunque no se registraron daños mayores, una ligera caída de ceniza comenzó a cubrir varios puntos de la región.
En Colima, pueblos como Comala, Cuauhtémoc, Villa de Álvarez y Coquimatlán amanecieron con una fina capa gris sobre techos, calles y vehículos. Del lado de Jalisco, zonas cercanas como Ciudad Guzmán, Tuxpan, Zapotiltic y Tonila también reportaron presencia de ceniza suspendida en el aire.
La noche se volvió un escenario hipnótico.
Personas se detenían a la orilla de las carreteras libres para tomar fotografías y videos. Algunos grababan con sus teléfonos, otros lanzaban drones que captaban imágenes espectaculares del río incandescente descendiendo lentamente. Para muchos, aquello era una obra maestra de la naturaleza: peligrosa, pero hermosa.
Científicos y vulcanólogos desplegaron drones especializados para analizar la erupción. Protección Civil patrullaba las zonas cercanas, repartiendo cubrebocas y recomendando evitar actividades al aire libre. Todo se desarrollaba con calma, como una rutina ya conocida en una de las regiones volcánicas más activas del país.
Sin embargo, el Volcán de Fuego no estaba solo.
A su lado se erguía el Nevado de Colima, su hermano silencioso. Aunque cubierto de vegetación y aparentemente dormido, los expertos sabían que también era un volcán. Ambos formaban parte de un complejo mucho mayor.
Más allá, en la zona montañosa conocida como El Jabalí, se extendían bosques densos y terrenos poco explorados. Según algunos científicos, aquella región estaba atravesada por venas volcánicas conectadas tanto al Volcán de Fuego como al Nevado. Se hablaba de bocas volcánicas selladas por el tiempo, de cavernas profundas que nadie había logrado explorar por completo.
En esos lugares, decían los informes, surgían ríos y arroyos de agua caliente, dando origen a aguas termales naturales muy visitadas. Cuevas donde el vapor emergía de las paredes, donde el suelo ardía bajo los pies.
Algunos expertos comparaban la zona, en voz baja, con un Yellowstone mexicano: un sistema volcánico complejo que, de despertar por completo, podría convertirse en una catástrofe inimaginable para el país… o incluso para el mundo.
Por ahora, todo eran teorías.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com