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El legado de los cielos - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 SOMBRAS QUE SE MUEVEN
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14: SOMBRAS QUE SE MUEVEN 14: SOMBRAS QUE SE MUEVEN CAPÍTULO 14 — SOMBRAS QUE SE MUEVEN La madrugada cayó sobre Manzanillo como un telón pesado.

El aire caliente, saturado de humedad marina, presagiaba una tormenta que nunca terminaba de llegar.

En contraste, dentro del cuartel militar de la 20ª Zona, el ambiente era frío, exacto, cargado de una concentración casi asfixiante.

El reloj marcaba las 03:42 cuando el coronel Eugenio Pérez reunió a su círculo de confianza en la sala de mando.

Las pantallas desplegaban mapas, rutas, fotografías aéreas y una larga lista de nombres.

La primera fase había sido exitosa.

Pero la segunda… la segunda era la más peligrosa.

La más decisiva.

La que podía convertir a Fabián Moreno en un héroe nacional… o iniciar una guerra en las sombras.

Porque la organización criminal Hijos de la Tierra Quebrada —dirigida por Adrián Castañeda, un hombre tan metódico como implacable— no era una célula improvisada.

Era una estructura profunda y silenciosa, incrustada en caminos rurales, en puertos clandestinos, en funcionarios corruptos, en un puñado de alcaldes y dos diputados vendidos al mejor postor.

Un monstruo invisible.

Y la fase dos consistía en cortarle la cabeza antes de que pudiera morder.

Eugenio sabía que necesitaba precisión quirúrgica.

Sabía también que si fallaba, el país ardería.

Pero lo que no sabía… era que alguien más estaba moviendo piezas muy por encima de su línea de visión.

Un fantasma político con ambición propia.

Una joven alcaldesa que había comenzado a vigilar la operación desde la distancia: María Fernanda Salgado.

Pero nadie, absolutamente nadie, conoció su intervención.

Era como una sombra entre sombras.

La sala de mando se ilumina con la llegada de un informe urgente.

—Coronel —dijo el alcalde Barragán, entregando una tableta—.

Tenemos confirmación de que Adrián Castañeda no se ha movido de la casa segura en la Sierra Alta.

Parece que está desconfiando de sus propios hombres.

Eugenio ladeó la cabeza, sin sorpresa.

—El miedo hace eso —respondió, pasando las hojas digitales—.

Sabe que estamos cercándolo… pero no sabe cuánto.

Los oficiales presentes intercambiaron miradas tensas.

—Con su permiso, mi coronel —intervino la capitana Ortega—, tenemos otro detalle.

La red de comunicación en la zona del puerto está registrando interferencias.

No es natural… ni es nuestra.

Eugenio alzó la mirada, fría como acero.

—¿Interferencias?

—Sí, mi coronel.

Igual que anoche en CDMX.

Silencio.

Solo un oficial entendió: alguien más estaba jugando.

Pero el coronel no podía distraerse.

No aún.

—Regresaremos a eso luego.

Inicie los protocolos.

Hoy ejecutamos Fase Dos.

Las pantallas cambiaron al instante.

Rutas marcadas.

Convoyes listos.

Equipos especializados esperando en la penumbra de hangares subterráneos.

Helicópteros con motores calientes.

Francotiradores en posiciones predefinidas.

Unidades de infiltración equipadas para captura limpia o eliminación inmediata.

Era una operación quirúrgica.

Un movimiento que debía sentirse como un solo golpe, seco y contundente.

Y en el centro del objetivo: Adrián Castañeda, el hombre que manejaba desde la sombra una red de tráfico, extorsión, protección criminal y control territorial que llevaba años pudriéndose bajo los ojos del país.

La misma red que ahora serviría como escalaón político para Fabián Moreno.

Pero antes de que los helicópteros despegaran, antes de que la maquinaria militar se pusiera en marcha, otra figura se movía lejos de ahí.

En la Ciudad de México, desde la terraza privada de su oficina, María Fernanda Salgado observaba el cielo grisáceo con los brazos cruzados.

Su mirada estaba clavada en la pantalla de su celular, donde un mapa mostraba en tiempo real la actividad militar en Colima.

Sabía que no debía tener acceso a esa información.

Sabía que era peligroso.

Sabía que estaba cruzando líneas más gruesas que fronteras.

Pero también sabía que la política no era para quienes temían ensuciarse.

—Bien… —susurró con un tono suave, casi maternal—.

Todo comienza aquí.

Una luz roja parpadeó en uno de los sectores del mapa.

—Ya iniciaron la fase dos… venía justo a tiempo.

En un escritorio cercano, documentos había marcados con miembros falsos, identificaciones alteradas y números de cuentas internacionales.

Naturalmente, ninguno llevaba su nombre.

Ni siquiera un alias.

Ella jamás dejaba.

Con un gesto delicado, tomó un auricular interno y lo activó.

—¿Lista la interferencia?

—preguntó con voz suave.

Del otro lado, una voz distorsionada respondió: -Si.

La red de Castañeda ya está aislada.

No pueden pedir refuerzos, ni contactar a sus células en Michoacán o Jalisco.

—Perfecto —dijo María Fernanda—.

No quiero que escape.

Ni uno solo.

Colgó.

Su expresión no era de satisfacción… era de f.

Ella no estaba ayudando a Eugenio.

No estaba ayudando a Fabián.

No estaba ayudando al gobierno federal.

Se estaba ayudando a sí misma.

Porque destruir a Castañeda con participación militar era una victoria para todos… pero manipular los hilos invisibles sin que nadie supiera que existían, eso era un triunfo exclusivo suyo.

Y ese triunfo sería la base de su ascenso futuro.

La operación militar era solo el primer temblor de algo mucho más grande.

Algo que ella misma estaba construyendo.

Mientras tanto, en la base militar, los últimos detalles se ajustaban.

—Mi coronel —dijo Ortega—, aquí están las rutas de extracción.

Tres helicópteros esperan a diez kilómetros del perímetro.

Las unidades tacticas ya se distribuiron en los puntos clave.

—Y la comunicación interna?

—preguntó Eugenio.

—Totalmente controlado, mi coronel.

Pero seguimos detectando la interferencia externa.

Creemos que es un error del sistema satelital.

Eugenio Gruñó.

No le gustaban los errores.

Pero no tenía tiempo para perseguir fantasmas.

—Lo revisaremos después.

Avance.

Afuera, los motores comenzaron a rugir.

La tierra tembló ligeramente cuando los helicópteros Black Hawk elevaron polvo y hojas.

Los soldados ajustaron cascos, revisaron armas, sincronizaron relojes.

Era un ballet militar de precisión absoluta.

En un complejo agrícola abandonado, oculto entre cerros y caminos sin asfalto, Adrián Castañeda revisaba documentos con gesto tenso.

Se veía cansado.

Las ojeras pronunciadas.

El cigarro consumiéndose entre sus dedos.

Había recibido rumores de movimiento militar, pero sus sistemas de vigilancia estaban funcionando mal desde hacía horas.

No podía comunicarse con sus hombres en el puerto.

No podía verificar sus rutas de huida.

Tampoco podía contactar a sus socios políticos.

Una tormenta silenciosa se acercaba.

Y él no sabía desde dónde.

—¡Jefe!

—gritó uno de sus lugartenientes, corriendo hacia él—.

No tenemos línea con nadie.

Ni internet ni satélite.

Algo está mal.

Castañeda apretó los dientes.

—¿Un apagón estratégico?

—No sabemos, jefe.

Pero… esto no lo provocaría el ejército.

No suelen bloquear redes sin avisar.

Castañeda sintió un escalofrío.

Esa frase era inquietante.

—Entonces alguien más está involucrado —murmuró.

Jamás imaginó que la mano que cerraba su jaula no era militar… era política.

Y tenía 27 años.

03:59 Los helicópteros descendieron sobre la primera zona rural.

Equipos enteros de infantería ligera se desplegaron en formación, cubriendo las entradas.

Drones tácticos sobrevolaron en silencio.

El aire olía a tierra húmeda y a electricidad acumulada.

Eugenio avanzó entre sus hombres, seguro, imponente.

—Fase dos iniciada —dijo por el intercomunicador—.

Todos atentos.

Tenemos diez minutos antes de que levanten sospechas.

La operación estaba fragmentada en múltiples golpes simultáneos: 1.

Captura o eliminación de los lugartenientes clave.

2.

Intervención de los puntos de financiamiento clandestino.

3.

Destrucción de rutas de escape.

4.

Aislamiento total de Castañeda.

5.

Eliminación del núcleo central de la organización.

Los helicópteros se elevaron para dirigirse al siguiente objetivo.

La tierra vibraba bajo las botas.

Mientras los equipos se acercaban a la casa segura de Castañeda, Ortega recibió una alerta.

—Mi coronel, hay una anomalía en la señal térmica del sector norte.

Alguien selló las rutas de escape antes de que llegáramos.

Eugenio frunció el ceño.

—¿Agentes federales?

—No tenemos registro de ningún despliegue federal.

—¿Otro grupo criminal?

—No coincide con ningún modus operandi.

Eugenio se detuvo.

Alguien se había adelantado.

Alguien había cerrado la trampa… antes de que ellos llegaran.

—Sea quien sea —dijo el coronel, con voz grave—, nos ahorró trabajo.

Mantengan la formación.

Fase dos continúa.

Los soldados avanzaron, abriendo brecha entre la maleza.

En CDMX, María Fernanda Salgado se recargó en su silla ejecutiva mientras observaba los informes no oficiales que le llegaban por canales ilegales perfectamente curados.

—Ya no pueden escapar —murmuró, como si hablara con alguien invisible—.

Ahora… solo nos queda dejar que los lobos se coman entre ellos.

Tomó una pluma dorada, uno de los pocos objetos personales que tenía sobre su escritorio, y escribió una sola palabra en una hoja nueva: Como si este fuera el primer capítulo de algo gigantesco.

Algo que cambiaría el país… y que nadie podría conectarse con ella.

En el campo, los primeros disparos rompieron el silencio.

Los soldados entraron en la estructura donde Castañeda se escondía.

Explosiones controladas.

Órdenes rápidas.

Resistencia breve pero intensa.

Eugenio avanzó con un grupo táctico, esperando encontrar al líder criminal.

Pero cuando entraron en la habitación principal… Castañeda ya estaba rodeada.

No por ellos.

Por otros.

Tres figuras encapuchadas, sin identificación, sin emblemas, ya lo reducido que tenían en el suelo.

Eugenio sintió un golpe de adrenalina y desconcierto.

-¡ALTO!

¡ARMAS ABAJO!

¡IDENTIFÍQUENSE!

Pero las figuras… simplemente escaparon por una salida que antes NO existía en los planos.

Como si conocieran el lugar mejor que la propia organización criminal.

Como si llevaran años preparándose para ese momento.

Como si supieran exactamente dónde debía estar Castañeda… y cuándo.

El coronel quedó helado.

Aquello no era normal.

Aquello no era militar.

Aquello no era improvisado.

Era… otro plan dentro del plan.

Una fuerza externa.

Una intervención invisible.

Pero no había tiempo para descifrarlo.

—¡Castañeda está vivo!

—gritó Ortega—.

¡Lo tenemos!

Los soldados aseguraron el área.

Eugenio respiró hondo.

Fase dos: completada.

Fase tres: en camino.

Y sin saberlo, las piezas más peligrosas ya estaban en movimiento.

Muy lejos de ahí, en un edificio alto de la Ciudad de México, María Fernanda Salgado escuchó por primera vez en toda la noche.

Sus ojos brillaban con una ambición que podía devorar naciones.

—Ahora sí —susurró—.

Empieza mi verdadero juego.

Y nadie, absolutamente nadie, sabía que la joven alcaldesa acababa de convertirse en la jugadora más peligrosa del tablero político y criminal del país.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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