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El legado de los cielos - Capítulo 140

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Capítulo 140: EL REMOLINO DEL OJO DEL MAR

Capítulo 140: El remolino del ojo de mar.

Aunque muchas veces las aguas del ojo de mar parecían tranquilas y serenas, había días en los que la gente del pueblo no se acercaba. Los ancianos decían que el agua “estaba de mal humor”, y ese día era uno de esos. La superficie, normalmente clara y quieta, comenzaba a agitarse de forma antinatural, como si algo desde lo profundo estuviera despertando.

Las aguas tranquilas empezaron a moverse lentamente. En el centro del ojo de mar se formó un remolino, girando cada vez con más fuerza, jalando hojas, ramas y pequeñas piedras hacia lo más profundo. El sonido del agua cambiaba, volviéndose grave, casi como un susurro antiguo que nadie podía entender.

De repente, del centro del remolino emergió un caballo de mar.

En cuestión de segundos, la criatura sacó la mitad de su cuerpo fuera del agua y su forma comenzó a cambiar. Escamas brillantes se transformaron en piel suave, blanca, casi lechosa, refinada como porcelana pulida. Su figura se convirtió en la de una hermosa joven adolescente, de apariencia delicada pero con una presencia imposible de ignorar. Su cabello azul, largo y brillante, flotaba con gracia; su peinado era extraño, pero si se comparaba con la cabeza del caballo de mar, era evidente la similitud en la forma y la caída del cabello.

La joven nadó con ligereza hasta acercarse a la orilla, moviéndose con naturalidad, como si el agua fuera una extensión de su propio cuerpo. Mientras lo hacía, silbaba un canto suave, atractivo, casi hipnótico, un sonido que parecía pegarse al oído y quedarse ahí, provocando una sensación extraña en quien lo escuchara.

Pocos segundos después, del remolino salió una anguila, rodeada por pequeñas chispas de electricidad que recorrían su cuerpo de forma constante. Nadó siguiendo de cerca a la joven princesa. Al llegar a la superficie, su cuerpo también comenzó a transformarse, adoptando una forma mitad mujer, mitad criatura marina. A simple vista, ambas parecían tener la misma edad.

Un pequeño colibrí se acercó volando, atraído por la calma repentina del lugar. La joven princesa levantó su mano delicada y la extendió como si fuera una rama. El colibrí se posó sobre sus dedos sin miedo alguno. Ella lo acarició suavemente, y era como si el pequeño pájaro comprendiera cada gesto, cada intención.

La anguila, ya transformada, habló en voz baja, con evidente preocupación:

—Princesa, debe tener cuidado. La última vez que vinimos a este lugar casi fue descubierta por humanos. Si no fuera porque ese humano estaba ebrio, la habrían visto claramente. El rey se enojó tanto que casi destruye este lugar.

La princesa la miró con calma y respondió con un leve suspiro:

—¿Ya qué más da? Mi padre ya destruyó parte de este lugar hace años. No debe quedar ningún humano cerca. Han pasado muchos años… estoy aburrida de estar siempre bajo el mar. Quisiera salir y ver el mundo fuera del océano. —Hizo una pausa y la miró con curiosidad—. ¿No tienes tentación tú también de salir?

La pequeña anguila se quedó en silencio. Su mirada se perdió en la superficie del agua, como si estuviera recordando cosas que prefería no decir en voz alta. Nadie podría imaginar lo que pasaba por su mente.

—Quisiera salir… conocer… ser libre. Pero no puedo abandonar el palacio ni alejarme de la princesa. Es mi vida. El mar es mi casa. Afuera… mi padre siempre dijo que los humanos son crueles y malos. Dañan el océano y se matan entre sí.

Se abrazó a sí misma, como si sintiera escalofríos provocados por sus propios pensamientos, o tal vez por miedo. Luego miró a la princesa con seriedad.

—Princesa, nuestro hogar es el océano. No podemos salir. Recuerde lo que dijo el rey: los humanos son crueles y egoístas. Si la ven, la matarán para investigarla, y luego buscarán en el mar. Pondrán en riesgo a toda nuestra tribu.

La princesa guardó silencio.

En el fondo, sabía que tenía razón. Las palabras de su acompañante despertaron recuerdos que prefería olvidar. Años atrás, cuando salió a la superficie y salvó a una niña, muchos humanos entraron al mar buscándola. Aquello casi provocó un desastre en su tribu. Los pocos humanos que lograron acercarse a su palacio intentaron robar los tesoros que los mantenían con vida.

Al final, el general tiburón blanco los asesinó sin piedad. Los que no lograron llegar vieron la sangre teñir el agua y regresaron aterrados. Desde ese día, los intentos humanos continuaron, y el general selló la entrada al reino submarino. Ahora que el general había muerto, esa entrada había quedado libre nuevamente.

La princesa sabía que, si se arriesgaba, podía poner en peligro no solo su vida, sino la de toda su raza. Sin embargo, la curiosidad seguía ahí, creciendo con los años. Quería ver el mundo, caminar como los humanos que alguna vez observó desde lejos.

Además, no era la primera vez que salía. Ya había subido a la superficie antes… y casi fue capturada en las redes de un barco pesquero. Aquellas experiencias nunca fueron buenas.

Aun así, el deseo de conocer el mundo exterior seguía latiendo en su corazón, tan profundo e inquieto como el propio ojo de mar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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